Ricardo Juárez posa junto a los trofeos que ha ganado en el beisbol costarricense. LA PRENSA/ ÓSCAR NAVARRETE

Los “grandes ligas” del nicaragüense Ricardo Juárez en La Carpio

En las calles de La Carpio, en Costa Rica, los niños casi no juegan futbol. La pasión es el beisbol, gracias al trabajo de un nicaragüense que también busca mantener a los niños y adolescentes de ese lugar alejados del vicio y la violencia.

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La idea de tomar la foto fue tener un recuerdo de los primeros niños que se inscribían en la recién creada Academia de Beisbol La Carpio, en San José, Costa Rica.

Sin embargo, el principal promotor de la academia, el nicaragüense Ricardo Juárez, notó algo que le “chocó”, pues algunos de los niños, que oscilan entre las edades de 6 y 15 años, con las manos estaban haciendo señas que son propias de los “mareros”.

Eso ocurrió hace ya ocho meses y la situación ha cambiado. Juárez habló con los 45 niños que actualmente integran la academia y se establecieron reglas: nada de realizar gestos con los que se identifican los delincuentes y nada de palabras soeces, que fue otra debilidad que Juárez notó en los infantes.

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Una vez, el equipo fue a un fogueo y Juárez se llevó una vergüenza porque los niños “decían de todo”, por lo que se propuso que eso tampoco volviera a ocurrir.

Niños juegan beisbol en una calle de La Carpio, muy cerca de la casa de Ricardo Juárez. LA PRENSA/ ÓSCAR NAVARRETE

Juárez, un nicaragüense originario de El Viejo, Chinandega, pero que ha residido en La Carpio durante los últimos 23 años, tiene junto a su familia una empresa constructora y, como su pasión siempre ha sido el beisbol, y también desea “retribuir lo que la vida me ha dado”, apoyó en todas las formas la creación de la academia de beisbol en La Carpio, una zona habitada mayoritariamente por personas de origen nicaragüense y que está caracterizada como peligrosa, violenta, donde hay cierto nivel de criminalidad.

Nada más arrancar con el proyecto, él y su familia se percataron de que una buena parte de los niños y adolescentes de la academia están en riesgo de caer en drogas, algunos ya consumiendo y otros con padres consumidores, aunque no da nombres de ninguno para respetarles la privacidad.

Ahora el proyecto no solo es deportivo, sino también social y busca mantener alejados de los vicios y de la violencia a cada uno de los niños y adolescentes miembros de la academia.

“Son niños que desde que llegaron (a la academia), vieron una oportunidad de jugar beisbol y de que la vida les cambie literalmente. Aquí les inculcamos el respeto sobre todas las cosas y que no importa si llegan o no a ser beisbolistas profesionales, para mí, en lo personal, ellos están jugando ya en las grandes ligas, en las grandes ligas de la vida, con solo el hecho de haber salido de donde estaban entrando y haber dicho ´no´ y cerrar esa puerta y abrir la puerta del futuro. Creo que para mí ya son jugadores de Grandes Ligas y así se los digo”, explica Juárez en entrevista con la Revista DOMINGO.

Al frente de la academia está Stephanie Dayana Castillo Almanza, de 28 años, nuera de Juárez porque está casada con su hijo Jorge y quien es originaria de Granada, pero toda la vida ha vivido en Costa Rica.

“Ella es la que se hace cargo de todo, Stephanie, y ha adoptado a todos los niños como sus propios chiquillos”, afirma Juárez.

Una pulpería en La Carpio. LA PRENSA/ ÓSCAR NAVARRETE

Beisbol en la sangre

Ricardo Juárez nació hace 54 años en la comarca El Manzanillo número Dos, en El Viejo, Chinandega. Su abuelo, Marco Escalante, es uno de los fundadores de la comunidad, donde también nacieron sus padres, Jorge Sánchez y Rosa Isidra Juárez.

El abuelo Marco Escalante donó un pedazo de terreno de su finca para montar el cuadro de beisbol de la comunidad en El Manzano y desde pequeño Ricardo Juárez creció viendo jugar a su padre y a sus tíos, algunos de los cuales fueron muy reconocidos en las ligas Mayor A campesinas, como “Martinón”, a como llamaban a su tío Martín Juárez, que jugó también pelota profesional, en el equipo chinandegano llamado Flor de Caña, en los años setenta del siglo pasado.

Sin embargo, los beisbolistas más conocidos de su familia son Pablo Juárez, con quien es primo hermano, hijo de su tío Miguel. Y también el pícher William Juárez.

