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Fabián Medina
Prohibido olvidar
Tenemos la obligación de no olvidar. Como en la peste del olvido, en Cien Años de Soledad, cuando los pobladores de Macondo empezaron a olvidar todo y llegaron al punto de poner letreros a las cosas para recordar sus nombres, los nicaragüenses estamos obligados a recordar cada atropello, cada vejamen y cada abuso. Escribirlos, registrarlos porque, al dejar de hacerlo, terminamos aceptándolos como normales y olvidamos incluso que no era esta la sociedad en la que queríamos vivir ni la que quisiéramos heredar a nuestros hijos. Porque como dice Gabriel García Márquez, borrar la memoria lleva a borrar “la conciencia del propio ser, hasta hundirse en una idiotez sin pasado”. ¿Eso somos ahora? ¿Eso queremos?
El Gato Félix
El 22 de octubre de 2009, la joven Leonor Martínez, activista de la sociedad civil, fue atacada con pistola y puñal por cuatro sujetos cuando regresaba a su casa después de una reunión de su organización. La golpearon. Le quebraron uno de sus brazos. Uno de sus atacantes fue reconocido por la víctima: Félix Armando Tercero Arróliga, conocido como “El Gato”, trabajador de la Alcaldía de Managua y activo miembro de las turbas que el Frente Sandinista movilizaba para apalear opositores. En medio del boleo de la Policía y la Fiscalía, a duras penas se inició un proceso que terminó porque la Fiscalía no encontró suficientes pruebas para acusar a nadie. Nunca se hizo justicia por la razón que explica todos los casos que expondré en esta columna: el crimen fue cometido por la misma mano que maneja la justicia.
Robo filmado
El 16 de octubre de 2008, pese a la presencia policial, un equipo de trabajadores del Cenidh fue agredido frente al Ministerio Público por una turba de unas 200 personas simpatizantes del Frente Sandinista. Durante la agresión quedó claramente grabado un sujeto que violenta y roba la cámara del periodista Héctor Calero. Además del vídeo, a la Policía se le dio el nombre del ladronzuelo: Efraím Ismael Rivas, lugar de trabajo (DGI), fotos y hasta la dirección de su casa. La Policía jamás pudo encontrarlo. Finalmente, después de dos años de gestión, el sujeto fue llevado a juicio y absuelto luego de “reconocer su error”, ofrecer disculpas y devolver una cámara similar al Cenidh.
Agresión en Catedral
Otro caso inverosímil, donde la Policía se “lució”, sucedió el 8 de agosto de 2009, cuando fuerzas de choque del Frente Sandinista agredieron al periodista Mario Sánchez, junto a otros miembros de la Coordinadora Civil, en las cercanías de Catedral, a vista y paciencia de los oficiales y agentes que estaban en el lugar. La Policía fue incapaz de hacer alguna captura a pesar de las 118 fotos y vídeos que mostraban la golpiza y donde se identificaban entre la turba agresora a la entonces ministra de Mifamilia, Meyling Calero; a Cándida Huete, secretaria política del Frente Sandinista en el Distrito Cinco, y a los hermanos Pedro y Jorge Orozco. Aún así, la Fiscalía no comprobó la agresión.
Parcialidad
Puestos así los casos, cualquier despistado podría pensar que tanta impunidad se explica por la torpeza y pobreza de la Policía y el sistema judicial. Pues fíjense que no. Esta misma Policía es la que presume de ser “la mejor de la región”, la que quiere dar lecciones al mundo sobre cómo combatir al crimen y este sistema judicial es el mismo que condenó en tiempo récord al misionero Alberto Boschi, por disparar una bala que nunca existió, y por injurias al director y al jefe de Redacción de este diario por publicar un titular el 19 de diciembre de 2007 que decía: “CPC con licencia para dar golpizas”.
Patrón común
La lista es más larga. Podría hablar del balazo a un niño el 10 de noviembre del 2008, durante una marcha opositora que protestaba contra el fraude, o de la brutal golpiza que sufrió el fiscal liberal Jaime Chavarría en julio del 2007, o más reciente, la agresión y abuso que vivieron decenas de ciudadanos en Nueva Guinea en noviembre del año pasado. O, más reciente aún, cumpliendo hoy dos meses, la agresión a los ancianos y jóvenes de #OcupaINSS. Todos marcados por un patrón común: estamos ante una Policía y una justicia que ya no diferencia entre crimen e inocencia, sino entre partidarios y opositores. No podemos aceptar este estado de cosas. Y lo primero es no olvidar.
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