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Roberto Cabezas salió de su casa en Granada, una madrugada lluviosa de julio de 1977. Fue a integrarse a la guerrilla del Frente Sur en Rivas y por más de dos años combatió con la firme idea de volver sano y salvo a su hogar, al terminar la guerra.
La explosión de una granada en una emboscada lo sacó del frente de guerra y lo mandó a un hospital costarricense con graves heridas en las piernas, de modo que cuando la guerra concluyó el 19 de julio de 1979, él no pudo volver a casa.
Y aquella ausencia se prolongó por 11 años más: mientras se recuperaba de las heridas en Costa Rica, le llegaron los primeros mensajes desalentadores de lo que ocurría en Nicaragua bajo los sandinistas victoriosos: confiscaciones a granel, ejecuciones por doquier, desapariciones nocturnas, discriminación a los guerrilleros que habían peleado sin condiciones, raterías y abusos de todo tipo.
“Ni te vengás ahorita que nos confiscaron la casa y la fábrica porque dicen que somos burgueses”, le dijo su mamá y Cabezas, quien ardía en rabia por la traición, se integró de nuevo a la guerra a finales de 1980, pero esta vez para combatir desde Costa Rica a los sandinistas.
Estuvo en armas hasta 1988 y luego se retiró a una zona rural de Cartago, lejos de la frontera norte de Costa Rica y del escenario de guerra de Río San Juan en Nicaragua; allá lo alcanzó en 1990 el final de la guerra y decidió finalmente regresar al país que abandonó en 1977.
“Yo no sé ni qué sentía, sólo sé que las emociones bajaban y subían. Primero mandé a mi familia adelante para que me contaran cómo estaban las cosas, pues yo anduve en la guerra y no tenía confianza en los sandinistas”, recuerda ahora, otra vez, desde el exilio en Costa Rica.
Recuerda que eran oleadas de familias retornando por trochas y cruzando el río San Juan en barcazas y cayucos, con sus vacas, caballos y motetes y en algunos trechos bajo la mirada atenta de policías ticos en una ribera y militares nicas en la otra.
Las primeras informaciones del estado del país fueron desalentadoras: el país era una ruina; la casa, la hermosa casa familiar en Granada era una total desolación por más de una década sin mantenimiento; muchos vecinos, familias queridas y honorables, habían mal vendido sus propiedades y no volvieron.
Vecinos que antes eran amigos, se habían vuelto sandinistas y ahora los miraban con recelo. La economía era un caos, las calles estaban destruidas y el transporte público era un desastre.
De modo que por razones económicas, Cabezas se quedó un poco más de un año extra en Costa Rica, trabajando y enviando dinero para reconstruir la casa, pagar los gastos y enviar ropas y alimentos que allá apenas empezaban a aparecer en escaparates.
“Yo volví hasta 1991. Fue una decepción enorme. Yo me llevé en mente una ciudad bella, un país hermoso, así lo idealizaba en la guerra cuando soñaba con volver, pero cuando volví Nicaragua era una desolación total, lo único que se mantenía intacto era el calor de la gente cuando poco a poco nos fuimos integrando más exiliados y así fuimos recobrando la vida”, recuerda.
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Aquella ciudad fantasma
En 1990 la guerra apenas acababa de terminar, tras 11 años de devastación y Managua, donde aún se alzaban los oscuros esqueletos de los edificios sobrevivientes al terremoto de 1972 y a los bombardeos de 1979, empezaba a iluminarse con rótulos neón y luces multicolores.
La ciudad era desde entonces como un pueblón dormido en el tiempo, entre los escombros de la guerra y el terremoto; aún había predios baldíos que en pocos años serán ocupados por barriadas espontáneas o centros comerciales y residenciales de lujo.
No se veían muchos vehículos circulando por las calles estrechas de adoquines, pero poco a poco iban apareciendo vehículos modernos que empezaban a desaduanar los migrantes retornados y contrastaban con los viejos Lada soviéticos y carros de los 70 y 80 que sobrevivieron a la década de guerra.
