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Desde que el obispo emérito Abelardo Mata regresó a Nicaragua a finales de los ochenta, ya era un enemigo declarado de los sandinistas. Se había ido a estudiar al extranjero y regresó como obispo auxiliar de Managua. Trabajó con la Contrarrevolución y luego lo acusaron de ser contra.
Mata siempre fue de las voces más críticas del régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo. Él mismo aceptaba su poca simpatía con ellos. “Más que antisandinista, no comulgo con la ideología comunista. La doctrina social de la Iglesia y el trabajo por el evangelio no comulgan con la explotación del hombre, porque en el fondo el comunismo es una explotación del ser humano”, dijo él mismo en una entrevista con la Revista Domingo en 2018.
Monseñor Juan Abelardo Mata Guevara ha sido uno de los religiosos más críticos al régimen Ortega Murillo durante los 33 años que estuvo al frente de la Diócesis de Estelí. Abogó por la democracia, la paz, la justicia y el desarme de grupos armados. También tuvo un papel importante durante el diálogo entre los manifestantes y la dictadura en 2018.

A sus casi 80 años, el obispo emérito de la Diócesis de Estelí está convertido en un rehén de la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo después de que se atrevió a orar por la Iglesia perseguida de Nicaragua, y por el desterrado obispo Rolando Álvarez, el pasado domingo 28 de junio, durante una misa en la iglesia Cruz del Calvario.
La Policía lo mantiene supuestamente bajo prisión domiciliaria, en su casa en Tisma, Masaya. “Supuestamente” porque no hay evidencia comprobable que esté en esa casa. Además de Mata, el sacerdote Francisco Morales y el diácono Wilfred Arauz Rodríguez también fueron detenidos, pero fueron dejados en “libertad condicional”, según reportó LA PRENSA.
El Ministerio del Interior informó que la Policía hizo a Mata “una necesaria indagación sobre origen de propiedades y vínculos familiares que no coinciden con la condición sacerdotal”.
Su crítica frontal contra lo que considera que está mal lo ha llevado a ser respetado en Estelí y parte del norte del país, donde por más de 30 años fue “el hombre duro de la Iglesia”, señala un religioso que trabajó con él. “La gente ve ahora que le quitaron a su pastor, a su obispo. Es algo que no les van a perdonar”, advierte.
La tragedia
Juan Abelardo Mata nació en Managua el 23 de junio de 1946 en el seno de una familia humilde y numerosa. Su madre tuvo 18 hijos en total, pero solo nueve sobrevivieron. Algunos fallecieron muy pequeños por diferentes circunstancias. Mata es el quinto de los que quedaron vivos.
Su madre, María Guevara, era panadera y hacía cosas de horno y reposterías que los hijos mayores y su esposo Gilberto Mata luego salían a vender a la calle para sostener a la familia. Como eran una prole numerosa, Mata jugaba beisbol con sus hermanos en el enorme patio de la casa ubicada en el barrio El Calvario, y a veces hasta sus padres se sumaban.
En la casa de los Mata Guevara eran devotos de la Virgen la Concepción de María, la santa patrona de Nicaragua. Cada 7 de diciembre salían por las calles de la capital a cantarle a la virgen, y dos días después, los 9 del mes, la madre de Mata los purgaba a todos los menores para que no les hiciera daño el gofio y los dulces que comían.

El hecho que marcó la infancia de Mata y gran parte de su vida fue la muerte de sus dos hermanas más cercanas. Fue en 1950 cuando Mata tenía 4 años y había ido de paseo con una tía y las dos menores de 13 y 15 al lago de Managua. Inflaron un neumático que utilizaron para chapalear, pero una ventisca fuerte los arrastró al fondo del lago.
Mata fue el único que sobrevivió porque fue rescatado por un soldado que estaba cerca de la costa, pero sus hermanas nunca volvieron a salir del agua, según contó en 2018 él mismo a la Revista Domingo. “Recuerdo ese periodo de mi vida muy doloroso. Esa experiencia marcó mi vida”, relató entre lágrimas.
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El luto por sus hermanas lo cargó por muchos años mientras iba creciendo. Llegó a cumplir 10 años y cada mediodía, Mata seguía esperando sentado en la puerta de la casa que sus hermanas llegaran del colegio, según relató al programa Nuestra Fe, de EWTN en Español, en 2016.
En más de una ocasión, Mata se escapaba al lago para buscarlas y cuando su madre se dio cuenta lo castigó. Sin querer, esa tragedia lo acercó a Dios y al sacerdocio.
Cuando tenía 10 años supo que los jesuitas estaban dando clases de catecismo en la Quinta Nina, cerca del lago, así que convenció a su madre de que le diera permiso de ir “no porque yo quería el catecismo, sino porque yo quería encontrar a mis hermanas”, relató.
Su madre aceptó y una vez en el catecismo, él hablaba con la gente, pero su mirada y atención realmente estaban puestas en las aguas del lago que se tragó a sus hermanas.
En una de las charlas de catecismo estaban hablando sobre Dios y él preguntó:
—Los que han muerto, ¿dónde están?
—Están en Dios –le respondieron.
Fue entonces que Mata sintió su llamado al sacerdocio. Dejó de buscar a sus hermanas y comenzó a buscar a Dios.
Locuras de muchacho
Cuando Mata le dijo a su familia que quería convertirse en sacerdote, su madre pensó “que eran locuras de muchacho” y que los jesuitas lo estaban engañando porque en el Colegio Loyola donde estudiaba lo pasaron de tercer grado a quinto, ya que tenía buenas notas. Pues su madre lo sacó del colegio y lo hizo repetir el año.
Mata se sintió avergonzado con los jesuitas y empezó a acercarse a los salesianos. Tenía buenas notas y su vocación sacerdotal estaba a flor de piel, pero al terminar la primaria no quería estudiar la secundaria en la escuela pública, pero tampoco quería ir al Seminario porque pensaba que su mamá no iba a tener dinero para comprarle una sotana, según contó a EWTN en Español.
Los salesianos entonces le dieron una beca para irse a un Seminario en El Salvador a los 13 años. Su madre aceptó dejarlo ir al verlo convencido de su fe. No eran solo locuras de muchacho como ella pensaba. Finalmente partió hacia ese país en donde terminó la secundaria.

