Mentiras que la dictadura presenta como “historia”

Que Daniel Ortega dirigió desde la cárcel su propio rescate y autorizó el asalto al Palacio Nacional; o que China venció a los nazis alemanes y la batalla de San Jacinto constituyó la primera derrota del “imperialismo yanqui”. La reescritura de la historia es un antiguo método de manipulación que el sandinismo conoce bien.

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“Daniel Ortega dirigió su propio rescate”

Es un hecho bastante conocido que en su época de guerrillero Daniel Ortega estuvo preso siete años. Fue a la cárcel tras haber participado en un asalto a la sucursal Kennedy del Banco de Londres, en Managua. Guardó prisión desde noviembre de 1967 hasta diciembre de 1974. El 27 de ese mes fue uno de los 14 guerrilleros liberados a solicitud del comando armado que se tomó la casa del somocista Chema Castillo.

Hasta ahí todas son verdades. La tergiversación de la historia radica en el protagonismo que posteriormente se ha querido atribuir a Ortega. Así como en los intentos de borrar del episodio a protagonistas reales que lo abandonaron cuando implantó un régimen totalitario. 

En diciembre de 2015, el general en retiro Omar Halleslevens, quien perteneció al “Comando Juan José Quezada”, integrado por 13 guerrilleros, declaró ante medios oficialistas que el propio Ortega dirigió la operación desde la cárcel. 

“Daniel siempre mantuvo la correspondencia y el contacto con la parte externa del Frente. (…) Daniel fue capaz desde la cárcel de manejar esa cohesión (entre los guerrilleros presos) y desde ahí también manejar una capacidad de poder comunicarse para afuera con el resto de compañeros que estaban afuera”, declaró Halleslevens, en ese momento vicepresidente de Ortega. 

No contento con eso, agregó: “(…) Daniel mantenía una comunicación con el resto de la Dirección que estaba interna y con el resto de la dirección que estaba en el exterior. Desde esa lógica Daniel sí era participe y participaba y contribuía a lo que era la posible salida, no solamente de él, sino que Daniel ha sido un hombre muy solidario toda la vida, sino que del resto de compañeros que estaban siendo prisioneros por la Guardia”.

Las palabras de Halleslevens indignaron a Hugo Torres Jiménez, general en retiro y disidente sandinista, quien participó en aquel rescate y habría de morir en febrero de 2022 como reo político de Ortega.

“Se intenta reescribir la historia para crear una imagen mesiánica de Daniel Ortega”, denunció en declaraciones a LA PRENSA. Además, señaló que en las publicaciones oficialistas se habían omitido muchos nombres. “Al gobierno orteguista no le conviene (mencionarlos a todos) porque un buen número de los que integrábamos ese comando no estamos acompañando a Daniel Ortega en su gobierno dictatorial y totalitario”, observó. 

En aquel momento el excomandante Henry Ruiz, hoy prisionero político de la dictadura Ortega Murillo, también se pronunció. Dijo que las declaraciones de Halleslevens eran “culto a la personalidad” y señaló que, en la época en que Ortega estuvo preso, ni siquiera había celulares para que mantuviera comunicación desde la cárcel. 

Sin embargo, la prueba más contundente de que Halleslevens mintió proviene del propio Ortega. En 1987, en entrevista con la revista Playboy, relató que en la cárcel estaban enterados de que habría una operación para rescatarlos, pero no conocían los detalles. 

“Sabíamos que había gente fuera de la prisión que estaba trabajando en algo para ponernos en libertad. Pero la primera vez que oí del asunto fue en la madrugada después de la acción. (…) Teníamos un radio escondido sobre el que nos abalanzamos. Ese fue el momento más impactante que tuvimos en prisión, cuando nos dimos cuenta de que ministros de Somoza muy importantes, incluyendo al cuñado de Somoza, se encontraban en manos de los compañeros”, dijo. 

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Hugo Torres y Dora María Téllez, dos de los jefes de la operación sandinista. (LA PRENSA/Archivo)

El asalto al Palacio Nacional 

En agosto de 2015 Edén Pastora, el antiguo “Comandante Cero”, generó gran polémica al afirmar que Daniel Ortega lo había autorizado personalmente para ejecutar el famoso asalto al Palacio Nacional, también conocido como “Operación Chanchera”, el 22 agosto de 1978.