Nuevos locales como restaurantes, bares y discotecas con modernos equipos de sonido y luces multicolores surgían poco a poco para competir con los antiguos burdeles y tabernas de roconolas y bujías rojas que se negaban a morir en la transición de los ochenta a los noventa.
Como en cardumen, los hombres jóvenes que se fueron huyendo de la guerra regresaban a las calles y se confundían en los bacanales con los sobrevivientes a la conflagración (algunos con prótesis o en silla de ruedas).
Habían gustos nuevos en los grupos: a los retornados les gustaba el futbol, el baloncesto y hasta el futbol americano, ya no sólo el beisbol que jugaban cuando eran chavalos.
Rap, hip-hop y peinados rapados, tatuajes y ropajes holgados constituían las nuevas modas de inicios de la década, traídas por los recién venidos.
Ya se veían algunas vallas invitando a consumir alcohol y tabaco, mientras proliferaban mujeres y travestis ofreciendo servicios sexuales en la nueva época de libertad comercial y novedades sociales.
De los cerros donde antes se libraban aquellas infernales lluvias de balazos y cañones, bajaban familias enteras para asentarse en los asentamientos de la capital, en busca de vida y fortuna, atraídos quizás por las nuevas inversiones y promesas de desarrollo en tiempos de paz.
Y entonces las ciudades se mezclaban con ciudadanos con otros acentos, gustos y visiones diferentes, con gente que sobrevivió a la guerra y quedó atrapada en el contexto de una década de guerra y pobreza.
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Exiliado a los 12 años
Félix Alejandro Maradiaga Blandón tenía 12 años en 1988 cuando su madre lo envió indocumentado a Estados Unidos, para ponerlo a salvo de la guerra que estaba acabando con la vida de miles de jóvenes nicaragüenses.
Ya para esa fecha, su padre había muerto (1985); a su abuelo materno un año atrás la dictadura sandinista le confiscó sus propiedades, al igual que a la familia paterna, en Matagalpa y Jinotega.
A su mamá, viuda comerciante y ferviente católica, le confiscaron su mercancía y a una parte de su familia del lado de San Rafael del Norte los asesinaron los sandinistas bajo acusaciones de pertenecer a la Contra.
A unos primos de Félix, menores de 15 años, el ejército sandinista los quiso reclutar “antes que se los lleve la Contra” y no había seguridad para ningún joven que pudiera cargar un arma.
“Yo tenía ya 12 años y recuerdo claramente cómo mi madre me dijo ‘yo no quiero que crezcás en medio de esta guerra y que tomés un fusil contra tus propios hermanos, prefiero mejor que te vayas lejos”, recuerda Maradiaga.
Así, de un día a otro, su madre tomó la dura decisión de enviarlo en avión a Guatemala y de ahí pagó para que lo ayudaran a atravesar México hasta llegar a Estados Unidos y allá buscar a una familia que lo iba a apoyar.
Maradiaga, junto a decenas de migrantes más, cruzó al nado el río Bravo para llegar a Estados Unidos y allá se asiló en Miami, Florida.
Pronto, el niño de 12 años ya estaba viviendo en una casa ajena, con una familia sustituta y en un país extraño, lleno de gente extraña de otros países y que hablaban otros idiomas.
Allá hizo trabajos de medio tiempo en jardinería, en ventas, en servicios y otras labores menores, mientras seguía asistiendo a clases y aprendía inglés.
En 1990, cuando terminó la guerra con la derrota electoral aplastante del FSLN, su familia le pidió volver y fue entonces cuando se encontró con otro país.
“No la pensé dos veces, a pesar de que no me iba mal y tenía mucho futuro con los estudios, pero me hacía mucha falta mi familia y mi tierra”, dice Maradiaga, quien regresó en agosto a Nicaragua, después de concluir las clases.
“Eran olas de personas regresando a Nicaragua desde Estados Unidos. Era una combinación de esperanza y alegría por el retorno, por volver al rancho, pero de temor e incertidumbre de no saber qué íbamos a encontrar”, recuerda.
