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Un poeta nicaragüense murió solitario en las calles de San José, Costa Rica, a inicios de este año 2026. Se llamó Alonso Mejía Sánchez y fue periodista, carpintero y migrante. Esta es la historia de un hombre común que escribía cuando estaba triste.
Sucedió el 3 de enero de 2026, en una acera anónima de Desamparados, la misma ciudad donde el poeta había aprendido a sobrevivir durante casi un cuarto de siglo de migración voluntaria y empleos precarios.
No fue una muerte mediática. No hubo trending topics ni filas de dolientes ni medios cubriendo la noticia.
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Sus amigos (los pocos, se quejaba él) recibieron la noticia por WhatsApp o Facebook, en mensajes breves que costaba digerir a inicios de año.
“Me dolió la muerte de Alonso porque era de los pocos que sostenía un periódico en el extranjero y lo hacía con el alma de un poeta”, escribió el periodista y amigo José Adán Silva, excompañero de clases de la generación 1996 de la extinta Universidad Centroamericana (UCA).
Para quienes lo conocieron de cerca, la vida de Alonso fue una mezcla de modestia, fidelidad a la palabra y resistencia bohemia, todo ello aderezado por la precariedad y una irreprimible nostalgia por la Managua que dejó atrás.

Las raíces del poeta
La infancia de Alonso, según sus propios versos, se desarrolló en el “aletargado pedazo de tierra centroamericana” donde “el día que uno nace debe recordarse toda la vida”, aunque “en mi tierra casi nunca se pudo, porque fue tierra de guerra desde antes de la conquista y desde antes de la falaz independencia”.
Nació el 29 de diciembre de 1970 en Managua, en el seno de una familia numerosa y discreta. Él era el mayor de sus hermanos.
Su madre, Carmen Sánchez Ampié, era el poder discreto de la familia; su padre, Carlos Adán Mejía, era el complemento de ese núcleo; amigo infinito de su hijo Alonso, un lector y conversador cuya muerte en agosto de 2024 dejó al poeta una herida profunda y reciente.
“Nunca nos recuperamos de la muerte de mi papá”, cuenta su hermana Ivania Mejía Sánchez, con la voz aún quebrada por la doble orfandad.
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Ellos dos eran inseparables, se entendían como sólo un padre y un hijo pueden hacerlo cuando la vida los pone a prueba cada día.
Después de agosto de 2024, Alonso se volvió todavía más reservado, pero también más intenso, como si necesitara escribir el doble para no dejar que la tristeza lo venciera, dice una excompañera de universidad que desde Managua se enteró de su muerte.
En una de las últimas visitas al cementerio, en la Navidad reciente, Alonso leyó un poema sobre la tumba de su padre.
Volvió triste a casa, aunque no era extraño: “Él alternaba entre entusiasmo y depresión, entre la alegría espontánea y una tristeza absoluta. Cuando se ponía triste, escribía. Cuando andaba alegre, hacía periodismo cultural”, recuerda Ivania.

Vocación y migración
A mediados de los años noventa, Alonso cursó la carrera de Comunicación Social en la Universidad Centroamericana (UCA) de Managua. Ahí lo conoció el periodista y docente José Alfonso Malespín.
“El 29 de diciembre recién pasado saludé al poeta Alonso Mejía Sánchez por su cumpleaños 54. Acordamos que nos veríamos en algún momento de 2026. Pero ya no se pudo. Iba él caminando por una calle josefina cuando la vida se le apagó de repente. La noticia de su deceso impactó a quienes lo conocimos. Porque llegó de repente, sin aviso previo”, dice Malespín.
“Formaba parte de una pacotilla de chavalos que, aparte de querer llegar a ser periodistas, descubrían el mundo de la parranda a unos metros de la universidad”.
“Durante aquellos años pude apreciar su avance lento en la carrera, pues faltaba a clases. Se debía a una combinación de pobreza y difíciles amaneceres post-parranda. Luego ya no lo vi, pero comencé a ver su producción poética que compartía con algunas personas al inicio y luego en sus redes sociales”, recuerda Malespín.