Ian Juárez Castillo, nieto de Ricardo Juárez, con el uniforme del equipo de La Carpio, junto a su madre Stephanie Castillo. LA PRENSA/ ÓSCAR NAVARRETE

El ya fallecido Pablo Juárez fue uno de los más temibles bateadores en la historia del beisbol nacional, según palabras del cronista deportivo Edgard Rodríguez, y en Primera División ganó tres campeonatos de bateo, resumiendo en las 20 temporadas que jugó un promedio de bateo de .317, mientras brillaba también en la Selección Nacional.

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Por su parte, su sobrino William Juárez fue un lanzador derecho que estuvo a punto de llegar a las Grandes Ligas del beisbol estadounidense y recientemente fue manager del equipo profesional de Chinandega.

El mismo Ricardo Juárez también jugó beisbol, como pícher, pero, a diferencia de algunos de sus familiares, nunca ningún equipo grande llegó a preguntar por él. “Tengo que ser sincero”, dice entre risas.

Una vida de trabajo

Ricardo Juárez se dedicó a trabajar. A los 13 años se mudó a la ciudad de El Viejo, para encontrar trabajo en el ingenio Monterrosa, cuando solo había aprobado el quinto grado de primaria.

“Yo crezco en El Manzano y emigro a la ciudad como a los 13 años a El Viejo, buscando cómo trabajar y cómo tener oportunidades, en el ingenio Monterrosa, aprender un oficio porque no tenía oportunidad de estudio. Entré con quinto grado y me hice tornero en el ingenio”, relata.

Trabajando en el ingenio, fue llamado a cumplir el servicio militar de los años ochenta y, al cumplirlo, regresó a trabajar al ingenio, del cual salió en 1992 y desde entonces se dedicó a trabajar como tornero.

Desde 1988, estaba unido con Lilian del Socorro García, actualmente de 50 años, quien siempre lo ha acompañado en todo, hasta en la pasión por el beisbol. Se casaron recientemente y tienen tres hijos: José Manuel, Jorge Alberto y Ricardo Juárez García. De una anterior relación, él ya tenía a su hijo mayor, Ricardo Ramiro Juárez.

La calle donde vive Ricardo Juárez. LA PRENSA/ ÓSCAR NAVARRETE

Las cosas le iban tan bien en Chinandega, trabajando en la reparación de tractores, que hasta compró cuatro de esas máquinas y también tuvo los recursos suficientes para apoyar un equipo de la comarca El Manzanillo, que participaba en la liga campesina Mayor A, en la zona Río Viejo.

Juárez dice que patrocinar un equipo de beisbol no genera ganancias, pero lo hace por el amor al deporte y para ayudar a los demás, especialmente a los niños y jóvenes, que necesitan tanto apoyo para no caer en los vicios.

El Mitch lo empujó a Costa Rica

En 1998, el huracán Mitch arruinó el negocio de las camaroneras, que era la principal actividad económica del occidente del país.

La situación económica se complicó tanto en esos años, que Ricardo Juárez optó por trasladarse a Costa Rica, porque le habían dicho que en ese país los torneros ganaban muy bien.

Juárez nunca pudo comprobar eso, porque llegó un sábado de 2002 a La Carpio, al día siguiente estuvo conversando con su hermano y un amigo de este último, quien le habló de una oportunidad de trabajo en el relleno sanitario de La Carpio, un proyecto donde procesan la basura.

El primer año fue difícil porque con la familia se fue a vivir a la casa de sus padres, que ya tenían 12 años de vivir en La Carpio, pero vivían hacinados. “Estaba mi hermano Enrique, el menor, que tenía dos (hijos). Estaba la Mayra, la hermana mayor, tenía cuatro. Estaba Luis, tenía una y Milton tenía una. Cuando amanecíamos los fines de semana en la casa, eso parecía una escuela, un kinder. Era tremendo”, recuerda Juárez, aunque reconoce que fue una gran ayuda, porque no pagaba casa.

A pesar de que había tenido tractores en El Viejo, Juárez no los puso a trabajar nunca, por lo que no tenía experiencia manejando maquinaria pesada. Sin embargo, se atrevió a conducir un articulado, una especie de volquete, cuando lo llevaron a la empresa recicladora de basura.

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En esa empresa, que se llama Ebi, se hizo de un grupo de amigos, aunque al principio no fue fácil, pues sintió rechazo de los costarricenses hacia los nicaragüenses, pero al final tuvo un buen grupo de amigos, quienes lo invitaron a un cuadro de beisbol en La Sabana, pues la empresa patrocinaba un equipo.

