En Letra Pequeña

—¡El lobo, el lobo!— gritaba el pastorcito y los campesinos del pueblo corrían con sus herramientas a socorrer al pobre muchacho que pedía auxilio para salvar a sus ovejas. Cuando la muchedumbre llegaba, el pastorcito se carcajeaba porque los había engañado. —Esto es divertido— pensaba —como me creen estos tontos—. Y lo volvía a hacer, y nuevamente había quien le creía. Se volvía a burlar de ellos. Un día se le apareció un lobo furioso y hambriento en su rebaño y esta vez si salió asustado el pastorcito: ¡Socorro, el lobo, el lobo! Nadie le creyó. Nadie lo auxilió.

En Letra Pequeña

La Concha Acústica no era una belleza que digamos, pero prestaba buenos servicios. Formaba parte ya de la fisonomía que a duras penas va cogiendo Managua. Pero la Cocha tenía un pecado original: recordaba a Herty Lewites. Y por eso la mandaron a destruir. Como resulta feo decir que la destruían por celos, se dijo que era un peligro, que estaba deteriorada y que en cualquier momento se caía en pedazos. La misma Concha los desmintió. Grúas, mazos y obreros parecían impotentes ante la mole, que solo fue cediendo pellizco a pellizco, durante varios días y sus noches, mientras desde su tumba Herty Lewites se carcajeaba.

En Letra Pequeña

¿Hay corrupción en este Gobierno? Y si la hay, ¿cómo se castiga? Parecen preguntas tontas, pero resultan pertinentes en esta Nicaragua donde hay dos países: uno virtual y otro real. En la Nicaragua virtual, de puro papel, no hay corruptos en las cárceles, lo que indicaría que, o no hay corrupción o, si la hay, no se está castigando. En la real es otro asunto. Los corruptos florecen como hongos desde la Presidencia hasta las porterías, y hay un sistema que alegremente ha clasificado a los corruptos en tres categorías: a los que se les premia por serlo, a los que se les deja ser, y a los que se les castiga porque comenten precisamente el único tipo de corrupción que no se tolera en este régimen.

En Letra Pequeña

A un año de ocurrido, el ataque a #OcupaINSS constituye uno de los episodios más vergonzosos que ha protagonizado este gobierno. No tanto por las consecuencias que tuvo —afortunadamente no hubo muertes que lamentar—, pero si porque puso en evidencia la falta de escrúpulos del régimen, pues se trató de una acción organizada desde las más altas de esferas del Estado que se ejecutó con frialdad y la complicidad de diferentes instituciones contra un grupo, más bien pequeño, de jóvenes pacíficos, indefensos, alegres y solidarios.

En Letra Pequeña

Al juramentarse como nuevo magistrado de Apelaciones, el otrora defensor de los derechos humanos, Roberto Petray, enfrenta su propio dilema: o dice que llegó por méritos propios, como profesional, con lo cual tendría que reconocer que en este gobierno se llega a los altos cargos, aunque sea a veces, por méritos profesionales y no por cálculo político, lo cual desdeciría lo que él ha sostenido por muchos años en sus duras al gobierno de Ortega, o reconoce que su nombramiento es producto de un proceso de seducción que Ortega ha iniciado contra los obispos de la Iglesia católica, particularmente hacia monseñor Abelardo Mata, quien se ha comportado como el padrino de Petray.

En Letra Pequeña

Tanto los obispos, como el Centro Carter, parecen haberse dado cuenta, por fin, que Daniel Ortega no es hombre de darse por aludido con indirectas. Llevamos años oyendo a organismos y personalidades expresar sus críticas al gobierno de Ortega en ese lenguaje ambiguo que la diplomacia impone, que, sin embargo, por acá es recibido con cantinfladas, un “no me doy cuenta de nada” o, a veces, en el mayor de los descaros, trastocándoles el significado por el que a ellos más les conviene.

En Letra Pequeña

Mi hija Ximena cayó repentinamente enferma de gravedad y la posibilidad de que no pudiera salir con viva de ello activó un miedo que desbordó todo lo que yo había sentido hasta entonces

En Letra Pequeña

No sé usted, pero yo sí veo con envidia las elecciones de nuestros vecinos. Honduras, El Salvador, Costa Rica y, hace unos días, Panamá. Tal vez no sean perfectas, podrá haber quejas, triquiñuelas en una cuenta o en otra, pero tienen algo que las diferencia diametralmente de las nicaragüenses: en cada una de ellas gana quien consiguió más votos de los ciudadanos, de tal forma que los gobiernos pueden cambiar de manos si así lo deciden los votantes. Qué cosa más rara ¿verdad?

En Letra Pequeña

Una bebé de familia pobre, pobrísima, nace en un hospital público y para su desgracia adquiere ahí una bacteria peligrosa. De emergencia, la trasladan a otro hospital público especializado en niños y, por la maldita desgracia, no hay medicamentos para su mal. Tampoco —otra vez la desgracia— hay fondos para comprarlos de emergencia y salvarle la vida. En un gesto desesperado, los trabajadores intentan con sus flacos salarios recoger los dos mil córdobas para el medicamento que podría salvarla. ¡Dos mil córdobas por una vida! Muy tarde. La desgracia nuevamente. O le amputan la mano para salvarle la vida o se muere. Le cortan su manita. No nos equivoquemos. No fue el destino quien se ensañó con esta niña, sino un sistema despiadado, más preocupado por pregonar buena salud en los informes y afiches que por darla en las salas de los ruinosos hospitales de anaqueles vacíos.

En Letra Pequeña

Una de cal. A mi criterio el Gobierno manejó bien la crisis del terremoto y sus sucesivas réplicas, porque en estos casos es mejor pecar por exceso que por defecto. Nadie se muere porque se exagere en las precauciones, pero sí puede morir gente porque falten esas precauciones. Sin embargo, y aquí viene la de arena, este mismo Gobierno sucumbió a la tentación de aprovechar políticamente la destrucción y la amenaza. Si la intención era salir con imagen positiva, bastaba dejar que las acciones hablaran por sí solas y no estar machacando con el sambenito de “en nombre del comandante Daniel y la compañera Rosario Murillo” que solo busca instalar en la mente de los nicaragüenses que todo lo que vive y respira en este país es por la graciosa voluntad de este par de “deidades”.

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