Mando militar viejo

El actual mando del Ejército de Nicaragua lo integran exguerrilleros del FSLN que pelearon hace 47 años y que se formaron en países y uniones que ya no existen. LA PRENSA/EJÉRCITO DE NICARAGUA

La cúpula militar envejece como “tapón” en el Ejército

Generales de la tercera edad sangran el presupuesto e impiden el relevo generacional y profesional que alguna vez contempló la institución castrense en Nicaragua.

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Redacción Domingo

La noche del 17 de agosto, cuando el dictador Daniel Ortega apareció balbuceante y extraviado hablando del arca de Noé durante el acto conmemorativo de la Fuerza Naval de Nicaragua, un grupo de adultos mayores en uniforme militar lo veía con perplejidad.

En cada acto oficial de la Comandancia General del Ejército de Nicaragua se repite la misma estampa: bloques de uniformes de gala o verdeolivo, charreteras y solapas cargadas de estrellas y encima un conjunto de cabezas canosas, sentados en primera fila. 

No es una impresión casual. De los 28 generales que hoy integran la cúpula militar nicaragüense, la inmensa mayoría supera los 60 años, y varios de sus rostros más visibles llevan más de una década ocupando los mismos cargos.

Han envejecido en los rangos, junto a Daniel Ortega.

La mayoría de generales del Ejército fueron guerrilleros de un conflicto que terminó hace 47 años o pertenecieron a un ejército que terminó una guerra hace 36 años (en 1990). LA PRENSA/EJÉRCITO DE NICARAGUA.

Generales de 70

El general de ejército Julio César Avilés Castillo tiene 70 años; el jefe del Estado Mayor General, coronel general Bayardo Rodríguez, tiene 65; y el inspector general, coronel general Marvin Elías Corrales, 66 años.

Esa fotografía fija de generales entrados en años no es un accidente demográfico, dice un experto en temas de seguridad en Nicaragua, quien desde el exilio pide el anonimato por temores a represalia.

Según este exinvestigador del Instituto de Estudios y Estrategias de Políticas Públicas, la imagen de un alto mando envejecido es el resultado deliberado de casi dos décadas de reformas legales impulsadas por Ortega para cooptar a los militares.

“Desde 2008 empezó a desmontar el sistema de relevo generacional que regía a las Fuerzas Armadas desde 1995 y lo sustituyó por un esquema de permanencia indefinida atado a la lealtad política”, dice.

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Febrero de 2010: última vez que hubo cambio de mando en el Ejército de Nicaragua. Desde entonces, Julio César Avilés se ha aferrado al cargo. LA PRENSA/ARCHIVO

Diseño original: relevo, no continuismo

El investigador recuerda que el Código de Organización, Jurisdicción y Previsión Social Militar (Ley 181, de 1995) nació con un propósito explícito de profesionalización: separar al Ejército de las lealtades partidarias que había heredado de la Revolución sandinista y garantizar que la cúpula militar se renovara periódicamente.

Bajo ese diseño, los militares tenían un límite de 30 años de servicio activo antes de pasar a retiro, y los miembros del alto mando —incluido el comandante en jefe— debían entregar el cargo cada cinco años, abriendo paso a una nueva generación de oficiales. 

Era, en teoría, un mecanismo de relevo: nadie podía atornillarse a la cúspide del poder militar.

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Ese diseño empezó a resquebrajarse apenas Ortega regresó a la Presidencia en 2007.

Ese mismo año, el mandatario le recordó a la cúpula castrense su origen sandinista, y meses después cuestionó abiertamente el carácter apartidista y apolítico que la Constitución le atribuía al Ejército. 

En diciembre de aquel año lo dijo sin rodeos ante el alto mando y los graduados de la Academia Militar: “Apolítico es un perro, un elefante, un león, un gato […] pero los seres pensantes ¡no pueden serlo!” 

Fue el primer aviso de que la institucionalidad heredada de los años noventa sería desmantelada pieza por pieza.

Omar Halleslevens fue el último jefe del Ejército que mantuvo la tradición militar de traspaso. Luego Ortega impuso a Avilés y desde entonces, desde hace 16 años, se sostiene en el mando. LA PRENSA/ARCHIVO.

Las primeras grietas: 2009 y 2013

La erosión legal comenzó con una reforma a la normativa interna militar en 2009 que amplió de 30 a 35 años el tiempo de servicio y de 55 a 60 la edad límite para permanecer en filas. 

Ese mismo año, Ortega nombró a Julio César Avilés como comandante en jefe para el período 2010-2015, resaltando ante una multitud sandinista su pasado de lucha contra Anastasio Somoza más que su trayectoria profesional. 

El punto de quiebre llegó en 2013, cuando Ortega envió a la Asamblea Nacional un proyecto de reformas al Código Militar que elevó a 40 años el tiempo de permanencia activa, uno de los plazos más largos entre los ejércitos latinoamericanos, y abrió la puerta a la reincorporación de oficiales ya retirados «por interés nacional». 

