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La voz grave del locutor retumba en inglés por los parlantes y arrastra las sílabas como si fueran trompetas de guerra al anunciarlo: “Ladies and gentlemen, please welcome Osman Álvarez, The Cat from Nicaragua!”. La multitud estalla en vítores y silbidos.
En medio de la arena, bajo los reflectores que dibujan sombras largas, aparece una figura menuda pero fornida, curtida por el sol y el tiempo, con músculos tensos como nudos de mecate.
Lleva sombrero vaquero centrado, botas altas con espuelas y los arreos que marcan a cualquier jinete de rodeo.
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Pero Osman Álvarez Rocha no es cualquier jinete: en la manga de la camisa, cosida con paciencia, asoma la escarapela azul y blanco de Nicaragua, como un recordatorio de la patria que dejó atrás hace un cuarto de siglo.
En el cuello, a veces anudada, flamea la misma bandera. Y sobre la espalda, casi infantil y curiosa, una mochilita de Winnie the Pooh, regalo de una hija que en su inocencia se la obsequio para que lo cuidara de todo mal.
El toro ruge: un animal que sobrepasa los 700 kilos, pura furia con patas y cachos, una briosa montaña de músculos que parece hecha para quebrar huesos. El jinete luce pequeño: 170 centímetros y 150 libras. La puerta del cajón se abre de golpe y la bestia salta como un resorte enloquecido, sacudiéndose con violencia para arrancar de su lomo al jinete.

Ocho segundos de gloria
Cada brinco busca lanzarlo al vacío. La arena se arremolina en espiral, la multitud grita y en esos eternos ocho segundos Osman sabe que la vida pende de un hilo: puede romperse las costillas, volar por los aires y estrellarse contra la tierra.
Pero también puede resistir, apretar los muslos, aferrarse al cuero áspero y ver desde la arena a los vaqueros que lo salvan del furioso animal de cuyo lomo ha caído.
Sobrevive. A veces maltrecho, revolcado, con el cuerpo magullado y con huesos rotos y sangre. A veces, muchas noches, lo aplauden, lo vitorean y él levanta la bandera de Nicaragua para que el mundo sepa de dónde viene.
Osman Álvarez lleva treinta años dedicados a lo mismo: desafiar a las bestias en los redondeles de Centroamérica, México, Estados Unidos y, en los últimos tres años, en Canadá.
Errante desde que salió de Nicaragua en el año 2000, arrastra consigo un destino hecho de arena, sangre y cicatrices.
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Historia en voz propia
Les voy a contar una historia. Allá por 1996, en la barrera de mi pueblito, me animé a montar mi primer toro en una plaza, aunque yo sabía que mi mamá me iba a cachimbear por eso y no me daba valor de montar. Jamás se me va a olvidar.
Mi primo Chester Angulo era el que agarraba los contratos de los jinetes en el pueblo, un gran jinete en esos tiempos. Él fue el que me amarró las espuelas y me dijo: “¡Arriba, pariente, hágale güevo!”. Era un toro blanco braman de los hermanos Payines. Me le quedé a ese toro y así empezó el largo camino.
Una persona muy conocida de Boaco, el señor Iñaki Incer Romeo, formó un Club de Rodeo de Boaco, y mi primo Chester fundó el Club de Rodeo Los Barrilitos de Santa Lucía. Originalmente lo componíamos Chester Angulo, Jimmy Mayorga “El Mono”, Yader Mayorga, Alan Rocha, “El Dormido”, Wilfredo Escobar y mi persona.
Nos decían Los Barrilitos porque entrenábamos en un barril rústico en la casa de “El Dormido”. Empezamos a practicar con un cinchón de una mano, porque se venía una competencia que el señor Iñaki había organizado al estilo americano.
Ese señor tenía la visión de inculcar el rodeo americano en Nicaragua, y nosotros participamos en ese evento, el cual ganamos si no estoy equivocado: Alan Rocha quedó en primer lugar, Jimmy en segundo y yo en tercero.
