El Observatorio Nicaragüense contra la Tortura del Colectivo de Derechos Humanos Nicaragua Nunca Más refutó a los directores del Sistema Penitenciario Nacional (SPN) que en declaraciones a medios oficialistas dijeron que en las cárceles del país no se tortura a las personas presas o “privadas de libertad”.
Según la información publicada en LA PRENSA este miércoles 16 de octubre, los directores del SPN aseguraron que el régimen carcelario en Nicaragua es ejemplarmente humanitario, y que ninguno del alrededor de 21 mil presos que hay en el país es objeto de cualquier clase de maltrato y mucho menos de tortura.
Sin embargo, los registros de los organismos defensores de los derechos humanos nacionales e internacionales, fundados en declaraciones de los excarcelados políticos, dicen todo lo contrario. Los informes de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) y del Consejo de Derechos Humanos de la ONU, están llenos de testimonios de las víctimas de torturas en prisión y en ellos se han basado para dictar sus resoluciones condenatorias al régimen de Nicaragua.
Quizás los presos comunes no sufren maltrato en las cárceles. Eso tendrían que decirlo ellos mismos. Pero muchos excarcelados políticos han dado testimonio de los maltratos y torturas que han sufrido en prisión. De la misma manera que algunos de ellos han reconocido públicamente, con toda honestidad, que no fueron torturados por sus captores y carceleros, salvo la tortura sicológica que significa el solo hecho de ser encerrado en un calabozo inmundo y sometido a intensos y repetidos interrogatorios.
La verdad es que no hay ni ha habido nunca un solo país con gobierno autoritario, dictatorial, tiránico o como se les quiera llamar, en el cual no se maltrate y se torture a los presos en general y en particular a los políticos y de conciencia. Todos los regímenes de fuerza desprecian la dignidad humana y violan los derechos de sus prisioneros, particularmente a los reprimidos por sus actividades políticas opositoras o únicamente por sus ideas.
La tortura “ha acompañado al hombre a lo largo de toda su historia”, escribe el enciclopedista político Rodrigo Borja. Y advierte que “en ningún campo de la actividad humana la creatividad y la imaginación han sido tan fecundas y han llegado tan lejos como en la invención de sistemas e instrumentos de tortura”.
Solo hasta mediados del siglo veinte, propiamente en diciembre de 1948, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) aprobó la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que en su artículo 4 proclama que “nadie será sometido a torturas ni a penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes”.
Pero únicamente las democracias han acatado ese compromiso. Las dictaduras, que dominan en la mayor parte de los países del mundo, siguieron practicando torturas a sus prisioneros. Se hizo necesario que en junio de 1984 la ONU aprobara específicamente una Convención Contra la Tortura y otros Tratos o Penas Crueles, Inhumanas o Degradantes, que tiene carácter de ley internacional y todos los Estados miembros de la ONU deben acatarla.
No obstante, las dictaduras y cualquier clase de regímenes autoritarios siguen torturando a sus prisioneros políticos y de conciencia, sin que la comunidad internacional pueda hacer nada para impedirlo o castigarlo, más que aprobar declaraciones condenatorias y en algunos casos sanciones que en la práctica no sirven para nada.
En el caso de Nicaragua, lo cierto es que solo cuando vuelva a haber libertad y democracia podrá desaparecer la infame y odiosa práctica de la tortura. Y por el bien de todos los nicaragüenses, ojalá que eso pudiera ocurrir lo más pronto o lo menos tarde posible.