Fueron cerca de 160 noches sobre una raída colchoneta de dos pulgadas de espesor sobre la loseta de concreto que hacía de cama en la celda. Por las madrugadas el frío se le colaba en las costillas cada vez más visibles y el calor del mediodía le sofocaba la existencia.
Cada mañana —luego de los interrogatorios a medianoche o de madrugada—, amanecía con dolor en todo el cuerpo. Cuello, espalda, hombros, rodillas, brazos, cabeza… ¿Qué no le dolía?
Al inicio era el dolor por los golpes con bastones de hule y garrotes. Patadas y puñetazos cubiertos con toallas manchadas de sangre y lodo que apestaban a orines.
Luego, cuando lo movieron de la celda del centro de torturas el Chipote a la celda de castigo en La Modelo, le tocó si no la misma, una colchoneta igual de rala y sucia, donde siguió sintiendo el frío y el calor de las planchas de cemento sobre las que durmió cinco meses más. Ahí varias veces amaneció orinado en su colchoneta. Unas por su propia micción y otra por la orina de los guardias cuando entraban a golpearlo.
De modo que lo primero que hizo cuando salió de la cárcel fue rogar por una cama mullida, con almohadas suaves y sábanas limpias, con una ventana cercana donde se colara el aire y la luz del sol.
Pensó que eso acabaría con esa sensación de dolor e incomodidad en cada amanecer, pero meses después seguía amaneciendo adolorido y con la nauseabunda sensación de apestar a orines. Tomaba analgésicos para el dolor de cuerpo y antialérgicos para frenar la sensación de oler amoniaco por todos lados, pero nada le quitaba el tormento.
La consulta médica no encontró razones físicas para los dolores de cuerpo y lo remitieron a sicología y de ahí a siquiatría, donde le diagnosticaron síndrome de estrés postraumático.
“El daño ya está hecho”
El doctor Álvaro Ramírez Vanegas es epidemiólogo y lleva algunos años dedicado al tratamiento de los problemas del sistema nervioso autónomo mediante acupuntura y medicina especializada en su clínica en Irlanda.

Sabe los efectos que pueden provocar en el sistema nervioso de los presos políticos y exiliados los eventos traumáticos sufridos a manos de la dictadura de Nicaragua, y sin querer mostrarse alarmista, establece que para cientos de nicaragüenses que han pasado o están en las cárceles el daño ya está hecho.
¿De qué daños estamos hablando?
LA PRENSA confirmó que al menos tres personas han sufrido enfermedades neurológicas al salir de régimen penitenciario. Kevin Solís sufrió parálisis corporal en agosto; Kevin Zamora sufrió parálisis facial en prisión y una lesión interna en el oído que le impide escuchar bien; y el exguerrillero Víctor Hugo Tinoco también sufrió una situación similar.
Extraoficialmente se manejan hasta 16 casos de problemas de este tipo, pero muchas de las víctimas, ya en libertad, lo manejan en privado para tratar de recuperarse y alejarse del recuerdo martirizante que les provoca emociones negativas.
¿Qué pasa con ellos? El doctor Ramírez lo explica de este modo: el organismo humano produce cortisol, la llamada hormona del estrés que se produce en las glándulas suprarrenales en la parte superior de cada riñón y se inyecta a la sangre.
Esta hormona actúa como un neurotransmisor en el cerebro, para dar respuesta a situaciones difíciles o de alto grado de tensión.
Esta hormona interviene en varias funciones del organismo: regula el metabolismo, regula los niveles de inflamación del cuerpo, controla la presión sanguínea, equilibra la glucosa en la sangre, y controla los ciclos de sueño y vigilia.
También regula la energía corporal para responder al estrés, equilibra el sodio y los líquidos para hidratar el cuerpo en condiciones de estrés y contribuye a administrar la memoria y la concentración para regular los pensamientos negativos en condiciones de tensión.
Cuando los niveles de cortisol están balanceados, los órganos y el sistema nervioso actúan en armonía, pero una constante exposición a situaciones desencadenantes de estrés crea un exceso de cortisol, derivando en una alteración endocrina conocida como “hipercortisolismo”, que produce efectos negativos en las funciones celulares de todo el cuerpo.
“Es decir, el organismo se contamina de cortisol”, explica Ramírez.
Médico advierte: seguirán más colapsos
Cuando el estrés se convierte en crónico, los niveles de cortisol se mantienen siempre altos, lo que equivale a decir que el cuerpo está en un estado de esfuerzo para tratar de garantizar que todos los sistemas indispensables para la supervivencia funcionen y el sistema nervioso autónomo no colapse, explica el médico.
