CONTENIDO EXCLUSIVO.
Lista de reproducción
- No hay más artículos para escuchar
La psicóloga costarricense Ruth Quirós Hernández salió de Nicaragua, rumbo a Costa Rica, la tarde del 18 de abril de 2018. No pensó que sería la última vez que estaría en el país, pues desde 2011 iba y volvía en función de su trabajo atendiendo a migrantes y capacitando a personal desde el servicio humanitario de una iglesia costarricense.
En medio de un tránsito lento y convulso por las protestas que veía sorprendida desde la ventana del autobús, ella se preguntó con preocupación cómo terminaría aquella tensión que palpaba en las calles de Managua.
Tendría la bestial respuesta apenas días después, cuando se enteró del baño de sangre que provocaron las fuerzas de seguridad de la dictadura. Aquel día definitivamente no fue sólo el último en que ella estuvo en el país, sino el principio de un éxodo sin precedentes de cientos de miles de nicaragüenses.
Encuentro en el albergue
Quirós Hernández tiene 40 años. Estudió Psicología Clínica en la Universidad Central de Costa Rica y cursó en Alemania un diplomado internacional en Psicotraumatología.
Empezó a trabajar con población nicaragüense desde 2011, como psicóloga de la Iglesia Luterana Costarricense. Desde ese empleo iba constantemente a Nicaragua para capacitar a personal humanitario en atención sicosocial a migrantes y, en sus ratos libres, hacía turismo, recorría ciudades y conocía personas.
“Siempre me llamó la atención la resiliencia de la población nicaragüense ante tanta historia de guerras, desastres naturales y conflictos”, dice Quirós.
Pero lejos estaba de sospechar que un nuevo conflicto la llevaría a estrechar esa cercanía y a sumirla en el dolor colectivo de miles de nicaragüenses que, otra vez, sufrirían una nueva dictadura, tan brutal y sangrienta, como otras que ya parecían lejanas en la historia.
En 2019 ella estaba como coordinadora del albergue para migrantes de la Iglesia Luterana Costarricense cuando empezaron a llegar los primeros nicaragüenses defensores de derechos humanos en busca de protección y ayuda.
Eran del Centro Nicaragüense de Derechos Humanos, tomado por asalto policial en diciembre de 2018.
“Ahí conocí el trabajo que hacían en defensa de los derechos humanos y poco a poco fueron llegando más, muchachas y muchachos; ahí nació entre ellos la iniciativa de organizarse para ayudar a la población nicaragüense que seguía saliendo del país”, recuerda Quirós.
Lea además: La tortura: la forma más cruel de represión de la dictadura Ortega-Murillo

El lazo de los derechos humanos
Nació entonces el Colectivo de Derechos Humanos Nicaragua Nunca Más y le pidieron a ella apoyo inicial para atender a decenas de jóvenes estudiantes que llegaban torturados, perseguidos, amenazados, destrozados emocionalmente por la represión que habían sufrido en carne propia.
Quirós recordó que con la liberación de decenas de presas y presos políticos bajo la Ley de Amnistía en junio de 2019, los excarcelados corrieron a buscar refugio en el suelo costarricense ante el terror de volver a caer presos.
Los defensores del Colectivo los recibían y les ayudaban a integrarse, pero notaban que la mayoría venía profundamente afectada de la mente.
Entonces le pidieron ayuda a ella para atender los traumas de un primer grupo de 25 personas y así comenzó Quirós a trabajar con el Colectivo y a conocer de primera mano los horrores sufridos por los excarcelados en las celdas de la dictadura sandinista.
Hasta la fecha Quirós ha atendido a cientos de nicaragüenses de todas las edades, de todos los géneros, estatus social y de todos los rincones del país, con traumas de todo tipo.
La brutal primera ola
La psicóloga cuenta que ha visto de primera mano el devastador daño físico y emocional de cientos de nicaragüenses que han salido exiliados después de haber sido secuestrados, torturados, perseguidos, encarcelados, violados sexualmente, heridos de bala y hospitalizados por agresiones de policías y paramilitares.
Dice que la primera oleada de pacientes venían afectados principalmente por la violencia física de las fuerzas de seguridad del régimen en el marco de las protestas de 2018: “Muchos traían las cicatrices visibles, quemaduras, cortes, signos de electrocuciones, fracturas, lesiones”.
