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Al periodista Adolfo Olivas lo asesinaron de dos disparos por la espalda hace 20 años, en la madrugada del domingo 14 de agosto de 2005, en frente de su casa en el barrio Estelí Heroico, de la ciudad de Estelí.
Lo mataron sospechosamente apenas dos semanas después de publicar en LA PRENSA una investigación periodística sobre una red de narcotráfico en su departamento, que le generó una serie de amenazas de muerte por teléfono.
“Una palabra más y no vas a llegar vivo a septiembre”, le dijo una mujer furibunda. “No sabés con quién te estás metiendo, negro hijo de…”, le dijo un hombre con acento extranjero.
Pero Olivas sí sabía de dónde venían las amenazas y así se las relató una semana antes al entonces activista de derechos humanos Roberto Petray, de la Asociación Nicaragüense pro Derechos Humanos (ANPDH).
“Vengo a denunciar que estoy recibiendo amenazas de narcotraficantes y temo por mi vida”, dijo Olivas a Petray, en un denuncia realizada el 7 de agosto de ese año en Estelí.
El abogado le sugirió ir juntos a la Policía para denunciar el asunto, pero Olivas lo dejó para más adelante y ya la vida no le alcanzó para ello.
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Recordando a Adolfo Olivas
Ronny Adolfo Olivas Olivas nació el 19 de septiembre de 1959 en El Regadío, una comunidad rural del departamento de Estelí; era el tercero de siete hermanos y tuvo una infancia de muchas limitaciones debido a la enfermedad y posterior fallecimiento de su padre en 1970.
Esa experiencia lo volvió un niño un tanto introvertido, que volcaba sus ideas en dibujos y poemas cortos, como telegráficos. Preservó con los años un poco de ese arte y a los 27 años pintó un cuadro titulado “Los Gritos Sordos”, que le mereció un reconocimiento cultural de autoridades municipales.
Una antigua amiga suya, ahora retirada del periodismo y radicada fuera de Nicaragua desde 2019, recuerda que conoció a Olivas en 1991 cuando apenas daba sus primeros pasos como corresponsal de LA PRENSA, medio al que le trabajó hasta su asesinato en 2005.
Se extrañó de verlo reporteando temas sociales de la comunidad, puesto que a Olivas se le tenía más por cronista deportivo y promotor juvenil que por reportero de noticias duras.
“Adolfo era bien popular en los estadios y campos de beisbol y futbol. El deporte era una de sus pasiones, llegó a ser un patrocinador incansable en muchas ligas y ahí andaba tocando puerta para conseguir uniformes y respaldo para los equipos juveniles”, recuerda.
Ya para entonces Adolfo laboraba en Radio Liberación de Estelí, medio donde, a los años, llegó a fundar el radionoticiero Impacto junto a otros periodistas. Luego empezó a estudiar Derecho y también se metió de lleno a la actividad gremial dentro de la Unión de Periodistas de Nicaragua (UPN), de la cual llegó a ser presidente en Estelí.
Ella lo recuerda como un hombre de hablar pausado, pero claro y sereno, con aquel acento norteño propio de los hombres del campo. Conocía su departamento como la palma de la mano y “creo que casi se sabía los nombres de todo el mundo, a donde iba saludaba a la gente por su nombre”.
A partir de ese cargo de corresponsal, inició una serie de capacitaciones profesionales que ampliaron sus herramientas de periodista y en poco tiempo empezó a ser admirado y reconocido entre su gremio como un colega “aguerrido” e “inquebrantable”, insaciable en su abordaje crítico contra la corrupción y abusos de los funcionarios públicos.
Solía proponer y desarrollar, a la vez, reportajes y crónicas de las bellezas naturales y sitios turísticos de su departamento, por lo cual era común verlo en los pueblos y veredas hablando con la gente emprendedora y viejos conocedores de historias populares.
Ese acercamiento social le valió conocer información de primera mano de fuentes que le advirtieron sobre la llegada de gente desconocida que, plata en mano, compraba fincas y edificios, metía maquinarias pesadas, camiones y vehículos de lujo, a la vez que se oían ruidos nocturnos como de helicópteros o aviones en el campo.
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Las investigaciones de Adolfo
Entre junio y julio de ese año, Olivas reportó a sus editores de la sección Departamentales de LA PRENSA, que necesitaría el apoyo logístico para trasladarse a varias zonas para investigar las denuncias.
