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A la edad de 20 años, el escritor colombiano Gabriel García Márquez, conocido como Gabo, estudiaba Derecho en la Universidad Nacional de Bogotá, pero pasaba la mayor parte de su tiempo en ese recinto leyendo a Rubén Darío, Neruda, Jiménez, Balzac, Dickens, Stendal o Flaubert.
“Hubo una época en que era capaz de recitar de memoria por lo menos lo más importante del Siglo de Oro español, lo más importante de los románticos en lengua castellana; en que podía recitar a Rubén Darío, letra por letra, desde el primero hasta el último verso de muchos de sus poemas”, dijo después Gabo, en 1980, cuando visitó por primera vez Nicaragua y fue entrevistado por los oyentes de Radio Sandino.
Con el tiempo, Gabo se fue identificando con el poeta nicaragüense, cuyas obras conoció de la mano del director del Liceo Nacional de Colombia, donde estudió de joven.
“Ambos habían crecido en un remoto pueblo de provincias en un pequeño país latinoamericano. Darío había demostrado que era posible ascender de un entorno así para convertirse en un escritor de renombre mundial. Las vagas ideas de Gabo comenzaron a cristalizar: decidió que él también se convertiría en un escritor famoso”, escribió Paul Strathern en su libro García Márquez in 90 minutes.
Otras fuentes afirman que la idea de ser escritor surgió en Gabo tras leer Metamorfosis, de Kafka.
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García Márquez nació en 1927 en un pequeño pueblo de Aracataca, al norte de Colombia, una región tropical donde hace un calor intenso, donde 20 años antes se había instalado una bananera estadounidense. Por su parte, Rubén Darío nació en 1867 en Metapa, hoy rebautizada como Ciudad Darío, en su honor, un pequeño pueblo en el altiplano central de Nicaragua, cuando del país recién habían sido expulsados el estadounidense William Walker y sus filibusteros.

De Darío se registra que fue un niño prodigio y que a los 14 años de edad ya componía poemas y escribía narraciones con una imaginación asombrosamente colorida.
En 1888, publicó Azul, su primer libro de poemas y cuentos y que marca el nacimiento del movimiento literario conocido como modernismo, que se caracterizó por la renovación artística, se difundió por toda América Latina y llegó hasta la propia España, purgando el español literario arcaico de la época y transformando esta lengua histórica como nunca antes.
Durante el siglo XX, una larga lista de escritores latinoamericanos reconocía de alguna manera que Darío era uno de los precursores del boom literario que inició en Europa y luego llegó a Latinoamérica, señaló en un ensayo el periodista escritor nicaragüense José Antonio Luna, pero muy pocos lo admitieron públicamente.
“Estos novelistas guardaron cierta distancia de Rubén Darío, porque era conveniente o porque el vanguardismo acaparaba su atención; pero cuando hablaban de poesía tenían que mencionar al padre del modernismo porque: la poesía existirá mientras exista el problema de la vida y de la muerte… y porque no hay escuelas, hay poetas”, escribió Luna.
El único novelista que reconoció y habló sobre la influencia de Rubén Darío en sus cuentos y novelas fue Gabriel García Márquez. Darío está presente en las novelas de Gabo, aseguró Luna.
Cien años de soledad
Uno de los recuerdos que Rubén Darío menciona en su autobiografía tiene que ver con su tía abuela materna Bernarda Sarmiento de Ramírez, casada con el coronel Félix Ramírez. Ambos fueron sus padres de crianza y el coronel fue quien viajó a Honduras para recoger a Darío cuando este último aún era niño, para llevarlo a vivir con ellos en León.
El nombre legal del poeta era Félix Rubén Ramírez. De sus padres biológicos, a Darío se le había olvidado por completo hasta “la imagen de su madre”.
Este coronel Ramírez era unionista, abogaba por la unión centroamericana y luchó junto al general liberal Máximo Jerez. El filibustero William Walker lo menciona en sus memorias. Sobre él, Darío escribió: “Le recuerdo: hombre alto, buen jinete, algo moreno, de barbas muy negras. Le llamaban ´el bocón´, seguramente por su gran boca. Por él aprendí pocos años más tarde a andar a caballo, conocí el hielo…”.
“Coronel” y “hielo” son dos términos que después iban a destacar en la obra de García Márquez. Por ejemplo, Gabo escribió en 1961 la novela El coronel no tiene quien le escriba, una historia de injusticia y violencia sobre un coronel retirado que todos los viernes va al puerto a esperar una carta que responda al reclamo de sus derechos por los servicios prestados a la patria.
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El hielo aparece en la entrada de la obra maestra del realismo mágico, Cien años de soledad, publicada por Gabo en 1967 y con la que el escritor colombiano ganó el premio Nobel de Literatura en 1982. La novela cuenta la historia de la familia Buendía durante siete generaciones.
“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”, dice el inicio de Cien años de soledad.
Gabo nunca dijo que la entrada de su obra maestra estaba inspirada en la narración sobre la infancia de Darío, sino en la imagen de cuando su abuelo, el coronel Nicolás Márquez, lo llevó a conocer el hielo exhibido como curiosidad de circo, según expresó en una conversación con Plinio Apuleyo Mendoza, plasmada en el libro El olor de la guayaba.

