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A estas alturas de la vida, no sabe si la música lo rescató de la guerra o el conflicto bélico lo llevó a ese arte. Lo cierto es que en sus manos tuvo los instrumentos de las dos experiencias: el fusil con el que casi muere y el violonchelo con el cual sobrevivió.
Se llama Rolando Grijalva y su vida se entrelaza con la turbulenta historia de Nicaragua en las décadas de los 70 y 80, donde combinó el estudio musical, como pocos jóvenes de su época, con la participación en la Revolución Sandinista, como muchos chavalos de su tiempo.
Primero veamos quién es y por qué hablamos de él. Con él.
Itinerario de una vida errante
Rolando, o el maestro Grijalva como lo tratan con reverencia sus estudiantes de la carrera de Bellas Artes, es ya un veterano violonchelista nicaragüense que ha tocado en diversas orquestas sinfónicas del mundo, pero principalmente en Ecuador, su país de residencia y acogida en los últimos 30 y tantos años.
Vivió y estudió siete años en la antigua Unión Soviética y Alemania Oriental. Realizó sus estudios de música en la escuela y conservatorio Rimsky-Korsakov de San Petersburg y en la Escuela Superior de Música preconservatorio de Moscú, pero sus orígenes en la música son mucho más humildes.
Para explicar cómo llegó a la antigua Unión Soviética para luego terminar en Ecuador, primero vámonos a la Managua de 1961. Ese año nació Rolando Grijalva, el primer varón de la familia y el tercer vástago de una camada de seis hermanos y hermanas.
“Managua de pura cepa”, dice riendo. Su familia, como tantas de la capital en aquella época, se conformó entre dificultades económicas y limitaciones académicas que se aumentaron tras los sismos de 1968 en la Colonia Centroamérica y sectores aledaños, más el terremoto que devastó la capital en 1972.
Entre cataclismos y pobreza, un día logró llegar a sus manos una flauta dulce y empezó a sacarle sonidos. Rolando se maravilló.
Había pasado años junto a su abuelo materno, un viejo oficial de la Guardia Nacional que oía música clásica en la radio y en discos de acetato y cree que aquella flauta dulce fue una señal muy espiritual de lo que sería su futuro.
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Descubrió el violonchelo
La pobreza familiar posterremoto llevó a su familia a buscar refugio temporal a Jinotega y allá, siendo adolescente, descubrió el sonido de un viejo violonchelo cuyos arpegios le parecieron mágicos y su timbre le recordaba a la voz humana. “Es el sonido el que más se parece a la humana por su registro… produce en el que toca y en el que escucha una sensación de estar escuchando a la voz humana”, dice.
Decidió entonces, al volver a la colonia 14 de Septiembre de la capital en 1975, que quería estudiar violonchelo en el conservatorio de música de la colonia Dambach.
Contaba entonces con el apoyo de su madre María Gutiérrez, una campesina de Posoltega que emigró a Managua a los 15 años, sin saber leer casi ni haber usado zapatos, pero que con gran esfuerzo logró educarse y sacar adelante a sus seis hijos.
Su padre, a pesar de ser trabajador, tenía problemas con la bebida, lo que generaba conflictos y limitaciones económicas en la familia. Por ello el señor se oponía a que sus hijos estudiaran y prefería que se dedicaran a trabajar desde jóvenes “para que sepan lo que cuesta ganarse el pan”.
Pese a la oposición paterna, Rolando alternó sus estudios de secundaria en el antiguo Instituto Nacional René Schick, con las clases de música y con los mandados de la casa.
No tenía instrumento ni dinero, y a veces ni comida, pero contó con el apoyo de numerosos profesores de diferentes nacionalidades (inglés, escocesa, estadounidense, chileno, francés), que le pagaban el pasaje, le daban de comer y le facilitaban el estudio, extrañados de ver a alguien de su edad, tan pobre, en un país tan inculto, obsesionado con la música.
Tiempos de insurrección
La turbulencia política de la época ─Nicaragua al borde de una guerra civil entre las guerrillas sandinistas contra la dictadura de la familia Somoza─ llegó a las aulas del instituto: pronto se vio envuelto en protestas y actos clandestinos de pintas, repartición de volantes y transmisión de discursos a los jóvenes de su barrio para alentarlos a luchar contra el régimen de turno.
Ese proceso concluyó fatalmente con la Revolución Sandinista de 1979, con un país destruido y miles de muertos.
Sin embargo, entusiasmado por la victoria armada que Rolando creía era un cambio genuino en el país, se metió de lleno a la política: la campaña de alfabetización, las brigadas culturales, los cortes de café y algodón, las primeras movilizaciones militares y, finalmente, la guerra.
La música pasó a segundo plano por un tiempo. Incluso en 1980 le propusieron ir becado a Cuba para estudiar música, pero se estaba organizando la Cruzada Nacional de Alfabetización y él no se la quería perder.