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Siempre poeta
Dice que se lo encontró de nuevo en San José, Costa Rica, más de dos décadas después.
“Me contó que dirigía La Nueva Prensa, una publicación noticiosa y cultural impresa que en Costa Rica informaba sobre Nicaragua y Centroamérica”.
“Le pregunté cómo se sostenía aquel periódico en momentos cuando en Nicaragua ya no quedaba un solo medio impreso. Se sostenía con publicidad que él y otros más procuraban en el mercado tico de la publicidad”, relata Malespín.
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En ese medio Alonso publicaba poemas y ensayos propios, pero también los de colegas suyos de los países de la región.
“Le pregunté cuándo publicaría un poemario. Me respondió que tenía un par de borradores, pero consideraba que no estaba listo para exponerse al vitriolo de la crítica. Así que su producción siguió siendo suelta, un poema aquí, un poema allá”, narra el profesor.
Uno de ellos le llamó la atención a Malespín: Pequeño Salmo a tus Cejas, que Alonso compartió el 22 de diciembre recién pasado: “Perfectas son como par de alas / tus cejas de colibrí y de paloma / perfectas como curva de sombra / de un par de espigas de la colina. / Perfectas son como la luna nueva / y como la tarde que se arrebola / perfectas como el arco que se dibuja / con dedos de Dios al cesar la lluvia”.

Noticias de su muerte
En los años más recientes Malespín le perdió la pista, pero siguió leyendo sus poemas y sus comentarios en Facebook.
En uno de los últimos, con ira despotricó en contra del periodismo nicaragüense en el exilio. “No hubo ponderación, reconocimiento, consejo. Denostó en su contra. Opinó que no estaban a la altura de la historia, más bien alejados de la calidad y la independencia editorial”, recuerda Malespín.
“Es que, como todo poeta, tenía sus ángeles y demonios a la vez, sus claroscuros. Conmigo riñó varias veces por algunos posts míos en Facebook”, dice de Alonso la excompañera de la UCA que siguió intercambiando amistad con Alonso desde Messenger.
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Malespín supo de su muerte el 4 de enero. “Al iniciar 2026 me impactó el mensaje que llegó desde el otro lado del Atlántico: ‘Murió el poeta’”.
Se refería a Alonso Mejía Sánchez, el muchacho callado que conoció en Managua y que, por la necesidad migró hace casi dos décadas a San José, donde encontró espacio para su vida, el periodismo que quería hacer y los poemas que leía en grupos que se celebraban, como en Managua, alrededor del ron y la comida.
“Como bien lo dijo él en su último escrito, al alcanzar el que sería su último cumpleaños, ‘se va estrechando la frontera entre la celebración de la vida y el miedo a la muerte’. No sabía él que pronto cruzaría dicho límite”.
Migrante curtido
Alonso llegó a Costa Rica por primera vez como estudiante en 1998, pero fue en su segundo arribo, en la década del 2000, ya como migrante, que empezó a echar raíces.
“En el mall San Pedro los obreros nicas poníamos el cielo raso de un cine. Una tarde pasó una muchacha de clase alta y un chavalo la piropeó. De ahí salió un poema que años después iba a circular en un libro”, recordaba Alonso en un testimonio inédito.
Costa Rica fue para él un país caro y, a ratos, hostil, pero se adaptó y se enamoró del país y su gente. Se reinventó como carpintero y alternó madera con letras.
“Era de esos que se suben a los techos, cargan madera, se cortan las manos. Ganaba lo justo para vivir”, recuerda su colega José Adán Silva.
“Pero nunca dejó la escritura. Decía que el trabajo físico le ayudaba a ordenar la cabeza. Caminaba mucho, lo inspiraba. Volvía tarde y cansado, pero siempre tenía un poema en la punta de la lengua o del lápiz”, relata Silva.