Sin embargo, Ramírez expone que no siempre el sistema nervioso puede repararse por sí mismo si está sometido permanentemente a situaciones traumáticas, como en el caso de los privados de libertad.
“No hay una cura mágica, una pastilla que lo sane, se requiere atención sicológica, siquiátrica, medicina, tratamientos, procedimientos médicos y mucho tiempo para revertir los daños, pero en muchas ocasiones no será posible”, dice, por lo cual advierte que los casos de colapso de excarcelados políticos podrían seguir ocurriendo a corto y mediano plazo.
Según Ramírez, para empezar a reparar esos daños es necesario que la persona esté fuera de la situación desencadenante de estrés, “pero a veces puede ser demasiado tarde”.
Lamentablemente ese es el caso de la mayoría de los ex presos políticos y por ello se han visto casos de derrames cerebrales, infartos, enfermedades neurológicas y toda una serie de daños progresivos, físicos y mentales, como lo detalla el expediente clínico del ex preso político que amanece adolorido y sintiendo olor a orines por doquier.
Rosario de males por el cortisol
Ramírez explica que la prolongada exposición al cortisol afecta el sistema inmunológico (bajando las defensas), lo que deriva en enfermedades respiratorias, alergias, enfermedades autoinmunes como el lupus y otras.
Afecta además el sistema gastrointestinal, ya que el exceso de cortisol altera la digestión y absorción de los nutrientes, aumenta los niveles de acidez en la mucosa intestinal y provoca inflamación que, a su vez, generan gastritis crónica, úlceras, síndrome de colon irritable y a la larga, cáncer.
El cortisol excesivo también afecta el sistema cardiovascular, aumentando la presión arterial, acrecentando las posibilidades de enfermedades crónicas del corazón, infartos, problemas cardio y cerebrovasculares.
A la vez, afecta el sistema metabólico creando trastornos alimentarios como bulimia o anorexia; además afecta la sanación de la piel, altera el sistema reproductor y el deseo sexual natural, generando disfunción eréctil, interrupción del ciclo menstrual, infertilidad.
Sin embargo, el mayor daño se provoca en el cerebro. Ramírez explica que el exceso de cortisol ocasiona el síndrome de fatiga crónica, trastornos de la tiroides, demencia, depresión y muchas otras afecciones que pueden derivar en un declive mental.
El grave daño al cerebro de las personas privadas de libertad
LA PRENSA habló con una persona especialista en siquiatría y neurología radicada en Nicaragua, bajo condición de anonimato y protección a sus datos personales y profesionales.
Según esta especialista, el mayor impacto a la salud de los individuos detenidos ocurre a nivel del cerebro y por una causa principal: el encierro y aislamiento.
De acuerdo con su experiencia y sus estudios especializados en Europa, el encierro prolongado de un individuo es un factor de riesgo de muerte prematura similar al del consumo de drogas y superior al de la obesidad.
Dice que en los congresos de neurólogos se ha debatido y demostrado que el daño al cerebro “es devastador” en aislamiento penitenciario por períodos superiores a 15 días consecutivos.
Citando datos de estudios e investigaciones de la Sociedad Americana de Neurología, la persona especialista dice que el impacto del aislamiento en el cerebro de los presos es tan devastador “que en un mes podría ser irreversible la exposición de riesgos a alteraciones neurológicas que paulatinamente van a ir provocando, a lo largo de la vida, afectaciones sicológicas y nerviosas”.
Tal daño se basa, según la persona especialista, en que la salud mental del ser humano depende de la interacción con los demás seres vivos y el ambiente, todo de lo cual se le priva durante aislamiento penitenciario.
Aislamiento, más que una tortura es una sentencia de muerte a futuro
Explica que no pueden directamente analizar la masa gris de las personas expuestas al aislamiento, pero diversos estudios basados en los efectos de animales sociales como los monos y otros que viven en manadas, han determinado que el aislamiento genera “cambios en la estructura de las neuronas y una reducción del volumen hasta del 20 por ciento de la región de contacto sináptico de la célula nerviosa”, en tan solo un mes de aislamiento».
En pocas palabras, «el estrés asociado al aislamiento genera alteraciones en las estructuras cerebrales involucradas en la cognición y la salud mental, particularmente en el hipocampo, un área cerebral esencial para la memoria, la orientación espacial y la regulación de las emociones”.