Pastora ya había hecho esta aseveración un par de años antes. La sostuvo en 2015 durante la presentación de un documental sobre la “gesta” del Palacio, elaborado por la fotoperiodista Heydi Salazar. 

Cuando un periodista de LA PRENSA le preguntó si de verdad Ortega había planeado y autorizado el operativo, el exguerrillero se echó para atrás. “Yo nunca he dicho que el presidente Ortega planeó la operación. Yo lo que dije fue que la idea fue mía, como sale reflejado en el documental. Y que fue el presidente Ortega quien me autorizó a llevarla a cabo”. 

No cambió de parecer cuando le señalaron que precisamente en el documental que se presentaba ese día aparecía diciendo que el autorizador fue Humberto Ortega. Por el contrario, intentó justificarlo; pero el papel de Daniel Ortega se vio mucho menos grandioso de lo que Pastora hubiera querido: 

“Cuando yo hablo de Daniel, es que en la discusión de la Dirección Nacional estaba Víctor Tirado López, Humberto Ortega, Daniel Ortega, Carlos Coronel Kautz, Herty Lewites y yo. Entonces yo propongo que se realizara la ‘Operación Chanchera: Muerte al somocismo’. (…). Herty dice que no, Humberto dice que no, Víctor Tirado López dice que no. Daniel dice que sí, Carlos Coronel dice que sí y yo digo que sí. Así que estábamos empatados. Un día después Daniel convenció a Humberto que votara que sí, por eso yo digo que Daniel Ortega siempre ha creído en mí”. 

En agosto de 2013 Ortega ya había agitado la opinión pública sobre el mismo tema. Declaró que el asalto fue nada menos que una acción en honor al cubano Fidel Castro. Ese mismo día Pastora dijo por primera vez, que se recuerde, que 35 años antes actuaron por “una orden expresa de mi comandante Ortega”, “una orden bien cumplida”.

Las declaraciones de Pastora, tanto en 2013 como en 2015, fueron calificadas por críticos del régimen como manipulación de la historia para destacar la figura de Ortega, carente de grandes triunfos en la lucha armada sandinista. 

Al frente del comando que asaltó el Palacio también estuvieron Hugo Torres Jiménez (Comandante Uno) y Dora María Téllez (Comandante Dos). Ambos fueron encarcelados en 2021 por la dictadura Ortega Murillo. Ahora Téllez está desterrada y Torres, muerto. 

Contra todo pronóstico, y a pesar de los sandinistas, doña Violeta Barrios asumió el poder en abril de 1990. (LA PRENSA/Archivo)

Entregar o no entregar el poder

En febrero de 1990 Daniel Ortega perdió las elecciones presidenciales ante doña Violeta Barrios de Chamorro. El conteo de votos no dejó lugar a ninguna duda: 40.82 por ciento para el Frente Sandinista y 54.74 por ciento para la candidata de la Unión Nacional Opositora (UNO). Ortega se vio en la obligación de entregar el poder el 25 de abril de ese año y el fantasma de la derrota lo ha perseguido desde entonces. 

En octubre de 2021 llegó a afirmar que Estados Unidos creó un clima de terror con el propósito de incidir en los resultados de 1990. “Las elecciones del 90, fue con una pistola en la cabeza, con un cañón en la cabeza, porque el Gobierno yanqui decía, les decían a los nicaragüenses: ‘Si votan por el Frente, bueno, continuarán las agresiones y las sanciones como llaman ellos, que no son más que agresiones’”, afirmó en su discurso.

“Teníamos el control total del Poder Electoral, pero como revolucionarios, entendiendo que una parte de la población que estaba identificada con el Frente Sandinista, que amaba al Frente Sandinista, llorando fue a votar en contra del Frente, entendiendo que realmente estaban, y con toda razón, aterrorizados”, prosiguió. Dijo, además, que entregó el poder porque no podía “aferrarse” cuando el voto no le favorecía. 

En las palabras de Ortega pueden detectarse varias omisiones, cuando no mentiras. La primera es que el Frente Sandinista estuvo de acuerdo con esas elecciones, pues estaba convencido de que las ganaría con un abrumador apoyo popular. Los sandinistas creían en las encuestas favorecedoras y en las plazas llenas, por eso los resultados los tomaron por sorpresa.

Por otro lado, no es cierto que Ortega haya decidido no “aferrarse” a la Presidencia. En sus últimos cuatro mandatos ha dejado muy claro cuánto ama el poder y en 1990 entregarlo no estaba en sus planes. 

