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El lunes 2 de junio, con pompas y fanfarrias, la dictadura de Nicaragua estrenó un nuevo grado dentro de las cada vez más abultada cúpula militar: el de Coronel General. De un día otro, subieron de rango los mayores generales Bayardo Ramón Rodríguez, jefe del Estado Mayor General, y Marvin Elías Corrales Rodríguez, Inspector General del Ejército de Nicaragua
Ellos dos fueron los generales 42 y 43 que el dictador Daniel Ortega ha promovido en la jerarquía militar desde su retorno al poder en 2007, tras ganar las elecciones nacionales del 2006 con un 38% por ciento de los votos.
De esas cuatro decenas de militares ascendidos a generales por Ortega, ahora junto a la autonombrada codictadora Rosario Murillo, 27 están activos en las filas del cuerpo castrense.
Los otros 16 han pasado al retiro y a ocupar cargos y puestos dentro de las estructuras gubernamentales, empresas ligadas al partido Frente Sandinista y otros negocios de los militares y de la dictadura familia Ortega y Murillo.
La abultada inflación de grados y el inusualmente elevado cuerpo de generales, dentro de un ejército menor en un país pequeño y en paz, despierta las dudas sobre qué busca Ortega y Murillo con la repartición indiscriminada de insignias de estrellas y laureles.
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Más generales que batallones
Félix Maradiaga, quien fue secretario general del Ministerio de Defensa durante la presidencia de Enrique Bolaños de 2002 a 2006, estima que la situación actual del Ejército, con 27 generales para aproximadamente 20,000 miembros (incluyendo tropas activas y reservas inmediatas), representa un “desequilibrio marcado en la pirámide jerárquica”.
Él explica que la teoría militar clásica y la experiencia comparada con otros cuerpos castrenses revelan que en tiempos de paz los ejércitos tienden a tener “estructuras piramidales estrechas en la cúspide, evitando un exceso de altos oficiales sin función operativa clara”.
“Cada general conlleva personal de Estado Mayor, gastos elevados y capas burocráticas adicionales, por lo que la proporcionalidad entre generales y tropa es un indicador importante de eficiencia”, dice Maradiaga.
En el caso nicaragüense, la proporción aproximada es de 1 general por cada 740 efectivos, lo cual considera “inusualmente elevado”. Una tropa de ese tamaño la maneja en las estructuras militares tradicionales un capitán y, a lo sumo, en casos excepcionales, un mayor, como fue el caso de los Batallones de Lucha Irregular (BLI) del ejército sandinista en los años 80.
“Para poner esto en perspectiva, incluso las Fuerzas Armadas de Estados Unidos, frecuentemente criticadas por su inflación de altos mandos, mantienen cerca de 900 generales/almirantes para 1.3 millones de militares, una proporción aproximada de 1 por cada 1,400 efectivos”, dice Maradiaga, sin olvidar que Estados Unidos tiene tropas y bases desplegadas por todo el mundo.
“Es decir, el ejército nicaragüense duplica la densidad de generales respecto a la de EE.UU., a pesar de ser una institución muchísimo más pequeña y sin roles globales”, precisa Maradiaga.
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Más generales, más planilla
El pasado 7 de mayo, en el auditorio del Estado Mayor General “Comandante Carlos Agüero Echeverría”, el general más antiguo y atornillado al poder en la historia del Ejército de Nicaragua, Julio César Avilés Castillo, se reunió con el cuerpo de generales, oficiales superiores y cadena de mando ampliada.
El amplio y remodelado salón se compone de tres bloques de asientos fijos, incrustados al piso. Un bloque de tres 39 asientos a la izquierda, otro bloque de 169 asientos al frente y otro bloque de 39 asientos a la derecha.
El siguiente detalle da una idea del aumento de generales y grados en las filas castrenses: ese día en la reunión tuvieron que colocar una fila de sillas extras en el primer bloque de asientos para acomodar a los 260 mandos superiores. Antes de Ortega, ese mismo salón tenía capacidad para albergar a 180 oficiales sentados en tres bloques de asientos, de acuerdo con las libros de memorias del Ejército.
“Los militares ahora tienen más generales y oficiales que durante la guerra de los ochenta, cuando las tropas eran 134,000 hombres”, dice un veterano analista en defensa y seguridad, quien solicita la omisión de su identidad por temor a las represalias.
Él recuerda que la estructura orgánica territorial inicial, adoptada por el Ejército Popular Sandinista (EPS) de 1979 a 1981, consistió en siete regiones militares que comprendían los 16 departamentos según la división política administrativa que estableció el régimen sandinista.
Se organizaron entonces unidades de combate con batallones regulares, pero el auge de la guerra elevó las tropas hasta la cifra de 30,000 hombres en armas.
