País portátil

Adriano González León (1931-2008) ganó en 1968, años plenos del boom, el premio “Biblioteca Breve” de la Editorial Seix Barral con País portátil. Este espléndido libro, que nadie ha vuelto a editar desde hace años, forma parte del canon oculto de la literatura latinoamericana.

Hoy cuando Venezuela está en los titulares por su desgraciada historia política, de la dictadura al protectorado, vale la pena exhumar esta novela que cuenta, en un primer plano, el viaje de un día por Caracas de Andrés Barazarte, un joven que busca cumplir la misión de entregar un artefacto explosivo a una célula guerrillera; un viaje contado en un lenguaje dinámico y donde la ciudad, caótica y siempre en movimiento, la Caracas saudita de entonces, bendecida y maldecida por el petróleo, es ella misma el gran personaje, como lo es México en Carlos Fuentes y Lima en Vargas Llosa. El ojo de Adriano González León colocado en el lente de una cámara cinematográfica que recorre Caracas y la relata sin detenerse, registrándolo todo.

La cámara recorre las calles, los barrios, pero fotografía también en negativo al personaje, el muchacho que cumple la misión clandestina, y la novela resulta entonces una cinematografía visceral de su angustia, de su miedo, y de sus sueños; y mientras afuera todo pasa desapercibido y veloz, indiferente, su propia realidad va quemándole por dentro.

El segundo plano del relato va a dar directamente al pasado inmediato del personaje, meses atrás; amigos, novias, fiestas, sus primeros contactos con la guerrilla, el nacimiento de su compromiso con el movimiento armado; es aquí donde se elaboran las pistas del libro y el lenguaje cambia también su función para entregar los diálogos de la manera más simple posible. Y es entonces cuando se hace patente la realidad política de la ciudad, y del país: los mítines estudiantiles en la Plaza del Silencio, la policía cargando contra los manifestantes, las huidas por los barrios miserables, el nacimiento del amor de Andrés por Sonia, como un fruto también clandestino.

El tercer plano es el cimiento, donde el libro hunde sus raíces en la historia y adquiere un tono épico: la antigua ciudad de Trujillo entre el polvo dorado de la leyenda, los fundadores de la patria, como en los poemas de Borges, las guerras libradas por el abuelo del guerrillero urbano que conmemora y rememora a sus antepasados, extrayéndolos del vasto mundo rural y colonial, del que se levantan como fantasmas y están con él hasta la hora de su muerte, hasta el momento en que queda disparando su ametralladora contra la policía secreta, cuando ya lo tres ríos mágicos de la narración han confluido y desembocan revueltos entre la pólvora y la sangre.

País portátil tiene la virtud de enlazar dos mundos distintos y hacerlos posibles, el uno engendrando al otro: desde los orígenes, la familia y sus historias épicas no solamente se recrean a sí mismas dentro de un aura mágica, sino que su fuerza las hace llegar hasta la realidad contemporánea, la de unos jóvenes rebeldes por insatisfechos que tratan de hacerse posibles a sí mismos, al querer vindicar a su país. Y las hazañas del abuelo del muchacho guerrillero, un general de leyenda, son emuladas por éste, aunque es un plano menos epopéyico; libra también su batalla, pero sin gloria, solo, acorralado en un edificio de apartamentos, rodeado por la policía secreta, sin ondear de banderas, sin retumbos de cañones, sin cargas de caballería.

Y es allí donde reside la esencia de País portátil: a través del pasado el protagonista busca el presente, un buceo en el tiempo en el que sólo consigue resucitar al país tal como ha sido y seguirá siendo, guerras civiles, golpes de Estado, represión, dictaduras, democracias que sucumben a la corrupción, entrega a intereses extranjeros, trampas ideológicas, ideales malogrados, falsas utopías.

Lo que la ciudad de Trujillo fue como “ciudad portátil”, fundada varias veces en distintos sitios, es Venezuela ahora. Venezuela is rolling. And it is rolling in cars an trucks made in Venezuela, dice el anuncio de la Chrysler Corp., citado como epígrafe del libro. La Venezuela del pasado que desemboca en un futuro que volverá otra vez a ser el pasado, del Trujillo rural de los caudillos de las montoneras que siempre estarán convirtiéndose en el caudillo moderno que reina entre los rascacielos y las autopistas de Caracas.

No es pues la historia como imagen estática y deslumbrante lo que preocupa al autor, ni recrearla tan solo, tal como ha sido en el pasado; intenta desencadenar las fuerzas de la historia, imantarlas y deshacerlas en el tiempo; y si se recuerda a los generales de mil combates y si se trae a sus páginas al pasado de miriñaques y holanes, no es por pura nostalgia, sino porque los antepasados se recobran en la mente de un muchacho que, recorriendo la ciudad, va hacia su muerte o hacia lo que él cree su compromiso final.

Y cuando se cierra sobre él el destino y va a comenzar a disparar su ametralladora, es porque no lo asustan los fantasmas.

El autor es escritor.
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