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Lea Bolt es una novel escritora, poeta y activista feminista originaria de Matagalpa, que a sus 27 años posee un amplio bagaje académico entre el derecho, la diplomacia y, más recientemente, la escritura.
Exiliada desde 2021 a causa de la represión política, dirige actualmente un centro de pensamiento e incidencia con enfoque regional desde el exilio y escribe poesía a modo de aporte para la memoria histórica del país.
Desde los 20 años escribe poemas y a la fecha ha publicado dos poemarios, finalizado una maestría en Escritura Creativa en la Universidad de Salamanca, y sostiene una voz comprometida con la justicia, la memoria histórica y los derechos humanos.
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Antes de su salida forzada del país, participó activamente en movimientos y espacios civiles, culturales y feministas.
Su escritura poética, iniciada como catarsis durante el estallido social de 2018, la ha convertido ahora en una herramienta política y de resistencia.
En su exilio consciente, Bolt ha fortalecido su liderazgo, profundizado en procesos terapéuticos y reivindicado su identidad desde una mirada interseccional. “No puedo dejar de hacer poesía”, dice, “porque es un espacio de verdadera libertad y memoria”.
¿Cómo se presentaría hoy ante quienes no le conocen?
Soy una mujer apasionada, inteligente e intensa que aporta con sus conocimientos y energía a procesos de transformación social. Creo en sociedades más justas diversas e incluyentes, basadas en el respeto a la humanidad, la dignidad y la coherencia. Soy una persona dedicada y comprometida con el aprendizaje y el arte.

¿Qué recuerdos tiene más vivos de su vida en Nicaragua?
Mi infancia, el lugar en el que crecí lleno de naturaleza, conexión con la tierra y el agua. Cuando pienso en Nicaragua no puedo evitar pensar en comida, mi favorita desde niña arroz con sopa de frijoles, cuajada fresca y maduro. Una tarde con amigas en la laguna de Apoyo. Recuerdo el olor a café recién hecho, los consejos de mis abuelas, mi madre y todas las mujeres que forjaron mi carácter, pienso en ellas como un tesoro que siempre llevo conmigo.
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¿Cuándo y por qué decidió salir del país?
Salí el 14 de junio de 2021, hace exactamente cuatro años, decidí salir porque había una persecución dirigida hacia la organización en la que trabajaba, también porque ya había vivido en casa de seguridad en 2018 por varios meses y no quería volver a pasar por esa clandestinidad, porque no es vida; aunque debo confesar que a veces aun estando en el exilio no me siento del todo libre.
¿Qué sintió cuando supo que ya no podía quedarse en Nicaragua?
Rabia e impotencia. Siempre he pensado que nadie debería tener el poder de expulsarte de tu territorio, menos por el simple hecho de pensar diferente. Me dio mucha tristeza no poder despedirme de mis personas más cercanas, algunos abrazos todavía son una cuenta pendiente.
¿Cómo fue llegar a otro país?
Un verdadero reto, antes del 2021 sólo había salido dos veces del país, siempre acompañada y por razones académicas a un torneo de debate de la universidad y un Concurso Interamericano de Simulación de Tribunales de Derechos Humanos. Todo era nuevo para mí, me sentía indefensa, preocupada por el futuro y como otras personas pensaba que pronto iba a poder regresar. Desde el principio conocí la solidaridad y la fuerza de redes de personas que me ayudaron sin siquiera conocerme, desde la salida de Nicaragua hasta donde iba a dormir la primera noche. También fue reconectar con amistades de las que me había tenido que despedir como Sadie, mi amiga de infancia y que fue fundamental para integrarme en diferentes espacios cuando llegué, a ella y muchas otras personas, les agradezco profundamente porque hicieron de esa llegada algo más manejable.
¿Qué fue lo más difícil del inicio en el exilio?
Aceptar que regresar no era un horizonte cercano, la distancia con mi familia, adaptarme al contexto socioeconómico de uno de los países más caros de la región, porque aunque sí pudimos continuar el trabajo de la organización por la que nos exiliamos, no fue fácil, tuve que asumir muchos gastos nuevos y salir adelante sola, a veces con el apoyo de la familia; pero en general sola y trabajando muy duro por restablecer la organización. Otra cosa que fue difícil y que muy pocas veces he contado fue dejar ir la carrera de Derecho, ya había avanzado bastante y no pude terminarla a distancia, me dolió bastante porque no sólo representaba dejar ir mi propio esfuerzo sino también el de mi familia que con mucho trabajo luchó por pagarme la universidad donde tenía una doble beca. He minimizado el dolor que esto me representó porque sí pude terminar la licenciatura en Relaciones Internacionales; pero definitivamente fue difícil. Sé que muchos estudiantes no pudieron ni siquiera eso, me solidarizo con todas esas personas cuyos proyectos de vida académicos se vieron interrumpidos de forma tan arbitraria e injusta.
