Mi hija Ximena cayó repentinamente enferma de gravedad y la posibilidad de que no pudiera salir con viva de ello activó un miedo que desbordó todo lo que yo había sentido hasta entonces
Mi hija Ximena cayó repentinamente enferma de gravedad y la posibilidad de que no pudiera salir con viva de ello activó un miedo que desbordó todo lo que yo había sentido hasta entonces
Al momento de escribir este artículo no tuve a mano uno (creo recordar era parte de sus famosos Escrito a máquina dominicales), que Pablo Antonio Cuadra (PAC) publicó a raíz de la masacre del 22 de enero de 1967. Lo cito, entonces, de memoria.
En Nicaragua como en otros países de América Latina, se abre paso el turismo rural comunitario en un amplio sector campesino como factor esencial para la diversificación de las actividades productivas, poniendo en marcha servicios que generan nuevas oportunidades de empleo permanente y alternativas en múltiples ocupaciones.
Déjenme comenzar esta columna con un chiste viejo y tonto. Llega un señor a la delegación policial a decir, todo apenado, que la cartera que denunció como robada, en realidad la encontró en la gaveta de un armario, en su casa, donde la había dejado olvidada. El teniente, poniendo cara de fastidio y señalando a un pobre diablo tras las rejas, le dice: “¡Qué lástima! Cuando ya habíamos capturado al culpable”.
No hay duda que fue una masacre, un acto terrorista perpetrado aun no sabemos por quiénes, en contra de civiles indefensos que venían de manifestar sus preferencias políticas. La condena de todos los sectores ha sido unánime.
Querida Nicaragua: Abominable como los peores crímenes es disparar balazos contra gente inocente que jamás se imaginó semejante tragedia. Asesinos amparados en las sombras de la noche, y agazapados tras la maleza a la orilla del camino, dispararon a un autobús repleto de gente, matando a cinco de ellas en forma instantánea e hiriendo a una veintena del resto de pasajeros. Como es natural la tragedia ha enlutado a varias familias, en el norte de nuestro país.
Es natural que moleste el título de este artículo. Pues es como vivar a la muerte, a la destrucción y al odio que toda guerra implica. Pero una de las ironías de la historia es que ese grito ha salido de innumerables gargantas. Y no solo en tiempos antiguos, o en sociedades primitivas, sino en tiempos modernos y en sociedades cultas. Como ocurrió hoy, hace exactamente cien años, cuando Austria declaró la guerra a Serbia iniciando la Primera Guerra Mundial.
La agresión de aproximadamente doscientos motorizados a un pequeño grupo que manifestaba pacíficamente y a los periodistas que cubrían la protesta, y sobre todo el ataque de grupos armados contra personas que regresaban de Managua después de participar en la celebración del 35 aniversario de la Revolución Sandinista, refleja, una vez más, la dramática situación en que se encuentra nuestro país en relación al respeto de los derechos de la ciudadanía y los Derechos Humanos.
Venían posiblemente cansados, asoleados, muertos de sed, con hambre. Habían viajado por sus creencias ideológicas, por apoyo a su líder, o simplemente por conocer Managua. Nadie lo sabe, lo que sabemos es que de pronto se encontraron con la muerte. Sus vidas fueron segadas, por el odio, la intolerancia, la intransigencia o la rabia.
Fue un crimen cobarde. Salvaje. Una masacre. Disparar a mansalva contra ciudadanos desarmados que ni siquiera son enemigos de nadie, es un crimen incluso ajeno a nuestra cultura de violencia y más parecido al que triste y frecuentemente realizan las maras o narcos en países vecinos, cuando queman un bus con pasajeros dentro para causar dolor a la autoridad, a la sociedad o a la mara rival. Por sus características y todo lo que implica, debería ser un parteaguas sobre la Nicaragua en la que vivimos y la Nicaragua que queremos. Un punto de reflexión.
Recientemente, una noticia aparentemente intrascendente me llamó la atención. Se trata de los miles de bachilleres recién graduados que no consiguieron aprobar el examen de matemáticas de admisión de la UNI porque, según el Decano de la Facultad de Ciencias y Sistemas, ingeniero Carlos Sánchez Hernández, carecen de comprensión lectora.