De acuerdo con la memoria de un antiguo editor del Diario, a Olivas le enviaron en tres ocasiones un vehículo desde la Redacción Central, con fotógrafo y, en dos momentos, con personal periodístico de apoyo.
El 31 de julio de 2005, Olivas publicó en la portada de LA PRENSA un artículo titulado: “Asoma gran red narco”.
El reportaje develaba a varios nicaragüenses y extranjeros residentes en Estelí en actividades sospechosas de tráfico de drogas.
La investigación detallaba cómo la Policía Nacional, tras el hallazgo de una avioneta enterrada en la comunidad Samaria, Villa El Carmen (Managua), había comenzado a indagar sobre una red de narcotráfico internacional que buscaba establecerse en Nicaragua a través de empresas lícitas e ilícitas.
El Ejército y la Policía encontraron el 10 de julio dos cuerpos masacrados a balazos y calcinados en un camino solitario cerca del kilómetro 37 de la Carretera Vieja a León.
Se trataba de Misael Chavarría Rivas (22) e Isidro Urbina (39), dos trabajadores recién contratados en una finca cercana al sitio del hallazgo.
El 11 de julio, un vuelo de reconocimiento del Ejército detectó un camino recién abierto en la comarca Samaria, municipio Villa El Carmen (Managua), en la finca El Pipián, cerca del sitio donde encontraron los cuerpos de los dos peones.
Al presentarse, la Policía descubrió que el camino en realidad era una pista de aterrizaje clandestina, al final de la cual encontraron una avioneta enterrada; la retroexcavadora que se usó estaba oculta a pocos kilómetros de ahí, según las huellas visibles de su desplazamiento.
Olivas descubre a “Sammy”
A partir de ahí, la Policía comenzó a investigar los nexos hasta llegar a Estelí, donde hicieron varios allanamientos.
Olivas informó que la Policía encontró en la casa de Francisca Cruz Herrera planos y cartas de compraventa de propiedades que sugerían la construcción de pistas clandestinas.
Francisca Cruz Herrera era la madre de Freddy Luis Arango Cruz y suegra del mexicano Samuel Gutiérrez Lozano, alias “Sammy”, originario de Acapulco, México, a quien la DEA, que operaba entonces en Nicaragua, tachaba como el cabecilla de una organización de narcotráfico en Centroamérica.
“Sammy” —según las pesquisas de Olivas— había contraído matrimonio con la hija de Francisca Cruz Herrera, Lillyam; el mexicano era director de la empresa Estrella del Mar junto al colombiano, o venezolano, Antonio Santaella Parada.
La Policía Antidrogas de la época, a cargo del comisionado mayor Clarence Silva, había emitido una alerta internacional para la búsqueda de estas personas.
El artículo de Olivas también detallaba que la red había incursionado en sectores como la pesca y el transporte de carga internacional para enmascarar sus acciones ilícitas.
Dentro de las operaciones, habían adquirido maquinaria para compactar caminos rurales y convertirlos en pistas de aterrizaje, así como retroexcavadora para excavar zanjas donde habrían de ocultar avionetas cargadas de drogas, armas y dinero.
Además, señalaba a otros nicaragüenses asociados al cártel, como Fernando Joaquín Tapia Vanegas, Juan José Aguilar Mojica, Byron Thomas Herrera Gil y Juan Padilla López con vínculos en la red.
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Entrevista al narco mexicano
El 1 de agosto, Olivas publicó un segundo artículo titulado “No soy jefe narco”, donde entrevistaba desde México a “Sammy”, quien un año después fue identificado como Javier Carrillo Maestre, jefe de operaciones en Centroamérica del Cártel de Sinaloa, al servicio de Joaquín “Chapo” Guzmán.
En la entrevista con Olivas, el mexicano buscaba refutar las acusaciones y sospechas.
Durante esta comunicación telefónica, presuntamente desde Acapulco, México, “Sammy” alegó inocencia: afirmó ser “una persona inocente” y que estaba reuniendo las pruebas necesarias para regresar a Nicaragua y demostrarlo.
Reconoció la venta de una retroexcavadora que había comprado en 24,000 dólares, pero negó saber que la persona que la compró la utilizaría para cavar un hoyo y enterrar una avioneta presuntamente usada por traficantes de drogas.