Posteriormente, el gerente de la empresa, Juan Carlos Obando, lo invitó a que participara en el mejoramiento del equipo de la empresa. Al principio, fue todo un fiasco, pero, con sugerencias que le hizo Juárez a Obando, al año siguiente contrataron a buenos jugadores, los cuales entraron a laborar en la empresa, y ese año fueron semifinalistas de la segunda división de Costa Rica.

“Juan Carlos, alegrísimo. Nos hizo un fiestón y todo”, recuerda Juárez.

La academia de beisbol de La Carpio, fundada hace ocho meses por Ricardo Juárez y su familia. LA PRENSA/ CORTESÍA

Ricardo Juárez llegaba temprano a trabajar, a las 5:00 de la mañana ya había revisado su máquina para echarla a andar.

En las idas y venidas al trabajo, pasaba por un lugar en La Carpio que era un basurero y de repente leyó que era un terreno que estaban vendiendo. Después de rebuscar al dueño, se enteró que el precio del terreno era de 800 mil colones, aproximadamente cinco mil dólares de la época, un dinero que no tenía en ese momento.

Sin embargo, al mismo tiempo, sus familiares de El Viejo lo llamaron diciéndole que andaba un estadounidense queriendo comprar un lote que su abuelo Marco Escalante le había dejado como herencia en las costas de El Manzanillo y ofrecía cinco mil dólares por el mismo.

Así fue como Juárez pudo comprar el terreno donde vive actualmente, en una hermosa casa de dos pisos que ha construido poco a poco, con el paso del tiempo.

De la misma forma ha trabajado en otras dos empresas, en las que fue escalando y también aprendiendo del negocio de las construcciones horizontales en Costa Rica, hasta que formó su propia empresa, Construcciones del Norte, a la que llamó así porque Nicaragua, su país natal, está al norte de Costa Rica. Y también, de alguna manera, El Viejo también está en la parte norte de Nicaragua.

Es con las utilidades de esa empresa que él y su familia pueden financiar a la academia de beisbol de La Carpio, y ayudar a los niños y adolescentes de La Carpio para que se mantengan alejados de los vicios y la violencia.

Los niños de la academia de La Carpio en acción en un juego. LA PRENSA/ CORTESÍA

El nacimiento de la academia

Siempre en su pasión por el beisbol, Ricardo Juárez es actualmente manager del equipo de La Carpio, que juega en la Liga Costarricense de Béisbol Superior Durman 2025, la máxima categoría del país, y se consagró campeón nacional el pasado domingo 13 de abril.

La mayoría de los jugadores son de La Carpio y se trata de un equipo que Juárez apoya en todos los sentidos.

Uno de los nietos de Juárez, Ian Juárez Castillo, demostró que le gustaba el beisbol desde que tenía un año y medio de edad, por lo que, hace aproximadamente un año, lo metieron a la academia costarricense de beisbol que existe en La Sabana, siempre en San José.

Sin embargo, el niño, actualmente de 11 años, sufría de cierto rechazo de sus compañeros, los que en su mayoría provienen de familias adineradas o de clase social alta. Es así, porque en Costa Rica, a quien vive en La Carpio, lo rechazan en la sociedad costarricense, explica, Juárez. “Hay que decir las cosas como son”, dice.

Ricardo Juárez junto a su nuera Stephanie Castillo, la directora de la academia de beisbol de La Carpio. LA PRENSA/ CORTESÍA

Es por ello por lo que Juárez, teniendo las posibilidades, y que dirige un equipo de jugadores de calidad, decidió junto a su familia fundar la academia de beisbol en La Carpio, para lo cual pide a los jugadores del equipo grande que entrenen a los más pequeños.

En el proyecto también apoyan jugadores nicaragüenses que por temporadas llegan a jugar a Costa Rica, como fue el caso del pelotero del Bóer, Javier Robles, o lo es también de Javier Herrera, actualmente miembro del cuerpo técnico del equipo de primera división Brumas de Jinotega, quien en vacaciones se va a La Carpio a apoyar el proyecto de Juárez.

Actualmente, además de que Juárez y su familia apoyan a los niños y adolescentes de La Carpio a que se mantengan alejados del mal, en ese barrio donde habitan una mayoría de nicaragüenses, ya no se juega futbol. En las calles, lo que se ve es a niños cargando bates y jugando a la pelota.

Algunos de los niños de la academia. LA PRENSA/ CORTESÍA

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