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Entre mayo y junio de 1990 más de 20 mil contrarrevolucionarios se desmovilizaron para ponerle punto final a la guerra civil que asoló Nicaragua en los años ochenta. Llegaban a una mesa, se quitaban el uniforme, entregaban el fusil y recibían 20 dólares y ropa de paca para cambiarse.
El 28 de junio de ese año los altos mandos de la Contra también se desmovilizaron y, tras entregar su arma, el último jefe de la Resistencia Nicaragüense, comandante Franklin, dijo “misión cumplida” a la entonces presidenta Violeta Barrios.
El desarme estaba consumado, pero tras la caída del régimen sandinista el clima político seguía tenso. Aunque el nuevo gobierno prometió garantizar la vida de los desmovilizados, en la práctica la seguridad de los excontras quedó en manos de las fuerzas sandinistas, pues en ese momento, igual que ahora, el Ejército, la Policía, los aparatos de Inteligencia y el Poder Judicial eran controlados por el sandinismo.
Pronto iniciaría una ola de muertes que acabó con al menos 217 excontras, entre junio de 1990 y agosto de 1992, según listas de organismos de derechos humanos y el Senado de los Estados Unidos. Entre esas bajas hubo varios altos excomandantes de la Contra, incluidos sus dos últimos jefes: el comandante 3-80 y el comandante Franklin.

Comandante 3-80
A Enrique Bermúdez, más conocido como comandante 3-80 y máximo líder de la Resistencia Nicaragüense, lo mataron la noche del 16 de febrero de 1991. En ese momento ya había finalizado la guerra fratricida de los ochenta, pero el país se hallaba lejos de la paz.
Según un exjefe contra, citado por la Revista Magazine en el reportaje La matanza de los excontras, poco antes de ser asesinado el exlíder de la Contrarrevolución anduvo recogiendo firmas para que el nuevo gobierno y la CIAV-OEA (Comisión Internacional de Apoyo y Verificación, 1990-1997) lo reconocieran como representante de los excontras. En una semana había recogido 500 mil, pero nunca llegó a saberse qué pretendía con eso.
Al inicio del conflicto, Bermúdez fue escogido por Estados Unidos para liderar a la Contra, ya que era un exguardia sin fama de asesino y tenía contactos en Washington; pero a finales de los ochenta fue separado de la jefatura luego de que otros comandantes contras lo señalaran de haber manejado mal la guerra, aunque las tropas de bajo rango le tenían mucha estima.
Volvió a Nicaragua después de la desmovilización y la noche que lo asesinaron estaba solo en el parqueo del Hotel Intercontinental Managua, adonde había llegado buscando a una persona desconocida luego de recibir una misteriosa llamada. Se disponía a subir a su camioneta para volver a casa, sin haber hallado a quien buscaba, cuando alguien se le acercó en la penumbra para ejecutarlo con dos balazos silenciosos en la base de la cabeza.
Casi 34 años después el caso sigue sin resolverse. La respuesta quedó enredada en un legajo de 300 páginas que no sirvió para nada, investigaciones policiales deficientes, despistes, desinformación y desconfianzas entre la Policía y la comisión especial investigadora formada por el gobierno de doña Violeta Barrios.
Nunca se supo quién lo mató. A la fecha, los principales sospechosos son los sandinistas, pero hay quienes mencionan a excompañeros de armas de Bermúdez en la Contra como posibles autores.
Comandante Aureliano
El diario español El País publicó la noticia el lunes 9 de enero de 1989, bajo el título Asesinato de un comandante “contra”:
“El cadáver acribillado del dirigente militar rebelde nicaragüense Manuel Adán Rugama Acevedo, más conocido como el comandante Aureliano, yace en una carretera en la zona oeste de Tegucigalpa, capital de Honduras, poco después de ser asesinado por un grupo de desconocidos el sábado pasado. El dirigente, de 39 años, conducía su vehículo cuando dos hombres le cerraron el paso y le dispararon con sus ametralladoras Uzi, según testigos. Dirigentes de la Contra en Miami y Tegucigalpa acusaron al Gobierno de Managua del atentado, pero este negó toda vinculación con el hecho”.
Rugama era uno de los principales dirigentes de la Contra. Cuando lo mataron a balazos todavía se discutía el fin de la guerra en Nicaragua, por eso el directorio de la Resistencia Nicaragüense acusó a los sandinistas de haberlo mandado a matar.
En 2023 un exjefe contra aseguró a Magazine que al comandante Aureliano en realidad lo mataron otros contras, porque andaba buscando cómo quedarse con parte del botín que le habían dado a manejar al comandante Renato. No obstante, el comandante Johnson (Luis Fley) sostuvo que los asesinos fueron guerrilleros izquierdistas de Honduras, los Cinchoneros, financiados y apertrechados por los sandinistas, que en ese momento seguían en el poder.