Sobre la base de esos estudios, la comunidad científica ha concluido que algunas de estas alteraciones pueden ser irreversibles y dejar secuelas a largo plazo, aumentando el riesgo de muerte prematura y suicidio hasta en un 30 por ciento, en comparación con personas que no han sufrido esos daños.
Suicidio, una idea común entre excarcelados y exiliados
Ruth Quirós es una sicóloga costarricense que desde 2019 viene prestando atención a víctimas de la represión sandinista en Nicaragua, desde el Colectivo de Derechos Humanos Nicaragua Nunca +.
Cuenta que ha visto de primera mano el devastador daño emocional de nicaragüenses que han salido de la cárcel o exiliados después de haber sido secuestrados, torturados, perseguidos, encarcelados, violados sexualmente, heridos de bala y hospitalizados por agresiones de policías y paramilitares.

Dice que la primera oleada de pacientes venía afectada, principalmente, por la violencia física de las fuerzas de seguridad del régimen: quemaduras, cortes, electrocuciones, fracturas, lesiones. Luego empezaron a llegar otros exiliados con graves perturbaciones emocionales.
“Hablamos de personas que habían sido detenidas o secuestradas, pero que no habían sufrido violencia física, pero el estado emocional de ellos era peor incluso que quienes habían sufrido torturas duras”.
“Ellos confesaban que no los golpeaban, pero los amenazaban de muerte, les amenazaban con matar y violar a sus esposas, hijas, familias, que nunca saldrían de la cárcel, que ya el pueblo o sus familias los habían olvidado”, comenta Quirós.
Una nueva dimensión de tortura del régimen sandinista
“Hablamos de tortura sicológica, otra dimensión de sufrimiento. Las personas que han estado encarceladas, las de la primera oleada, eran víctimas de la tortura física, muchísima violencia física, abusos sexuales, y luego en un segundo periodo, yo diría que se enfocaron en la tortura sicológica, en el aislamiento”, agrega.
“En esta parte ellos tratan de inhibir los sentidos positivos, los valores morales de las personas que están presas, mediante la falta de comunicación, el aislamiento, la separación prolongada de sus familias, de sus seres queridos, una desconexión total de la realidad. Les quebraban el espíritu”, explica Quirós. Se trata, dijo la sicóloga, de una nueva generación de exiliados.
“Con afectaciones emocionales muy severas, con un nivel de complejidad avanzado, buscando atención para luchar contra la depresión, la ansiedad, otras afectaciones cuyo diagnóstico principal siempre es el trastorno de estrés postraumático”, dice.
Quirós comenta que sus pacientes le piden explicaciones: “La doctora que me atendió dice que no tengo nada, que los exámenes médicos salen normales, pero yo me siento enfermo, siento dolores, sé que algo tengo”.
Y es ahí donde ella les explica: “El estrés postraumático puede llevar a una persona a sufrir enfermedades físicas que van desde trastornos de la alimentación, trastornos del sueño, hasta trastornos gastrointestinales”.
Sin embargo, les explica que la mayoría son efectos de emociones incontroladas, distorsiones a nivel de pensamiento.
“Cuando las emociones se vuelven incontrolables, entonces las personas empiezan a tener ataques de ansiedad, ataques de ira, muchísimo enojo, muchísimo sufrimiento, mucho llanto, mucha desesperación, mucha frustración”, explica.
Del sufrimiento al pensamiento autodestructivo: la somatización
Dice que eso da paso, casi siempre cuando no hay atención sicológica, a desarrollar conductas autodestructivas.
“Primero hay afectación a nivel de pensamiento, de emociones y luego a nivel de conducta. Cuando hay una afectación emocional, el cuerpo, que es una máquina maravillosa, convierte en algo todo lo que nosotros no podemos expresar. A esa parte se le conoce como somatización”, explica.
Desde el punto de vista sicológico, la somatización se entiende como un mecanismo de defensa inconsciente mediante el cual una persona sin proponérselo convierte el malestar emocional en un síntoma físico, desviando así la atención del conflicto sicológico que le genera ansiedad y convirtiéndolo en dolor físico.
Eso genera un círculo vicioso: los problemas emocionales que generaron la somatización no desaparecen, sino que se le agrega al sistema nervioso central autónomo una nueva carga de estrés con la aparición de un trastorno físico.
Aquí es donde aparece el pensamiento de suicidio
Entre las personas atendidas, que solo este año son más de 200, “el pensamiento suicida es mucho más normal de lo que nos imaginamos”, dice Quirós.
