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En Nicaragua traicionada, memorias políticas dictadas por Anastasio “Tacho” Somoza Debayle al periodista Jack Cox en 1980, quedaron documentados los últimos días del mandatario en el poder y su relación con la Organización de Estados Americanos (OEA) y con la administración de Jimmy Carter en Estados Unidos. Ese testimonio permite comparar la OEA que forzó su salida con la OEA que hoy presiona a Daniel Ortega.
Ese testimonio refleja lo dramático que resultó ser la salida del mandatario de la dinastía Somoza. Casi medio siglo después, la presión sobre Daniel Ortega vuelve a colocar a Nicaragua ante un espejo histórico con estos dos nombres, Anastasio Somoza Debayle y Daniel Ortega. Hoy, cuando la Organización de los Estados Americanos vuelve a colocar la crisis nicaragüense en el centro de su agenda, la comparación resulta inevitable.
El 16 de julio de 1979, en las horas finales de su gobierno, Somoza presentó ante el Congreso una carta de renuncia breve, firme y respetuosa.
Allí dejó constancia de una decisión que hoy adquiere particular significado: “He decidido acatar la disposición de la Organización de los Estados Americanos”.
Añadió que su renuncia era irrevocable y sostuvo que su lucha había sido contra el comunismo, advirtiendo además que, cuando salieran a la luz las verdades, la historia le daría la razón.
No se trata de convertir aquella carta en una absolución histórica del somocismo. Esa dinastía ejerció el poder con rasgos autoritarios. Pero sí resulta necesario comparar la conducta institucional de aquel final con la actitud del régimen de Ortega ante los organismos internacionales.
La Nicaragua actual enfrenta una crisis democrática de enorme gravedad, marcada por la persecución de opositores, el encarcelamiento y expulsión de adversarios, la confiscación de bienes y el desmantelamiento de instituciones independientes.
El Mecanismo avalado por la CIDH registraba 62 presos políticos en diciembre de 2025, incluidos 28 en desaparición forzada, y que más de 5,400 ONG han sido canceladas desde 2018.
Carter desempeñó entonces un papel decisivo. Su administración presionó a Somoza para abandonar el poder y restringió la asistencia estadounidense a su gobierno, incluyendo el suministro de armas y otros apoyos logísticos.
Cuarenta y siete años después, la escena es distinta, pero la tensión vuelve a concentrarse alrededor de la OEA. Ortega no solamente ha rechazado sus resoluciones y cuestionamientos; Nicaragua denunció la Carta de la OEA y formalizó su salida de la Organización en 2023. En 1979 la OEA actuó con Nicaragua dentro del sistema y con Washington presionando con armas; hoy actúa con Nicaragua fuera desde 2023, por eso la presión depende de medidas bilaterales.
El secretario general de la OEA, Albert Ramdin, señaló que cada país miembro puede evaluar qué instrumentos tiene para aumentar la presión sobre el régimen. Ramdin subrayó que la OEA debe actuar mediante el diálogo con los Estados miembros. No se trata de sustituir a los gobiernos nacionales.
La diferencia de lenguaje es reveladora. Somoza, obligado a dimitir, aceptó formalmente la decisión de la OEA y anunció una renuncia irrevocable. Ortega, en cambio, responde a las críticas internacionales calificándolas de injerencia y ha convertido el enfrentamiento con organismos multilaterales en parte de su discurso político.
En este nuevo escenario también importa la política de Estados Unidos. La presencia del secretario de Estado, Marco Rubio, en la diplomacia hemisférica contribuye a colocar nuevamente la democracia nicaragüense en la agenda regional. La coordinación entre Washington, la OEA y los gobiernos latinoamericanos será decisiva si se pretende que las condenas tengan consecuencias reales y no queden reducidas a comunicados.
Esta dinámica hemisférica también arrastra una contradicción histórica mayor. El Frente Sandinista llegó al poder en 1979 proclamando que construiría una democracia. Sin embargo, el sistema político que Ortega consolidó terminó haciendo todo lo contrario.
La carta final de Somoza quedó como testimonio de un poder derrotado que, ante la presión continental, terminó aceptando su salida. Ortega sigue empeñado en escribir el capítulo contrario: resistir hasta desconocer las reglas democráticas que alguna vez prometió defender.
Por eso, la presión internacional vuelve a colocar a Nicaragua ante una disyuntiva histórica y mantiene al régimen al rojo vivo frente a la OEA.
El autor es nicaragüense exiliado en Estados Unidos, columnista internacional.