A partir de 1983 se inició la conformación de nuevas unidades como: 12 Batallones de Lucha Irregular, Batallones de Destino Múltiple, Batallones Ligero Cazador, Compañía de Tropas Guarda Fronteras, Bases de Apoyo Operacional, Compañía Permanente Territorial y otras de mayor nivel como las Agrupaciones Tácticas de Combate (ATC) y las Unidades de Tropas Especiales (UTE).
En 1986 el EPS contó con 134,000 hombres en armas, entre permanentes, reservistas, milicianos y soldados del Servicio Militar obligatorio, según la página oficial del Ejército de Nicaragua.
“Hasta ese año, el único general dentro del ejército era el comandante Humberto Ortega, jefe del EPS, pero luego de la Ley Creadora de los Grados de Honor, Cargos y Grados Militares de 1986, se pasó de siete grados militares a once”, rememora.
Entonces, el cuerpo de generales se amplió a 12, entre un General de Ejército, dos Mayores Generales y nueve Generales de Brigada para un ejército de 134,000 hombres armados.
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Más generales que magistrados
Ahora, con las reformas constitucionales del 2024 y ratificadas este 2025, los 27 generales activos, incluyendo al general Avilés, hay más generales que los seis magistrados electorales y que los 10 magistrados judiciales.
Los 27 militares con el grado de general otorgado por Ortega incluso suman más que los 16 ministros del régimen dictatorial y si fueran integrados a la Asamblea Nacional constituirían una sólida bancada con el 29.6 por ciento de los 91 “legisladores” que integran el parlamento.
Si a eso se les sumara los 33 Comisionados Generales de la Policía, quienes en la práctica equivalen al grado de General de Brigada, entre policías y militares Nicaragua cuenta con 60 generales. Es decir, dos tercios de los diputados de la Asamblea.
“Revisando la literatura militar se establece que, en promedio, un general (simple) está al mando de una división, la cual, en la estructura militar corresponde a varios regimientos. En ese sentido, los regimientos se componen de varias unidades diversas que pueden tener tropas terrestres, tropas blindadas y artillería”, dice el analista de defensa.
“Un general puede mandar entre 10 mil y 20 mil hombres dentro de un ejército regular, pero los grados se relacionan a la responsabilidades que asume el militar y la unidad que va a mandar. La estructura de un ejército corresponde al tipo de misión que cumple, por esto, el de Nicaragua es más terrestre que de otro tipo”, precisa.
Y explica que aunque tiene fuerza aérea y naval, estas son unidades pequeñas y no deberían tener a un general como oficial al mando.
“De hecho el Ejército de Nicaragua tiene solamente unos 15,000 hombres en planilla oficial, por lo que debería contar solamente con un general. Tener 27 generales es hacer del Ejército de Nicaragua un ‘enano cabezón’ sin razón de ser, lo único que sirve es para generar un mayor gasto en el Presupuesto General de la República, porque entre más suben de rango, más ganan los oficiales”, detalla.
“De ahí que nombrar más generales y aumentar el escalafón de oficiales superiores es más una movida política para la compra de lealtades, que una razón técnica válida para la realidad del país”, dice.
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Más que en Guardia y la Contra
La inflación de grados que hoy persiste en las fuerzas armadas no tiene precedentes en los anteriores cuerpos castrenses de la historia del país.
LA PRENSA consultó con un antiguo oficial de la Guardia Nacional y posteriormente comandante guerrillero de la Resistencia Nicaragüense, quien asegura que nunca había visto ese fenómeno.
“En la Guardia Nacional, el general Somoza García y luego su sucesor el general Somoza Debayle llegaron a contar con 16 generales entre la primera generación egresada de la Academia Militar en 1943 hasta 1979, cuando la última generación de oficiales suspendió sus cursos por la guerra”, dice.
“Ortega hoy, hace con el ejército lo que Somoza hizo ayer con la Guardia: comprar lealtades con grados militares y bienes materiales. Plata para los amigos pues”, dice.
Luego, recuerda que en la Resistencia Nicaragüense, al ser una fuerza guerrillera irregular, nunca tuvieron rangos de generales sino de comandantes de tropas, pero que Estados Unidos asignó a lo largo de la guerra (1980-1989) a cuatro generales estadounidenses para dirigir la guerra “casi a control remoto”.
De modo que la suma de los 27 generales sandinistas de hoy, suma más que los 16 generales que promovió Somoza en la Guardia Nacional entre 1943 y 1979 y que mucho más que los generales asignados por Estados Unidos para organizar, asesorar, entrenar y guiar a la Resistencia de Nicaragua en los sangrientos años ochenta.

