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El mensaje apareció primero en Facebook y, horas después, comenzó a circular en grupos comunitarios de Bluefields y Managua. Era un anuncio sencillo: Militza Matute ha recaído y está perdiendo la capacidad de caminar.
El aviso, publicado en un sitio de búsqueda de fondos por Internet, estaba firmado por Vianka Martínez, tía de la joven costeña cuya historia estremeció al país hace más de una década.
“Hola, soy Vianka Zulin Martínez González, tía de Militza Matute Martínez conocida como Mili. Hace 14 años, Militza estuvo postrada en cama por 3 años y fue desahuciada. Un milagro de Dios la levantó y recuperó su salud, hoy hace 11 años”.
En seguida, la información más dura del caso: “A mediados de este año 2025, Militza empezó a perder su habilidad para caminar, por lo que fue tratada por especialistas…”.
El aviso de una nueva recaída en la salud de Militza revivió el drama de esta sobreviviente de una violación y de un cuadro médico devastador tras su regreso de Venezuela en 2011, adonde llegó becada a estudiar medicina.
Una nueva lucha
El mensaje de la familia sobre la salud de Militza describe un deterioro paulatino.
LA PRENSA intentó comunicarse con su familia, pero no fue posible ubicarlas. Un periodista de Bluefields, desde el exilio, logró acceder a fuentes cercanas a la joven que le narraron la extensa y compleja vida que ha llevado ella desde entonces.
En 2021, Militza había recuperado alrededor del 80 % de su movilidad y autonomía.
Trabajaba en una escuela cristiana en Bluefields, participaba en actividades comunitarias y apoyaba en el pequeño negocio familiar.
Volvía a parecerse a la joven sonriente que fue antes de 2010, cuando emprendió su viaje de becada a la Escuela Latinoamericana de Medicina (ELAM), en Caracas.
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Pero ese avance se ha resquebrajado. La pérdida de movilidad, los espasmos y los episodios de confusión reaparecieron.
Según explica la tía en la campaña de recaudación, los especialistas hallaron daños neurológicos derivados de medicamentos suministrados hace años.
La familia no tuvo acceso al sistema público de salud desde 2013, cuando se hizo pública la denuncia sobre la violación y el caso fue cerrado, archivado y declarado “clasificado” por el Estado.
Hoy, con 35 años, Militza necesita otra batalla colectiva para sostener su recuperación.
La familia, dice este periodista cercano a ella, conserva un tono de gratitud hacia quienes ayudaron entonces y un optimismo prudente: confían en que el tratamiento le permitiría recuperar estabilidad y autonomía.
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El renacer de 2021
Antes de esta recaída, la vida de Militza había dado un giro inesperado. La joven que en 2011 regresó irreconocible en una silla de rueda, con convulsiones, espasmos, pérdida de lenguaje y severos daños neurológicos, logró levantarse después de tres años postrada.
Fue un proceso que muchos en Bluefields describieron como un “milagro” respaldado por trabajo médico, solidaridad comunitaria y amor familiar.
Un médico nicaragüense de origen costeño, radicado en California, el doctor Elmer Symonett, fue clave en ese renacer. Tras revisar su historia clínica, concluyó que no padecía un trastorno degenerativo irreversible, como habían diagnosticado en Nicaragua y Cuba.
Envió un tratamiento natural que, según la familia, desintoxicó su sistema nervioso. Dos meses después, Militza se levantó de la cama.

Entre 2013 y 2021, su avance fue notable: recuperó memoria, movilidad, habla, autonomía para alimentarse y para vestirse, y desarrolló actividades cotidianas.
En su trabajo como asistente escolar tocaba el timbre, repartía circulares, organizaba materiales y reforzaba su movilidad caminando diariamente más de 20 cuadras.
Aprendió costura con su abuela, practicaba caligrafía, asistía a la iglesia, participaba en grupos juveniles y ayudaba en el negocio familiar.
Dormir sola, decisión que tomó hasta en 2019, fue considerado un hito por su madre: parte de la recuperación emocional tras la violación, el trauma y los años de dependencia absoluta.
Era, como repetían quienes la conocían, “otra vez Mili”. Una joven serena, reservada, responsable, capaz de combinar su propia ropa, decidir sobre su vida cotidiana y disfrutar de sentirse útil en su comunidad.

Aquella otra Militza
Su historia comenzó a torcerse el 22 de mayo de 2011, cuando Ana María, su madre, recibió una llamada de la directora de la ELAM en Caracas. Le pidió que fuera al aeropuerto de Managua: Militza sería repatriada por “depresión por no adaptación”.
Lo que vio la madre en la sala VIP del aeropuerto no correspondía a ningún diagnóstico de depresión.
La joven llegó en silla de ruedas, con la mirada perdida, sin reconocer a nadie, sin poder sostener una cuchara. A los treinta minutos logró identificar vagamente a su madre. Lo único que dijo con claridad fue: “Quiero gallopinto”.
Los médicos en Caracas le entregaron un expediente voluminoso, pero el contenido era confuso. Había certificados de cursos académicos, reportes de psicología y una referencia a una supuesta caída desde un bus en marcha.
Nada explicaba su estado.
La familia llevó a Militza a Bluefields, donde pasó casi un mes sin mejorar. El 21 de junio de 2011, en medio de un episodio de ansiedad y descontrol fisiológico, Militza rompió en llanto y dijo la frase que marcaría el rumbo de todo: “Fui violada”.
Esa confesión abrió un camino que la familia describe como “la parte más cruda” de todo el proceso.