A las 7:00 de la noche del 25 de febrero de 1990 Mariano Fiallos Oyanguren, presidente del Consejo Supremo Electoral, debía salir a leer los resultados de las primeras cuatro juntas receptoras de votos recibidas. Le habían orientado marcar una brecha apabullante desde el inicio del conteo: 4 a 0, con cien votos de diferencia en cada mesa a favor del Frente Sandinista.

Tras media hora de tensa espera, a las 7:30 de la noche el doctor Fiallos Oyanguren leyó los primeros resultados, pero no fueron los que el sandinismo esperaba. Sólo en dos mesas ganaba Ortega y en las que ganaba “era por muy poquito”. Rarísimo. Así recordó Dionisio Marenco (q.e.p.d.), exalcalde de Managua, los primeros minutos de pánico de la militancia sandinista en esa fecha histórica. Hizo esa confesión en una charla transcrita y publicada por Envío en septiembre de 2008.

Nadie se ha atrevido a negar que Fiallos Oyanguren fue crucial en ese proceso. Hizo a un lado su ideología sandinista y, desoyendo lo que le dictaba el partido, respetó la voluntad popular. De manera que Ortega no entregó el poder porque quiso, sino porque no tuvo otra opción. 

En sus memorias, doña Violeta relata que cuando el candidato del Frente Sandinista llegó a presentarle sus respetos y felicitaciones, perdió la compostura y “se echó a llorar”. “Mi muchacho, no pasa nada”, lo consoló ella, abrazándolo.

Nicaragua votó por el fin de la guerra, el Servicio Militar Patriótico, las confiscaciones, la censura, la inflación, larepresión, el asedio, el espionaje y la persecución política.  

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Ya para los años 80, el ferrocarril de Nicaragua era una ruina. (LA PRENSA/Archivo)

“Violeta Barrios destruyó el ferrocarril”

Otra mentira impulsada desde el sandinismo es la que afirma que el gobierno de doña Violeta “desguazó” un ferrocarril en perfecto funcionamiento, llevando “desgracia” a los campesinos que lo necesitaban para trasladar sus productos. En realidad, el tren se encontraba en una situación deplorable inclusive antes de 1979, cuando los sandinistas llegaron al poder. 

Durante la dictadura somocista, la falta de mantenimiento, la clausura de ramales importantes y la aparición de las carreteras llevaron a menos al ferrocarril nicaragüense, que vivió su época de oro de 1875 a 1945. El golpe de gracia se lo propinó el huracán Aletta, en mayo de 1982, pues al estacionarse frente a las costas de Centroamérica causó grandes estragos en la región. 

Entre muchas otras cosas, las inundaciones destruyeron por completo la importante línea ferroviaria de 56 kilómetros que conectaba León con el puerto de Corinto y dejaron maltrecho el tramo Managua-León. No obstante, antes del Aletta un diagnóstico del “gobierno revolucionario” había concluido en que lo único valioso de la empresa estatal ferroviaria era “la faja de terreno del derecho de vía”. 

En los ochenta se hicieron varias intentonas para rehabilitar el tren, vinieron expertos extranjeros, se presentaron estudios y se solicitaron préstamos, pero nada ocurrió. La empresa entró a la década de los noventa con una deuda de 400 mil dólares y sin vehículos de trabajo, ya que fueron repartidos durante la “Piñata” sandinista. 

La reconstrucción del tren se estimaba en 36 millones de dólares y la cruda realidad era que “nadie estaba dispuesto a financiar la construcción de un ferrocarril en un país de distancias cortas, conectado por carreteras aceptables y con muy poca carga que mover”, señala Antonio Lacayo Oranguyen (q.e.p.d.), ministro de Presidencia de doña Violeta, en su libro La difícil transición

Para fines de 1993 la situación “se había vuelto insostenible”. La empresa perdía más de 30 mil dólares cada mes, pues sus operaciones costaban mucho más que lo que generaban. 

En enero de 1994 se resolvió que el Ministerio de Finanzas otorgaría un crédito de 350 mil dólares para pagar las indemnizaciones de los empleados ferroviarios y que la empresa estatal los devolvería en seis meses, sumados a los 867 mil dólares que ya había recibido en concepto de préstamos. Todo ese dinero debía salir de la venta de equipos y rieles. 

