Brooklyn Rivera y la hipocresía de la falsa oposición

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La oposición nicaragüense no solo está censurada por la dictadura; también está censurada por una falsa oposición que vigila, castiga y lincha moralmente a quienes no se ajustan a su tribunal de pureza.

A ese nivel de desgracia hemos llegado. Muchos nicaragüenses que adversan al régimen ya no temen únicamente a Ortega y Murillo. También temen a otros opositores. Temen opinar, felicitar, reconocer méritos, matizar una postura o expresar una alegría legítima, porque cualquier gesto puede ser tomado por los inquisidores de turno como señal de tibieza, complicidad o cercanía con el orteguismo. Los dictadores no han necesitado dividir a la oposición nicaragüense: la oposición se ha dividido sola.

La muerte de Brooklyn Rivera ha provocado dolor, indignación y condena. Pero también deja al descubierto una hipocresía silenciosa. Hoy muchos se rasgan las vestiduras por Brooklyn Rivera. Lo lloran, lo reivindican, lo despiden como víctima del régimen. Y lo fue. Sin embargo, si en lugar de morir bajo custodia hubiese sido excarcelado y desterrado, no pocos de los que hoy lo lloran habrían corrido a desempolvar su pasado, sus alianzas, sus contradicciones y su relación histórica con el sandinismo, para presentarlo no como víctima, sino como infiltrado o traidor. Esa es la pobreza moral de cierta oposición, solo reconoce la dignidad del opositor cuando es asesinado por la dictadura, porque muchísimos de los que fueron encarcelados, desterrados, desnacionalizados, confiscados, torturados, etc., como están vivos siguen siendo señalados de ser infiltrados del orteguismo.

Con Sergio Ramírez se vio otro síntoma de la misma enfermedad. Su ingreso a la Real Academia Española debió ser motivo de alegría nacional ya que no era un cargo partidario ni una militancia coyuntural, sino, un escritor nicaragüense entrando a una de las instituciones culturales más importantes del idioma español. Un hecho así debió estar por encima de las mezquindades políticas. Y, sin embargo, muchos callaron. No porque no sintieran orgullo. Callaron por miedo. Miedo a que celebrar a Sergio Ramírez fuera interpretado como cercanía con su pasado sandinista. Miedo a caer en las tapas alastes de esa oposición que es virulenta con la misma oposición.

Hemos llegado al absurdo de que un nicaragüense no puede alegrarse públicamente por un logro cultural de otro nicaragüense sin calcular antes el costo político de su alegría. Eso ya no es oposición. Es seguridad de Estado versión opositora. Quienes se han dedicado a despedazar la reputación de los demás han secuestrado la libertad de criterio de toda una oposición. No tienen cárceles, pero encarcelan opiniones. No tienen jueces, pero dictan sentencias. No confiscan casas, pero confiscan prestigios.

Por eso todo opositor responsable, antes de actuar, hablar, acusar, publicar o sumarse a una campaña de linchamiento, debe preguntarse: ¿esto que voy a hacer debilita a la dictadura o la fortalece? Esa debería ser la brújula moral y política. Si una crítica interna ayuda a corregir errores, transparentar conductas o elevar el debate, bienvenida sea. Pero si solo sirve para destruir reputaciones, sembrar sospechas, dividir más, alimentar egos y darle munición propagandística al régimen, entonces deja de ser oposición y pasa ser un cómplice de la dictadura.

Atacar a la dictadura es necesario. Atacar a la falsa oposición también lo es. Porque la falsa oposición, mientras dice luchar contra el régimen, termina sirviéndole al reproducir sus peores métodos: la sospecha permanente, la destrucción moral del adversario, la incapacidad de reconocer matices, la necesidad de fabricar traidores y el placer de condenar antes de comprender.

Nicaragua necesita una oposición que piense y no que derrame bilis en contra de sí misma. Una oposición capaz de distinguir entre error y traición, entre pasado complejo y complicidad actual, entre crítica legítima y linchamiento moral. Exigir pureza absoluta en un país atravesado por guerras, revoluciones, pactos, exilios, errores y rectificaciones es una forma elegante de no entender nada.

Una oposición que teme opinar no está libre. Una oposición que calla por miedo a sus propios inquisidores tampoco está libre. Y una oposición que no está libre por dentro difícilmente podrá liberar un país. Porque llorar la muerte de Brooklyn Rivera cuando en otras circunstancias lo hubiéramos linchado se llama hipocresía.

El autor es escritor nicaragüense exiliado en España.

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