El mexicano había salido de Nicaragua una semana después del descubrimiento de la pista clandestina y el asesinato de los dos peones, quienes ayudaron a enterrar la aeronave y luego fueron ejecutados.
“Sammy” justificó su salida del país por seguridad, al enterarse del “problema de la avioneta”, pero que su intención era regresar con un abogado para probar su inocencia y continuar con sus negocios.
Sobre el paradero de Freddy Luis Arango Cruz, el mexicano aseguró que su cuñado también había salido del país, pero que no estaba con él; sin embargo, lo describió como un “buen muchacho” que probablemente estaba asustado en algún lugar de Nicaragua.
Ahí le confirmó a Olivas que Arango Cruz trabajaba para él comprando ganado en todo el país y que el dinero procedía de él y de otros socios amigos, que le daban empleo a varios nicaragüenses en sus fincas en León, Estelí y Matagalpa.
“Sammy”, autodescrito en la entrevista como “empresario nómada”, con “residencia en todos lados” e “inversionista de todo”, enfatizó que no era “asesino, ni ladrón, ni nada”.
Sobre la empresa Estrella del Mar, el mexicano reconoció ser el dueño y socio junto al “empresario colombiano” Antonio Santaella Parada, pero explicó que la sociedad nunca funcionó porque “había personas interesadas en quedarse con la finca” que compraron en León y habían tenido problemas de documentación con una propiedad en La Trinidad, Estelí.
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La madrugada del crimen
Según la versión del pistolero Santos Roberto Osegueda Palacios, un taxista de 33 años, de quien luego se revelarían nexos y antecedentes en el crimen organizado, Adolfo venía ebrio y discutió por el precio del pasaje, amenazó con sacar un arma de fuego de su vivienda y lo obligó a actuar en defensa propia.
Aquel amanecer Adolfo Olivas, entonces de 47 años, acababa de salir del bar La Salidita junto a un colega y abordaron el taxi azul placas T-5086, que estaba estacionado en la calle frente al sitio.
Olivas había asistido a la actividad bohemia junto a un grupo de colegas y amigos, luego de la conclusión de un curso de capacitación para corresponsales en Managua el sábado 13 de agosto.
Después del brindis de conclusión en la capital, el grupo tomó unas copas y Adolfo viajó al raid a Estelí junto a otros amigos, según los recuerdos de un viejo colega suyo de LA PRENSA.
Pese a que la vivienda de Olivas quedaba más cerca del bar, en comparación al hostal a donde se dirigía el amigo del periodista, el taxista decidió dejar de último el viaje de Adolfo.
Según las declaraciones del testigo, que constaron en el expediente, el taxista empezó por molestar a Adolfo Olivas diciendo que “los periodistas mucho jodían y decían mentiras”, a lo cual Olivas respondió molesto.
De acuerdo con el relato, el costo del pasaje acordado era de 20 córdobas por cada uno, lo cual sumaban 40 córdobas. El testigo que bajó primero pagó su pasaje y se despidió de Adolfo preguntándole si andaba efectivo para pagar su pasaje. La respuesta fue corta: “Si hombre, no te preocupés”.
Luego, según la confesión del asesino, una pasajera le hizo parada sobre la ruta a la casa de Adolfo Olivas y se subió en la parte trasera del taxi y fue testigo de cómo el periodista iba discutiendo acaloradamente con el conductor.
Durante el juicio por el homicidio del periodista, Osegueda Palacios sostuvo una narrativa que la Fiscalía calificó como “completamente falseada”.
Osegueda Palacios afirmó que, al llegar a la casa de Olivas, este se bajó furioso cuando él le dijo que la carrera costaba 60 córdobas. El taxista alega que se bajó enseguida detrás de Olivas a reclamar el dinero.
Y señala que en ese momento el periodista le dijo que iba a entrar a sacar un arma de fuego y dispararle, por lo que Osegueda Palacios sacó su pistola para evitar que Olivas se fuera sin pagar o sacar el arma que decía guardar.
El relato del pistolero es que Olivas, al verle el arma, se le abalanzó para tratar de quitársela con una llave de judo y que en el forcejeo se le disparó la pistola dos o tres veces e impactaron al periodista.