Lo que quedaba del ferrocarril se vendió a lo largo de 1994 y no es un secreto para nadie. Existe un registro auditado de cada equipo vendido. Las empresas Ferrocarriles SIT Limited y Ferrocarril de Antofagasta-Bolivia, a través de la Canadian National Railway, adquirieron ocho locomotoras, una grúa, repuestos y equipos de taller. Eso generó 835,707 dólares. 

La L.B Foster Company compró 15,340 toneladas de rieles usados a un precio de 99.50 dólares por tonelada, además de accesorios y rieles de otras calidades. De ahí surgieron 2 millones 257,084 de dólares. 

La venta de chatarra, durmientes, vigas, automotores, equipos de taller y material de bodega dejó 670,393 dólares, para un total de 3 millones 763,184 de dólares. Con eso se pagaron los costos generados por el último año de operación de la empresa y se cancelaron sus obligaciones con el Ministerio de Finanzas. Sobró un millón 383,834 de dólares, entregados al Gobierno central. 

Decir que doña Violeta vendió el tren, pero omitir las razones por las que lo hizo, es manipular la historia. 

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“China derrotó a los nazis”

En mayo de 2025, durante un acto público, Ortega aseguró que la República Popular China y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) “fueron las dos fuerzas contundentes que determinaron” la derrota del fascismo y el nazismo. Lo dijo frente a Chen Xi, embajador del gigante asiático al que el régimen Ortega Murillo se ha acercado luego de romper relaciones con Taiwán, en diciembre de 2021. 

“Fue la Unión Soviética, producto de una revolución que encabezó Lenin y la República Popular China, que fue también fruto de una revolución que encabezó Mao Tse-Tung. Ambas hermanas revoluciones enfrentaron al nazismo y derrotaron al nazismo y damos gracias a Dios por esa victoria extraordinaria y se aspiraba a una paz en el mundo”, mintió Ortega. 

Es verdad que la participación de la URSS fue crucial para la derrota de Alemania durante la Segunda Guerra Mundial (el régimen de Iósif Stalin se unió a los aliados occidentales tras la invasión nazi en la Operación Barbarroja, iniciada en junio de 1941). Sin embargo, la República Popular China ni siquiera existía todavía. Fue fundada en octubre de 1949, cuatro años después de finalizarse el conflicto global. 

Las declaraciones de Ortega se pueden refutar fácilmente con cualquier texto de historia. La distorsión de los hechos parece tener el propósito deliberado de reforzar su actual alianza con China. 

La batalla de San Jacinto, es un orgullo histórico de Nicaragüa, pero está lejos de ser la «primera derrota» del expansionismo de Estados Unidos, como afirma Ortega.

La primera derrota del imperialismo yanqui 

Los ataques contra Estados Unidos son una constante en los discursos de Ortega, aunque en la práctica el país norteamericano es el principal socio comercial de Nicaragua. Sin embargo, en septiembre de 2024 el dictador hizo una aseveración que no pasó inadvertida en los medios internacionales. En ocasión de los 168 años de la batalla de San Jacinto, dijo que esa fue “la primera derrota del imperialismo yanqui”. 

“Al final, lo que les quedó a los invasores fue, cuando ya estaban siendo derrotados por los patriotas nicaragüenses, incendiar la ciudad de Granada (al sureste de la capital) (…) pero ya salieron huyendo. Allá, en el puerto los estaba esperando un barco del gobierno de los Estados Unidos para trasladarlos”, aseguró Ortega. 

Y agregó: “Los recibieron como si fuesen héroes, pero la primera derrota del imperialismo yanqui fue, para todo orgullo, en Nicaragua, en la hacienda San Jacinto. Hoy estamos conmemorando el 168 aniversario de la batalla de San Jacinto y, además, los 203 años de la independencia (de España)”. 

Aunque la batalla de San Jacinto (14 de septiembre de 1856) es de gran importancia para Nicaragua y se le considera una segunda independencia, la afirmación de Ortega omite décadas de historia. 

La invasión fallida de Canadá durante la Guerra de 1812 suele considerarse el primer revés serio del proyecto expansionista de Estados Unidos en el siglo XIX. Hasta entonces los estadounidenses avanzaban victoriosos tras su independencia y la compra de Luisiana (1803). Fue la primera vez que intentó expandirse y no pudo.

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