“Daba gusto ver que en su muro siempre había un poema diferente, no por la frecuencia, sino por el alma que los habitaban. Siempre celebré su éxito personal en Costa Rica cuando lo normal para un nica era el fracaso en tierras ticas, y más aún en el plano intelectual”, dice de él, desde Estados Unidos, otro de sus amigos.
“Alonso fue un amigo de esos que no necesitabas verlo para saberlo. Su partida me da tristeza y rabia a la vez. Pero puedo estar tranquilo sabiendo que vivirá en los recuerdos imborrables de tantas personas en diferentes países, y que ahora, como Garcín al partir del ‘Café Plombier’, disfrutará de sus musas, las que seguramente lo sabrán mimar como él lo hizo con ellas por más de medio siglo”, dijo ese colega de Alonso.
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Periódico y poesía
En 2007, Alonso fundó y dirigió La Nueva Prensa en Costa Rica, un periódico cultural, comunitario y sencillo pensado para la diáspora nicaragüense y centroamericana.
Alonso era director, editor, reportero, corrector y a veces hasta repartidor. “Yo sin nombre, sin padrinos y sin cepillar a nadie mantuve La Nueva Prensa sin rendirle honores a los patrones de los medios”, dijo alguna vez en tono molesto, porque en 2023 un periodista de los nuevos medios digitales nicaragüenses se negó a publicarle un poema “por no ser de calidad”.
El poema se titulaba Metamorfosis de los Tiranos (A los engendros allá en Nicaragua) e iniciaba así: “Primero fueron débiles engendros, tiernos renacuajos”.
En sus poemas Alonso siempre manifestó su sentido de obrero y de hombre antiguo, de los que envían cartas, poemas, serenatas y flores, rehuía la exposición fácil en grandes eventos culturales y aborrecía el “influencerismo” contemporáneo.
“Siento tristeza cultural… Porque a los poetas los suplantan en Costa Rica las señoras y los señores de cafecito y té de reuniones y eventos, y los señores profesores de literatura que ahora ganan premios por sus vanidades. Pero arriba poetas, por favor…”, escribió en diciembre pasado.
Sus críticas no se quedaban en el gremio literario y lanzaba piedras contra los nuevos “influencers”. Detestaba el exhibicionismo de los youtubers y los tiktokers, a quienes veía como una “aberración peligrosa”, no sólo por la banalidad sino por el riesgo de la desinformación: “a puras tapas y payasadas y la gente, oh idiotas, les compra el cuento”.
La soledad, la bohemia y la familia
La vida de Alonso transcurrió a medio camino, en algunos trechos, entre la bohemia y la soledad.
Era, también, un hombre de contrastes. A veces, en los reencuentros con amigos se le veía entusiasmado, con ideas y planes nuevos, soñando con reeditar La Nueva Prensa o finalmente publicar un poemario. En otras aparecía desencantado.
“La última vez que lo vi, andaba buscando apoyo para un libro dedicado a la generación de periodistas de 1996, la nuestra. Tenía más de 50 años y parecía menos triste que nunca. Sereno, asentado, con ideas firmes. Pero ya no pensaba regresar a Nicaragua. El desencanto era muy grande”, narra Silva.
Testigo de esa lucha de Alonso por preservar y sostener el pequeño medio fue la periodista Wendy Quintero, compañera de clases de Alonso y amiga suya desde 1996.
“En varias ocasiones tuve el honor de sumar mi voz en sus páginas, no como favor, sino como parte de una conversación de años entre colegas que se respetan”, recuerda ella.
“Ahí están textos en los que firmé como Wendy Quintero Ch.-LNP, acompañando historias que urgían ser contadas: el testimonio de un médico en hospitales nicaragüenses en plena pandemia, o el drama del desplazamiento forzado vivido por mujeres refugiadas”, cuenta Quintero.
