Una generación que “farmea aura”

Escuchá esta nota
0:00 / 0:00
1.0x

Lista de reproducción

  • No hay más artículos para escuchar
En países como los nuestros, a los jóvenes nos queda tan poco. Cuando la corrupción se adueña de todo, cuando las oportunidades se convierten en privilegios y pareciera que no queda más que salir de las cuatro paredes mentales de los señores que durante décadas han creído dominarlo todo, florece lo distinto. Y lo distinto, casi siempre, incomoda. No pasa mucho tiempo antes de que aquello que nace como expresión de rebeldía termine convertido en objeto de burla, desprecio y, eventualmente, persecución.  

En 1970 nacía en las calles de Nueva York el rap, como una derivación del funk y de otras expresiones urbanas. Rimas cargadas de poesía, hostilidad y denuncia, nacidas en barrios donde la pobreza, la exclusión y la falta de oportunidades eran parte del día a día. Jóvenes conquistando el espacio público para anunciarse y denunciar todo aquello que consideraban obsoleto. No tardaron en ser juzgados, ridiculizados, estigmatizados y posteriormente criminalizados. ¿Eso es lo que queremos seguir haciendo? ¿Criminalizar todo aquello que nace de lo desconocido simplemente porque no lo entendemos, aunque no afecte nuestra cotidianidad?

El problema son las élites: esos grupos específicos de personas que creen que pueden administrar el discurso entre la gente, decidir qué es válido y qué no, qué merece atención y qué debe ser ridiculizado.

Pero el mundo cambió. Hoy la comunicación está a un desliz de distancia y la agenda ya no se construye únicamente desde una sala de redacción, una oficina política o el escritorio de un dirigente. También está en lo que la gente piensa, comparte, comenta y cuestiona. Por eso quizás resulta tan fácil burlarse de una generación que “farmea aura”. Porque la generación que “farmea aura” también es la generación que está mirando cómo nuestra región cae en un abismo casi insalvable de autoritarismo: una Centroamérica donde algunos presidentes pretenden reelegirse las veces que quieran; una América Latina donde muchas veces quien gana las elecciones no coincide con lo que expresan las calles; ciudades confeccionadas para que otros, los de afuera y los de siempre, se aprovechen de ellas, mientras las periferias no invadan sus muros bonitos. Es también la generación que denuncia el genocidio que el Estado de Israel ha perpetrado contra la población palestina.

Podrán burlarse de nuestros memes, de nuestra forma de hablar o de nuestros códigos, pero quizás deberíamos preguntarnos si realmente no entendemos la política o si entendimos demasiado rápido que muchas de sus formas tradicionales dejaron de representarnos.

Y en Nicaragua no podemos perder de vista una realidad que roza lo cruel. Vivimos bajo una de las dictaduras más inhumanas de la historia moderna de nuestro continente, donde el precio de la vida y de la libertad lo disponen los dueños del régimen. Al otro extremo, una oposición cada vez más interesada en conquistar el agrado de Washington, alejándose progresivamente de quienes están en medio de esta crisis: la gente, los nadie. Una sociedad que grita al vacío porque muchas de las voces que parecen importar tienen apellidos o padrinos, que terminan simulando más aura que dos adolescentes en un parque.

Uno pudiera pensar que quienes ostentan la discusión pública en nuestro país carecen de espejos, pero el espejo está ahí: una ciudadanía empobrecida, sin empleo formal, migrante en casi todo el mundo, que poco a poco pierde la esperanza de recuperar lo que es suyo, o al menos lo que un día consideró suyo. Un país que alguna vez también “farmeó aura”: “Granero de Centroamérica”, “Revolución Sandinista”, “Más empleos, sí se puede”, “Obras, no palabras”, “Unidad, Nicaragua triunfa”, “El pacto limpio es el pacto con la gente”, “La ruta del cambio”, “Aún hay esperanza”.

Hoy todo parece callado, esperando pacientemente que Washington resuelva lo que en doscientos años no hemos podido resolver entre nosotros mismos. Y quizás ahí está la contradicción: nos burlamos de una generación porque dice que “farmea aura”, mientras quienes llevan décadas administrando la política siguen intentando convencernos de que poseen el aura suficiente para salvarnos.

El aura no se hereda, tampoco se decreta. Una generación que “farmea aura” quizás no tenga todas las respuestas, pero tiene algo que las élites parecen haber perdido hace mucho tiempo: la capacidad de mirar lo que existe y decir que ya no les gusta.

El autor es estudiante de Economía. Secretario general de Convergencia.

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí