Hermin Hernández, el padre del hombre que desenterró a su hijo en Pantasma.

Tragedia en Pantasma: así fue la noche en que un padre desenterró a su hijo

El padre golpeó el cemento, forzó el féretro, cargó el cuerpo por el pueblo y pidió que el muchacho volviera a jugar fútbol. El cierre fue un suicidio.

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Don Hermín Armando Hernández no cuenta esta historia para conmover. La cuenta porque alguien le pregunta y porque él estuvo ahí desde el principio hasta el final en este drama que ha sacudido su natal Santa María de Pantasma.

Es el abuelo del muchacho que murió en el accidente y el padre del hombre que, semanas después de haber exhumado el cuerpo de su hijo, terminó quitándose la vida. Él quedó como testigo en medio un pueblo espantado que todavía no entiende del todo lo que vio.

Hasta da la impresión de que quiere enterrar el tema cuando dice: “¿Qué gano yo hablando de mi hijo y mi nieto si ya están ante Dios, si acaso?”

En las redes y las noticias internacionales, la imagen de don Hermín cargando el retrato de su nieto se divulgó como si él fuera el hombre que se quitó la vida y eso le causa, en medio de todo, un poco de risa: “Imagínese hasta dónde llega la cosa”.

El señor habla despacio, con frases cortas, como quien va sacando los recuerdos de un saco pesado. La voz, un poco gangosa, se oye lejana y en momentos no se oye del todo. Parece asunto de señal.

A sus 67 años, un campesino de siempre y acongojado por los sucesos que le tocó vivir, don Hermín luce una serenidad algo triste. Quizás cansancio. No adorna del todo el relato y a veces repite y pregunta ¿me entiende? A veces se detiene.

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Don Hermín Hernández, limpiando las tumbas de su nieto y de su hijo en el Cementerio Municipal de Pantasma. LA PRENSA/CORTESÍA.

El origen del caso

El 31 de octubre empezó lo que después nadie pudo detener en Santa María de Pantasma, la cabecera municipal de este municipio de Jinotega que se extiende entre cerros y valles verdes.

Héctor Armando Hernández tenía 17 años. Vivía en la comarca El Malecón número dos, con su padre y un hermano menor. Era jugador titular del equipo de fútbol del Malecón 2, había estudiado en el Instituto Nacional Noel Vargas Castro y, cuando le salía trabajo, se iba a las fincas a ganarse algo de dinero.

“No era muchacho de vicios”, dice el abuelo. Era inquieto, como todos, rigioso a la pelota y de gustos modernos, como los muchachos de hoy.

La mamá se había ido del hogar un año antes, por problemas con el carácter del padre del muchacho, agricultor y hombre servicial que perdía los estribos cuando tomaba.

Ese día le pidió la motocicleta prestada a su papá, Héctor Geovanny Hernández. Quería hacer unos trabajos, ganar dinero. Andaba con la idea de ahorrar para comprarse un celular más moderno.

Fue, terminó la diligencia y volvía casa con la plata en la bolsa cuando ocurrió la tragedia. En la carretera a la comarca Zompopera su moto chocó con una vaca. El golpe fue fuerte. El muchacho quedó malherido. Primero lo llevaron a la casa. Después, al Centro de Salud Adelina Ortega Castro, en Pantasma.

El 3 de noviembre, según recuerda el abuelo, aunque cree que pudo ser el 4, confirmaron que no había nada que hacer. Trauma craneoencefálico severo. El muchacho murió. Don Hermín guarda silencio. “¿Me entiende?”

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Héctor Armando Hernández tenía 17 años. LA PRENSA/CORTESÍA.

El entierro

La familia veló el cuerpo dos días en la vivienda del padre en El Malecón 2. El 6 de noviembre, por la tarde, lo llevaron a enterrar.

Antes de ir al cementerio, lo sacaron al campo de fútbol. Sus compañeros llegaron con camisetas, con balones. Hicieron jugadas frente al féretro. Gritaron arengas como si todavía pudiera escucharlos y le pusieron al ataúd una camiseta autografiada por todos. Fue un despedirse a la manera de ellos.

El padre evitó unirse a la despedida y estuvo lejos del féretro todo el tiempo. “Andaba calladito, dolido pues, temblaba ese hombre del dolor por el hijo suyo”, dice Hermín.

Luego el cortejo recorrió el pueblo hasta el cementerio municipal.

“Nosotros lo fuimos a enterrar como de hora a las 3:30 de la tarde”, recuerda don Hermín. Esa hora no se le borra. “Ahí lo dejamos, bien dejado, con su plancheta, con su parrilla de hierro”.

