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La Iglesia católica, que durante siglos ha sido refugio moral de los nicaragüenses, enfrenta hoy el asedio de un poder que ha intentado silenciar la conciencia espiritual del país. Sacerdotes, monjas, seminaristas y creyentes de la Iglesia católica ponen a prueba, y en silencio, su fe.
“Dios es el único testigo de la lucha que enfrentan cada amanecer mis hermanos sacerdotes”, dice el padre español nacionalizado nicaragüense, Rafael Aragón, exiliado en Costa Rica por la persecución religiosa en Nicaragua.
Desde San Isidro de Coronado, donde ejerce sus servicios religiosos desde 2023, este sacerdote dominico dice ser testigo, como muchas otras veces en la historia, de la infructuosa lucha de una dictadura totalitaria tratando de aplastar a la Iglesia católica.
Nicaragua, dice Aragón, es un infierno para los líderes católicos: los sacerdotes son vigilados y desterrados; las religiosas expulsadas, los templos allanados y sus bienes confiscados; las homilías se pronuncian bajo la mirada de policías que escuchan cada palabra.
“Sin embargo, la fe no ha desaparecido: se ha replegado, transformándose en una resistencia interior y silenciosa”, dice Aragón.
“Como en otras épocas oscuras de la historia, los sacerdotes nicaragüenses ponen a prueba su fe tras 2,000 años de doctrina de sacrificio, reflexión, estudio de la biblia, renuncia a su vida personal y entrega de la vida misma por el prójimo. Y como en otros tiempos, la Iglesia sobrevivirá”, dice.
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“Dios nos prepara para estos martirios”
El padre Aragón, de 75 años, aclara que la persecución religiosa en Nicaragua carece de precedentes en la región centroamericana, pero los líderes del clero la enfrentan con la serenidad de la fe y la valoración propia de cada uno.
“No existe una asignatura ni una preparación para resistir la persecución”, explica. “Cada sacerdote ha tenido que tomar su propia decisión, porque no hay un plan común, no hay una asignatura ni una cátedra de cómo enfrentar a las dictaduras”, dice.
A su modo, él enfrenta el exilio con la oración diaria, la reflexión y el apoyo a migrantes, así como la asistencia espiritual a sacerdotes exiliados.
Aragón vivió entre Nicaragua y Costa Rica durante los años más duros de las dictaduras latinoamericanas de los años 70 y 80.
Su testimonio se basa en la experiencia pastoral y la mirada histórica a otros hechos similares a los que hoy afectan a Nicaragua.
Por ello, explica, que no hay una guía o un manual para aconsejar a los sacerdotes cómo actuar ante la actual dictadura de los Ortega Murillo.
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“Cada uno, desde la fortaleza de su fe, de sus principios y emociones, decide cómo enfrentarse al mal. Hay quienes flaquean, hay otros que crecen y se sostienen en el sacrificio y hay quienes se hincan ante el mal”, dice.
“En algunas diócesis los obispos piden prudencia, en otras, hacen la denuncia abierta. Pero en todas partes se vive con temor. En algunos casos, hay obispos que han llegado al extremo de prohibir oraciones por los sacerdotes desterrados o por los obispos expulsados del país. Son los que han cedido”, denuncia Aragón.
Él ejemplifica la acción de prudencia en el cardenal Leopoldo Brenes; el ejemplo de sacrificio y consecuencia en monseñor Rolando Álvarez y es especialmente crítico contra el obispo Sócrates René Sándigo, de la Diócesis de León, a quien pone como ejemplo de los que han cedido.
Esa fragmentación, dice, refleja la situación de una Iglesia que resiste en condiciones extremas. “Cada sacerdote se sostiene en su espiritualidad personal, en el Evangelio, en la oración. No hay estrategia: solo hay fe. Y en la fe está la fuerza para seguir”.

Amaneceres de gratitud
LA PRENSA logró contactar a dos sacerdotes que ejercen su servicio religioso en Nicaragua, uno de ellos en Managua y otro en un departamento del Pacífico nicaragüense.
El cura de Managua, con todo temor y prudencia, relata que se mantiene en comunicación constante con otros sacerdotes de su generación, de los pocos que quedan en Nicaragua y muy poco, con los exiliados.
“Mi primera comunicación, cada mañana ,es con nuestro Señor Jesucristo, a quien le entrego mi primer pensamiento y oración al despertarme de madrugada. Le doy las gracias por un día más de vida a su servicio”, dice.