Era estilo americano, es decir a una sola mano y con espuela de rodeo o “acicates”, como se les decía en ese tiempo.
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Un jinete profesional
Así empezó mi camino. Una cosa llevó a la otra. Hoy, con 44 años encima, he recorrido muchísimos kilómetros. La vida me dio la oportunidad de retomar las montas al estilo americano. Hay demasiados jinetes buenísimos en este deporte, pero aquí andamos pulseándola. Ahora estoy más que agradecido con Dios por haber llegado a las grandes ligas del rodeo.
No sé ustedes, los jinetes de Nicaragua, qué piensen, pero para mí estar montando en el show del PBR (Professional Bulls Riders) es lo máximo, la culminación de mi carrera. Algún día contarán la historia del primer nicaragüense que llegó a este nivel.
Y saben una cosa: quizá viajen a Honduras, El Salvador, Costa Rica, Guatemala o México, y vayan a un rodeo donde mi nombre ya será conocido, porque desde que salí del pueblo, he recorrido todas esas plazas haciendo esto que ahora sigo haciendo.
Esta es parte de una historia que la llevo tatuada en el alma, y el día que me muera, moriré contento por esta hermosa vida. ¡Que le zumbe la Catarina!
Arriero en el camino
Osman nació en Santa Lucía, Boaco. Allá al pie del Cerro Viejo y junto a la Peña Labrada, había una finquita llamada Las Lagunas y a la entrada del pueblo, junto al cementerio municipal, estaba otra finca llamada Los Charcones. Allí creció detrás del ganado, trabajando, brincando alambrados y arreando vacas bravas recién paridas.
En Santa Lucía las fiestas patronales no se entenderían sin la corrida de toros. El redondel rústico y festivo, hecho de tablas curadas y mecates tensados, era el centro de todo: entre chicheros y cohetes, allí se medía la hombría y se probaba el valor, se buscaba la gloria y la plata.
A mediados de los años noventa, siendo apenas un cipote de 14 años, se animó a montar su primer toro en secreto y lo domó. Desde ese día, su vida tomó una ruta sin retorno.
Se fue de Nicaragua en el 2000 y a partir de entonces los años siguientes fueron una cadena de redondeles, ranchos y pueblos de toros bravos y caídas dolorosas, de sociedad de vaqueros rudos y familias rurales que lo acogieron como uno de los suyos.
Álvarez se integró de inmediato en esos ambientes: encontró en esa hermandad de jinetes el sentido de pertenencia que le marcó el camino.
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El peligro como zona de confort
Era un joven menudo cuando se lanzó al ruedo. Ganó fuerza y músculo en el trabajo de rancho, en la construcción y en los gimnasios. Se fue haciendo nombre en las plazas, donde la gente lo reconocía por la terquedad de no rendirse y por la bandera que siempre llevaba consigo.
“Es un gato para agarrarse”, decían en los parlantes sobre sus habilidades de sobrevivencia a lomo de toro.
Una vez en 2022, cuando en México ya había ganado fama entre los vaqueros como “El gato de Nicaragua”, Osman contó al canal de Youtube Territorio Vaquero, que la vida de los jinetes era dura, peligrosa y mal pagada.
Dormían en cualquier parte, comían lo que podían, casi siempre apurados, a la hora que se podía, sin embargo, todo lo compensaba la oportunidad de mostrar su bravura en el rodeo y la posibilidad de ganar un puñado de billetes sobre el lomo de un toro bravo.
Para Osman este oficio ha sido más que una pasión: es una especie de destino. “Yo no sé qué voy a hacer cuando ya no pueda montar”, dice con preocupación ante el micrófono. “Ustedes tienen su zona de confort en el peligro”, le dijo con respeto el entrevistador, Jorge Hernández.
Álvarez Rocha tiene un carácter forjado en ese rudo oficio: es bromista con sus amigos, serio con sus patrones y parco en palabras, desconfiado con los desconocidos, pero terco en sus decisiones y conceptos. Aun cuando le preguntan por qué sigue arriesgándose, a mitad de camino hacia los 50, responde encogiéndose de hombros: “Es lo que soy”.