Comandante Renato
En 1988 la jefatura de la Contra sufrió un cisma, cuando algunos comandantes, como Toño, Fernando, Rigoberto y Dimas, acusaron a Bermúdez de no dirigir bien a las tropas y pidieron su destitución. Esa discordia aumentó luego de las negociaciones de Sapoá, pues se hablaba del desarme de la Contra, pero nadie explicaba cómo se iba a garantizar la vida a los desmovilizados y sus familiares, la mayoría de los cuales vivían en campamentos situados en territorio hondureño.
La respuesta de Estado Unidos fue apoyo a Bermúdez y captura y deportación a Miami a todos los comandantes que protestaran contra él. En ese grupo iba un civil, Orlando Montealegre, tesorero de la Contra en Honduras, a quien le ordenaron que entregara la caja chica (que contenía entre uno y cinco millones de dólares) al comandante Francisco Ruiz Castellón, Renato, quien pasó a ser el nuevo tesorero.
A Renato lo mataron el jueves 27 de junio de 1991, a las 11:30 de la mañana. Ocurrió en Tegucigalpa, Honduras, donde se había afincado porque se sentía inseguro en Nicaragua, tras la desmovilización y el desarme de los contras. Hombres desconocidos le dispararon por la espalda cuando acababa de salir de su casa en Cerro Grande.
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En 2023 Fley relató a Magazine que, poco antes de morir asesinado, Renato había declarado al periódico hondureño El Heraldo que en Nicaragua había que seguir la guerra para hacer frente a la violencia y a los acuerdos incumplidos. Fue por eso, afirmó, que una célula de armados viajó a Honduras para matar al exjefe contra.

Comandante Franklin
Poco después del cisma en la directiva de la Contra, el comandante 3-80 fue retirado de la jefatura del Estado Mayor y remplazado por el comandante Franklin, cuyo nombre de pila era Israel Galeano Cornejo. Como último jefe de la Contra, el comandante Franklin fue un símbolo de la desmovilización y le correspondió entregar el último fusil a la presidenta Violeta Barrios en el último día del desarme.
Murió en un accidente de tránsito la madrugada del 4 de mayo de 1992, en un camino rural a 28 kilómetros de Matagalpa. Para entonces había rumores de que se volvería a armar, porque se sentía mal al ver cómo los excontras eran víctimas de la violencia y no se cumplían a cabalidad los acuerdos de desmovilización. También se decía que estaba molesto porque el Gobierno y la CIAV-OEA no le estaban dando ayuda.
Esa madrugada se dirigía de San Ramón hacia una finca de su propiedad, en una camioneta donde también viajaban su compañera de vida, Sandra Mendoza Lúquez y su chofer Ricardo Ordóñez. Supuestamente fue el exceso de velocidad lo que hizo que el vehículo se volcara y cayera en un barranco.
“El vehículo quedó prensado entre dos árboles. El escolta había salido volando a través del vidrio delantero y cayó en el barranco. Yo estaba adolorida y cuando me repuse toqué a Franklin, quien no respondió, estaba muerto. Su cara estaba incrustada en el árbol”, relató Mendoza a los periodistas en ese momento.
Sin embargo, excompañeros de Franklin nunca creyeron en la versión del accidente y sospechan que hubo una trama detrás de la muerte del comandante. Consideran que, si Franklin se rearmaba, quedaría en evidencia que no se estaban cumpliendo los acuerdos de desmovilización y en entredicho la reputación de todos los actores involucrados en los compromisos.
“Lo de Franklin sí creo yo que fue el Frente (Sandinista). Y lo que pasó ahí es que él se portó pendejo y complaciente con los sandinistas durante la desmovilización y el Frente le había entregado a él un montón de cosas y por eso estaba mal visto por todos nosotros. Creo que él se arrepintió e intentaba rearmarse y eso no se lo iban a permitir”, dijo a Magazine, Enrique Zelaya Cruz, exjefe contra mejor conocido como Doctor Henry.

