Los viejitos
Hace mucho tiempo, cuando empezaron a reclamar, solo se les veía como “un grupo de viejitos locos que atrasaba el trafico”. “Ahí están los ancianos”, váyanse por otro lado. Nadie les paraba bola. Y la poca presencia que conseguían en los medios era porque ellos mismos se llegaban a plantar en las afueras de los edificios. En esta misma columna, advertí, ojo, no sintamos ajena esta lucha, porque estos señores están luchando más por nosotros que por ellos. Y la prueba de esto es que ya han muerto unos 1,500 ancianos desde hace casi seis años, cuando comenzaron a exigir la pensión reducida a la que tienen derecho. El Gobierno sabe que los que protestan —ya sea por su edad o por sus enfermedades— tienen los días contados, y ha apostado con crueldad a ganar tiempo, con engaños y limosnas, mientras ellos se van muriendo de uno en uno. A razón de cinco como promedio semanal, calcula la propia organización que los aglutina.
Dejar el pellejo
Esos 1,500 que han muerto, ¿para qué lucharon? Muchos más de los que ahorita vemos en las fotos morirán también sin ver un centavo de su dinero. Sin embargo, si al final el Gobierno aceptara entregarles la pensión que reclaman, esa decisión beneficiaría a muchos jóvenes y adultos de ahora que, al igual que ellos, cuando lleguemos a ancianos no habremos ajustado las 750 semanas de cotizaciones que exigen. Estos que llamamos “viejitos” son quienes están dando la cara por nosotros. Ellos merecen ser apoyados no solo por solidaridad, sino porque al fin y al cabo, están dejando el pellejo por una causa justa que nos beneficia a todos, incluso a quienes los reprimen y agreden.
Tercos
El Gobierno ha sido cruel con estos ancianos. Les han dado limosnas a unos y se las han negado a otros. Los han dividido. Les han prometido. Y ellos le creen. Y apelan al “buen corazón del comandante Ortega y la compañera Rosario Murillo”. Y guardan sus mantas y pancartas, y se van a casa a esperar esa pensión tan prometida que nunca termina de llegar. Los han usado. Hasta el voto les exigieron, en una de los aprovechamientos más asquerosos de nuestra política. Ellos confiaron. Siempre confían en las promesas que les hacen, pero nunca han renunciado a su lucha. Se van, no les cumplen y vuelven a las calles. Tercos en su protesta. Y han terminado dándonos una lección de perseverancia y dignidad que tanto nos estaba haciendo falta.
Héroes
Lo que ha sucedido ahora es algo inédito. Los viejitos locos que andaban por las calles ya no lo son más. A fuerza de perseverancia y dolor, se ganaron el respeto y la admiración de todos y han provocado una de las olas de solidaridad más grandes que protesta alguna haya despertado en el país. Son los grandes héroes de este país. Algún día Nicaragua les dará su lugar en la historia, y les rendirá los honores que merecen para vergüenza de aquellos que hoy levantan el garrote contra ellos.
Jóvenes
Aun cuando estos viejitos no consigan ahora la pensión que por ley tienen derecho, ya son ganadores. Han logrado despertar a un amplio sector de jóvenes que han terminado haciendo suya la lucha, y han llegado a hacer filas con ellos. Las luchas por causas justas son la mejor escuela de los rebeldes. Y por el origen de quienes dirigen el Ejército, la Policía y el Gobierno, deberían saber que los gases, las patadas y las carceleadas podrán desmontar por ratos una protesta, pero fabrican a los que mañana los estarán echando del poder.
Una chispa
El Gobierno debería tener cuidado. Y si algo de inteligencia tiene, debería buscar una respuesta a sus demandas. Ni engaños ni represión. La protesta de estos ancianos puede ser la chispa que haga arder el bosque. Acciones mucho más pequeñas han detonado rebeliones que terminan en cuestión de días con gobiernos instalados por décadas a sangre y fuego. Ahí está fresca la lección de varios países africanos. La primavera árabe, ¿se acuerdan? No se olvide Daniel Ortega que aquí hay mucho descontento acumulado y muchas más cuentas por cobrar. Cuidado.
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