Vida errante
Tras atravesar Centroamérica, trabajando en labores de campo o de construcción, montando toros y arreando vacas, México lo recibió con sus ferias multitudinarias y con la dureza de un circuito que exige más de lo que paga.
Osman aprendió pronto que solo como jinete no iba a sobrevivir, así que buscó trabajo de lo que cayera: albañil, cargador, jinete, campisto. Así sobrevivió, así se forjó, dice ahora con orgullo.
Desde Jalisco, donde vivió algunos años, viajó a Estados Unidos, donde el rodeo era negocio de magnitudes mayores. Allí el público aplaudía y la adrenalina lo colmaba.
Osman se adaptó a ese espectáculo y se hizo conocido en circuitos mexicanos, donde lo reconocían como uno de los suyos. De hecho, obtuvo la nacionalidad mexicana.
Le gritaban “Gato” o “Nica” desde las gradas, y él respondía levantando el sombrero y entonando su grito de guerra: “Que le zumbe la Catarina”, según se ve en los múltiples videos y fotos de sus andanzas.
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Pero no todo ha sido gloria. El cuerpo le fue cobrando la factura: fracturas en los brazos, clavículas zafadas, cirugías, cicatrices, huesos rotos y otros dolores que se activan en las madrugadas frías.
Después de la pandemia, tiempo muerto en el que no hizo más que practicar solitario, decidió irse a Estados Unidos a tratar de asentarse y brillar en los torneos. La falta de papeles y las condiciones adversas lo maltrataron y decidió alzar vuelo a Canadá, donde hoy reside con algunos familiares.
Con el tiempo, Alberta se volvió su última parada. Llegó hace tres años, buscando nuevas oportunidades y un escenario distinto. Allí, donde la nieve parece infinita, Osman encontró un público que lo recibió con calidez. Para ellos, ese latino menudo que monta toros bravos es una especie de héroe exótico.
Él lo sabe, lo siente, pero no se deja marear por el aplauso y tras concluir cada evento, regresa al trabajo de construcción con el que se paga sus gastos de vida. Nunca olvida llevar y traer consigo la bandera de su país y el osito Winnie the Pooh, testigos y amuletos de sus ausencias y suertes.

Grandes ligas del rodeo
En el universo de los vaqueros modernos, el Professional Bull Riders (PBR) ocupa un lugar central. Se trata de la liga más grande y organizada de montas de toros en el mundo desde 1992, cuando varios jinetes, cansados de las limitaciones del rodeo tradicional, juntaron mil dólares cada uno para fundar su propia organización.
Apostaron todo a la idea de que la monta de toros no solo era una disciplina dentro del rodeo, sino un deporte extremo en sí mismo, capaz de cautivar multitudes en Estados Unidos, Brasil, Canadá o Australia. Tres décadas después, con sede en Fort Worth, Texas, su apuesta es un emporio que mueve millones, con patrocinadores globales y transmisiones televisivas que llegan a millones de hogares.
La regla esencial es sencilla y salvaje: ocho segundos como mínimo para marcar puntuación. Ese es el tiempo que el jinete debe permanecer sobre un toro que supera los 700 u 800 kilos, entrenado y seleccionado por su ferocidad. El jinete se aferra a una cuerda atada al lomo del animal, solo con una mano.
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La otra debe quedar libre, porque si roza al toro aunque sea por instinto, la monta queda anulada. No hay margen para el error. Un resbalón, un mal cálculo y lo pierden todo, sin importar que la bestia lo lance como muñeco de trapo contra la arena.
El PBR se distingue también porque no solo puntúa al jinete, sino al toro. El máximo de 100 puntos se reparte en dos mitades: hasta 50 para el vaquero, según su equilibrio, control y estilo, y hasta 50 para el animal, según su fuerza y agresividad.
De esa combinación nace la espectacularidad: cuanto más bravo el toro, más alta puede ser la calificación. Para muchos, es el “deporte más extremo de América”, porque no hay red de seguridad más allá de los payasos y protectores de rodeo que se interponen para distraer a la bestia cuando el jinete cae.