Después, dijo en juicio, dejó más adelante a la pasajera y se fue a su casa a pensar qué iba a hacer, hasta que decidió entregarse “porque no sentía que hubiera sido culpable yo, sino que actué en defensa propia”.
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El juicio del pistolero
En su narrativa, el pistolero insistió en que el crimen se originó por el estado de ebriedad de Olivas y por una disputa de 60 córdobas por la tarifa del taxi. Siempre sostuvo que intentó cobrar y que la situación “se salió de control”.
Sin embargo, la médico forense Karla Rosales documentó elementos que contradicen esa versión: los dos impactos de bala fueron propinados por la espalda en órganos vitales, corazón y pulmón, casi a quemarropa, lo que sugiere que el tirador esperó que el periodista estuviera de espaldas a la puerta de su casa.
El peritaje policial indicó, además, que Olivas andaba 120 córdobas en el bolsillo y el cuerpo no acreditó signos compatibles con un forcejeo que explicara disparos involuntarios, como lo sugería la narrativa del taxista.
La pasajera adolescente que viajaba en el taxi, de iniciales K.M.J., de 16 años, atestiguó en declaraciones a la Policía que Osegueda iba discutiendo con Olivas, que se bajó del vehículo cuando llegaron a la dirección del periodista y extrajo de la guantera un arma envuelta en un trapo blanco antes de realizar los disparos y luego se subió y la bajó a ella unos metros más adelante.
La secuencia temporal expuesta en sala del juicio ubicó el hecho alrededor de las 03:55 y 04:01 de ese día, frente a la vivienda de Olivas en Estelí.
Según la reconstrucción del crimen, el taxista había dejado antes a un acompañante, luego subió a una pasajera y posteriormente, ya en la casa del periodista, el conductor descendió y efectuó los disparos. “Me dieron…”, dijo Olivas antes de caer muerto, según el testimonio de dos personas que presenciaron la escena.
En sus alegatos, la Fiscalía sostuvo que Olivas “no representaba ninguna amenaza”, no iba armado, no poseía armas en casa y fue “asesinado por la espalda”, cuando iba a ingresar a su vivienda.
Al contrario, el taxista tenía antecedentes penales por tráficos interno de drogas, portación ilegal de armas, amenazas de muerte contra varias personas, incluyendo el delito de lesiones graves por el apuñalamiento de un hombre que lo había denunciado semanas antes por tráfico de drogas.
El tribunal de jurado escuchó a 20 testigos, incluidos tres presenciales, además del equipo forense y ocho oficiales de Policía. La defensa de Osegueda pidió considerar el hecho como “legítima defensa” y la Fiscalía solicitó la pena máxima del delito de asesinato.
La jueza Elizabeth Corea Morales dictó fallo de culpabilidad y el 26 de octubre impuso 25 años de prisión a Osegueda por asesinato.
El asesino saldría libre hasta octubre de 2030.
Sin embargo, el fallo no estableció un móvil del crimen distinto al alegado por el acusado, pero dejó asentadas en actas las discrepancias entre su relato y la evidencia pericial y testimonial.
Nunca hubo de parte de la Fiscalía, ni de la Policía, un alegato para ampliar las investigaciones en torno a las actividades del narcotráfico, como lo demandaban el gremio periodístico, organizaciones de derechos humanos y la familia de la víctima.
De modo que, entre el alivio del periodismo nacional por el fallo al pistolero, quedó la sombra del narcotráfico como principal causa del asesinato de Adolfo Olivas.
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Los nexos con el Cártel de Sinaloa
Entre 2006 y 2007, Nicaragua aparecía en las noticias de México por su conexión con los cárteles del narcotráfico.
A diario aparecían informaciones dispersas sobre pistas clandestinas en fincas rurales; compras y ventas de propiedades de origen dudoso; asesinatos con señales de ajustes de cuentas; pasajeros o comerciantes, con cédulas nicaragüenses, pese a sus acentos extranjeros, detenidos con grandes cantidades de dinero sin soportes; capturas de vehículos, lanchas y aeronaves con rastros positivos de cocaína.
Todo indicaba que la extensión de las redes del narcotráfico mexicano iba alcanzando a los barrios de las ciudades y en las zonas rurales de todo el país.