“Recuerdo que, siendo muy niño, en Aracataca, donde vivíamos, mi abuelo me llevó a conocer un dromedario en el circo. Otro día, cuando le dije que no había visto el hielo, me llevó al campamento de la compañía bananera, ordenó abrir una caja de pargos congelados y me hizo meter la mano. De esa imagen parte todo Cien años de soledad”, expresó Gabo a Apuleyo Mendoza.
El escritor José Antonio Luna considera que García Márquez quizá nunca estuvo consciente de la coincidencia del comienzo de Cien años de soledad con los detalles de la niñez de Darío.
Un escritor que ha criticado a Gabo por esa coincidencia es su compatriota Fernando Vallejo, hoy nacionalizado mexicano tras haber renunciado a la nacionalidad colombiana.
Vallejo, quien tira de ironía en un ensayo para criticar la originalidad de Gabo en Cien años de soledad, acusa a Darío de haber plagiado a Gabo cuando relató su recuerdo de infancia en el que, de la mano de su padre adoptivo, el coronel Ramírez, conoció el hielo.
Obviamente, eso no podía ser, porque Darío murió casi 10 años antes que naciera Gabo.
“¡Te plagió, Gabito, te plagió ese cabrón nicaragüense! ¡Y con semejante frase tan fea! Y no sólo te robó el hielo y el grado de coronel, sino hasta la expresión genial tuya de ‘muchos años después’, pues el ‘pocos años más tarde’ de ese sinvergüenza ¿no viene a ser lo mismo, aunque al revés? Y después dicen que los colombianos somos ladrones. ¡Ladrones los nicaragüenses!”, ironizó Vallejo.
El otoño del patriarca
Aunque Gabo nunca mencionó si hubo influencia de Darío o no en Cien años de soledad, sí lo hizo explícitamente en otra de sus grandes novelas, El otoño del patriarca.
En varias entrevistas que brindó, Gabo indicó que El otoño del patriarca es un homenaje al nicaragüense.
“Yo creo que no se ha hecho un homenaje a Rubén Darío como El otoño del patriarca. Ese libro tiene versos enteros de Rubén. Fue escrito en estilo de Rubén Darío. Está lleno de guiños a los conocedores de Rubén Darío, porque yo traté de promediar un poco cuál era en la época de los grandes dictadores el gran poeta y fue Rubén Darío”, dijo Gabo, como se plasma, por ejemplo, en el libro Gabriel García Márquez, del escritor Michael Palencia-Roth.

Incluso, Darío aparece como un personaje más dentro de la novela. La primera alusión directa al “poeta de América”, como se le ha llamado, señala Palencia-Roth, se encuentra en la página 8: “Un domingo de hacía muchos años se había llevado al ciego callejero que por cinco centavos recitaba los versos del olvidado poeta Rubén Darío”.
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Darío aparece en la novela por los tiempos de Leticia Nazareno cuando, invitado por ella a recitar en el Teatro Nacional, llega al país del patriarca y fue recibido como un dios.
En 1977, Gabo dijo a la revista El Manifiesto: “Creo que el libro El otoño del patriarca no es legible sin la cantidad de versos de Rubén Darío que tiene metidos por dentro, por todas partes, porque todo el libro está escrito en Rubén Darío. Creo que es más un poema que una novela. Está más trabajado como poema que como novela”.
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