“Pero mi apoyo a Alonso no se quedó solo en publicar. Le acompañé en la edición general de algunos materiales y, de manera muy especial, en ese relanzamiento que él soñó y empujó cuando la revista cumplió 15 años: un nuevo aire para la misma terquedad, la de no rendirse”, recuerda con tristeza y orgullo.
“Porque Alonso era así: si no había condiciones, las inventaba; si no había apoyo, lo reemplazaba con disciplina; si faltaba presupuesto, lo compensaba con horas y con alma, aunque esto significara no generar dinero, y solo invertir para pagar la imprenta, al diseñador, el hosting de la web”, rememora.
Tenaz en su proyecto
Quintero recuerda que Alonso a puro pulso conseguía anunciantes quienes miraron el potencial de su medio al estar dedicado a la población migrante nicaragüense en Costa Rica, el país que le dio la oportunidad de recomenzar y crecer profesionalmente.
Con los años, y sobre todo desde 2018, Alonso desarrolló un disgusto profundo con el sandinismo que había admirado en su adolescencia y no escatimaba palabras para expresar su indignación.
La confiscación de la UCA, la expulsión de los jesuitas en 2023 y el reencuentro en San José con algunos de sus antiguos compañeros de clase después de 2018, lo terminó de convencer de su ruptura ideológica, aunque ello no implicaba una carta en blanco a la oposición o a los periodistas, de quienes se quejaba que casi nunca estaban a la altura del momento.
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Sano y triste
A su entorno familiar, Alonso nunca les habló de enfermedades graves. “Era sano, de mucho trabajo físico, de caminar y cargar cosas. No lo vimos enfermo nunca”, subraya Ivania, su hermana.
Sin embargo, la muerte de su padre fue un golpe demoledor. “Se refugió en la poesía. Iba al cementerio, le leía poemas. La última vez que fuimos volvió muy triste”, narra.
En sus relaciones de pareja, era tímido y tradicional. Tuvo dos hijos de relaciones cortas y distantes, a los que quiso, aunque la vida y la distancia pusieron límites a su figura de padre.
El 29 de diciembre de 2025 cumplió 55 años. Lo celebró en familia, como podía, con juegos, charlas, risas y algún trago moderado.
El 31 pasó una noche feliz, bailando y charlando, sin signos de alarma. Nadie imaginó que tres días después el corazón le pasaría la factura.
El viernes 2 de enero regresó a su apartamento después de las fiestas familiares. El sábado 3, por la tarde, salió caminando de su apartamento hacia la casa de su madre, a un kilómetro de distancia, a visitarla como siempre.
Llevaba una bolsa en la mano, probablemente pan. Caminaba cabizbajo, rápido, derecho. En la cámara de un vecino se ve cómo de pronto alza la vista al cielo, se aparta de la ruta dos pasos trastabillantes, suelta la bolsa, se lleva las manos al pecho y trata de apoyarse en una verja.
Lo logra a medias. Trata de incorporarse, pero se desploma de lado contra la pared y cae boca abajo con los brazos extendidos en forma de Y”, narra Ivania, que revisó el video de una casa vecina a donde cayó Alonso, para entender lo que pasó.
La ambulancia llegó pronto, pero no había nada que hacer. “Nos llamaron y cuando llegamos nos dijeron que ya estaba muerto. Lo llevaron a la clínica y de ahí a la medicatura forense”, explica la hermana.
El resultado final de la autopsia se conocería un mes después.
Le oficiaron misa en la parroquia San Rafael de Arriba, y lo enterraron el 6 de enero en San Juan de Dios de Desamparados, junto a su padre.
En su funeral la presencia de amigos fue discreta. Muchos de sus amigos poetas y periodistas se habían exiliado, otros habían abandonado las letras o se hicieron evangélicos, lo que le molestaba en algún grado.
“Decía que un poeta no debía escribirle a Dios sobre las tentaciones del mundo y los placeres de la vida”, recuerda Silva sobre Alonso.
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