“Dijimos que descanse en paz y ahí sí mi hijo se desmoronó todo él. Se puso hasta pálido”, recuerda. Aquello parecía el final del trágico episodio.

No lo fue.

La exhumación

Esa misma noche, cuando el pueblo ya dormía, Héctor Geovanny salió de su casa con un machete pequeño y un martillo después de haber bebido toda la tarde.

“Como ahora de oscuro, pero casi a las 11 de la noche —dice el abuelo— él lo que sacó de la casa fue un martillo y un cuchillo”.

Don Hermín habla en tercera persona, pero es de su hijo de quien habla. No necesita decirlo.

“Supuestamente que, quizás, golpeó con el martillo el cemento, como estaba tierno, ¿verdad?, la plancheta que se le había hecho. Estaba tierno todavía el cemento. Seguro que levantó la parrilla, entonces quebró toda la plancheta, la quebró y abrió la sepultura”.

El abuelo se detiene un momento antes de seguir.

“Seguro que después se metió ya donde estaba en el cajón y abrió el cajón… y lo sacó, el cuerpo. ¿Me entiende?”

“Del panteón lo trajo como a unos… como a unos 300 metros”, continúa don Hermín. Su meta era llevarlo de vuelta a casa, pero el cansancio lo venció e hizo parada en la primera casa que vio.

“Lo trajo donde un vecino, en una casita destapada. No pidió permiso. Ahí lo metió”. Según el relato, el hombre acostó el cadaver y se hincó ante él, quedó hablándole.

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Luego de quedar grabado por cámaras de seguridad cuando el padre cargaba el cuerpo recién desenterrado de su hijo, el incidente se volvió viral. LA PRENSA/CAPTURA DE PANTALLA.

El espanto del acto

El silencio de la noche de Pantasma se rompió cuando los vecinos oyeron la bulla.

“Como la casita es destapada”, cuenta el abuelo, “entonces él lo metió ahí, se sentó y estaba hablando. Cuando se levantaron a verlo los vecinos, lo vieron con el cuerpo”.

Don Hermín repite lo que otros le contaron porque el hijo, a los días, le confesó que no recordaba los hechos. De no haber sido grabado cargando el cuerpo por las cámaras del Cuerpo de Bomberos Unidos, a casi 100 metros del cementerio, no lo hubiera creído.

“Eso dicen que le decía: ‘Pobrecito mi hijito, despertate, no estés dormido’”.

Algunos vecinos lo vieron llorando. Otros dicen que parecía muy borracho. Estaba enlodado de pies a cabeza y lucía perdido.

También escucharon que decía que tenía frío. “Debe tener frío”, repetía. “Yo siento frío. ¿Ustedes no sienten frío? Si nosotros tenemos frío, ¿cómo no va a tener frío él?”

Alguien le oyó pedir ayuda. Que lo ayudaran a llevarlo al campo de fútbol. Que llamaran a los amigos para que lo llevaran a jugar.

Ahí fue cuando el miedo se regó en el pueblo: “A Héctor se le metió el diablo”.

En esta humilde vivienda se detuvo el padre, agotado, cuando volvía de desenterrar a su hijo. LA PRENSA/CORTESÍA.

Alboroto y espanto

A don Hermín le llegaron a avisar casi de inmediato, un chavalo que llegó en bicicleta casi le bota la puerta. La Policía también llegó. También los bomberos y personal del Ministerio de Salud. La noticia corrió rápido por Pantasma.

El abuelo llegó al lugar a los pocos minutos. Realmente estaba haciendo frío. “Como eso fue a la hora de la noche… ya cuando llegamos, estaba toda esa gente”.

El cuerpo fue recuperado y tenían que devolverlo al cementerio por asuntos de sanidad. La segunda sepultura ocurrió de madrugada, entre las doce y las primeras horas del día 7 de noviembre.

“Allá lo llevamos a enterrar nuevamente, después que lo sacó el papá del niño”, dice el abuelo.

Explica que la tumba todavía no tenía tierra encima.

“Todavía no tenía esa tierra, no, no tenía. La tierra no se la habíamos echado. Después, cuando ya venimos nuevamente a enterrarlo, fue que ya la Policía nos dijo que le echáramos la tierra”, dice.

Con ayuda de vecinos y gente de la Alcaldía, hicieron otra plancheta de cemento, reforzada con varillas de hierro.

“Esta vez ya le echamos la tierra, ya lo dejamos alineadito y protegido”, dice.