Ya con casi 15 años y mayor conciencia de lo que había vivido el país, encontró a su familia que había sido próspera, en mucha pobreza.
“Recuerdo que había muchas personas víctimas de la guerra, había mucha tensión entre los distintos grupos de jóvenes migrantes que, como yo veníamos de Miami, con los jóvenes que se habían quedado y habían ido al Servicio Militar”, dice.
Según él, los jóvenes nicaragüenses que regresaban del exilio eran mal vistos por aquellos que se habían quedado y los medios sandinistas, quienes los llamaban despectivamente “los Miami Boys” y se hacían toda clase de especulaciones sobre sus gustos, sus ropas y hasta su acento.
En la integración al colegio se formaban bandas rivales y trataban con celos, desprecio y cierta envidia a los que habían vuelto del extranjero, retándolos a pelear o competir para definir quiénes eran mejores: si los “foráneos” o los “nacionales”.
“Muchos creían que veníamos de tener privilegios y por supuesto que jamás voy a comparar el sufrimiento de un joven exiliado con el de un chavalo que fue llevado por la fuerza al Servicio Militar, el exilio es doloroso, pero no se compara con la experiencia de la guerra”, dice Maradiaga.
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“Sidosa” y “postiza”
A Vanessa Bustamante su mamá la llevó a Los Ángeles en 1984 a la edad de 6 años junto a su hermano Carlos, de 15 años, para evitar que el ejército lo reclutara para la guerra.
Ellos eran de Managua y el padre de ella había sido administrador de una bodega comercial que los sandinistas confiscaron a un empresario en Bello Horizonte, a quien echaron preso con la mayoría de su personal, incluyendo al padre de Vanessa.
“Mi padre estuvo cuatro años preso, pero le dijo a mi mamá que dejara la casa al cuido de unas hermanas y se fuera donde mi tía a Los Ángeles, para evitar que se llevaran a Carlos al Servicio Militar”, dice Vanessa, quien oculta su identidad completa desde Managua por temor a sufrir represalias por declarar su historia a LA PRENSA.
Su padre se reunió con la familia en 1989 en California, pero sólo vivió un año más y murió de un infarto a inicios de 1990.
En 1991 la familia decidió volver a Nicaragua y ella, que había salido de 6 años y no tenía mayores recuerdos del país, sufrió una desilusión mayúscula.
“Mi mamá vivía hablando bellezas de Nicaragua y cuál es mi susto que veo aquella ciudad horrible, vacía, no se veían carros, las calles o eran de tierra o estaban destruidas; no había rótulos, ni parques, ni distracciones, Managua no tenía nada, daba miedo”, recuerda.
Su propia madre, que durante años idealizó en el recuerdo del exilio la ciudad de su juventud, les prometió que si no miraban mejoría en poco tiempo se devolverían a Estados Unidos.
“Mi mamá casi llora de decepción una vez que fuimos a dar una vuelta y nos encontramos en un asentamiento feo, macabro aquello, porque según ella ahí había sido una finca bien linda donde ella y sus amigas iban a practicar en bicicleta y correr entre los árboles, pero la gente se lo tomó en 1990 y nació un barrio peligroso”, recuerda.
Sin embargo, lo más duro que recuerda fueron las burlas de sus propias primas y parientes, familia aquella a la que enviaban dinero, ropas y cosas “americanas” cuando se podía.
“Yo hablaba inglés porque llegué de 6 años a Estados Unidos y estudié siete años allá, conviví con familias mexicanas y latinoamericanas y desconocía muchas palabras de Nicaragua, pero ellas pensaban que yo era creída o falsa y se me burlaban por eso, me decían la postiza”, recuerda.
“Lo más duro fue cuando oí que mi familia, que se había quedado en la casa, decía que mi papá había muerto de sida y que todos teníamos la enfermedad y no se nos juntaban. Fue una guerra bien fea porque ellas pensaron que nunca íbamos a regresar y se querían quedar con la casa, que además la tenían bien destruida”, recuerda.