Fue y enseñó a leer y escribir a 25 campesinos de la zona norte de Nicaragua. “La experiencia más bella de la vida: enseñar a alguien a leer y escribir, es algo que no se olvida”, dice.
Al regreso su madre le aconsejó retomar los estudios y la música y así lo hizo. Estudiaba ingeniería y alternaba con el violonchelo, ahora con maestros de la Unión Soviética, como una profesora rusa llamada Olga, quien lo apoyaba a elegir el instrumento en vez del fusil.
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Y de nuevo la guerra
Se integró como voluntario y como miembro de la Juventud Sandinista para apoyar la Revolución. “En esa época mi generación creía genuinamente, ingenuamente, en un cambio para Nicaragua”, dice con tristeza.
“Yo salía con las brigadas culturales los viernes a las montañas, a los cortes de café, a amenizar con shows, conciertos y festivales juveniles y el lunes volvía, aun lodoso y con el fusil, a entrenar violonchelo. Ponía a un lado el rifle y abrazaba el chelo”, recuerda.
Sin embargo, la Revolución lo puso en una encrucijada: el país entraba en guerra y los sandinistas no querían un músico, sino un soldado.
Se alistó como voluntario en diciembre de 1982 en el batallón 3062 de la Juventud Sandinista y se fue a la guerra. “Aquella Navidad la pasamos en una selva de Jinotega, bajo lluvia, con frío, llorando”, recuerda.
A veces lo desmovilizaban para amenizar un festival juvenil o una actividad cultural y luego volvía a la zona de guerra. En una de esas ocasiones, se salvó de morir masacrado por la Contra en el combate del batallón 3062 en San José de las Mulas, Matiguás, Matagalpa.
El 27 de febrero la Contra atacó el cuartelito del batallón y 23 de los 53 reservistas sandinistas murieron. Él había salido en misión cultural días antes y luego del combate lo reintegraron junto a otros jóvenes de refuerzo. Ira y miedo lo llenaban.
Una imagen del fotógrafo Orlando Valenzuela, donde Rolando sale al frente de una columna, risueño y decidido, fue promocionada en los medios sandinistas y terminó convertida en una popular postal, en calendario y en gigantografías que adornaban las plazas del país.
“Ya para entonces la Contra se había organizado. Nosotros aun no teníamos fusiles modernos, imaginate que entrenábamos con BZ checo; el Servicio Militar no estaba cuando yo me integré, los primeros íbamos voluntarios y creíamos en ese discurso de defender la Revolución”, dice sereno.
Herido en combate
En mayo de 1983, en un combate en Quilalí, un francotirador le disparó en la mitad del pecho.
Perdió el conocimiento y despertó casi mes y medio después en el Hospital Militar. El balazo ingresó, hizo una trayectoria, tocó varios órganos y salió. Sus compañeros de armas lo sacaron bajo fuego a un sitio alejado de la retaguardia donde un helicóptero lo extrajo de la zona de guerra y lo llevó al hospital.
Lo operaron y salvaron, pero le dieron de baja por la gravedad de las heridas y el estrés postraumático.
“Realmente no sé cómo sobreviví a eso. Aun no me lo explico, fue suerte o milagro”, dice Rolando, reflexivo y un tanto dudoso.
Esta herida no sólo lo apartó temporalmente del violonchelo, ya que el instrumento se apoya en el pecho, sino que lo llevó a una profunda reflexión, ¿realmente valía la pena ese sacrificio de tantas vidas jóvenes por la guerra?
Cuando se recuperó en agosto de aquel 1983, el Gobierno lo mandó a prepararse en Formación Política a Alemania Oriental, con el objetivo de integrarlo en la capacitación ideológica de la juventud, como héroe de guerra y promotor cultural y político.
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La vida no fue igual
Esta estancia en Alemania, irónicamente, le abrió un mundo cultural diferente, visitando museos, la tumba de Bach y la ópera de Berlín, reafirmando su vocación musical.
Allá descubrió a grandes autores de música clásica, visitó conciertos de orquestas y se deslumbró por la riquísima vida cultural europea, aun en medio de la división política de la Guerra Fría que partió a Alemania en dos.
Al regresar a Nicaragua, su convicción era firme: “Lo mío en la música”. A pesar de las ofertas políticas para reintegrarse como dirigente, con oficina y Lada asignado, renunció a todo para buscar una beca en la Unión Soviética, lo que logró en 1985.
En la Unión Soviética, Rolando estudió en el Conservatorio de Moscú y luego en San Petersburgo (antiguo Leningrado).
Su historia de perseverancia fue tan impactante entre el profesorado, que su profesora rusa, Olga (alumna del eminente pedagogo ruso Serge Kasalupo, maestro de Mstislav Rostropovich), la relató en el periódico oficial Pravda, bajo el título “Violonchelo y Fusil”.