Recuerda don Hermín que alguien de una radio preguntó si el cuerpo estaba en mal estado, porque el vecindario decía que la noche «olía a muerto».

“No”, respondió entonces y lo sostiene ahora. “El cuerpo no presentaba mal olor. Estaba sanito, sanito. No tenía nadita de mal olor, nadita, nadita tenía, más bien olía a hospital”.

Don Hermín calcula que unas cien personas, consternadas, acompañaron ese segundo entierro.

“Cuando lo venimos a enterrar la primera vez venían como unas 150 personas. Ya la última vez como fue a medianoche solo vinieron como 100. Esto fue un alarme tremendo”.

Gente de varias comunidades llegó a rezar. “Se reunió gente hasta de varias partes. Aquí donde yo vivo y donde sacamos el cuerpito. A las doce de la noche ocurrió casi todo esto que le digo”.

El abuelo no lo supera. “Es primera vez que ocurre algo así. Aquí en Santa María de Pantasma no habíamos visto eso nunca”.

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El fin del drama

Después vino lo que nadie supo manejar.

Héctor Geovanny quedó mal. Eso lo sabían todos. El centro de salud envió atención psicológica de urgencia. Le hablaron de depresión profunda, de estrés postraumático, pero él no oía o no quería oír.

El alcohol lo empeoró todo. Testigos de una iglesia evangélica lo visitaron varias veces. Uno de ellos dice que fue cinco veces a visitarlo. Le llevaron ropa, comida. Le ofrecieron terapia, ayuda, le recomendaron Alcohólicos Anónimos, pero el hombre no quería nada.

Dicen que los rechazó.

“Dejen de estarme jodiendo”, les gritó en una ocasión. “Yo soy hombre y sé lo que hago”, repetía y luego se iba a tomar.

Ante la Policía, cuando se le pasaba la borrachera, prometía mantenerse alejado del cementerio.

Una noche, una patrulla lo sacó de una cantina donde estaba haciendo escándalos y lo llevó donde su padre, donde don Hermín.

Ahí hablaron. Don Hermín no dramatiza ese momento, el último que habló con él de padre a hijo.

“Yo le dije que dejara de beber, que se compusiera. Que estaba joven todavía. Que buscara una buena mujer. Que le pusiera más hijos. Que los hijos nuevos ayudan a olvidar”.

El hijo le dijo que sí. Que eso haría, pero no lo cumplió.

Dicen que una semana después del incidente estuvo sobrio. Que casi no salía. Que se fue al monte, donde una familia conocida, a trabajar en el campo. Que estuvo tranquilo y oculto, como avergonzado, pero que después del pago regresó al casco urbano.

Y volvió a beber. El pueblo empezó a temer un nuevo incidente, pero no el que finalmente ocurrió.

Ya hablaban de él con espanto, que eso que hizo era cosa del diablo. Que profanar un muerto no queda sin castigo.

La tumba del joven Héctor Armando, ya con tierra y flores después de su segundo sepelio. LA PRENSA/CORTESÍA.

El último día de Héctor

El 9 de diciembre, un martes antes del mediodía, Héctor Geovanny tomó pastillas de curar frijol, fosfuro de aluminio y salió trastabillando de su casa hasta caer a unos metros, enfrente de unos vecinos.

Lo llevaron los Bomberos Unidos al Centro de Salud Adelina Ortega Castro, donde también habían llevado a su hijo. “Dicen que iba como dormido mi hijo, seguro ya estaba rindiendo cuentas al Creador”.

Murió a las 11:40 de la mañana. El diagnóstico fue shock cardiovascular tóxico por consumo del tóxico.

Lo enterraron en el mismo cementerio del que desenterró a su vástago. A pocos metros de la tumba de su hijo. Lo que ha pasado después luego son habladurías y mitos.

Que mejor no pasar de noche por la carretera al cementerio. Y que han visto dos hombres brillantes caminando en la calle que va para los bomberos. Que alguien vio a un muchacho jugando solo a medianoche en el campo de fútbol…

Don Hermín escucha esas historias sin protestar. Las acepta como parte del ambiente que quedó tras el delirio de su hijo.

Hasta da la impresión de que ya quiere enterrar el tema cuando dice “¿Qué gano yo hablando de mi hijo y mi nieto si ya están ante Dios, si acaso?”

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COMENTARIOS

  1. Freddy Larios
    Hace 5 meses

    Triste Historia.

  2. Freddy Larios
    Hace 5 meses

    Triste Historia.

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