Su hermano se regresó en poco tiempo a Estados Unidos donde había dejado a su novia y ya nunca regresó a vivir a Nicaragua; su mamá también se regresó unos años después y Vanessa, desde entonces, ha ido y regresado, entre Nicaragua y Estados Unidos todos estos años.
Hoy por hoy, piensa que nunca debió volver.

De exilio en exilio
Luciano García vive su segundo exilio en Costa Rica desde 2018, apenas 22 años después de haber regresado a Nicaragua de su primer destierro.
Salió de Nicaragua a los 18 años, ya inscrito en el Servicio Militar obligatorio, para evitar ir a la guerra que los sandinistas libraban contra la Resistencia Nicaragüense en las montañas del país.
Se radicó en Costa Rica donde empezó a estudiar, trabajar y rehacer su vida. En ello estaba cuando ocurrió el final de la guerra en 1990.
Ese año regresó a Nicaragua para pasar la Navidad con la familia y reconocer el país. “Yo estaba terminando la carrera de Ingeniería Agropecuaria en el Instituto Tecnológico de Costa Rica, que concluí en 1990”, recuerda.
“El primer choque de mi retorno fue encontrar un país destruido, con calles sin iluminación, ciudades enteras sin luz, obviamente después de venir de Costa Rica donde tenía de alguna manera cierto desarrollo, pues obviamente te choca el no tener luz, ver aquellas calles destruidas, una ciudad lúgubre, tenebrosa… fue un choque bastante fuerte el que yo sentí cuando retorné la primer vez”, recuerda.
Dice que, en 1991, cuando terminó la carrera y se casó, empezó a volver a Nicaragua por temporadas, en vacaciones, en Semana Santa, en Navidad.
“Ya uno poco a poco se va acostumbrando a la dinámica del país”, dice, creando más lazos y retomando el apego al país, pero con la grave situación del desempleo, de la economía en crisis y la falta de oportunidades en una nación que los sandinistas dejaron en ruinas.
Entonces optó por crear una empresa en Costa Rica, invertir tiempo y esfuerzo, ahorrar dinero y hacer sacrificios para luego trasladarse a Nicaragua a invertir allá y buscar una mejor opción económica.
Fue así como retornó definitivamente en 1996 para crear una empresa similar a la construida en Costa Rica y optar a un empleo cuando ya el país se enrumbaba por una recuperación económica saludable después del desastre económico heredado del sandinismo.
Sin embargo, si la parte de adaptación fue difícil en lo económico, en lo social y cultural fue peor.
“Nos decían a todos los que habíamos venido del exilio como los Miami Boys y había realmente un celo entre el retornado del exilio con el que había quedado aquí; inclusive hasta las maneras de pensar chocaban, había muchos prejuicios contra los que veníamos de afuera; muchos llegaban con acento de otros países, entonces obviamente eso era motivo de bullying”, recuerda.

No todos volverán
“Había roces fuertes entre los jóvenes de tu misma edad que eran sandinistas y que se habían quedado aquí, con los que habían retornado, había resentimiento fuerte porque ellos fueron a la guerra y nosotros a estudiar o trabajar y se daban esos pleitos”, recuerda.
Por otro lado, García reconoce que también había reencuentros satisfactorios con amigos y familiares que se habían quedado y eso compensaba las diferencias con los otros grupos resentidos con los exiliados.
Y finalmente, algo que marcó a García, y advierte que seguramente volverá a pasar cuando los nicaragüenses retornen una vez que la dictadura Ortega Murillo se extinga, es que no todos los que se exilian, regresan.
“Es tan complicado el exilio, que yo conocí que de todos los que salimos, si acaso regresamos un 10 o un 15 por ciento, poniéndole mucho”, dice.
“Porque una vez que uno sale de su país, nunca sabe qué le va pasar afuera; mucha gente hace vida fuera y muy pocos regresamos, realmente muy pocos vamos a regresar a Nicaragua, eso es lo que yo viví y eso es lo que yo creo que va a pasar”, dice García.
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