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Ese mismo paquete de reformas eliminó el candado que obligaba a Avilés a retirarse en 2015 y permitió su primera reelección, rompiendo así, según este investigador, la tradición de sucesión y ascensos que había regido a la institución.

Meses después, Avilés retiró a su sucesor natural, el mayor general Óscar Balladares, a quien Ortega convirtió en asesor presidencial sin funciones específicas.

Este patrón arbitrario, que se repetiría con otros generales incómodos para la cúpula, priorizó a fundadores del Ejército que provenían de las filas guerrilleras del FSLN.

En 2014 Ortega pasó al retiro al mayor general Óscar Balladares, jefe del Estado Mayor del Ejército, de 52 años entonces, quien sustituiría a Avilés en 2015. En su lugar ascendieron al general Oscar Mojica. LA PRENSA/ARCHIVO.

El “tapón institucional

Según el sociólogo y analista político Óscar René Vargas, el problema del envejecimiento de los cuadros militares “es que generan más gastos a la República sin generar un impacto positivo a la sociedad”.

Él se pregunta: ¿Para qué sirven 28 generales en un ejército de 16,000 hombres, si no hay guerra? 

“Para consumir más salarios, más beneficios por antigüedad, más combustible asignado, más medicina por atención geriátrica y más presión sobre la oficialidad que quiere ascender”, dice Vargas.

Para él, el alto mando, al estar integrado en su mayoría por antiguos guerrilleros de un conflicto que terminó hace 47 años, transmite una imagen de decadencia que no corresponde a una institución moderna.

“No son solo generales mayores, son mandos que se formaron en la Guerra Fría de hace 60 años”, observa. 

“Lo que ves ahí es un grupo de señores mayores con funciones administrativas para mantener operando las empresas y negocios del Ejército”, señala el sociólogo.

Ortega torció el Código Militar para prolongar más allá de los 65 años de edad y 45 de servicio a los militares. LA PRENSA/EJÉRCITO DE NICARAGUA

El golpe final al relevo

A finales de noviembre de 2024, la Asamblea Nacional, bajo control absoluto del oficialismo, amplió de cinco a seis años el mandato del comandante en jefe del Ejército y del director de la Policía Nacional.

Eso permitió a Ortega renovar a Avilés por cuarta vez consecutiva, esta vez hasta el 21 de febrero de 2031, acumulando 21 años ininterrumpidos al frente de la institución.

Pero no quedó ahí.

Apenas cuatro meses después, en marzo de 2025, la Asamblea aprobó una reforma aún más profunda a la Ley 181, para “armonizarla” con la nueva Constitución sandinista promulgada en febrero de ese año. 

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La reforma modificó 40 artículos y añadió 16 más al Código Militar. 

Entre sus disposiciones centrales figuró la ampliación del tiempo de servicio militar activo de 40 a 45 años, sumada a una cláusula de “interés institucional” que faculta al régimen, a propuesta del propio comandante en jefe, para mantener a oficiales generales en sus cargos incluso después de superar el límite de 65 años. 

Ese mecanismo es, en la práctica, el que ha sostenido a Avilés, de 70 años, muy por encima del techo legal que en teoría rige a sus subordinados.

El resultado estructural, señala el investigador de seguridad, es lo que denominan un “tapón institucional”: unos 28 generales se han entronizado en los principales cargos de la cúpula, bloqueando el ascenso de oficiales más jóvenes que, en el esquema original de 1995, habrían tenido oportunidad de relevo generacional ya hace más de una década.

Dictadura en el Ejército 

La cosecha de reformas no se ha detenido. 

En julio de este 2026, el régimen de Ortega y Murillo presentó ante la Asamblea Nacional una nueva reforma constitucional que propone extender de seis a siete años el período de mandato de “todos los cargos de elección popular y las designaciones de la Presidencia”. 

Eso incluye, explícitamente, el cargo del comandante en jefe del Ejército y los jefes de las fuerzas policiales.

El presidente de la Asamblea, Gustavo Porras, lo planteó sin ambigüedades ante la Comandancia General llamada a “consulta” para reformar la Constitución: si el período presidencial se extiende a siete años, la misma fórmula aplicará “para el comandante en jefe de las Fuerzas Militares del Ejército de Nicaragua y para los jefes de las fuerzas policiales”.

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De aprobarse, como se prevé, en septiembre de 2026, el mandato de Avilés, que vencía en febrero de 2031, se extendería un año más, hasta 2032, cuando el general tendría 76 años.

Avilés, por supuesto, ya adelantó su respaldo institucional a la reforma en representación de la Comandancia General y del “Cuerpo de Generales”.

El resultado visible de todo este proceso es la fotografía que domina cada acto público del Ejército nicaragüense: generales de 65, 68, 70 años, sentados en primera fila, canosos o calvos, algunos con bastones y todos con lentes, viendo a Ortega extraviarse en sus discursos de arcas de Noé y helicópteros bombardeando a Sandino en los años 20. 

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