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Satrapías
Durante la expansión del imperio persa, hace más de 2,500 años, se establecieron las satrapías, como se les llamó a los territorios conquistados que se dejaban a cargo de un gobernador o sátrapa. Los sátrapas eran dueños de vida y muerte en los territorios donde gobernaban y solo debían lealtad al rey persa que los había colocado en el cargo. Cobraban impuestos, tenían su “policía” para imponer la ley a su antojo, su ejército para defenderse o atacar, cobraban impuestos y eran jueces de todo. Ellos decidían lo que estaba bien y lo que estaba mal.
Estado botín
Durante 200 años el Gobierno de Nicaragua ha sido considerado un botín que se le otorga a quien gana, ya sea por las buenas a través de votos, o por las malas, a través de guerras, golpes de Estado o fraudes. Más que una república, Nicaragua ha sido una satrapía. Más que presidentes hemos tenido sátrapas. Se llega al poder para enriquecerse. Y solo le deben lealtad al jefe del imperio, al que le deben el cargo. Ya sea Roosevelt o Chávez, Andropov o Maduro. Así que en septiembre del 2021, en apenas ocho años, cuando Nicaragua cumpla 200 años, todos deberíamos sentir vergüenza por no construir la República que deberíamos estar celebrando.
El afán es robar
Tal vez el político más honesto de toda esta historia fue el general conservador Luis Mena (aquel de la famosa frase “¡Esta, dijo Mena!”), no porque no robara o saqueara como todos los demás, sino porque al menos lo reconoció con desparpajo en una entrevista que le hizo el periodista Francisco Huezo, el 23 de mayo de 1911. El periodista le pregunta por los ideales de los partidos políticos, y el general responde: “¡Ideales! Propiamente hablando, no hay entre nosotros ideales políticos. ¡El afán de todo grupo es llegar al poder, apoderarse del tesoro y robar!”
Llamarada de tusa
El problema es que somos un pueblo ingenuo y de memoria corta. No aprendemos de la historia y por lo tanto, estamos condenados a repetir una y otra vez los mismos errores. Somos “llamarada de tusa”, que arde repentina y violentamente durante unos segundos y luego se apaga casi sin dejar huella. Los políticos conocen bien esa característica nuestra y la usan muy a su conveniencia. Saben que pueden hacer cualquier tropelía, hacer de las suyas descaradamente, nos indignaremos un rato por ello, pero bastará que aparezcan mostrando un “mono” por otro lado para que nos olvidemos del tema. O también, prometen cielo y tierra, seguros que en un par de días nadie se acordará de lo que prometieron.
El Canal, el Canal…
Y ahora resulta que ya el Canal pasó de moda. Hace apenas un par de semanas no se hablaba de otra cosa, la Asamblea aprobaba leyes a matacaballo, y las universidades anunciaban alegremente carreras de Mandarín e Ingeniería Naval para ponerse a tono con los tiempos que se nos vinieron encima, de romplón. La vida y muerte de Nicaragua dependía del susodicho Canal. Crecimiento económico delirante, empleos para todos, ríos de leche y miel
Depende…
El reino de los cielos parecía haber llegado a Nicaragua después de 200 años de matancinas, saqueos y pobreza. Tan excitados hablaban los personeros del Gobierno, que a uno le daba la impresión que de un momento a otro íbamos a ver cruzar los enormes buques por nuestras montañas. De repente, ya el Canal no es tan necesario, podemos salir de la pobreza de otra forma, dice Daniel Ortega y deja el proyecto guindado en la cola de un venado: “De lo que digan esos estudios va a depender que el Canal se empiece a construir”. ¿Y cuál era la carrera entonces? Y así quieren que los tomemos en serio.
Bicentenario
El asunto es que ya estamos grandecitos para que nos estén dando vuelta así. Vamos a cumplir 200 años. Por muy patriotas que queramos ponernos, yo no me siento muy orgulloso del país que hemos construido en estos dos siglos. Si revisamos toda nuestra historia veremos que lo que hoy está pasando es lo mismo que ha pasado todo el tiempo: guerras, promesas exageradas, perrerías electorales, represión, fraudes, y al final lo mismo: el estado como botín. Tendría que suceder un verdadero milagro para que los nicaragüenses lleguemos al 2021 celebrando Nicaragua como República y no como la satrapía que durante 200 años hemos sido.
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