¿Y qué le sostuvo en ese momento?
La convicción de que nada de lo que había hecho estaba mal, la seguridad de que haber alzado la voz era lo correcto, el compromiso con la justicia y la esperanza de que esto no es para siempre, eso me sostiene todavía, la esperanza y la ilusión por ese futuro que nos imaginamos cuando salimos a las calles.

¿Ha cambiado su manera de mirar a Nicaragua desde el exilio? ¿Se siente más cerca o más lejos de su país?
Yo siempre me siento cerca porque Nicaragua es más que un punto en el mapa o un pedazo de tierra, no me siento una persona con perspectivas nacionalistas; pero sí aprecio y respeto el lugar de donde vengo, por eso no puedo dejar de sentirme cerca y por eso tampoco puedo dejar de pensar que así como otros países han transformado sus realidades, el nuestro también puede y se lo merece, nos lo merecemos.
Hablemos de su faceta de escritora. ¿Cuándo y por qué comenzó a escribir?
Escribía desde que era muy pequeña porque mi mamá me enseñó a leer y escribir, me inculcó el valor de la lectura principalmente. Crecí en una zona rural así que las primeras cosas que escribí eran canciones dedicadas a la naturaleza, apreciaba mucho mi entorno verde y húmedo. En el 2018 decidí escribir poesía como una forma de hacer catarsis de tantas cosas que sentía en medio de aquel ambiente áspero y doloroso. Desde entonces no he dejado de escribir poesía.
¿Qué lugar ocupa hoy la poesía en su vida? ¿Es arma, es escudo, es refugio, es protesta…?
Aunque no me dedico enteramente a la poesía porque no se puede vivir de ello, bueno yo no puedo, no sé el caso de otras personas, la poesía ocupa un lugar central en mi vida, porque ahora más allá del espacio de catarsis, se ha convertido en mi manera de aportar a la memoria histórica, espero que algún día gente más joven puedan leer mis poemas y comprender lo que estábamos sintiendo las juventudes de esta época, identificar lugares, recordar nombres de personas valiosas, entre otras cosas. La poesía es sin ninguna duda un espacio de verdadera libertad para mí.
¿Qué significa ser feminista en el exilio, lejos del territorio donde empezó su activismo?
Ser feminista y bisexual en el exilio significa resistir desde la fractura y la distancia, el exilio me ha obligado a politizar aún más mi existencia, no sólo por el desarraigo, la xenofobia y la violencia institucional que vivimos muchas mujeres exiliadas, sino porque también he entendido que el feminismo que me interpela es aquel que denuncia las dictaduras, el autoritarismo, la represión, y que no negocia la justicia a cambio de silencios.
Significa sostener una lucha que empezó en un territorio que ya no puedo habitar físicamente, pero que sigue habitándome. El exilio me ha obligado a redefinir mi forma de hacer activismo, no puedo estar en las calles donde aprendí a alzar la voz; pero puedo tender puentes, contar nuestras historias, y mantener viva la memoria de lo que nos expulsó. También ha significado encontrar alianzas inesperadas con otras mujeres fuertes y valientes.
Ha sido luchar contra la idea de que el destierro es sinónimo de derrota. Es hacer del cuerpo, de la palabra y de la organización colectiva un territorio en resistencia; pero también de autocuidado y autorreconocimiento. Significa tejer nuevas formas de acompañarnos, de politizar lo íntimo y de nombrar las violencias que cruzan fronteras. También ha sido una oportunidad para reivindicar mi identidad bisexual sin miedo ni autocensura, algo que en Nicaragua sigue siendo profundamente invisibilizado o estigmatizado, incluso dentro de la misma comunidad de personas diversas.

¿Qué memorias siente que hoy están en riesgo de borrarse?
Siento que están en riesgo las memorias de quienes se enfrentaron al poder desde la dignidad, especialmente las de las juventudes y las víctimas que salieron a las calles en 2018, las voces de los pueblos originarios y afrodescendientes silenciadas desde mucho antes, las historias del exilio que duelen pero sostienen.
¿Por qué hay que defenderlas?
Hay que defenderlas porque en ellas habita la verdad que el autoritarismo quiere borrar reescribiendo la historia, tergiversando los hechos. Recordar es también una forma de cuidar el futuro.
¿Le preocupa que los jóvenes de hoy estén cargando culpas o fracturas políticas que no provocaron?
