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Decenas de miles de jóvenes nicaragüenses abandonaron las aulas universitarias después del estallido social de 2018 y ocho años después, la dictadura de Nicaragua no ha podido llenar ese vacío.
Son varios los datos e informes que revelan esa realidad, el más reciente de ellos es del politólogo Manuel Orozco, quien el pasado mes soltó un dato revelador sobre la matrícula universitaria en Nicaragua que revela una caída significativa: pasó de más casi 200,000 estudiantes en 2018 a cerca de 82,000 en 2026.
“Cerca del 51 % de los nicaragüenses son menores de 26 años. Ellos han sido expuestos a la ausencia de periodismo investigativo, a la censura y a la deseducación (escuelas y universidades cerradas, con una caída de la matrícula universitaria de 240,000 personas en 2018 a 82,000 en 2026)”, dijo Orozco en una columna de opinión en Confidencial.
El dato es oficial en voz de la mismísima dictadora Rosario Murillo el 9 de enero de 2026: “Tenemos también una buena información sobre las matrículas universitarias, que han sido muchas más de las que teníamos proyectadas», mencionó.
Murillo destacó que se habían matriculado 82,000 estudiantes “en las Universidades Pueblo Presidente”, que es como califican al conglomerado de campus públicos y confiscados.
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Universitarios migrantes
Un caso específico explica, en la realidad, un poco del fenómeno. Se llama Adrián Zeledón y salió de la Universidad Politécnica en 2021. Llevaba el tercer año de Diseño Gráfico cuando abandonó los estudios porque perdió, dice él, “el amor a los estudios” y “la esperanza en el país”.
Estuvo unos meses en Costa Rica y desde hace cuatro años reside en Zaragoza, España.
Allá en Europa se olvidó de sus sueños de universitario y tras varios cursos y trabajos informales, ahora, a sus 27 años, se dedica a labores de mantenimiento, reparaciones y reformas de piso.
Como él, gran parte de su generación abandonó las aulas de la Upoli y se dispersó por el mundo.
“Teníamos un grupo de 23 compañeros de clase a finales del año 2021, solo dos amigos que sus papas eran sandinistas terminaron las clases después que confiscaron la Upoli al año siguiente. Los demás nos fuimos”, dice mientras remacha las bisagras de unas ventanas en un piso de Zaragoza, donde vive una familia de refugiados nicaragüenses a quienes contó su historia.
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El drama es mayor
Ya antes, en enero pasado, el Centro de Estudios Transdisciplinarios de Centroamérica (Cetcam) publicó un estudio que devela el dramático deterioro de todo el sistema educativo bajo la dictadura Ortega Murillo.
Titulado “El comprometido futuro de Nicaragua. Desafíos en la educación de las juventudes”, la investigación vincula la caída de la matrícula universitaria en Nicaragua con un detrimento más amplio de las oportunidades educativas y de desarrollo para los jóvenes nicaragüenses.
Durante la presentación del informe en San José, la directora de Cetcam, Elvira Cuadra, explicó que las juventudes nicaragüenses, tanto las que permanecen en el país como las que emigraron, se alejaron de las aulas por distintas causas.
Entre ellas destacó la pérdida de la autonomía universitaria, las confiscaciones de universidades privadas, la imposición de programas de adoctrinamiento y el control político del sistema de educación superior.


Universitarios migrantes
El estudio de Cetcam sostiene que estos factores se sumaron al cierre de 37 universidades entre diciembre de 2021 y febrero de 2024, que afectaron directamente a unos 40,000 estudiantes.
El estudio recuerda que para 2022 el subsistema de educación superior estaba integrado por 48 instituciones y registraba una matrícula de 185,231 estudiantes, lejos de los más de 240,000 de 2018.
Cuadra también señaló que la migración masiva desde 2018 ha debilitado aún más el acceso a la educación superior.
Más de 800,000 nicaragüenses, según datos de Naciones Unidas, salieron del país. La mayoría de ellos, cerca del 61 por ciento, son menores de 30 años.
Según el estudio de Cetcam, alrededor del 10 % de la población juvenil abandonó Nicaragua entre 2018 y 2024, impulsada por la persecución política y la búsqueda de mejores oportunidades educativas y laborales.
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¿Adónde se ha ido la juventud?
Una revisión de LA PRENSA a los anuarios estadísticos del extinto Consejo Nacional de Universidades (CNU) revela que en 2017 —un año antes del estallido de la crisis sociopolítica— había 241,113 estudiantes matriculados.
En 2024, según la entonces presidenta del CNU, Ramona Rodríguez, esa cifra se redujo a 180,220 estudiantes.