Cierre de puertas
Durante julio de 2011, la madre tocó todas las puertas posibles. Logró entrevistarse con el vicecanciller Valdrack Jaentschke, quien le dijo que “buscara cómo ir a la embajada de Venezuela”, porque “esas cosas podían pasar en cualquier lado”.
Con cartas bajo el brazo, viajó a Managua en busca de apoyo del Injuve, la Presidencia y organizaciones oficiales.
El 4 de agosto de ese año Militza fue ingresada en el Hospital Militar. La atendieron especialistas de varias ramas, pero el 12 de septiembre fue declarada desahuciada.
El diagnóstico hablaba de “encefalopatía mioclónico epiléptica progresiva”, una enfermedad de origen genético o degenerativo. Le dieron un máximo de cuatro años de vida.
El FSLN costeó inicialmente la estadía en Managua, pero tras veinte días en el hospital, Ana María recibió una llamada: no habría más apoyo.
“Agarre a su hija y llévesela a morir a su casa”, dice que le dijeron. Ellas no se dieron por vencido.
El silencio exigido
Cuando la familia decidió hacer pública la denuncia de violación, como el cierre del tratamiento, en marzo de 2012, con acompañamiento del Centro Nicaragüense de Derechos Humanos (Cenidh), comenzaron las amenazas.
Una llamada anónima le advirtió a la familia que dejara “de poner en mal al presidente Chávez y a Daniel”.
Tras la denuncia, le negaron atención médica en el sistema público.
A partir de entonces, la sobrevivencia de Militza dependió de donaciones espontáneas de personas dentro y fuera del país.
La comunidad de Bluefields organizó colectas, radios locales emitieron llamados de ayuda y grupos religiosos se involucraron.
Con ese apoyo, la familia logró llevarla al Centro de Investigaciones Médico Quirúrgicas (CIMEQ) en La Habana.
Allí descartaron la enfermedad genética y concluyeron que sufría distonía mioclónica y discinesia tardía por neurolépticos, efectos de medicamentos mal administrados.
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La frase que más recuerda Ana María fue la de un especialista cubano: “¿Qué coño le dieron a tu hija, mujer?”
Sin recursos para continuar en Cuba, la familia regresó a Nicaragua. Luego viajaron a Miami gracias a contactos de redes sociales y medios de comunicación independientes que hicieron campañas en busca de ayuda.
Allí el neurólogo Sergio Jaramillo consideró su condición “crítica” y recomendó estudios genéticos. Pero el quiebre vino después: cuando publicaciones en redes sociales afirmaron, erróneamente, que Militza tenía una enfermedad irreversible.
La familia vio caer las donaciones inmediatamente y en cambio recibió las condolencias adelantadas.
El giro inesperado
Pese a todo, hubo dos médicos costeños en Estados Unidos que no dejaron de buscar opciones: Mario Ibarra, radicado en California, y el doctor Elmer Symonett.
Este último revisó el caso y descartó cualquier patología genética. Creyó que el daño neurológico podía deberse a una anestesia mal suministrada durante una cirugía de apéndice en Venezuela o a medicamentos psiquiátricos aplicados sin control.
El tratamiento que envió —gotas oxigenantes para desintoxicar el organismo— cambió el curso del caso. Dos meses después, Militza caminó. No perfectamente, pero caminó.
Simultáneamente, recuperó memoria, lenguaje, estabilidad emocional y la capacidad de reconocer personas, lugares y fechas.
Las resonancias cerebrales que antes mostraban severos daños comenzaron a mejorar. Para 2013, los médicos hablaban de “recuperación extraordinaria”.
Pese a las secuelas, como dificultades para escribir, episodios de llanto nocturno, habla acelerada en momentos de ansiedad, Militza logró reconstruir su día a día. Tenía rutinas, amistades, un entorno comunitario y un empleo.
A los 29 años, contra todo pronóstico, celebró un cumpleaños que los médicos habían considerado imposible. Y aunque no volvió a estudiar Medicina porque le generaba miedo y recuerdos dolorosos, estuvo a punto de retomar los estudios universitarios en otra carrera.

2025: el nuevo desafío
La recaída de este año no borró los avances, pero sí amenaza con regresarla a un punto crítico.
Lo que hoy piden es simple: recursos para un tratamiento que pueda detener el deterioro. Un tratamiento que en otro país sería de rutina, pero que para ellas implica viajes largos, costos imposibles y una lucha contra el olvido.
“Militza es una guerrera que lucha por vivir día a día”, escribió su tía. Y es la frase que mejor resume por qué, catorce años después, su historia vuelve a necesitar acompañamiento.
Los especialistas que la vieron este año detectaron que algunos medicamentos administrados en el pasado “fueron tóxicos y le dañaron el cerebro”, según explica la familia.
Por eso, su madre Ana María y su tía iniciaron una campaña para costear un tratamiento de ozonoterapia en Managua.
Piden lo básico: el traslado desde Bluefields en transporte público, estadía por dos meses, alimentación y consultas.
Si bien ya hay pequeñas donaciones, aun falta un empuje. Sin embargo, a diferencia de aquel tiempo, cuando el país se movilizó en su favor, la visibilidad ahora es menor.
Pocos medios o periodistas han retomado la historia que en su momento conmovió a miles, pero la familia se aferra otra vez, con fe, a un milagro de la humanidad para recuperar una vez más a Militza.
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