El récord del general Avilés
Antes del ascenso del dictador Daniel Ortega en 2007, el Ejército tenía una rotación de generales en el Estado Mayor, que permitía el ascenso de grados de la oficialidad cada cinco años.
Sin embargo, desde 2010 que Avilés subió al grado de General de Ejército y comandante en jefe del Ejército, nadie más ha ocupado ese cargo.
De 68 años, Avilés fue un exguerrillero de menor incidencia histórica que ahora rompió el tradicional relevo militar de cada cinco años; a finales de noviembre pasado Ortega le amplió a seis años el mandato hasta el año 2031.
Avilés, quien realizó estudios militares en Cuba, fue sancionado en 2020 por Washington señalado de corrupción y violación de derechos humanos como cómplice en apoyar de forma encubierta, a policías y paramilitares que masacraron a la población civil en 2018.
Junto a él, otros seis militares más de alto rango han sido sancionado por las mismas razones y al menos ocho figuran en informes de Naciones Unidas como responsables de crímenes de lesa humanidad, incluyendo Julio César Avilés Castillo.
Actualmente el ejército se conforma con el dictador Ortega como jefe Supremo, más un Ministerio de Defensa decorativo sin incidencia de ningún tipo en la administración militar.
La comandancia general del ejército, aparte de Avilés, cuenta con un jefe del Estado Mayor que dirige las operaciones militares y un Inspector General que supervisa el cumplimiento de las misiones y el uso de recursos.
El Estado Mayor General, con un presupuesto de 95 millones de dólares en 2025, organiza, coordina y supervisa áreas como personal, inteligencia, operaciones, logística, doctrina, asuntos civiles y finanzas.
El Ejército se divide por fuerzas (Aérea, Naval y Terrestre), comandos regionales y destacamentos. Destacan la Brigada de Infantería Mecanizada, Regimiento de Comandancia, Operaciones Especiales, seis unidades regionales, destacamentos Norte y Sur, Batallón Ecológico, Tropas Radio Técnicas, Unidad Técnica Canina y Unidad Humanitaria de Rescate.
Los órganos comunes brindan apoyo general: Comando de Apoyo Logístico, Cuerpo Médico Militar, centros de formación, Información para la Defensa, Contrainteligencia, Guardia de Honor, Defensa Civil, Cuerpo de Ingenieros y Transmisiones.
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Una estructura “cabezona”
Según Maradiaga, al analizar el elevado grado de generales en Nicaragua, los ejércitos modernos realizan también tareas administrativas, logísticas y tecnológicas que requieren cuadros especializados.
Sin embargo, señala que muchos expertos internacionales coinciden en que una estructura excesivamente “cabezona”, con demasiados generales para tan poca tropa, no mejora la eficacia.
“Al contrario, suele recargar la cadena de mando, añadir capas burocráticas y costar más al erario sin aportar valor operativo”, dice.
“En las buenas prácticas internacionales, especialmente para fuerzas armadas en tiempos de paz, menos es más en la cúpula: se procura limitar el número de oficiales generales al estrictamente necesario para dirigir grandes unidades”, dice.
Nicaragua opera en sentido contrario. Muchos países con ejércitos mayores que el nicaragüense mantienen proporcionalmente menos generales.
“Por ejemplo, Colombia, con alrededor de 200,000 efectivos en sus fuerzas militares, tiene aproximadamente un general por cada 2,000 o 3,000 soldados con unas pocas decenas de generales en total”, dice.
Señala que en España, con un Ejército de Tierra con más de 50,000 efectivos, cuenta con un orden de 20 a 30 generales de brigada o superiores, muy por debajo del nivel nicaragüense en términos relativos.
“Si comparamos con Centroamérica, El Salvador (20,000 militares) o Honduras (15,000) tienen cúpulas más austeras, con generales apenas en doble dígito bajo”, observa.

Presión dentro y fuera del ejército
Por ello, considera que estas comparaciones ilustran el desbalance institucional en Nicaragua: “El Ejército ha crecido ‘hacia arriba’ más que hacia afuera, creando un aparato de mando sobredimensionado para su tamaño real”.
“La teoría organizacional militar sostiene que una jerarquía saludable se parece a un triángulo: mucha tropa en la base, menos oficiales intermedios y muy pocos generales al tope”, dice.
“Cuando la punta de la pirámide se ensancha desproporcionadamente, aparecen riesgos: rivalidades internas por falta de puestos efectivos, costos crecientes en salarios/pensiones de altos mandos, lentitud en la toma de decisiones y dificultad para adaptarse a nuevos retos, pues la institución tiende a volverse rígida y autoprotectora”, señala.
Y finalmente concluye sobre las razones de Ortega: “En el contexto nicaragüense, la proliferación de generales no obedece a necesidades estratégicas reales, sino a motivaciones políticas y cliente
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