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Cuando llegó a la casa de doña Violeta, Daniel Ortega se detuvo a admirar las flores del jardín delantero: veraneras color púrpura derramándose sobre maceteras y cubriendo el muro con sus brotes. “Se trata de algo práctico”, le explicó ella, “me sirven para ahorrarme tener que comprar las flores que llevo a la tumba de Pedro todas las semanas”.
Movido por una repentina “cordialidad postelectoral”, Ortega había llegado a presentar respetos y felicitaciones a la candidata de la UNO (Unión Nacional Opositora), recién electa presidenta en los comicios del 25 de febrero de 1990; pero al atravesar el jardín y entrar a la casa, perdió la compostura. “Daniel se echó a llorar”. Y como quien consuela a un niño que acaba de sufrir una caída, doña Violeta lo abrazó diciéndole: “Mi muchacho, no pasa nada”.
El encuentro, narrado en las memorias de doña Violeta Barrios de Chamorro: Sueños del corazón, ocurrió poco antes de que ella, a los 60 años de edad, asumiera la Presidencia de un país en guerra, en bancarrota y altamente dividido por las pasiones políticas. Antes incluso de que se hiciera evidente que el Frente Sandinista planeaba “gobernar desde abajo” en una de las etapas más convulsas de la historia de Nicaragua.
Para entonces la imagen de la señora de vestidos blancos y cabeza plateada ya era famosa, y su nombre había acaparado primeras planas en medios internacionales. Como The Miami Herald, que el 28 de febrero de ese año, tituló “A new Nicaragua” (Una nueva Nicaragua), y la revista Times, que días después se preguntó: “Nicaragua, does democracy stand a chance”? (Nicaragua, ¿la democracia tiene una oportunidad?).
Tras diez años de guerra civil, la tarea de la pacificación de Nicaragua cayó sobre los hombros de la viuda del periodista y mártir Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, una mujer con muy poca experiencia política, pero con ideas claras sobre lo que se debía hacer en ese momento y bajo aquellas circunstancias. Su tarea, según ella, era “devolver la armonía y el equilibrio a la familia nicaragüense”, demostrar que la reconciliación podía ser “más gratificante que la victoria”. Más allá de los problemas sociales y económicos que no logró resolver, ese fue su legado: la paz.

Estoicismo
Durante su gestión nada fue miel sobre hojuelas. En los primeros años las asonadas promovidas por el Frente Sandinista estaban a la orden del día, la polarización persistía y en las zonas más remotas del país aparecieron brotes de nuevos grupos armados, “recontras” y “recompas”. Además, muchos consideraban que la presidenta no era más que una figura decorativa y bonachona, y que quien movía los hilos del Gobierno era en realidad su yerno: el ministro de la Presidencia, Antonio Lacayo Oyanguren (q.e.p.d.).
En resumen, al principio se decía “que era una dunda”, admitió la propia doña Violeta en una entrevista concedida al periodista Fabián Medina para El Semanario, en 1996. Ese era su estilo. Franco, llano y a menudo ingenuo.
En el texto de Pallais, el periodista Danilo Aguirre Solís (q.e.p.d.), entonces diputado sandinista, describe a doña Violeta como “inmune a las intrigas”. Para él, “su primitivismo y su llaneza” la ayudaron muchísimo, recibía “los golpes estoicamente”.
Durante su campaña electoral recorrió Nicaragua hablando de perdón y de hermandad, y de la promesa de finalizar la guerra y eliminar el Servicio Militar Patriótico, que finalmente cumplió. Y aunque “la gran mayoría sandinista” estaba convencida de que la UNO no tenía esperanzas de ganar, se inició “una campaña violenta” contra su candidata, relata Pallais.
La “asociaban con la muerte, con la guerra, con la CIA, con los contras, con Somoza (…). Se burlaban de su condición de ama de casa, se mofaban de su discurso simple e ingenuo. Incluso le disputaban el patrimonio del pensamiento de Pedro Joaquín Chamorro, figura clave para ella como símbolo”.
Pero doña Violeta, quizás por ese estoicismo del que hablaba Aguirre Solís, decidió ir “hasta el final”, ya fuera sentada en silla de ruedas o apoyada en su bastón, porque 55 días antes de las elecciones se fracturó la rodilla derecha al resbalarse y caerse en la sala-oficina de su casa cuando recibía la visita de Año Nuevo de Pablo Antonio Cuadra. Su yerno Antonio Lacayo Oyanguren lo cuenta en el libro La difícil transición nicaragüense.