A partir de 2021 empezaron a llegar otros exiliados con torturas físicas menos brutales, pero con graves perturbaciones emocionales por las torturas psicológicas.
“Hablamos de personas que habían sido detenidas o secuestradas, que no habían sufrido tanta violencia física, pero el estado emocional de ellos era peor incluso de quienes habían sufrido torturas corporales”, dice Quirós.
“Ellos contaban que no los golpeaban tanto, pero los amenazaban de muerte, les amenazaban con matar y violar a sus esposas, hijas, familias… que nunca saldrían de la cárcel, que ya el pueblo o sus familias los habían olvidado”, comenta Quirós.
Era otra dimensión de sufrimiento.
“Las personas excarceladas, las de la primera oleada, eran víctimas de la tortura física, muchísima violencia física, abusos sexuales, y luego en un segundo periodo, yo diría que se enfocaron en la tortura sicológica, en el aislamiento”, agrega.
Ese segundo ciclo de represión dice ella, fue premeditadamente enfocado en destruir la mente de las víctimas más allá de la prisión.
Lea también: Las huellas de las cárceles de la dictadura
Los males de los exiliados
Después de seis años de consultas, análisis clínicos, cientos de horas de testimonios y atención directa a más de 700 personas, la psicóloga Ruth Quirós no tiene dudas en clasificar el principal mal de los nicaragüenses entre duelos, traumas y exilio: “Trastorno de estrés postraumático”.
“En ese segundo ciclo de represión, después de la pandemia, ellos (los represores) trataron de inhibir los sentidos positivos, los valores morales de las personas que estaban presas, incomunicadas, aisladas, con separación prolongada de sus familias, de sus seres queridos, una desconexión total de la realidad. Les quebraban el espíritu”, explica Quirós.
A partir de esa exposición prolongada a la tortura psicológica, muchos desarrollaron malestares físicos.
“Cuando las emociones se vuelven incontrolables, entonces las personas empiezan a tener ataques de ansiedad, ataques de ira, enojo, sufrimiento, mucho llanto, mucha desesperación frustración”, explica.
Dice que eso da paso, casi siempre cuando no hay atención sicológica, a desarrollar conductas autodestructivas como tomar alcohol, consumir drogas, comer sin control o pérdida del apetito, desvelo, violencia, desafíos peligrosos y otras conductas nocivas que han llevado a muchos de sus pacientes a pensar en el suicidio.
Algunos han dado ese último paso.
Confiesa que una de sus pacientes se suicidó. “Fue una situación bien complicada, porque esta persona estaba en ese nivel de autodestrucción avanzado”, admite.
“Yo me di cuenta desde el primer momento que esta persona quería terminar con su vida, porque además era una vida de sufrimiento, no fue solo lo que le pasó a esta persona a partir de 2018 que vivió terror y violencia, porque fue una persona presa y víctima de tortura, sino que además venía cargando toda una vida de pobreza y sufrimiento”, relata.

La “chelita matagalpina”
La psicóloga ha atendido a tantos nicaragüenses, que dice a modo de broma que ya casi conoce a toda la comunidad.
“No sé cuántas personas he atendido, y a veces bromeo de que yo conozco todo el exilio nicaragüense”, dice riendo.
La interacción diaria con los nicaragüenses desde 2011 obligó a Quirós a pedir explicaciones ante expresiones, palabras y dichos de sus pacientes, para entender los conceptos y el contexto de los testimonios.
“Entonces hay palabras y acentos que de tanto oírlos y comentarlos, se me han pegado”, dice riendo.
A muchas personas de su entorno le causa gracias la combinación de acentos y le han llamado “la tica-nica”. Y confiesa que personas en el Uber, en las oficinas o en las conversaciones espontáneas le preguntan con duda y curiosidad si es nicaragüense.
“Yo siempre me lo tomo con cariño y digo que sí, que soy de Matagalpa. Siento un amor irracional por Nicaragua”, dice riendo. Y no falta entonces quien se refiera a ella como “la doctora chelita de Matagalpa”.
Le puede interesar: Cárcel y tortura en Nicaragua
Pueblo sufrido
Quirós dice que no sólo ha adquirido el uso de palabras comunes en Nicaragua y acento al mencionar tales palabras, sino también conocimiento de costumbres y traiciones nicaragüense, así como gustos por platillos y sabores de la cocina nica.
A la vez, los relatos de dolor y sufrimiento de sus pacientes la han conmovido profundamente.
