La oposición lleva años discutiendo cómo termina la dictadura. La pregunta más difícil es qué hacemos al día siguiente. Durante años, buena parte de la discusión política nicaragüense ha girado alrededor de una sola pregunta: ¿Cómo sacar a Daniel Ortega del poder?
Es comprensible. Después de años de represión, presos políticos, exilio, desnacionalizaciones, cierre de medios y organizaciones, fraude electoral y concentración absoluta del poder, terminar con la dictadura parece suficientemente difícil como para pensar en algo más.
Pero ahí está precisamente el problema.
Salir de Ortega no significa automáticamente entrar en democracia
Una dictadura no desaparece el día que desaparece quien la dirige. Quedan instituciones capturadas, estructuras represivas, intereses económicos, fuerzas armadas y policiales, leyes diseñadas para controlar a la ciudadanía y una sociedad profundamente golpeada por años de miedo y polarización.
Entonces viene la pregunta que incomoda: ¿Qué hacemos al día siguiente?
- El vacío también es una amenaza
Podemos exigir más presión internacional. Podemos pedir sanciones. Podemos denunciar cada nueva violación de derechos humanos. Podemos esperar una fractura dentro del régimen.
Pero ninguna de esas cosas responde quién administra Nicaragua si mañana se produce una ruptura política.
¿Quién libera a los presos políticos? ¿Quién garantiza que los servicios públicos continúen funcionando? ¿Qué ocurre con la Policía y el Ejército? ¿Qué pasa con una Asamblea Nacional controlada por el sandinismo? ¿Con qué leyes se gobierna? ¿Quién organiza las siguientes elecciones?
Estas preguntas no son superficiales. Son la diferencia entre una transición y un vacío de poder. Y los vacíos de poder rara vez producen democracias por sí solos.
2. Prepararse no significa saber cuándo ocurrirá
Hablar de transición cuando Ortega todavía controla el Estado puede parecer adelantarse a los acontecimientos. Creo exactamente lo contrario.
Preparar una transición no significa afirmar que el régimen caerá mañana ni saber cómo ocurrirá. Significa aceptar que, si queremos provocar un cambio democrático, tenemos la responsabilidad de pensar qué haremos si esa oportunidad aparece.
Un grupo de organizaciones nicaragüenses ha comenzado ese ejercicio con la propuesta “Nicaragua: Transición Ordenada desde la Dictadura hacia la Democracia”.
No es un documento perfecto. Tampoco representa por sí solo a toda la oposición.
Lo relevante es que coloca sobre la mesa algo que durante demasiado tiempo hemos postergado: una secuencia de pasos para pasar de una ruptura del régimen a un gobierno elegido por los ciudadanos.
La propuesta plantea una autoridad transitoria, restitución de derechos, reorganización institucional, un proceso constituyente, referéndum, elecciones generales y transferencia del poder en un período máximo de 24 meses.
Podemos discutir cada una de esas decisiones. De hecho, debemos hacerlo.
3. La Junta debe estar diseñada para desaparecer
Uno de los puntos más delicados es la propuesta de una Junta de Transición. Una Junta con facultades ejecutivas y legislativas importantes plantea preguntas legítimas: quién selecciona a sus integrantes, qué controles existen y de dónde obtiene legitimidad. Ignorar esas preguntas sí debilitaría la propuesta.
Una autoridad transitoria solamente tendrá sentido si está diseñada desde su nacimiento para desaparecer. Eso implica límites claros, transparencia, rendición de cuentas y una prohibición efectiva para que quienes administren la transición utilicen ese poder como plataforma electoral.
La propuesta ya contiene dos candados importantes: una duración máxima de 24 meses y la imposibilidad de que sus integrantes compitan en las primeras elecciones posteriores. Pero seguramente hacen falta más. Y para eso debe servir una consulta pública seria: no para pedir aplausos y un premio, sino para descubrir debilidades y corregirlas.
4. Una transición no es un programa de gobierno
También amenaza con distraernos otra discusión: si esta es una propuesta de derecha, izquierda, liberales, conservadores o progresistas.
Una transición democrática no debería decidir quién gobernará Nicaragua. Debería crear las reglas para que después podamos decidirlo democráticamente.
No necesitamos estar de acuerdo sobre impuestos, tamaño del Estado o políticas sociales para acordar que nadie debe ir preso por pensar diferente, que las elecciones deben ser competitivas, que el Poder Judicial debe ser independiente y que las Fuerzas Armadas deben estar subordinadas al poder civil.
Confundir transición con programa de gobierno reproduce una vieja enfermedad política nicaragüense: creer que colaborar implica pensar igual.
5. La oposición también tiene que demostrar que puede gobernar
Durante años hemos pedido al mundo que aumente la presión sobre Ortega. Pero cualquier gobierno extranjero puede hacernos una pregunta razonable: ¿qué ocurre si esa presión funciona?
La comunidad internacional tiene razones para temer el caos, la violencia, otra ola migratoria o la aparición de un nuevo autoritarismo.
Responder “primero que caiga Ortega y después vemos” no es una estrategia. Es confesar que estamos improvisando.
Preparar una transición demuestra que existen actores nicaragüenses pensando no solamente como oposición, sino en términos de Estado. Y esa diferencia importa.
6. El día después empieza ahora
Nadie sabe cuándo terminará la dictadura. Puede producirse una fractura interna, aumentar la presión internacional o cambiar el comportamiento de sectores que hoy sostienen al régimen.
La política está llena de momentos que parecían imposibles hasta el día anterior. Lo que sí podemos decidir es si llegaremos preparados.
Nicaragua ya ha pagado demasiadas veces el precio de improvisar sus transiciones, confiar excesivamente en liderazgos individuales y construir instituciones pensando primero en quién ocupará el poder. Esta vez deberíamos empezar al revés.
Primero las reglas. Primero los límites. Primero los derechos. Después los candidatos
Porque el verdadero desafío no es solamente terminar con una dictadura. Es evitar que, después de Ortega, Nicaragua vuelva a construir otra.
El autor es estratega y consultor con más de 15 años de experiencia en derechos humanos, democracia, fortalecimiento institucional y transformación digital en América Latina. Es director de la Fundación para el Desarrollo y miembro del Consejo Directivo de Ruta del Cambio