“Caímos de rodillas y lloramos mucho”. En julio de 2021, Nohely Chamorro Zeledón y su mamá Reyna Zeledón se reencontraron en West Palm Beach. Tenían 10 años de no verse. Cuando su mamá migró había dejado a una niña de 12 años y se reencontraba con una mujer de 22 años, casada y con un hijo de cuatro años. “Fue un encuentro muy emotivo”, recuerda Chamorro.
Días antes de ese reencuentro, Nohely Chamorro, su pareja, su hijo y sus dos hermanos habían pasado por una travesía que duró 21 días y les costó 24,000 dólares que todavía siguen pagando. El coyote que les ayudó a llegar hasta la frontera de México les cobró 8,000 dólares por cada integrante de su familia: su hijo, su pareja y ella.
Reyna Zeledón, originaria de Jinotega, se fue a Estados Unidos en 2002 para buscar una mejor vida para su familia. Entró como turista, salía y entraba cada seis meses, trabajaba para recoger dinero y mandarlo a Nicaragua. Cuando su visa estaba por vencerse, sin embargo, decidió quedarse y le prometió a sus hijos que después de que ahorrara suficiente volvería a Nicaragua. Chamorro, su hija menor, quedaba al cuido de sus dos hermanos mayores.
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En 2018, tras el inicio de la crisis sociopolítica en Nicaragua, Chamorro y su familia participaron de las manifestaciones en contra del régimen de Daniel Ortega. Su mamá, cuenta, vivía angustiada y ella no se sentía segura en Nicaragua. “Mi mamá vivía en una constante preocupación de que, con todo lo que se ve en las noticias… Mis hermanos, que andábamos en las marchas… y todas las represalias que existen hasta el día de hoy, a mi mamá le causaba mucho temor”, dice Chamorro, quien sabía que el regreso de su mamá al país era cada vez menos probable.
Vendieron todo y se fueron
Chamorro cuenta que varias veces había pedido la visa estadounidense, pero siempre se la negaron. “Se vino lo del 2018, y la volví a solicitar, porque me daba mucho miedo estar allá. Con todo lo que estaba pasando; mi hijo, el peligro que había, que todavía existe. Mi mamá nos volvió a dar el dinero y la fuimos a solicitar, recuerdo, y también se nos fue negada”, asegura.
Así que en julio de 2021 decidieron hacer el viaje. Lo organizaron en 15 días y se dedicaron a vender todo lo que tenían en Nicaragua. Chamorro vendió un estudio de maquillaje donde trabajaba. “La última noche que yo estuve ahí (en su casa), recuerdo que lloré mucho porque es tu zona de confort. Vas a un lugar desconocido, vas a otras costumbres, pero venía a ver a mi mamá… Lo que más reconfortaba era que al fin los tres íbamos a saber qué era estar en una casa con mamá”, afirma.
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La migración de nicaragüenses alcanzó niveles sin precedentes en el año 2022, después que los ciudadanos empezaran a migrar desde 2018, cuando inició el estadillo social en contra de Daniel Ortega. El éxodo cifra en unas 500 mil personas que han migrado irregularmente a Estados Unidos y han pedido refugio en Costa Rica. Aunque los nicas han migrado a otros países como España y México.
El coyote les dijo que tardarían una semana en llegar, pero fueron 21 días. Chamorro prefiere no brindar detalles del viaje, pero cuenta que alternaron entre viajes terrestres y aéreos desde Nicaragua hasta llegar a la frontera con México.
En el trayecto los separaron en dos grupos, en uno iba ella, su pareja y su hijo y en otro sus dos hermanos. Por ser jóvenes, dice, su familia se llevó la parte más pesada del viaje. Chamorro aún llora de recordar aquel momento. “Yo me sentí desnuda totalmente, así te lo digo, porque ellos son, han sido mi papá y mi mamá. Siempre lo voy a decir, ellos son quienes me protegieron, quienes me cuidaron y quienes siempre van a estar para mí”, cuenta.
Cruzaron el Río Bravo en una balsa, llenos de miedo, reconoce. “Dios siempre nos sostuvo y nos cuidó”, asegura. Chamorro se entregó a las autoridades estadounidenses en la frontera con México y una semana después que la liberaron. Pidió asilo político. A su hermano y hermana los liberaron un mes y mes y medio después, respectivamente.
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Siguen pagando la deuda
Por ese viaje pagaron 24,000 dólares. El dinero lo prestó su mamá y ahora con su trabajo en el área de atención al cliente en una empresa de Miami sigue pagando la deuda.
Pero todo ha valido la pena para Chamorro. Recuerda ese primer diciembre que todos pasaron juntos en 2021. Fue una de las experiencias más bonitas de su vida, dice. “No teníamos el mejor banquete, o el mejor lugar como lo teníamos, digamos en la tierra de uno, pero estábamos con mi mamá y eso era lo principal”, asegura. Ese año, su papá pudo viajar de vacaciones y estuvo la familia completa. “Ese fue el momento que yo sentí mi familia tan mía”, recuerda.
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A casi dos años de haber migrado Chamorro asegura sentirse segura y feliz. “Nunca había sentido algo tan mío como lo que estoy viviendo ahora, tener una familia que siempre soñé para mi hijo, porque yo no viví esa experiencia de tener una mamá y un papá. Mi hijo la está viviendo hoy en día”.
Chamorro está en proceso de legalizarse junto a su familia y su sueño es brindar estabilidad y educación a su hijo. Y un día, dice, cuando “no haya dictadura en mi país yo voy a regresar”.