Infancia y juventud
La niñez de Violeta Barrios fue tranquila y rural. Nació en Rivas el viernes 18 de octubre de 1929 y fue la segunda de los siete hijos de Carlos Barrios Sacasa y Amalia Torres Hurtado, para Pallais “ambos dignos representantes de la burguesía sureña conservadora”. Creció en el campo, montando a caballo en las tierras de sus padres, bañándose a orillas del lago Cocibolca y pescando con varita en el río Amayo.
“Era una persona más rural que de ciudad”, cuenta Pedro Joaquín Chamorro Barrios, el mayor de sus cuatro hijos, en el reportaje biográfico sobre doña Violeta que en agosto de 2014 se transmitió en el programa televisivo nacional Mi Vida Mi Historia. Ya en la ancianidad, alejada por completo de los escenarios públicos, su madre todavía “recordaba mucho su antigua casa solariega”, ubicada frente a la parroquia de Rivas, y le parecía que todavía estaba viviendo ahí.
“Para mi mamá, Rivas era la finca, era el campo”, agrega Carlos Fernando Chamorro en el reportaje, realizado por la periodista Jennifer Ortiz. Pero “Rivas no era solo la casa, era la libertad del campo”.
La joven Violeta hizo sus estudios primarios en el colegio Sagrado Corazón de Jesús, de Rivas, y en el colegio Francés, de Granada. Cursó su secundaria primero en el colegio La Inmaculada, en Managua, y después en la escuela católica Our Lady of The Lake (Nuestra Señora del Lago), en Texas, Estados Unidos. Luego, en 1945, entró al Blackstone College for Girls, de Virginia.
En Estados Unidos estudió Secretariado, pero la muerte de su padre, ocurrida en 1947, la obligó a regresar a Nicaragua sin culminar la carrera. En 1949 conoció a quien sería su gran amor, Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, un año más tarde se casaron y dos años después él asumió la dirección del Diario LA PRENSA , con lo que la vida de la pareja cambió para siempre.

Política y Pedro
Desde las páginas de LA PRENSA , su esposo emprendió una lucha contra la dictadura somocista y a su lado, apoyándolo, siempre estuvo doña Violeta. “Siempre le acompañó en las prisiones visitándolo constantemente, (…) siempre protestando con energía por las injusticias que se cometían con Pedro Joaquín (…)”, sostiene Edmundo Jarquín, yerno de doña Violeta, en el reportaje de Mi Vida Mi Historia.
“De Violeta se tiende a pensar que era sencillamente un ama de casa. En efecto la encuentro y la recuerdo una persona muy hogareña, muy pendiente de atender a las visitas en su casa, ya fuera en Managua o en una casa muy rústica que tenían Pedro Joaquín y ella en San Juan del Sur. (Pero) fue una persona (…) con fuertes convicciones políticas y no necesariamente sumándose a Pedro Joaquín. Tenía su propio criterio, su propia valoración de la situación política”, dice.
Hay un archivo histórico donde se le ve, joven y enérgica, ante las cámaras de los medios, acusando de “corruptos” a los Somoza y a todos los que estaban en el Gobierno, y de “cobardes” a quienes se plegaban a sus órdenes. “Yo ya estoy curtida de gestiones. A Pedro lo han acusado cantidades de veces en consejos de guerra, y ahí se ven todas, cómo le quiero decir yo… las injusticias, la hipocresía, la flojedad, los cobardes principalmente”, exclama con su acento de campo y su estilo libre de florituras.
Jamás abandonó a Pedro. Ni siquiera después de que él murió. Tras su asesinato, ocurrido el 10 de enero de 1978, convirtió su casa en un museo, casi un altar, en honor al mártir. La foto que ella le mandó a la cárcel para que pudiera ver a sus hijos, la motocicleta en la que él andaba “todas las mañanitas, desde las 5:00, por toda Managua”; su brocha de afeitarse; el “barril viejísimo donde hacía su guaro”, que luego regalaba a sus amigos; la ropa ensangrentada, los zapatos, los lentes usados ese último día; el carro que conducía cuando le dispararon y que ella guardaba como “reliquia”, porque confiaba en que algún día “el pueblo de Nicaragua” se daría cuenta de “quién fue Pedro Joaquín Chamorro y por qué murió”. La biblioteca tal como él la dejó, con dos paredes cubiertas por los libros que ella le compró para que los leyera en la cárcel. Y el piano que ella tocaba en sus momentos de soledad.