“Puede ser muy normal, es algo que todos en algún momento de la vida, yo me atrevería a decir que lo hemos pensado, que queremos terminar con la vida cuando estamos viviendo un evento traumático, nos fragmentamos, nos hacemos pedazos y empezamos a vivir bajo los fragmentos del trauma literalmente. Luego el trauma eclipsa el pensamiento racional, los valores y las creencias que dan sustento racional a la existencia, explica Quirós.
“Ese momento de terror, de violencia, se queda congelado en ti. Entonces empiezas a pensar ‘mi vida, ya no vale nada, yo mejor debería estar muerto. Mi vida perdió sentido, nada de lo que hice ha valido la pena, no me sirvió de nada todo por lo que luché en mi vida, se me fue de las manos todo, no tengo esperanza, ni control. Yo soy culpable, si hubiera hecho esto, si no hubiera hecho aquello’ y empieza a cuestionarse y a decirse cosas y el pensamiento se vuelve como una bola de nieve”, dice.
Luego, viene la acción: “Entonces él pensamiento se vuelve un pensamiento negativo, disfuncional e irracional y ahí siempre cabe el me quiero morir porque además tú piensas y ese pensamiento te hace sentir y si tu pensamiento es negativo, te lleva a sentir emociones muy fuertes como miedo, como dolor, tristeza, que si no pueden manejarse se salen de control”.
“Se carga el sistema nervioso más de lo que tu sistema puede contener y eso te puede llevar a una conducta autodestructiva, como empezar a consumir alcohol. A consumir drogas. A consumir medicamentos. A buscar emociones fuertes, que crean adicción, entonces a ese nivel se pierde el control total de la vida”, argumenta Quirós.
La sicóloga explica que no siempre pasamos del pensamiento a la acción: “Puede que yo me quede en el solo pensarlo, pero si yo estoy en crisis ese pensamiento me puede llevar a la acción y entonces sí voy a terminar con mi vida y lo he visto”.
Confiesa que una de sus pacientes se suicidó. «Fue una situación bien complicada, porque esta persona estaba en ese nivel de autodestrucción avanzado”, admite.
“Yo creo que yo me di cuenta del primer momento que esta persona quería terminar con su vida, porque además era una vida de sufrimiento, no fue solo lo que le pasó a esta persona a partir de 2018 que vivió terror y violencia, porque fue una persona presa y víctima de tortura, sino que además venía cargando toda una vida de pobreza y sufrimiento”, relata.
“Son crímenes de lesa humanidad”
Las denuncias de torturas físicas y sicológicas sufridas en las cárceles de Nicaragua son abundantes en los archivos del Colectivo de Derechos Humanos Nicaragua Nunca +.
Gonzalo Carrión, activista de esa organización en el exilio, dice que ellos han recopilado hasta 160 testimonios de torturas de todo tipo, incluyendo las llamadas “torturas blancas”.

“Son torturas sicológicas que destruyen emocionalmente a las víctimas. Ellas te cuentan: ‘No me pegaban’, pero cuando vos los ves que perdieron 40 libras, 50 libras, que perdieron los dientes, que casi quedaron ciegas por estar encerradas en celdas oscuras o porque pasaban aislados días y noches con una luz encendida, sin ver el sol”, comenta.
“La dictadura ha afinado sus técnicas de torturas. Pasaron del garrote y los choques eléctricos al aislamiento, a las amenazas, a los interrogatorios, a la negación de atención médica y de alimentación”, denuncia.
Carrión pone de ejemplo el caso del general en retiro Hugo Torres, quien murió en presidio en 2022.
“Ese hombre entró a la cárcel caminando, saludable, y salió en un ataúd. Dicen o justifican que fue por otras causas, que no eran golpes, pero la negación de atención médica es tortura también, había perdido mucho peso, por mala alimentación y le negaban acceso a la medicina”, relata.
A criterio de Carrión, todas las acciones cometidas en prisión contra las personas presas políticas son calificadas como tortura y esta práctica constituye un delito de lesa humanidad, según los Estatutos de Roma. Él señala como responsables de estos delitos a toda la cadena de mando sobre las personas presas políticas: desde los dictadores Daniel Ortega y Rosario Murillo, los jefes policiales, autoridades y escoltas penitenciarios y hasta los médicos que conocen las verdaderas enfermedades que sufren los reos “y guardan silencio”.