Indirectas
Tanto los obispos, como el Centro Carter, parecen haberse dado cuenta, por fin, que Daniel Ortega no es hombre de darse por aludido con indirectas. Llevamos años oyendo a organismos y personalidades expresar sus críticas al gobierno de Ortega en ese lenguaje ambiguo que la diplomacia impone, que, sin embargo, por acá es recibido con cantinfladas, un “no me doy cuenta de nada” o, a veces, en el mayor de los descaros, trastocándoles el significado por el que a ellos más les conviene.
Sorpresa
Tengo que reconocer que los obispos me sorprendieron. Y estoy seguro que también sorprendieron a Ortega, quien llegó al llamado “diálogo” seguro de que saldría con el “CPC de la Conferencia Episcopal” en la bolsa, tal como lo hizo con el gran capital en su momento, con el cardenal Obando y otros sacerdotes, o con el Cosep, que se ha convertido en su CPC más eficiente. Sin embargo, el documento que le leyeron los obispos le quitó la sonrisa y no le dejó escapatoria. Esta vez no hubo forma de salir con cantinfladas ni de estar diciendo que le dijeron una cosa cuando en realidad era otra. Esta vez fue directo y al centro.
Manzana podrida
Y si los obispos conminaron Ortega a cambiar las reglas y deshacerse de los árbitros electorales, sin mencionar nombres “pero viéndolos fijamente”, el Centro Carter fue aún mucho más directo y menciona con nombre y apellido a la manzana podrida: los magistrados electorales. Esos mismos, dice, bajo cuya administración “decayó la imagen y la credibilidad del sistema electoral del país”, tras “el fraude comprobado en las elecciones municipales de 2008”. Y le dicen a Ortega que la reelección de estos personajes “constituye la pérdida significativa de una oportunidad para el fortalecimiento de la maltrecha institucionalidad electoral” de Nicaragua. ¿Así o más claro?
Diálogo
Por su naturaleza, Ortega no es hombre de dialogar. Para él, es una muestra de debilidad. Si llegó hasta ahí, al llamado diálogo con los obispos, fue porque le era difícil evadir el encuentro tras una petición papal y el reciente nombramiento como cardenal de Leopoldo Brenes y porque esperaba que aquello fuese cualquier cosa, menos un diálogo, como en efecto no lo fue. Quiso la foto y recibió una regañada. Al menos eso.
Al pan, pan…
Tampoco podemos ser ingenuos. No será con exhortos de la Iglesia ni con críticas de organismos de observación electoral que las cosas van a cambiar en Nicaragua. Falta más. Mucho más. Sin embargo, se agradece que se hable claro, ya sea a favor o en contra de esos grandes temas que definen la Nicaragua actual. Ya estamos aburridos de esos personajes, nacionales y extranjeros, que en función de evitar el conflicto, se pronuncian sin decir nada, un terreno en el que las tropelías y abusos se sienten muy a gusto.
Dilema
La determinación de Daniel Ortega de mantener a Roberto Rivas y resto de magistrados a pesar de todo el descrédito que cargan, solo confirma dos cosas: una, que es a sus malos oficios que le debe el cargo y los diputados de que dispone; y dos, que no está, bajo ninguna manera, dispuesto a jugarse el poder en unas elecciones en las que podría perder por transparentes. Daniel Ortega prefiere que le digan “presidente inconstitucional” o “roba elecciones”, si las escucha desde la silla presidencial, antes que oír elogios como estadista desde la oposición en la dura calle.
Plan de vida
Y es en la reelección de estos magistrados del Consejo Supremo Electoral, en la decisión de participar personalmente como empresario en los grandes negocios, y en la urgencia por controlar totalmente a la Policía y al Ejército, que se revela totalmente el plan de vida que tiene Ortega: mantenerse en el poder con la ficción de elecciones que pueda proporcionarle un Roberto Rivas, comprar las voluntades que se puedan comprar (que no son pocas las que están en venta), y por si algo falla, usar la represión contra aquellos que se le opongan, incluso, contra aquellos mismos que hoy lo apoyan y mañana van a estar descontentos.
Ver en la versión impresa las páginas: 10 A