“Hay muchísimo sufrimiento en la población nicaragüense, hay historias muy tristes de torturas… hechos brutales que le han pasado a las personas y eso te mueve”, confiesa.
Para ella, cada relato no es un caso aislado de sufrimiento individual, sino la suma de un trauma colectivo que va más allá de los hechos de 2018. “Descubrí que no sólo es lo que pasó en 2018; hay décadas de violencia que han causado una fisura en la estructura social nicaragüense”, afirma.
Su aproximación terapéutica le ha servido para comprender cómo la violencia política ha marcado a toda una sociedad por generaciones.
“La sociedad nicaragüense ha sufrido muchas dictaduras, muchos traumas y exilios”, dice. Sin embargo, está sorprendida de cómo sus pacientes sacan fuerza de la flaqueza.
“Es muy característico de los nicaragüenses que son fuertes, luchadores, emprendedores… mujeres que pueden salir adelante de las peores situaciones”, dice con admiración.

Tiempos de odio
La psicóloga ha notado entre los exiliados nicaragüenses la carga de una emoción muy dañina: el odio hacia todo aquello considerado afín al régimen gubernamental, sus líderes, símbolos y figuras.
Ella explica que el odio, como una emoción natural igual que la tristeza o la alegría, está muy presente en la mayoría de la población migrante nicaragüense desde 2018 y es algo “que se puede considerar normal”.
Sin embargo, señala que la permanencia de esta emoción a largo plazo se logra a través de la estimulación por medio de discursos de odio como estrategia de división: crear dos bandos irreconciliables que alimenten la polarización y fracturen la unidad social.
Por un lado, los afines al régimen que deshumanizan y amenazan al exiliado; del otro lado, los nicaragüenses considerados opositores que odian a la dictadura como causantes de sus trauma por la represión, el exilio y las pérdidas.
La dinámica entonces genera un fenómeno de guerra de mensajes de aborrecimiento mutuos: “Una persona con trauma oye un discurso de odio de Murillo, por ejemplo, o ve una bandera del FSLN y eso es un detonante de la emoción del odio que lo lleva a expresar su rencor”, dice.
Estos detonantes, explica Quirós, reactivan memorias dolorosas, pensamientos irracionales y reacciones físicas intensas, desde crisis de ansiedad hasta afecciones corporales.
Lea además: Torturado, violado y preso: la impresionante historia del desterrado encontrado muerto
Controlar las emociones
La psicóloga recuerda con mucha pena los rostros de miedo y desconcierto de un grupo de exiliados cuando ella se presentó a una reunión con la camisa de su equipo favorito Liga Deportiva Alajuelense, cuyos colores son el rojo y el negro, como la bandera del Frente Sandinista.
Ante el sentimiento de odio, ella recomienda como primer paso validar las emociones y no reprimirlas.
“No es la emoción lo que debe reprimir la persona, sino la conducta que elige realizar con ella”, explica. Por ello aconseja detenerse, escuchar el mensaje que trae cada emoción y evitar tomar decisiones impulsivas ante una emoción de odio.
Sin embargo, advierte que cuando esta emoción no se procesa adecuadamente, puede transformarse en una fuerza destructiva, capaz de cegar, distorsionar la percepción de la realidad y llevar a conductas peligrosas o incluso violentas.
Desde su experiencia, Quirós señala que el odio puede nublar la empatía y confundirlo con deseos de justicia, cuando en realidad se trata de venganza.
Advierte que ese es el mayor riesgo de la promoción de mensajes de odio: dejar que la emoción se convierta en acción y provocar daño físico.
Escapar del drama
Pese a toda la admiración y empatía con los exiliados, Quirós no disimula, sin embargo, el peso emocional que implica este trabajo. Escuchar entre seis y siete historias duras al día, muchas cargadas de frustración, angustia y violencia, le demanda esfuerzos en el autocuidado.
“Hay que saber cuánto parar y ocuparse de uno mismo”, expresa Quirós, quien aparte de psicóloga es madre, esposa, hija, hermana, amiga y fans de la Liga Deportiva Alajuelense.
Para mantener el equilibrio, ella cultiva un huerto con legumbres y hierbas medicinales cuando el clima se lo permite, si no, se refugia también en la costura, confeccionando prendas y diseñando modelos propios de ropa con una máquina de coser.
CONTENIDO EXCLUSIVO.