Una investigación periodística realizada casi dos años después del asesinato de Olivas, por un investigador nicaragüense contratado por un medio de comunicación mexicano que daba seguimiento al Cártel de Sinaloa en Nicaragua, reveló nuevos indicios del caso.
De acuerdo con el investigador, exasesor del gobierno de Enrique Bolaños en temas de Seguridad hasta 2006, nuevos testigos aseguraron que Osegueda y dos taxistas más eran parte de una red de sicarios e informantes de la familia de Francis Cruz Herrera, la suegra de “Sammy”.
Uno de ellos, forzado a colaborar como informante de la Policía en 2006, dijo que Osegueda, él y otro taxista más de nombre “Ronald”, habían estado días antes preguntando por Olivas en la ciudad; aquella noche en que el periodista llegó al bar a eso de las 10:30 de la noche, el pistolero estuvo estacionado casi toda la noche sin aceptar pasajeros, hasta que salió Adolfo y su colega.
A la vez, la Policía había seguido jalando del hilo de las investigaciones iniciales periodísticas hasta descubrir, un año después del asesinato, la gran red narco que Olivas había publicado.
Periodistas nicaragüenses que dieron seguimiento al caso, hoy exiliados, retirados y que pidieron el anonimato, relataron que, en entrevistas realizadas a mandos policiales después del asesinato, las propias autoridades admitieron que, cuando Olivas denunció la red que investigaba, la penetración del narcotráfico en Nicaragua ya era profunda.
Uno de ellos, el comisionado mayor Clarence Silva, jefe de antinarcóticos, admitió en 2007 a este investigador nicaragüense que las denuncias de Olivas sí fueron tomadas en cuenta por la Policía, pero que cuando se realizó el juicio las indagaciones no estaban concluidas.
No obstante, los hallazgos oficiales que siguieron al crimen trazan una cronología que respalda esa afirmación, según el exinvestigador nicaragüense contratado por medios de comunicación mexicanos.
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Cronología de hallazgos y operaciones
El 18 de julio del 2006, la Policía halló restos de una avioneta enterrada en la finca San Rafael, a quince kilómetros de La Trinidad, Estelí, en el límite con San Isidro (Matagalpa).
Ese hallazgo reforzó la hipótesis de pistas clandestinas y logística aérea en el norte del país.
El 20 de mayo del 2006 y el 12 noviembre del 2006, en Chinandega y León, el Ejército ocupó avionetas operadas por pilotos mexicanos con media tonelada y una tonelada de cocaína, respectivamente, confirmando el uso de rutas internas para trasiego hacia el norte.
El 13 de abril del 2007, un retén de la Policía de Tránsito en Tipitapa, a la altura del kilómetro 23 de la Panamericana Norte, detuvo a balazos a cinco mexicanos que primero quisieron sobornar y luego huir en una camioneta Toyota.
La Policía los detuvo y reportó entonces el desmantelamiento de una base operativa y logística del Cártel de Sinaloa en Nicaragua, que operaba en prácticamente todo el país, comprando fincas, vehículos, propiedades costeras y hasta ganado, el cual usaban literalmente como mulas para trasegar drogas a Costa Rica y Honduras.
Fueron 25 allanamientos en casas y propiedades rurales y costeras; capturaron a 20 personas infraganti, decomisaron ocho arsenales de armas, y en libros y base de datos descubrieron a 120 personas involucradas, incluyendo al autor material del crimen contra Olivas.
Las investigaciones oficiales además ubicaron el inicio de esa red operativa desde 2004, identificando al mexicano Javier Carrillo Maestre bajo la identidad falsa de “Samuel ‘Sammy’ Gutiérrez Lozano”, operando como empresario desde Estelí y usando una red de terceras personas como socios para comprar y vender.
Según los informes policiales, la red cumplía un rol logístico: ubicación y compra de propiedades como bases, habilitación de pistas, recepción de cargamentos, almacenaje y entrega de cargas para su envío a México y Estados Unidos.
Tras el quiebre de su infraestructura, el cártel decidió “declarar la guerra en Nicaragua” a socios que los habían traicionado, colaboradores que fueron infiltrados por la Policía y figuras públicas relevantes, como la mismísima primera comisionada Aminta Granera, a quien de pronto se le empezó a ver con chaleco antibalas.