Nunca se volvió a casar y cuando la periodista Lucía Pineda Ubau le preguntó por qué, le respondió escuetamente: “Mi amor me lo arrebataron, me lo asesinaron, no me estoy casando ni hace veinte y tantos años (que llevo) de viuda, ni ahora. Ya lo tuve”.
Al morir Pedro Joaquín, ella recogió “su bandera” para cumplir el sueño de que “Nicaragua volviera a ser república”. Doña Violeta reconocía que su candidatura “fue producto de las circunstancias”. “Yo me entregué a ella para que Pedro y Nicaragua pudieran triunfar a través de mí”, afirma en Sueños del corazón.
A pesar de todo lo que su esposo significó para ella, cuando lo mataron “no derramó ni una lágrima en público”, “vivió con gran dolor, pero gran entereza”, señala Jarquín en Mi Vida Mi Historia.
Doña Violeta se describía como una “mujer fuerte”, de pocas lágrimas. Sin embargo, lloró mucho el 2 de septiembre de 1993, cuando vivió lo que ella consideraba “el peor momento de su mandato”. Ese día anunció públicamente el retiro de Humberto Ortega, hasta entonces jefe del Ejército, y a la salida del Centro de Convenciones Olof Palme, fue rodeada por los hermanos Ortega. “Cuál es mi susto, cuando al salir me encuentro a Daniel por delante y a Humberto por detrás, y sentí que me iban a malmatar, pero me defendieron otras personas”, le contó a El Semanario en 1996.
Después del incidente, la presidenta pensó en renunciar, pero sus ministros la convencieron de que debía quedarse. Después lloró en el baño y en el cuarto, sola, “para no hacer sufrir al resto” de su gente.
Para la historia
El 25 de abril de 1990, doña Violeta despertó al amanecer y desayunó té y pan. La casa estaba desierta y el silencio la sumió en un estado de ánimo pensativo. “Reflexioné sobre la importancia del momento. Por primera vez en nuestra historia, un presidente civil legítimamente electo iba a recibir el traspaso de poderes de un grupo militar que lo había alcanzado mediante una revuelta armada. Aquel día estábamos aceptando devolver al pueblo el poder de elegir a sus líderes”, recordó años más tarde, en Sueños del corazón.

Ese 25 de abril fue un miércoles. Doña Violeta leyó los periódicos y vio que todos, menos LA PRENSA, pronosticaban que su gobierno no duraría mucho. Después seleccionó un vestido blanco, “el color de la ropa que se suele llevar para recibir los sacramentos”, y se fue al estadio nacional a recibir la banda presidencial de manos de Daniel Ortega, frente a unas 20 mil personas.
Una parte gritaba “¡Daniel!” y el resto “¡Violeta, Victoria!” A doña Violeta le habían recomendado que no pasara del lado donde estaban los sandinistas, pero ella igual lo hizo, y le tiraron hasta bolsas con orines. Subió al estrado con la ropa manchada y ahí se encontró a Ortega, quejándose porque “esa gente de la UNO” le había arrojado palos y piedras. “Mirame a mí cómo estoy, con mi ropa manchada”, replicó ella. “Así que estamos a mano”.
De pie, ante un pueblo herido por la guerra, se encontraba la primera mujer electa presidenta en Latinoamérica, inscribiéndose en la historia.
Años más tarde hubo rumores sobre una posible nueva candidatura a la Presidencia, pero doña Violeta los negó todos o al menos no los confirmó. En una ocasión, cercada por periodistas, preguntó, sonriente y con desenfado:
—¿Quiénes son los candidatos? Contame, contame, contame, mi amor, quiénes son los candidatos.
—Enrique Bolaños, Daniel Ortega… Sólo falta usted —respondió una reportera.
—¡Ah, sí! —exclamó ella, y dirigiéndose a todos los periodistas dijo entre risas— Ighhh, ¡cómo me comparan, muchachos, qué barbaridad! Nos vemos, nos vemos, adiós pues, adiós mis muchachos.