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El avión aterrizó en Miami poco después de la medianoche del 27 de enero de 2019. Winston Potosme bajó con lo poco que cargaba: veinte dólares en el bolsillo, dos mudadas en una mochila y un micrófono que había acarreado como si fuera un amuleto de buena suerte.
Era el mismo aparato con el que transmitió su última marcha en Managua, en septiembre de 2018, cuando un disparo de los paramilitares le atravesó el brazo y un adolescente cayó asesinado a su lado.
Empezaron a seguirlo, amenazarlo de muerte, a agredir a sus familiares y a recibir ofensas y mensajes de odio en las redes sociales de la dictadura.
Debido a ello estuvo en la clandestinidad varios meses, hasta que en enero de 2019 decidió salir de Nicaragua. Primero a Costa Rica por veredas.
Creyó que serían tres meses de ausencia. Una temporada corta, decía, mientras “las aguas se calmaban” en Nicaragua.
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Cinco años después, sigue en Miami, Estados Unidos, pero ahora convertido en productor audiovisual y dueño de Cromapixel, una empresa que filma cultos evangélicos, podcasts, noticieros, eventos deportivos y conciertos.
En su oficina de Miami el micrófono de las protestas todavía descansa en una repisa, junto a cámaras modernas y cables enrollados como serpientes.
Formado en la UCA
Su formación como periodista comenzó en la Universidad Centroamericana (UCA), donde cursó Comunicación Social y quería ser cronista, pero entre tropiezos y encontronazos con docentes, encontró en sus prácticas profesionales de Radio Universidad un curioso gusto por las transmisiones en vivo.
Ahí descubrió la producción radial, el reporteo y se entrenó en el rigor periodístico del día a día en busca de noticias. Fue parte del periódico estudiantil Aitá, donde aprendió a redactar con mejor precisión, y conoció de cerca la disciplina de maestros que no le perdonaban la improvisación.
Más tarde, en la Universidad Politécnica de Nicaragua (Upoli), donde trabajaba como oficial de prensa, tuvo un contacto decisivo con la tecnología.

Los equipos eran escasos y rudimentarios, pero los estudiantes improvisaban transmisiones de eventos académicos o culturales para consumo interno del campus.
Winston se metía a “curiosear”: observaba cómo conectar micrófonos, cómo enlazar cámaras básicas a proyectores o cómo transmitir un acto por internet con recursos mínimos.
“Sí, yo creí en las transmisiones en vivo desde el primer momento que llegó Facebook. Ya YouTube lo hacía, pero cuando se amplía a Facebook, creo que en ese momento dije yo, ‘bueno, esto no se detiene, aquí va para adelante. Este es el futuro de la comunicación’, dije, sin saber que hoy por hoy iba a haber tantos podcast y tantos canales de televisión”, recuerda.
Aquellas primeras prácticas, casi de pasatiempo, se convirtieron en la semilla de lo que años más tarde sería su especialidad periodística y su empresa.
Miami como escenario de exilio
Miami lo recibió con calor húmedo, letreros en español y la música saliendo de los carros con ventanas abiertas. Winston recuerda las primeras vueltas por la ciudad, buscando dónde comprar lo básico.
Descubrió las cafeterías que vendían café y comida nicaragüense a bajo costo; ubicó los supermercados y tiendas que mostraban pasillos con productos centroamericanos que le recordaban con nostalgia a su Nicaragua.
En medio de ese paisaje se sentía extraño, pero no ajeno: Miami era una isla de migrantes, como él, que buscaban por todos lados un poco del país dejado atrás.
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En Miami comenzó trabajando con un colega con quien había impulsado un proyecto de periodismo que luego creció hasta convertirse en un programa rentable por transmisiones, pero Potosme quería su propio proyecto y alzó vuelo en busca de él.
Potosme dormía en un cuarto prestado por un nicaragüense que había llegado antes que él y le cobraba, en solidaridad, un precio mínimo.
El periodista, hoy de 44 años, recuerda que por entonces se ganaba la vida con trabajos de ocasión: mover muebles en mudanzas, pintar paredes en casas que no conocía, instalar cables de sonido en garajes calurosos.
“Al final del día tenía 80, 100 dólares. Era poco, pero me salvaba. Aun no llegaba la oportunidad de emprender, pero yo no dejaba de pensar en qué podía ser bueno y a la vez que me gustara”, dice.

La bala y la última marcha
En septiembre de 2018, Winston salió a cubrir lo que sería su última marcha de protesta en Nicaragua.
Era un sábado caluroso y los manifestantes avanzaban con banderas azul y blanco cuando comenzaron los disparos de policías y paramilitares sandinistas.
Entre ellos cayó un adolescente, Matt Andrés Romero, de apenas 16 años. Winston, con el micrófono en la mano derecha mientras transmitía para 100% Noticias, intentó refugiarse, pero la bala lo alcanzó en el brazo.
Sintió un calor seco, como si una varilla ardiente le hubiera atravesado la piel y luego un dolor frío, agudo. Buscó ayuda médica y se retiró del oficio unos días mientras la Policía lo buscaba para acusarlo de terrorismo.
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El impacto dejó secuelas permanentes: dos de sus dedos quedaron insensibles, aunque los puede mover. Desde entonces, los objetos se le escapan involuntariamente de la mano.
“A veces suelto el celular, la taza de café o la cerveza sin darme cuenta”, explica. Por eso, ha adoptado el hábito de sujetar todo con las dos manos, incluso lo más sencillo, ya sea el café, la cerveza o la cuchara, dice riendo.
En Miami, esa manía se volvió parte de su vida diaria. Sus colegas lo observan sostener el teléfono con firmeza inusual, o agarrar una taza con ambas manos, como si temiera perderla. El cuerpo le recuerda a diario lo que ocurrió aquella tarde en Managua. “Es mi memoria física. No puedo olvidarlo, ni quiero”, dice con serenidad.