Esto significaba que en 2024 había 61,893 estudiantes menos en las universidades.
Un poco más atrás, la disminución de la matrícula comenzó en 2018, año en que estalló la crisis sociopolítica, cuando se registraron 194,876 estudiantes matriculados, es decir, 47,237 menos en comparación con 2017.

Tretas para llenar espacios
Ante la renuencia de los jóvenes de volver a las aulas, la dictadura recurrió a diversas estrategias y tretas.
Aumentó la cifra de bachilleres al prohibir la reprobación de grados de secundaria; eliminó los exámenes de admisión a las universidades y centralizó el ingreso a las universidades públicas desde procedimientos masivos en línea para facilitar el acceso desde cualquier celular con datos.
En muchos casos, aumentó las ofertas de beneficios económicos para becas que cumplieran con la exigencia de requisitos políticos como afiliarse al FSLN, obtener una carta aval de un secretario político de su sector y escribirle una carta “al comandante Daniel y la compañera Rosario”.
A criterio del sociólogo Oscar René Vargas, la estrategia no dio resultados y la dictadura fue más allá: despidió a los rectores de las nuevas universidades confiscadas, eliminó al Consejo Nacional de Universidades para centralizar su estrategia en una sola ficha (Bismarck Santana ex Juventud Sandinista) y se apropió de los fondos del 6 % para distribuirlos a criterio partidario.
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Un extranjero como modelo
Ante el vacío, la dictadura ha recurrido a estudiantes extranjeros como modelo de esa educación universitaria “gratuita y revolucionaria”.
El pasado 2 de julio la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, UNAN-Managua, publicó como ejemplo a un estudiante palestino.
Tal es el caso de Feras Ahmed Maarouf, quien cursa el cuarto año de la carrera de Odontología y lo presentaron “como un profesional comprometido con el bienestar de la sociedad”.
La historia de Feras Ahmed Maarouf pasó a ocupar un lugar privilegiado en la propaganda de los medios oficialistas, redes sociales y portales de la dictadura sandinista.
El régimen presentó al estudiante palestino como la prueba de que el modelo universitario impulsado por el régimen Ortega Murillo ofrece una educación “gratuita y de calidad” capaz de atraer estudiantes extranjeros y de “trascender fronteras” mediante la solidaridad entre los pueblos.
La historia de Feras Ahmed Maarouf contrasta con la suerte de cientos de estudiantes cuyos registros fueron anulados desde 2018, con el rumbo de más de 40,000 que quedaron sin universidad al ser confiscadas y con la amenaza vigente en 2026 contra cientos de estudiantes de Medicina, quienes podrían perder sus estudios si reprueban una materia o no superan el porcentaje de 90 en sus calificaciones.
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Varios factores del fenómeno
El sociólogo nicaragüense Óscar René Vargas atribuyó la reducción de la matrícula universitaria en Nicaragua a una combinación de factores económicos, sociales y migratorios.
Destaca entre ellos la disminución de la inversión pública en educación, el deterioro del ingreso familiar, la migración masiva de jóvenes y el aumento del empleo informal.
El primer factor, explicó, es la reducción de la inversión estatal en educación, no solo en las universidades, sino en todo el sistema educativo. A su juicio, esa disminución también provocó la reducción de los programas de becas que anteriormente permitían a miles de jóvenes cursar estudios superiores.
Como ejemplo, recordó que en la extinta Universidad Centroamericana (UCA, confiscada en agosto de 2023) alrededor del 40 % de los estudiantes recibían becas financiadas con recursos del 6 % constitucional destinado a las universidades.
“Si esa proporción existía en otras universidades, es posible imaginar que muchos jóvenes dejaron de estudiar al perder ese apoyo económico”, afirmó.
El sociólogo añadió que otro elemento determinante ha sido el deterioro del poder adquisitivo de las familias nicaragüenses, cuyos ingresos resultan insuficientes para sostener los gastos universitarios de sus hijos.
Asimismo, consideró que una parte de los jóvenes que antes combinaban trabajo y estudios, o que podían estudiar gracias a una beca, ahora se han visto obligados a incorporarse de tiempo completo al mercado laboral, principalmente en el sector informal, para contribuir a la economía familiar.
Adiós a las aulas y al país
Finalmente, Vargas señaló que el exilio masivo registrado desde 2018 también ha reducido la población universitaria.
Recordó que entre 2018 y 2025 más de 800,000 personas abandonaron Nicaragua, la mayoría menores de 30 años.
“Esa migración representa una cantidad importante de estudiantes que antes estaban en las universidades y que salieron del país por razones políticas o económicas”, sostuvo.
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