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Los codictadores Murillo y Ortega no esperaron a que tuviera lugar la reunión de cancilleres de la OEA el próximo 17 de septiembre para planificar el contragolpe, sino que aprobaron antes las reformas constitucionales que sepultan las elecciones libres en Nicaragua y enraízan aún más la tiranía bicéfala.
En respuesta, el secretario de Estado estadounidense Marco Rubio ha puesto la economía sobre la mesa con una frase: “Estados Unidos dice que una dictadura que le niega a su pueblo elecciones libres no debería de recibir los mismos beneficios económicos y políticos que reciben los gobiernos democráticos”. Y agregó que “los Estados Unidos implementarán medidas en la próxima reunión de cancilleres de la OEA para asegurarse que nuestro hemisferio no continúe haciendo prácticas habituales con la dictadura nicaragüense”.
Las palabras de Rubio vaticinan una lápida de sanciones sobre la economía nicaragüense, que depende de las importaciones de petróleo y sus derivados de los Estados Unidos, así como la exportación, en términos muy favorables, de la mayoría de sus productos de exportación. Ni China, ni Rusia, ni Venezuela podrían llenar actualmente ese vacío con el consecuente caos a la economía nicaragüense, que hasta ahora ha sido una de las fortalezas del régimen.
Es decir: la dictadura está dispuesta a someter al pueblo nicaragüense a grandes privaciones, solo por el capricho de mantener y enfrentar las consecuencias, del descabellado anuncio de Ortega el pasado 19 de julio de que ya no habrá más elecciones libres en Nicaragua.
La Asamblea Nacional de los aprietabotones, que es un apéndice de los codictadores, dejó claro el pasado 1 de septiembre que la rifa a la que me referí en mi artículo la semana pasada siempre se la sacará Ortega y su familia que participarán cada 7 años con los dados cargados “hasta la consumación de los siglos” (como decía Tomás Borge).
Lo único que faltaba para igualar, en términos comparativos, es el récord de pobreza, escasez y la inflación que padeció el pueblo nicaragüense en los años 80 y que está por venir. Ortega y Murillo están dispuestos a enterrar al pueblo nicaragüense por su ambición desmedida, cancelando todo vestigio de democracia.
En el pasado, los gobiernos dictatoriales hicieron lo posible por guardar las apariencias democráticas. La dictadura actual ha hecho el esfuerzo contrario para convencer al mundo de que no son demócratas y que jamás van a volver a arriesgar el poder en la urna electoral, a como tuvieron que hacerlo en febrero 1990 tras 10 años de guerra civil.
Pero ahora la “ilusión óptica” del apoyo solidario de Rusia, China, Irán y Corea del Norte los ha colocado en un curso de colisión frontal con los Estados Unidos y la gran mayoría de las democracias del hemisferio.
Es una ilusión óptica porque logísticamente Nicaragua está inmersa en el campo comercial del hemisferio occidental y nada puede suplantar esa realidad, mucho menos de la noche a la mañana. Los buses chinos funcionan con diésel importado de los Estados Unidos.
Estados Unidos pareciera que quiere trasladar las sanciones a otros gobiernos de las Américas pidiendo a sus socios que dejen de mantener las prácticas de comercio habituales con la dictadura Murillo Ortega, lo que presagia sanciones hemisféricas que se podrían adoptar el próximo 17 de septiembre en la reunión de cancilleres de la OEA, una medida colectiva inédita en las relaciones de las Américas.
Veremos qué sucede, pero todo lo que está por venir es responsabilidad exclusiva de la dictadura dinástica que ha proclamado a los cuatro vientos el fin de todo vestigio de democracia en Nicaragua, pero al mismo tiempo y sin proponérselo, solitos se han puesto la soga al cuello.
Ante este curso de colisión con “el imperio” que han optado, quizás el mejor consejo que podrían recibir los codictadores Murillo y Ortega vendría de su entrañable amigo Nicolás Maduro, que lastimosamente tiene llena su agenda en una cárcel de Nueva York y no puede dárselos.
El autor es periodista, político y escritor nicaragüense, ex preso político desterrado y autor del libro testimonial “Destinos heredados” y “Un cauce hacia la democracia”. Fue codirector de LA PRENSA de 1981 a 1984.