Covid y encierro
En junio de 2020, cuando contrajo covid-19, Potosme vivió su capítulo más duro en el exilio.
Dieciséis días encerrado en una bodega donde guardaba equipos electrónicos: cajas con micrófonos usados, parlantes de segunda mano, consolas que apenas funcionaban. Dormía en el suelo, con la fiebre subiéndole por las noches y el zumbido de los ventiladores como única compañía. “Era un silencio pesado. Creí que ahí quedaba”, recuerda.
Sus amistades cristianas llegaban a dejarle alimentos y víveres en la escalera y le avisaban que bajara a recogerlo, cuando ellos ya se hubieran alejado.
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De esa experiencia salió agradecido. En Facebook escribió: “Quiero dar gracias primero a Dios, infinitas gracias. Esto es un testimonio y agradecimiento porque sin Dios y la ayuda de muchos hoy no estuviera escribiendo este mensaje”.
Pastores, micrófonos y streaming
Su verdadero punto de apoyo en Miami fue inesperado: no fueron los medios de comunicación, sino las iglesias evangélicas.
“Yo llego a las iglesias de la siguiente manera. Había un pastor de origen nicaragüense que era muy dado a la causa de lo que estaba sucediendo en Nicaragua y él brindó apoyo a un par de periodistas. Ese pastor me dice que tiene un estudio pequeño donde transmitía sus cultos o sus prédicas de manera personal. Él es amante también del streaming”, cuenta.
Ese primer contacto lo llevó a una cadena de recomendaciones. Una pastora lo contrató para hacer videos y le pagó sus primeros cien dólares por sus servicios técnicos.
Desde ahí, un pastor lo recomendaba a otro, hasta convertirse en su red de clientes y también en su primera comunidad de apoyo emocional.

“Las iglesias fueron, creo, el pilar fundamental de Chroma Pixel en el sentido de que brindamos asesoría, damos seguimiento al tema de las transmisiones, capacitamos a personas para que puedan utilizar los equipos, aprendan un poco sobre cámara, encuadres, tipos de toma para que ellos puedan hacer un mejor trabajo en sus iglesias”, explica.
Winston hace un paréntesis para aclarar algo que considera esencial: “Yo no cobraba como empresa. Por una simple y sencilla razón: me siento con el sentimiento de hacer las cosas en agradecimiento, porque voy a decir que al comienzo también me apoyaron. Me apoyó gente que nunca había conocido, personas que me brindaron la mano y no me dejaron morir desde el momento que llegué a este país”.
El salto a Cromapixel
Con sus primeros 220 dólares compró su primera computadora usada para editar videos y fundó Cromapixel, la empresa de servicios de streaming.
“La idea de Cromapixel surge por ahí. Me acuerdo que uno de los primeros nombres fue WP Media Digital. También le puse en algún momento Live Stream, como para hacerlo más gringo. Después le puse WP Digital y, bueno, mi nombre y mi apellido montado con lo digital. Y ya por último, cuando veo que hay más demanda y me ven como Winston periodista, entendí que en Estados Unidos se requiere una imagen profesional de tu servicio, independientemente de que vos seas uno”, explica.
Al inicio solo transmitía cultos, pero pronto dio un salto mayor: coordinó transmisiones en vivo para Mega TV en Miami.
También produjo materiales para periodistas de La Voz de América, Telemundo, CBS, CBN24 y Univisión.
Colaboró con medios digitales nicaragüenses como Confidencial, Radio Corporación y LA PRENSA, enviando cobertura durante la visita de Sheynnis Palacios, Miss Universo 2023, a Miami, así como coberturas de protestas, marchas, conferencias y demás eventos.
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Abrió su estudio a influencers y periodistas nicas, como Iván Taylor y Samanta Lugo, que grabaron allí sus podcasts, mientras asesoraba a otros nicaragüenses a crear sus espacios de transmisiones.
Luego incursionó en el boxeo, transmitiendo veladas para el Mikuzuki Casino Resort en los Everglades y luego se fue ampliando hasta convertirse en el productor de figuras digitales relevantes en el medio estadounidense en Florida.
Hoy, Cromapixel cuenta con equipos valorados en más de 100 mil dólares y un grupo de diez a 15 nicaragüenses exiliados —fotógrafos, camarógrafos, reporteros— que, como Winston, encontraron en el exilio una segunda vida.

Su propio canal en el futuro
En su oficina, Winston habla pausado, midiendo las palabras, pero se acelera cuando describe sus sueños. Quiere fundar una radio digital, y sobre todo un canal de televisión en línea.
“Aquí en Miami los nicas no tenemos identidad mediática. No hay radios ni televisoras propias”, insiste.
Sueña también con regresar a Nicaragua y replicar lo que ha hecho en Estados Unidos. “Ya monté canales para otros, sé que puedo montar el mío. Y lo haré”.
En medio de la oficina, rodeado de tecnología nueva, el viejo micrófono con el que salió de Managua sigue intacto. Lo mira cada mañana antes de comenzar a trabajar. “Me recuerda quién soy, por qué estoy aquí”, dice.
En Miami, entre iglesias que transmiten sus cultos, podcasts y veladas de boxeo en casinos, Winston Potosme ha encontrado una forma de sobrevivir y prosperar. Pensó que sería un exilio de tres meses. Cinco años después, sigue transmitiendo. Y, sobre todo, sigue contando.
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