Rosario Murillo, Nicaragua, Daniel Ortega

Collage de Rosario Murillo, la codictadora de Nicaragua. LA PRENSA

Cómo Rosario Murillo se convirtió en la voz absoluta de la dictadura

Durante casi 20 años, Rosario Murillo se ha erigido como la única voz oficial en Nicaragua: anuncia nombramientos, días feriados, cifras de salud y todos los anuncios oficiales.

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El 18 de marzo de 2020, cuando el mundo se atrincheraba frente a la pandemia, una voz irrumpió en la televisión nacional para confirmar el primer caso en Nicaragua. Era la misma voz que, desde hace más de una década, anuncia temblores, tormentas y tragedias, la de Rosario Murillo, la codictadora de Nicaragua que se ha erigido como narradora de la vida nacional, la «todóloga» del país.

Autodenominada como vocera del Consejo de Comunicación y Ciudadanía de Nicaragua, Rosario Murillo Zambrana comenzó a comparecer en el Canal 4 en 2007, cuando Daniel Ortega regresó al poder. A partir de entonces, Murillo empezó a consolidar su protagonismo público. Durante casi 20 años, Rosario Murillo ha sido la única voz autorizada para anunciar las cifras de salud, los nombramientos políticos, la muerte de personajes, y toda la información oficial en el país.

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Ya en el poder, Murillo diseñó una estrategia de comunicación a la que llamó «incontaminada», la cual es el control absoluto del discurso gubernamental que consistía en que ningún funcionario, independientemente del rango que tuviese, hablara con los medios de comunicación independientes. Ella se autonombró como la única voz autorizada en el país para hacer anuncios desde los más insignificantes, hasta los más relevantes.

Una estrategia totalizante

El sociólogo nicaragüense Douglas Castro, máster en Estudios Latinoamericanos por la Universidad de Oxford, explica a LA PRENSA que el objetivo de Rosario Murillo de concentrar todas las funciones responde a una estrategia totalizante; es decir, con tendencias autoritarias que buscan controlarlo todo, imponer su visión y no tolerar opiniones diferentes.

Castro asegura que Murillo «quiere dominar todos los símbolos, todas las narrativas y quiere verse como la única indispensable: que no haya nadie que le haga ningún tipo de sombra». Desde esa visión, Murillo habla de Dios, de las tragedias, de la muerte de funcionarios «que pasan a otro plano de vida».

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De acuerdo con Castro, Murillo funge como «una todóloga» que habla desde terremotos hasta erupciones volcánicas. «Ella quiere dejar claro que ella está dominando todo desde el Estado. Ha querido marcar esa pauta de que es una buena gestora pública y que tiene esa vocación de gestar la cosa pública, hasta el punto de llegar al ridículo de que quiere manejar desde la política económica hasta la internacional y hasta lo que sucede en los barrios de Nicaragua».

Rosario Murillo, Nicaragua, Daniel Ortega, dictadura
Rosario Murillo en un encuentro con medios oficialistas en 2008. Foto: LA PRENSA

Detrás de esa omnipresencia discursiva se esconde un trasfondo más inquietante, asegura la politóloga y exdiputada nicaragüense Edipcia Dubón. No se trata solo de política, sino que también es una táctica diseñada para penetrar en la mente y en las emociones de la población.

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«El trasfondo va más allá de lo estrictamente político y se adentra en el terreno psicológico y simbólico. El objetivo es jugar con las emociones y debilidades humanas para instalar un clima de miedo e indefensión. En la medida en que las y los nicaragüenses perciben que su acceso a la información depende de una sola voz, se consolida la sensación de pérdida de autonomía, de seguridad y de independencia personal y colectiva», subraya.

Edipcia Dubón habla sobre Rosario Murillo
Edipcia Dubón, economista y politóloga nicaragüense. Foto: LA PRENSA

Centralización de Rosario Murillo «empobrece la discusión»

Los monólogos diarios de Murillo, que suelen durar entre uno y cuatro minutos, se transmiten en todos los medios oficialistas del país. En ellos intercala referencias a la espiritualidad, temas de la vida cotidiana y anuncios de nombramientos o destituciones de funcionarios. También informa sobre la muerte de figuras relevantes, confirmando que todo pasa por su voz y su agenda.

Dubón menciona al respecto que a largo plazo, la concentración de toda la información oficial en una sola persona tiene consecuencias profundas para un país. «Implica la tergiversación de la realidad nacional, pues lo que se presenta no es una descripción objetiva de los hechos, sino un relato manipulado desde el poder».

«El hecho de que sea el relato oficial, emitido por el poder y amplificado con todos los recursos del Estado, le otorga además un carácter de verdad absoluta para amplios sectores de la población, especialmente para quienes no tienen puntos de referencia alternativos».

Daniel Ortega y Rosario Murillo
Daniel Ortega y Rosario Murillo. LA PRENSA/Captura de pantalla.

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Rosario Murillo impone «una visión de sus ideas»

Castro por su parte indica que Murillo revela «un interés profundo que ella tiene sobre el dominio de lo simbólico, del dominio de la narrativa, de querer influenciar sobre la política imponiendo una visión de sus ideas, una visión del pensamiento en su totalidad».

El sociólogo señala que en la centralización del discurso de Murillo hay una parte positiva y una negativa «en el sentido de que es más fácil para ellos ocultar la información porque sólo hay una persona que tiene la potestad de comunicar, que es Rosario Murillo», pero al mismo tiempo eso también facilita dar un escrutinio más sistemático de qué es lo que quiere comunicar el régimen y qué es lo que quiere ocultar. 

«Lo que hace es que empobrece la discusión y el análisis de la cosa pública tanto para los que están en el país como lo que estamos en el exilio. Pero al mismo tiempo nos permite ver patrones sobre el Gobierno, cuál es el estado de ánimo de Murillo, etc., para palpar cuál es el estado de la dictadura», asegura.

La evolución de vocera a “cogobernante”

Con el paso de los años, Murillo rápidamente fue desplazando a ministros, voceros institucionales e incluso a Ortega mismo del contacto cotidiano con la prensa y la ciudadanía. Reconfiguró el aparato mediático del sandinismo —que incluye canales de televisión, radios y medios digitales controlados por su familia— y lo puso al servicio de un único objetivo, que fue amplificar su voz. Su estilo particular, cargado de referencias religiosas, lenguaje místico y frases repetitivas, terminó imponiéndose como sello oficial. Así, lo que comenzó como un rol de portavoz se transformó en un monopolio discursivo que la convirtió en el rostro permanente del régimen, aseguran los expertos.

Ahora Murillo es más que una vocera. Después casi 20 años controlando la información, la simbología, los términos, se autonombró «copresidenta» tras una reforma constitucional.

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El analista internacional Carlos Murillo advierte que este movimiento debe leerse dentro de lo que define como un “régimen sultánico”, donde todas las decisiones se concentran en la cúpula familiar para garantizar la continuidad del poder. En ese marco, Rosario Murillo no podía seguir siendo únicamente la vocera. Su salto a la copresidencia responde a una estrategia de supervivencia y asegurar que, en caso de la muerte de Ortega, el control no se desmorone. “Más que un régimen Ortega-Murillo, habría que hablar ya de un régimen Murillo-Ortega”, sostiene. Ortega cumplirá en noviembre 80 años.

De esta manera, «Rosario Murillo no solo ha monopolizado el discurso, sino que también ha tejido un mecanismo de sucesión inédita en la región, la de una dictadura que, en lugar de rotar entre caudillos o partidos, busca perpetuarse en torno a una sola figura», concluye el analista.

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