¿Es que acaso no lo vemos? Nicaragua se está convirtiendo aceleradamente en un país donde funciona una especie de apartheid. Tenemos categorías de ciudadanos diferenciadas por el Estado y las leyes. Así como en Sudáfrica habían derechos y obligaciones distintas para negros y blancos, aquí en Nicaragua cada vez es más notoria la diferencia de derechos y obligaciones entre orteguistas y no-orteguistas, gracias a un sistema instaurado por este Gobierno que ha decidido gobernar solo para los suyos. Y cuando digo “los suyos” ni siquiera me refiero a con quienes pueda tener identificación ideológica o política, porque eso en realidad no es lo importante, sino que considera suyos a quienes le demuestren lealtad perruna. Obediencia y cero críticas.
En Letra Pequeña
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Tenemos la obligación de no olvidar. Como en la peste del olvido, en Cien Años de Soledad, cuando los pobladores de Macondo empezaron a olvidar todo y llegaron al punto de poner letreros a las cosas para recordar sus nombres, los nicaragüenses estamos obligados a recordar cada atropello, cada vejamen y cada abuso. Escribirlos, registrarlos porque, al dejar de hacerlo, terminamos aceptándolos como normales y olvidamos incluso que no era esta la sociedad en la que queríamos vivir ni la que quisiéramos heredar a nuestros hijos. Porque como dice Gabriel García Márquez, borrar la memoria lleva a borrar “la conciencia del propio ser, hasta hundirse en una idiotez sin pasado”. ¿Eso somos ahora? ¿Eso queremos?
En Letra Pequeña
De repente un desconocido personaje de la siempre misteriosa China se volvió famoso en Nicaragua. Es el William Walker del siglo XXI. Un filibustero de nuevo tipo. Llamado por un partido político (otra vez), le entregan Nicaragua (otra vez) y le dan derecho de vendernos en retazos o por moños, bajo la manifiesta pretensión que de su mano vendrá el progreso (otra vez) pero con oculta intención (otra vez) de los nuevos calandracas que esperan con mucha ingenuidad que el filibustero solo hará el trabajo sucio, cobrará su paga de mercenario y se irá dejándoles el país maniatado y torturado.
En Letra Pequeña
Durante la expansión del imperio persa, hace más de 2,500 años, se establecieron las satrapías, como se les llamó a los territorios conquistados que se dejaban a cargo de un gobernador o sátrapa. Los sátrapas eran dueños de vida y muerte en los territorios donde gobernaban y solo debían lealtad al rey persa que los había colocado en el cargo. Cobraban impuestos, tenían su “policía” para imponer la ley a su antojo, su ejército para defenderse o atacar, cobraban impuestos y eran jueces de todo. Ellos decidían lo que estaba bien y lo que estaba mal.
En Letra Pequeña
Todos los negocios conducen a La Familia. Bueno, la verdad, no es difícil seguir la pista pues van dejando señales por todas partes. Sociedades creadas a la carrera en cualquier parte del mundo —de maletín pues— registradas apuradamente en Nicaragua y, a los días, el Estado adjudicándoles un contrato que haría relamerse los bigotes al capitalista más salvaje, y, como señal inequívoca, socios que no pueden dar su nombre. Paradójicamente esconderse los hace más visibles. Meten la cabeza, pero dejan el trasero al descubierto, porque vemos a todo el Estado tratando de cubrirlos. Así qué, ahí donde usted lea “socios que no estoy autorizado a revelar” léase por favor: Ortega Murillo y Compañía Limitada, por supuesto.
En Letra Pequeña
Imaginemos por un instante que Daniel Ortega, en un arrebato de locura (o quizá de lucidez) reconoce que ha hecho mal las cosas, acepta que consiguió el poder de mala manera y decide devolver el gobierno que no le pertenece. Sí, sí. No se rían, solo es una hipótesis retórica e ingenua para llegar a este punto: ¿A quién se lo entregaría? ¿Qué programa de gobierno está esperando para reemplazar lo que actualmente tenemos? ¿Quién o quiénes han presentado una propuesta distinta y consistente? No la hay. Esa es la gran tragedia: no hay alternativa. Todos sabemos que este gobierno está haciendo mal las cosas pero nadie sabe cuál sería la alternativa. Si estamos ante un menú de un solo plato, la alternativa sería ¿no comer?
En Letra Pequeña
A veces creemos que Nicaragua está solo ante dos escenarios principales: uno, que se construya el Canal, y dos, que no se construya. Sin embargo, hay un tercer escenario verdaderamente apocalíptico para el país: que se quede a medio hacer. ¿Se imaginan una gran zanja abierta, cruzando al país, sin uso ni beneficio? Miles de millones de dólares invertidos, tal vez endeudados, tal vez aguijoneados por los acreedores, con la naturaleza mortalmente herida, ¿qué será del hermoso lago de Nicaragua que una vez tuvimos?, y la imposibilidad de sacarle un solo dólar a aquel sueño que un día vendió un hombre sin detenerse a pensar en estas posibilidades.
En Letra Pequeña
Hace mucho tiempo, cuando empezaron a reclamar, solo se les veía como “un grupo de viejitos locos que atrasaba el trafico”. “Ahí están los ancianos”, váyanse por otro lado. Nadie les paraba bola. Y la poca presencia que conseguían en los medios era porque ellos mismos se llegaban a plantar en las afueras de los edificios. En esta misma columna, advertí, ojo, no sintamos ajena esta lucha, porque estos señores están luchando más por nosotros que por ellos. Y la prueba de esto es que ya han muerto unos 1,500 ancianos desde hace casi seis años, cuando comenzaron a exigir la pensión reducida a la que tienen derecho. El Gobierno sabe que los que protestan —ya sea por su edad o por sus enfermedades— tienen los días contados, y ha apostado con crueldad a ganar tiempo, con engaños y limosnas, mientras ellos se van muriendo de uno en uno. A razón de cinco como promedio semanal, calcula la propia organización que los aglutina.
En Letra Pequeña
Lo que está haciendo Daniel Ortega con Nicaragua es como que un marido llegue a toda carrera a la casa y le pida a su mujer que firme la venta de uno de sus riñones. “Esperate, dejame leerlo”. No, no hay tiempo, están esperando por el riñón. “Deberíamos consultarlo con los hijos y con mis hermanos”. No, confiá en mí. “Pero, ¿no deberían hacerme exámenes, a ver si aguanto y no me muero en la operación, seguir todo el proceso médico que hay para estos casos?” No, no, ellos te vieron y dicen que estás bien. Firmá, por favor. “¿Y si después quedo mal?” No te preocupés, con el dinero que nos darán por el riñón te compro la medicina necesaria. “Pero al menos podés decirme quién se va a quedar con el dinero de mi riñón ” Apurate, firmá, firmá, que afuera está ya la ambulancia. Y la mujer sabe que está ante la encrucijada de su vida: o se enfrenta por fin al marido abusador que ya llegó al extremo, o se arriesga a morir o a quedar lisiada por algo tan estúpido como el dinero que necesita su esposo para seguir la parranda con los amigos que lo esperan en la esquina.
En Letra Pequeña
Todos somos vigilados. Algunos en mayor medida que otros, pero todos estamos registrados, clasificados y monitoreados en uno de los bancos de información más amplios del país. Ese banco se formó con la información que dio a aquella inocente señora del barrio que llegó a su casa a hacer algunas preguntas, junto con la información que las instituciones del Estado reportan sobre cada uno de nosotros: salarios, ingresos, impuestos, enfermedades, familiares y más. Información es poder. Eso lo saben muy bien quienes mandan ahora en Nicaragua.