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Una imagen tomada por Yorlene Robleto en el trayecto que hizo de la frontera de El Salvador a Guatemala. LA PRENSA/Cortesía

La familia nicaragüense que empeñó su casa para migrar a Estados Unidos y no logró llegar

“Dormimos en la calle, con frío, hambre”. Yorlene Robleto y su familia quedaron varadas en México tras el cambio en la política migratoria de EE.UU. en enero pasado. Tuvieron que regresar a Nicaragua.

El día que Yorlene Robleto, de 23 años, salió de su casa en Managua con su suegra, su hija y cuatro mujeres más de su familia, estaba segura que iba a llegar a Estados Unidos. Un mes antes, su esposo y su suegro habían hecho la misma ruta, habían pasado la frontera sin problemas y las esperaban en Nueva York para reunirse. Días antes de irse habían decidido prestar dinero sobre su casa para costear el viaje.

Para cuando Robleto y su familia salieron de Nicaragua, el 12 de diciembre de 2022, a los migrantes nicaragüenses que llegaban a la frontera de Estados Unidos desde México se les permitía quedarse y tramitar su solicitud de asilo. En todo el 2022, según las cifras oficiales, más de 200 mil nicaragüenses fueron detenidos en la frontera.

El viaje lo hicieron sin coyote. “Mi esposo y mi suegro se fueron así y llegaron bien”, cuenta Robleto. Iban ella, su suegra, su hija de 5 años años y cuatro mujeres, todas familia suya. Salieron de Managua a Chinandega y de ahí a El Salvador. Por la casa un prestamista les había dado 8,200 dólares, pero no llevaban el dinero con ellas, más bien su familia se encargaba de irles enviando poco a poco, según lo necesitaran.

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De bus en bus llegaron a la frontera con Guatemala el 14 de diciembre. Hasta entonces no habían tenido dificultades. Pero cuando se bajaron del bus que las llevaba, un grupo de coyotes se les acercó para ofrecer sus servicios: las cruzarían a Guatemala por 500 dólares. El trato era pagar una vez estuvieran del otro lado.

“Camináramos por donde camináramos, quedamos en el mismo lugar, era un chavalo en una moto que iba adelante y nosotros detrás, pero nos dejó botadas”, cuenta. Una señora y un hombre les ayudaron. Les consiguieron a otro coyote, ahora por 400 dólares. Cruzaron un río. “El coyote llevaba a mi niña y a mi sobrina, y yo voy detrás, pero llegó un punto que el agua me tapaba y me quedé en shock en la mitad del río porque las piernas no me respondían, pero comencé a brincar y así logré pasarlo”, relata.

Estando en suelo guatemalteco un militar las detuvo. “Me quitó el teléfono, lo revisó y nos interrogaron. Nos amenazaban con deportarnos…”. Cinco horas después el hombre las dejó ir. Luego las detuvo la policía, pagaron una coima de 100 dólares y finalmente se fueron a Ciudad de Guatemala.

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Luego, abordaron un bus que duró ocho horas para llegar a la frontera con México. Ahí comieron, se cambiaron de ropa. Un taxista las recogió y las llevó a una casa en un barrio donde se encontrarían con una mujer llamada Roxy por recomendación de unos familiares. Ella, en teoría, las llevaría a Tapachula, pero una vez que llegaron a la casa, el 15 de diciembre, las retuvieron ahí hasta el 2 de enero. “Ella nos quitaba el dinero para comprar la comida, nos amenazaba con dejarnos en la calle”, cuenta. Pasaron encerradas, no les permitían salir, así pasaron Navidad y Fin de Año, encerradas.

El 2 de enero, Robleto y su familia lograron salir de la casa y cruzaron la frontera entre Guatemala y México en un canopy improvisado. Llegaron al parque de Tapachula y el 5 de enero se entregaron a las autoridades migratorias mexicanas. Estuvieron un día en la estación migratoria Siglo XXI. El 6 de enero, cuando las liberaron, la política migratoria de Estados Unidos ya había cambiado. La frontera estaba cerrada para los nicaragüenses.

“Si usted está intentando salir de Cuba, Nicaragua, Venezuela o Haití o ya ha comenzado su viaje a Estados Unidos, simplemente no se presente en la frontera. Permanezca donde está y haga la solicitud (de ingreso) legalmente desde allí”, fue el anuncio de Joe Biden.

El Gobierno de Estados Unidos había endurecido las restricciones con quienes intentaran cruzar la frontera desde México. “Estas medidas ampliarán y acelerarán las vías legales para una migración ordenada y tendrán nuevas consecuencias para quienes no utilicen esas vías legales”, aseguró la Casa Blanca. A cambio, el gobierno de Biden dijo que permitiría la entrada mensual de 30 mil migrantes provenientes de Nicaragua, Cuba y Haití. Para ello, sin embargo, los migrantes necesitaban tener a un patrocinador económico que viviera en Estados Unidos y tenía que cumplir otros requisitos.

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La entrada en vigor inmediata de la medida agarró por sorpresa a Robleto y a su familia. Se quedaban sin posibilidad de entrar a Estados Unidos. La información la vieron en redes sociales y no entendían bien lo que estaba pasando.

“Todas nos quedamos con la duda, incertidumbre, nos sentíamos entre la espada y la pared, pensamos en todo el tiempo perdido secuestradas en México, y comenzamos a pelear entre nosotras porque estábamos frustradas, había gente que nos decía que sí estaban pasando, pero otros decían que no”, relata.

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“Nos entró tristeza, depresión, estábamos con miedo, queríamos avanzar, pero decían que estaban violando a las mujeres y que las secuestraban”, cuenta. El 16 de enero ella, su suegra y su hija emprendieron su viaje de regreso a Nicaragua. Habían pasado algunas noches durmiendo en la calle. “Dormimos en la calle, con frío, hambre y rodeadas de un montón de migrantes, fue triste ver todo eso”, recuerda. Pagaron 300 dólares para regresar a Guatemala en bus. Ahí se quedaron en un hotel, su esposo le había depositado 200 dólares más y viajaron de Guatemala a Managua, llegaron el 19 de enero.

Robleto regresó a Managua, regresó a trabajar como manicurista para apoyar con los gastos de la casa porque todavía les toca pagar la deuda para no perderla, la misma casa que empeñaron por 8,200 dólares para llegar a Estados Unidos.

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