Aparece el amor
Dice que la educación en Moscú fue de primer nivel y reafirmó su deseo de convertirse en un maestro del violonchelo, pese a la rudimentaria formación musical de origen, ya que ignoraba que para ser concertista se debía empezar de niño.
Sin embargo, se dedicó a estudiar y ensayar con ahínco para que en 1990, cuando terminaba la beca, pudiese regresar a Nicaragua a organizar la orquesta nacional, crear una academia de música y enseñar a la niñez las artes musicales.
Ahí conoció a una pianista ecuatoriana con quien se casó en 1989 y formó una familia que sigue unida hasta hoy.
Durante sus estudios, presenció la caída del muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética, la pérdida de las elecciones del Frente Sandinista en 1990 y la descomposición moral de la Revolución, lo que lo hizo reflexionar sobre la fugacidad de los regímenes políticos y su retorno al país. ¿A qué Nicaragua volvería?
Después de la caída del muro de Berlín, estuvo un año más tratando de adaptarse a los cambios y retrasando su retorno.

Aterrizar en Ecuador
Su esposa lo sacó de la reflexión: «Vente conmigo a Ecuador y allá iniciamos de cero nuestros proyectos».
Así lo hizo: se marchó en 1992 a Ecuador, donde ha dedicado su vida a la enseñanza del violonchelo y a la promoción de la música sinfónica, aunque siempre anhelando regresar a su Nicaragua natal para contribuir al desarrollo cultural.
En Ecuador, Rolando se integró rápidamente a la Orquesta Sinfónica de Guayaquil como chelista principal.
Enfocó su labor en la enseñanza. Trasladó de Nicaragua a Ecuador su viejo objetivo de formar a niños y jóvenes en el violonchelo, dándoles el nivel necesario para estudiar en el extranjero, un sueño que logró con muchos de sus alumnos.
“Siempre consideré que la música es un medio de comunicación y que el trabajo colectivo en una orquesta, con músicos de diversas nacionalidades, es extremadamente enriquecedor. La música une todito, culturas y nacionalidades y crea una sola voz que yo quería oír en Nicaragua”, dice con nostalgia.
El sueño de volver
A pesar de su éxito y contribución en Ecuador, Rolando Grijalva mantuvo intacto su anhelo de regresar a Nicaragua.
Y así lo hizo, decidido y asustado a la vez, por la incógnita de tantos años de ausencia. Aquella idea, recuerda, taladraba su mente y no lo dejaba en paz, se había colado como un mal acorde: ¿Qué me espera en Nicaragua?
Su esposa, dice, lo aconsejaba: “Puede que no sea el país que dejaste atrás”.
Su primera visita en 1999, 15 años después de su partida, lo impactó. “Me impactó muchísimo ver tantos niños en la calle, gente muy pobre y dolorosamente, mucha prostitución infantil”, señala.
Muchos de sus viejos amigos habían muerto en la guerra y otros se habían exiliado huyendo de la pobreza y la devastación.
Gran parte de su familia, las nuevas generaciones, no lo conocían. La ciudad de sus recuerdos había desaparecido y aunque el calor, los olores y las comidas lo hicieron revivir viejos recuerdos de infancia y juventud, descubrió descorazonado que tantos años de guerra y sacrificio no habían conducido a nada.
Esto lo llevó a reafirmar la visión de su esposa sobre la dificultad de vivir allí. Decidió volver a Ecuador.
El destino del violonchelo
Hizo un último esfuerzo por reenamorarse del país y volvió en 2016, de nuevo con la idea de crear una academia de música para la niñez y de reconstruir la orquesta nacional sinfónica de Nicaragua, pero esta vez, la decepción fue peor.
“Tenés que pedirle permiso a la compañera Rosario”, le advirtieron.
“Ya estaba instaurada la dictadura actual, peor que la dictadura de la familia Somoza, contra la que tantos jóvenes luchamos dispuestos a dar la vida por un cambio. Viéndolo en perspectiva, no valió la pena. Casi pierdo mi vida por un cambio que nunca llegó”, dice con decepción y algo de tristeza.
Sin embargo, a pesar de la dura realidad y los obstáculos para el retorno de la democracia, su mayor sueño sigue siendo regresar a Nicaragua para “aportar en la formación futura de una orquesta sinfónica nacional y crear una escuela de música, enseñarle a la niñez que nunca cambie un instrumento musical por un arma”.
A sus 64 años, y lejos de sentirse en el ocaso de la vida, Rolando Grijalva incluso guarda un deseo muy profundo para regresarle a la vida el favor de haberlo puesto en el camino de la música: identificar a un niño que quiera aprender violonchelo, guiarlo y adiestrarlo y darle de regalo como premio el viejo instrumento que por más de 40 años ha cargado por todo el mundo.
El mismo instrumento al que acude en sus momentos de angustia y nostalgia para sacarle los acordes melancólicos de “Ay Nicaragua, Nicaragüita…”.
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