Cae “Sammy” y entra “el Cochi”
De acuerdo con el investigador, entre el 2006 y 2007, la DEA en Nicaragua reveló a los servicios de inteligencia que el cártel “desapareció” a “Sammy” tras los golpes de la Policía y en su lugar lo sustituyeron con Luis Osegueda López, alias “el Cochi”, como relevo operativo para ejecutar del plan de guerra.
En el marco de esas pesquisas, el Ejército y la Policía decomisaron más de seis toneladas de cocaína, cinco lanchas, diez motores fuera de borda, varios buzones de fusiles automáticos, dinamita, granadas, rifles de francotiradores y decenas de vehículos todoterreno.
Seis años después del asesinato de Olivas, en 2011, la Policía ejecutó la Operación Jade, que terminó desintegrando los remanentes del Cártel de Sinaloa en Nicaragua.
Entre los detenidos y posteriormente condenados figuraba María Francisca Cruz Herrera, la suegra de “Sammy”, la misma mujer que Olivas denunció en su reportaje del 31 de julio de 2005, titulado “Asoma gran red narco”.
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El pistolero quedó libre
Después de la condena al pistolero, la fiscal departamental de Estelí, Sandra Mata, solicitó a la Policía que ampliara los posibles nexos del narcotráfico con el asesinato del periodista y así extender las acusaciones contra terceras personas sospechosas de participar en la planificación del crimen.
Sin embargo, nunca se incorporaron nuevos elementos al expediente y el caso quedó como “cosa juzgada”.
No obstante, sectores y personajes influyentes de la política nicaragüense intentaron en varias ocasiones acortar la pena del asesino de Adolfo Olivas.
Así lo reveló una investigación periodística conjunta publicada en septiembre de 2024 por los medios independientes República 18, Mosaico CSI y La Mesa Redonda, titulada “Cárceles con puertas abiertas para asesinos de periodistas en Nicaragua”.
Ahí se evidenció que actores con influencia política buscaron en distintos frentes acortar la condena de 25 años de Santos Roberto Osegueda Palacios, incluso cuando apenas habían transcurrido cuatro años de prisión.
El expediente judicial estableció que Osegueda Palacios fue detenido el 17 de agosto de 2005, se le impuso pena de 25 años en octubre de 2005 y la sentencia quedaría cumplida el 17 de agosto de 2030.
Sin embargo, en diciembre de 2009, un bloque de diputados promovió un indulto que incluyó a Osegueda entre 39 reos seleccionados para recibir amnistía navideña.
La iniciativa llevó la firma del diputado liberal Carlos Gadea Avilés y buscó una salida legislativa para abreviar el cumplimiento de la condena.
La maniobra fue detectada y el nombre de Osegueda fue extirpado del beneficio legislativo de ese año.
En diciembre del 2018, la Defensoría Pública, por oficio, pidió la extinción de la pena para el asesino de Olivas, alegando cumplimiento de las medidas carcelarias.
El 13 de diciembre de 2018, la jueza de Ejecución de Sentencias y Vigilancia Penitenciaria de Estelí, Mercedes Jirón, rechazó la petición.
Ella valoró que Osegueda acumuló 13 años, 3 meses y 26 días de prisión efectiva, más 3,188 días (8 años, 8 meses y 28 días) computados como tiempo laborado en el Sistema Penitenciario; sumando en total 22 años y 24 días, lo cual no cubría el tiempo asignado en la pena.
La defensa apeló y el 28 de junio de 2019,el Tribunal de Apelaciones de Las Segovias confirmó la negativa de sacarlo de prisión.
Pese a ello, la defensa insistió un año después. El 13 de diciembre de 2019, la misma jueza Jirón recalculó los cómputos: consideró que, mientras estuvo procesado, Osegueda cumplió un año y siete meses (del 24 de abril de 2006 al 14 de noviembre de 2007) en los que trabajó en el Sistema Penitenciario.
Añadió ese periodo a los 8 años, 8 meses y 28 días ya acreditados como condenado. Con 14 años, 3 meses y 26 días de prisión efectiva, el acumulado quedó en 26 años, dos meses y 24 días de “prisión”.
Salió de prisión efectiva en enero de 2020. Sin embargo, periodistas de Estelí y amigos cercanos de Olivas no lo volvieron a ver por la zona.
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