Luego, lee un poco de noticias locales, escucha un poco de música instrumental mientras revisa sus acciones del día y busca lecturas y pasajes bíblicos para planificar sus homilías de la semana.
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A diferencia de otros años, esta vez evita verse con otros sacerdotes y comentar temas sociales o religiosos con ellos. En vez de ello, recurre a las tecnologías.
“A veces, si tengo dudas de un mensaje, que pueda ser malinterpretado, se lo comparto a mi asistente que usa la inteligencia artificial para que nos aclare, no vaya ser y cometamos un error que desate a las fuerzas del mal que nos rodean”, dice desde una aplicación de mensajería que usa desde el teléfono de su asistente.
Dice que este año la presión política y vigilancia en su propia parroquia ha sido la misma que el año pasado.
“Ya conozco a mis hermanos enviados a vigilarme. Al menos ya no vienen en uniformes. Yo les dirijo muchos mensajes a ellos, mensajes de fe y arrepentimiento, mi esperanza es que les toque el Espíritu Santo y ellos también sean libres”, dice.
Resignado, pero no vencido
En el otro caso, en un municipio urbano del Pacífico de Nicaragua, un sacerdote procura llevar la vida con resignación y prudencia, pero con “con la fe intacta”.
“Mi obispo me llamó un día y me dijo claramente: ‘Ya viste lo que nos están haciendo. Una oración, una palabra, un gesto, nos puede llevar a la cárcel o al exilio. Tené cuidado, te lo dejo de reflexión’. Yo le dije: Dios me libre y me proteja, pero vamos a ayudarle”, contó.
Ya hace casi dos años que en sus homilías no hay referencias directas a los hermanos sacerdotes exiliados y oraciones por las víctimas de la represión “de Jezabel y su Judas”.
“Yo le explico en pocas palabras mi manera de cargar mi cruz: antes de dormir y al levantarme, oro, leo las sagradas escrituras y salgo a hacer mis mandados lo más cerca y rápido posible. No le niego un consejo ni consuelo a nadie y evito caer en trampas de ya, sabe usted, quienes”, dice mediante WhatsApp.
“Ellos creen que uno, por resignación y estrategia, está vencido. Deben decir en sus adentros ‘jodimos al padre terrorista’, pero solo Jesús sabe quiénes son los perdedores y la fecha de su caída. Ese día está anunciado y pronto lo verán los ojos de los hijos de Dios”, profetiza.
Al igual que sus demás hermanos de fe, dice estar preparado para cuando le toque el turno de sufrir el martirio. “No hay un hermano de fe que no tenga un plan de Dios bajo la almohada. No lo deseamos, pero si llega, el Altísimo nos va proteger y si su voluntad es cargar la cruz, con humildad y amor la vamos a cargar”.
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“La fuerza para no rendirse”
El padre Rafael Aragón observa que el martirio actual no tiene la forma clásica del sacrificio físico como en los tiempos del circo romano, cuando los cristianos eran lanzados a los leones, sino la estrategia del quebrantamiento del espíritu.
“Te van quitando todo poco a poco a ver si te quiebran. Hay sacerdotes que siguen celebrando misa sabiendo que pueden ser detenidos. Hay religiosas que desaparecen sin dejar rastro. Pero la fe no se apaga. Se vive con miedo, pero también con dignidad”, advierte.
Para él, el ejemplo más claro del martirio de los católicos en Nicaragua es el obispo Rolando José Álvarez Lagos.
“Su firmeza en la prisión fue un signo de fortaleza interior. Me imagino que él se iluminó leyendo la pasión del Señor, reflexionando sobre los mártires y santos del pasado. Su vida es testimonio de una fe que no necesita gritar para ser escuchada”, relata Aragón.
El padre Aragón dice que la dictadura se equivoca cuando cree que expulsando a los sacerdotes y poniendo policías en las iglesias va a doblegar a una Iglesia que ha pasado por ello antes: “Cuando todo se derrumba, solo queda el Evangelio. Y en el Evangelio encontramos la fuerza para no rendirnos”.
Una Iglesia acorralada
Desde Madrid, el periodista y analista católico Israel González observa este proceso con una mirada que es más política, pero combinada con devoción y visión histórica.
Para dar una idea del alto nivel de sacrificio de los sacerdotes nicaragüenses, igual que Aragón, ejemplifica la resistencia de los sacerdotes nicaragüenses con la imagen de monseñor Álvarez como “paradigma del martirio y la resistencia”.