Sí, porque desde la culpa o el trauma no vamos a construir nada diferente y esta lucha se trata de romper el ciclo de violencia que se ha repetido una y otra vez en nuestro país.
¿Cómo se sana esa herencia sin repetirla?
Sanar estas heridas que son profundas colectivas e individuales, requiere de muchos proceso de sanación y acompañamiento terapéutico profesional, me parece que se minimiza muchísimo esta necesidad de sanación y creo que una forma de empezar a evitar la repetición, es reconociendo que somos una sociedad profundamente traumatizada, no sólo por lo que pasó en el 2018, venimos cargando heridas desde mucho antes y no solamente las personas jóvenes, así que empecemos por ver esto de forma transversal, transgeneracional e integralmente.
¿Qué significa para usted ser resiliente? ¿Es una palabra útil o a veces también una carga?
Antes me sentía muy especial cuando identificaban en mí la resiliencia como una cualidad; pero la verdad es que es agotador, siento que es una forma de disfrazar la capacidad de adaptación, cuando en realidad lo que pasa es que no tenés opción. Si pudiera elegir no tener que ser tan “resiliente” lo haría.
¿Hay algo que hayas aprendido en estos años que no habrías aprendido de seguir en Nicaragua?
Sí. He aprendido muchas cosas que, de haberme quedado en Nicaragua, probablemente no habría experimentado con la misma profundidad o conciencia. Liderar un centro de pensamiento e incidencia con enfoque regional en condiciones de exilio me ha formado intensamente. Como directora ejecutiva, he tenido que asumir la responsabilidad de diseñar estrategias en contextos altamente cambiantes, gestionar equipos diversos, sostener procesos de diálogo y liderar proyectos. Ha sido una escuela para mi crecimiento profesional; pero también de visión y compromiso con el largo plazo. Quiero reconocer que he tenido grandes mentores en el camino.
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A nivel personal, el exilio me empujó a ver hacia adentro. Empecé un proceso terapéutico desde diferentes enfoques, que quizás nunca habría considerado necesario si no hubiera atravesado esta ruptura forzada con mi país, agradezco profundamente a Martha Cabrera y otras mujeres increíbles que me han acompañado y compartido su sabiduría. Eso me permitió sanar, revisar patrones y fortalecerme emocionalmente, no sólo como activista, sino como persona.
También ha sido un tiempo de reconexión con mi voz propia. Terminar mi maestría en escritura creativa ha sido un regalo inesperado del exilio. Nunca me imaginé estudiando literatura de forma formal, y hacerlo me ha dado herramientas para nombrar, elaborar y transformar mis vivencias en palabra poética y política.

¿Cómo imagina su futuro? ¿Se ve volviendo? ¿O reinventándose desde el exilio?
Sí, me veo volviendo e imagino mi futuro dedicado a la reconstrucción del país que sin duda necesitará de muchas manos para levantarse después de todo esto.
También imagino un futuro lleno de ternura acompañada de las amistades y personas con las que he conectado en el exilio, quiero conocer los pueblos y las casas de toda esta gente, me veo escribiendo y promoviendo el liderazgo y el arte, me imagino un futuro en libertad no sólo de la represión que hemos vivido, también de las lealtades o heridas que nos han acompañado por años, creo que merecemos un futuro con ilusión y alegría.
¿Qué mensaje le daría hoy a una joven nicaragüense que se siente sola, asustada o paralizada por lo que vive el país?
Si estás dentro del país no hagás nada que pueda exponerte o poner tu vida en riesgo, tratá de rodearte de personas que te amen y cuiden, lo que estamos enfrentando es más grande que nosotras, por lo tanto no merecés sentir culpa. Si estás fuera, el movimiento también puede ser una oportunidad y hay cosas que adentro probablemente no las podías hacer, dales espacio porque podrían sorprenderte, fortalecé tu red de apoyo y mantenete fiel a vos misma antes que a nada.
Hoy si pudiera escribirle una carta a su “yo” del 2018, antes de todo, ¿qué le diría?
Es lo correcto; pero no va a depender de vos su desenlace, no te presionés tanto.
¿Hay una línea o estrofa de su poesía que le represente hoy más que nunca? ¿Puede compartirla?
Tres poemas cortos que me representan hoy más que nunca y que forman parte de un nuevo libro que espero terminar en diciembre de este año.
“Aprendes muchas cosas después de haber tenido entre las yemas de los dedos un adoquín”.
“El exilio enseña el peso de la palabra casa”.
“Yo ya no puedo dejar de hacer poesía
los huesos de mis manos
es decir
mis dedos
van a atrofiarse para tener la forma del lapicero
o de la letra”.
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