Comandante Fernando
Diógenes Membreño Hernández era pastor evangélico antes de unirse a la Contra y se convirtió en uno de sus comandantes más destacados, con el nombre de Fernando. Falleció el 8 de junio de 1992 en circunstancias particulares.
Se sabe que había enamorado a una muchacha de 14 años y que el padre de la adolescente, Aníbal Paiz, junto con su hijo, llegaron a reclamárselo cuando el excomandante comía en un restaurante de Boaco.
El señor, que estaba en silla de ruedas, no podía bajar fácilmente de la camioneta y envió a su hijo para que hablara con él. Pero el excontra se negó a discutir con el joven después de que este le golpeara la mesa. Aunque el muchacho hizo dos tiros en dirección a sus botas, Membreño logró salir del local, sólo para encontrarse con Aníbal Paiz, quien pensó que le habían matado al hijo y desde la camioneta descargó una pistola de nueve milímetros sobre el excomandante.
A pesar de las circunstancias en que se dieron los hechos, en aquel momento los excontras dijeron que el crimen también tenía ribetes políticos.

217 excontras
Menos de un mes después de consumarse el desarme de la Contrarrevolución ya había varios excontras asesinados impunemente. Al finalizar diciembre de 1990 se acumulaban 39 casos de excontras asesinados que no habían recibido justicia.
La Asociación Nicaragüense pro Derechos Humanos (ANPDH) y el Senado estadounidense registraron un brutal suceso ocurrido ese mismo mes. En Jalapa, Nueva Segovia, un capitán y un teniente de la Policía armaron a integrantes de la Juventud Sandinista y durante dos días fueron de casa en casa asesinando a excontras y sus amistades. La masacre dejó 12 muertos, 19 heridos y 45 detenidos. Hubo un juicio militar, pero el principal responsable, el capitán Luis Enrique Talavera, fue exonerado por el tribunal.
En Matagalpa, el 12 de abril de 1991, diez soldados bajo el mando del teniente Luis Urbina, sacaron de su casa al excontra Rosario Mairena, lo arrastraron 150 metros y, frente a su esposa y sus hijos, le dispararon, lo castraron y lo decapitaron. El teniente siguió laborando por mucho tiempo en la Policía.
En otro caso, el 23 de noviembre de 1991 el militar sandinista Héctor Moreno asesinó a Francisco Javier Herrera, Solín, a quien le cortó la garganta después de torturarlo.
Otros excontras fueron aniquilados cuando estando ebrios les daba por disparar al aire y el Ejército los mataba. En Pantasma se dio el caso de un excontra asesinado porque se le soltó la lengua y comenzó a hablar sobre emboscadas en las que murieron sandinistas y un simpatizante del partido que «gobernaba desde abajo” lo mató.
La situación de violencia dio pie a la aparición de los “recontras”. En consecuencia, empezaron a rearmarse desmovilizados del Ejército sandinista, a quienes se les conoció como “recompas”. El fenómeno de los rearmados se mantendría activo, sobre todo a inicios de los años noventa.
El Ejército, en vez de capturar a los recontras y enjuiciarlos, optaba por matarlos. E incluso se habla de casos de recontras que mataron a excompañeros, acusándolos de vendidos, porque no querían rearmarse.
Entre 1991 y 1994 se desmovilizaron 25,419 rearmados y se destruyeron 14,943 armas, según datos del Ejército.