La estructura de la liga es jerárquica y se juega por categorías, en equipos o individuales. El atractivo ha resultado global y ha consignado premios millonarios, pero el riesgo sigue siendo el mismo de siempre: ocho segundos en los que un hombre desafía a la fuerza bruta de un toro, como lo ha hecho Osman.

El hombre detrás del jinete
Osman no es un hombre de grandes discursos, pero se expresa con ruda franqueza. Habla con frases cortas, como quien mide las palabras y suele decir lo que piensa sin filtros.
Esa franqueza le sirvió para que el presidente Arnoldo Alemán, en 1996, le mandara a reparar el instituto de Santa Lucía y les donara plata para la fiesta de graduación.
Alemán recorría la zona rural del país buscando el apoyo campesino y Osman, que era estudiante de la zona, se acercó a ver el alboroto. Arnoldo lo increpó directo: “Vos chavalo, se mira que sos araña, decime qué es lo querés”.
Le dijo: “Quiero que nos arreglés el instituto que se nos está cayendo, que nos des instrumentos nuevos para la banda de guerra y que nos des reales porque nos vamos a promocionar este año”.
Y dicho y hecho: ese año les arreglaron el instituto, les dieron instrumentos nuevos y aproximadamente 5 mil córdobas para la promoción.
La gente que lo conoce lo describe como terco, resistente, humilde y trabajador, con un sentido del humor cálido en sus círculos, capaz de bailar en medio trabajo de paleo y zanjeo. No se le escucha quejarse mucho, da gracias constante a Dios por su suerte y aunque los dolores lo acompañen en los tiempos gélidos, dice no arrepentirse de cada cicatriz. Dice que el dolor es parte de la vida.
Fuera del redondel, Osman carga con una cabanga que no lo abruma, pero nunca lo abandona. Piensa en Nicaragua, en los caminos de tierra y monte de su infancia, en los amigos que quedaron allá y en la madre que ya no pudo volver a ver. Su padre, un hombre de ojos verdes a quien le decían “El Gato”, murió en los años 90 en un accidente y de él guarda, aparte del cariño, los mejores consejos de vida que como único hijo varón recibió.
El mal de patria que a veces lo embarga, le pesa tanto como la rabia contra los sandinistas. “Algún día volveré cuando Nicaragua sea libre de nuevo”, dice.
Su visión de la vida es sencilla y, al mismo tiempo, profunda: aprovechar cada instante mientras pueda.
Para él, los ocho segundos sobre el lomo de un toro son como una metáfora de vida. Resistir en medio de la violencia, aferrarse con fuerza cuando todo parece sacudirse, mantenerse en pie, aunque el cuerpo quiera rendirse y soltar cuando ya no se pueda.
Esa filosofía lo acompaña fuera de la arena, en las calles, en los trabajos temporales, en la vida migrante que nunca se asienta del todo.




En borde del retiro
A los 44 años, Osman sabe que el cuerpo no aguanta para siempre y que está en el límite de un deporte extremo donde se les llama veteranos a los que pasan de 30 años.
Sabe que cada montada puede ser la última, pero asegura no lo asusta el final. Más bien lo prepara para retirarse con dignidad, dice él. Sueña con dejar un legado, con enseñar a otros lo que ha aprendido, con que la historia de su vida sirva para mostrar que desde un pueblito de Nicaragua se puede llegar, “con huevos”, a cualquier redondel del mundo.
Habla de su futuro con serenidad. No sueña con riquezas, sino con estabilidad. Quisiera tener un pequeño rancho, quizá en Canadá, quizá de regreso en Centroamérica, donde pueda criar caballos y ganado, donde pueda enseñar a los jóvenes a montar. Pero sobre todo, quisiera reunir a su familia, abrazarlos sin la distancia de por medio. Esa esperanza lo sostiene más que el aplauso del público o que los ocho segundos sobre el lomo de un toro.
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