Según su análisis, los Ortega y Murillo no han declarado la guerra contra los obispos en sí, sino contra el control de la Iglesia católica: “El régimen no combate la religión como dogma, sino el mensaje liberador que representa el cristianismo. Ellos quieren controlar ese mensaje y el poder de ese mensaje”.

“El régimen teme la esperanza”
“Rolando Álvarez encarna la Iglesia que el régimen detesta: cercana al pueblo, profética, valiente y moralmente libre”, explica González.
Con convicción, observa que “los Ortega-Murillo no persiguen sacerdotes solo por motivos espirituales; lo hacen porque el mensaje cristiano contiene la semilla de la esperanza y la esperanza es lo que más temen los totalitarismos”.
Según González, el conflicto es de fondo: “El sandinismo plantea la sumisión absoluta a la pareja presidencial. En cambio, la Iglesia propone la liberación del ser humano desde la fe, desde los valores morales y espirituales que transforman el espíritu. Esa es la dimensión política de la fe: no es política partidaria, sino la fe encarnada en la vida social”.
El periodista recuerda que la voz de Álvarez se convirtió en símbolo de esa fe activa, en abierto desafío a los discursos de la dictadura.
“Él hablaba desde el Evangelio, pero su palabra tenía consecuencias políticas, porque señalaba el dolor y la injusticia del pueblo. Por eso lo encarcelaron. Lo que el régimen no soporta es la existencia de una voz moral fuera de su control”, agrega.
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Fe en medio del exilio
El padre “José”, diácono nicaragüense de 40 y pico de años, vive desde 2023 en una parroquia semiurbana de la provincia de San José, en Costa Rica. Llegó empapado en lodo, con una mochila pequeña, una Biblia envuelta en periódicos, un rosario y los nervios destrozados.
Sirvió durante casi 15 años en comunidades rurales del norte de Nicaragua y nunca se metió en cosas políticas, dice. Pero su vida cambió con la detención de monseñor Rolando Álvarez, el obispo que él consideraba su guía espiritual.
“Después de que se llevaron a monseñor, comencé a rezar públicamente por él, por la paz del país y por todos los presos políticos. No mencionaba nombres, solo pedía por los que sufrían. Pero eso bastó para que me consideraran enemigo”, cuenta con voz tranquila por teléfono.
Una tarde de agosto de 2023, mientras preparaba la liturgia, un grupo de policías y civiles armados entró en su parroquia. “Me dijeron que tenía que acompañarlos para unas preguntas. Yo sabía lo que eso significaba”, recuerda.

Fue llevado a la parte trasera de la parroquia, que servía de confesionario y allí comenzaron los interrogatorios ante un celular.
“Querían que dijera que monseñor Álvarez era un traidor de la patria, que la Iglesia estaba manipulada por intereses extranjeros. No respondí. En vez de eso, recé”, relata.
A cada pregunta, el padre José contestaba con un salmo. “El Señor es mi pastor, nada me falta”, dijo primero. Luego, “aunque camine por cañadas oscuras, nada temo”. Al tercero, “mi alma tiene sed del Dios vivo”, uno de los oficiales le gritó que se callara y lo abofeteó.
Cómo se lleva la cruz del destierro
Tras varios días de vigilancia y amenazas, un amigo sacerdote le ayudó a salir del país. Cruzó la frontera por puntos ciegos hacia Costa Rica, con la ropa que llevaba puesta, la mochila, la Biblia envuelta en un ejemplar de LA PRENSA y un rosario en el bolsillo.
Desde entonces vive en Costa Rica, donde colabora con una parroquia y acompaña espiritualmente a migrantes nicaragüenses. Espera pronto reunir a algunos familiares que allá han quedado bajo vigilancia policial y lleva el exilio en oraciones y acciones por los migrantes.
Él tiene su propia manera de enfrentar el martirio del exilio. Cada día ora por Nicaragua.
“Le pido a Dios que me perdone por los malos sentimientos que a veces tengo hacia Ortega y Murillo. No quiero odiar. Quiero entender, porque olvidar es difícil”, manifiesta.
Dice que su fortaleza nace de tres figuras cuyas vidas ha contemplado y admirado: Juan Pablo II, por su valentía frente al comunismo; monseñor Óscar Romero, por su entrega a los pobres; y monseñor Rolando Álvarez, por su serenidad en la cárcel. “Ellos me enseñaron que la fe se defiende el ejemplo de santidad”.
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El martirio en cifras
El séptimo informe Nicaragua: una Iglesia perseguida?, elaborado por la jurista e investigadora católica Martha Patricia Molina Montenegro, ofrece el marco estadístico y testimonial que confirman las palabras de ambos religiosos.
El documento, publicado en julio de 2025, registra 1,010 agresiones directas contra la Iglesia católica y 16,564 actividades religiosas prohibidas desde abril de 2018.
Según Molina, 302 religiosos, entre obispos, sacerdotes, diáconos, seminaristas y religiosas, ya no ejercen su ministerio en el país.
Cuatro obispos, entre ellos Rolando Álvarez, fueron desterrados; 149 sacerdotes fueron expulsados o forzados al exilio; tres diáconos y 13 seminaristas abandonaron sus comunidades por amenazas; y 132 religiosas se vieron obligadas a marcharse o no pudieron regresar.
Los ataques se dividen en siete categorías: represión directa, profanaciones, cierre de templos, confiscaciones, campañas de odio, persecución a laicos y asaltos a instituciones educativas y medios católicos.
El estudio advierte que el martirio no solo es físico: “El daño psicológico y espiritual es profundo”, señala. Molina cita de ejemplo al propio monseñor Álvarez, quien reconoció tras su prisión haber quedado “menos cero en todas mis capacidades psicológicas, morales y espirituales”.
La fe bajo vigilancia
El informe también detalla el control absoluto de la vida religiosa en el país bajo la dictadura.
Según la autora, más del 98 % de las actividades religiosas públicas han sido prohibidas por la Policía del régimen.
Las procesiones se limitan a recorridos dentro de los templos y las homilías son monitoreadas. Treinta y seis propiedades eclesiásticas, entre colegios, universidades y medios, han sido confiscados.
En paralelo, el régimen ha promovido 78 discursos de odio y 14 profanaciones con contenido blasfemo. “Los mensajes de odio incitan a policías, paramilitares y miembros de la Juventud Sandinista a ejecutar actos ilegales, sabiendo que gozan de impunidad”, escribe Molina.
La jurista interpreta este patrón como una persecución sistemática y planificada, cuyo fin no es eliminar físicamente al clero, sino quebrar el espíritu de la comunidad creyente.

La Iglesia de las catacumbas
El periodista Israel González describe cómo, ante la represión, la Iglesia dentro de Nicaragua ha adoptado una estrategia ancestral para mantener la fe y resistir la embestida: la de las catacumbas.
“La nicaragüense es una Iglesia que sigue predicando, pero lo hace en silencio, en pequeñas comunidades, en espacios cerrados. Esa es una tradición muy antigua en la historia cristiana: predicar en la oscuridad cuando el poder persigue a los cristianos”, explica.
Recuerda que en Nicaragua no se había visto una retórica anticlerical tan violenta desde el siglo XIX, durante la Revolución Liberal de José Santos Zelaya.
“El régimen actual ha recuperado ese discurso de odio hacia la Iglesia. Pero a diferencia de entonces, ahora el Estado controla los medios de comunicación, las instituciones y los símbolos religiosos, que usa para su propia propaganda”, explica.
En su análisis, González afirma que el régimen Ortega-Murillo ha convertido la religión en instrumento de legitimación política.
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“El régimen quiere apropiarse de la fe para justificar su poder. Pero la Iglesia insiste en que la conciencia humana es inviolable. Nadie puede entrar en ese territorio donde el ser humano se encuentra con Dios. Por eso el orteguismo teme tanto a la Iglesia: porque no puede controlar la conciencia”, dice.
González traza un paralelismo histórico. “Los regímenes totalitarios siempre han chocado con la Iglesia: Napoleón, los fascismos europeos, los comunismos del siglo XX, las dictaduras militares en América Latina. Todos intentaron someter la fe y todos fracasaron. Porque la fe, cuando es auténtica, no se negocia”.
Lejos de su país, González observa que los sacerdotes y religiosas exiliados siguen sosteniendo el vínculo espiritual de los nicaragüenses dispersos y “cargan la cruz” con resignación y acciones.
“Monseñor Silvio José Báez, desde Miami, celebra cada domingo una misa para la diáspora; monseñor Carlos Enrique Herrera ha oficiado eucaristías con migrantes en España; y el propio Álvarez, cuando ha podido viajar, ha animado a sacerdotes y comunidades hermanas a resistir en la fe”, relata González.
“Hay una Iglesia viva en el exilio”, subraya. “No se ha rendido. Está fragmentada geográficamente, pero unida espiritualmente. Y lo que mantiene esa unión es la esperanza”.
Ahí radica la fuerza de la resistencia, en la esperanza y en la fe, dice.
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