Luego, los salesianos lo mandaron para Guatemala a estudiar Filosofía, y también estuvo en Costa Rica y Panamá. Para 1972, se quedó todo diciembre preparando a unos niños para su catequesis cuando sucedió el terremoto de Managua.
Los superiores le dieron permiso de viajar para ver a su familia, e incluso lo acompañaron. Cuando llegó, vio que la que casa completa se había venido abajo. “Distinguí la casa por la refrigeradora y los roperos que estaban en pie. Todo lo demás caído”, contó a EWTN.
Y debajo de los escombros estaba el cadáver de su padre Gilberto Mata. El obispo contó que lo enterraron tal y como él quería, envuelto en una sábana, sin ataúd y con un árbol plantado sobre su tumba poque quería ser abono para la naturaleza. “Se cumplió todo menos lo del árbol”, detalló.
De la Contra a Alemán
Juan Abelardo Mata fue ordenado como sacerdote el 15 de agosto de 1976. Tenía 30 años y aún cargaba con el luto de sus hermanas, pero cuando lo ordenaron decía que no podía seguir con eso y se desprendió.
Fue destinado a la Ciudad de Guatemala, en la zona ocho, en la parroquia la Divina Providencia. Luego se fue a Roma a estudiar Ciencias Bíblicas por cuatro años, estudios que terminó en Jerusalén. Regresó a Guatemala en donde ejerció seis años la cátedra de Ciencias Bíblicas y de ahí fue llamado como obispo auxiliar de Managua, el 19 de marzo de 1988.
Para entonces el país estaba sumergido en una guerra civil entre sandinistas y la guerrilla de la Contrarrevolución. Como obispo, Mata anduvo en las montañas viendo los problemas y demandas que tenían los rebeldes armados y defendía a los guardias somocistas que llevaban años apresados por los sandinistas.
“Tenía buena relación con el cardenal Miguel Obando (entonces arzobispo de Managua), era su mano derecha prácticamente y los dos estaban en contra del sandinismo. Decía que los sandinistas eran un cáncer para el país al ver la realidad y el sufrimiento de los campesinos y fieles en las montañas”, detalla la fuente que trabajó con el obispo.
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El mismo Mata se refería con acento victorioso sobre la Contra. Decía que ese grupo militar obligó a los sandinistas a sentarse a negociar, pero que ahí los sandinistas fueron más hábiles porque lo que no lograron en el campo de batalla, lo consiguieron en la mesa de negociación.
“Lograron que la Contra se desarmara y sin ellos entregar las armas, que por más que le dijimos a doña Violeta que exigiera las armas, no se atrevió a pedir las armas y ellos se quedaron con la Policía y el Ejército”, comentó a EWTN.
En medio de la transición a la democracia que vivía el país en 1990, Mata fue nombrado obispo de Estelí y desde su diócesis fundó las comisiones de justicia y paz para tratar de calmar a los grupos de rearmados que estaban inconformes con la resolución de la guerra y amenazaban con iniciarla nuevamente.
Incluso se ganó el apodo del “pacificador de Las Segovias” para algunos, comenta la fuente. Para otros, el obispo Mata era “un recontra”, debido a su cercanía con esos grupos armados la cual nunca negó y por el contrario aseguraba su existencia y mediaba en sus problemas.
“Era el hombre duro de la Iglesia en el norte. La gente lo quería por su labor pastoral y por las cosas que hacía y que ciertamente beneficiaban a la comunidad”, comenta la fuente.
Mata fue fundador del Instituto Técnico Agropecuario de la Diócesis de Estelí, así como rector de la Universidad Católica del Trópico Seco, en donde se formaron miles de jóvenes. También fundó el grupo cívico Ética y Transparencia.

Con los años, Mata se convirtió en una de las voces más duras de la Conferencia Episcopal, pero también se le señalaba de ser cercano a Arnoldo Alemán, se le veía entrar y salir de la sede del Partido Liberal Constitucionalista (PLC), y cuando Alemán cayó preso por actos de corrupción, Mata señalaba irregularidades en el proceso. Por ello lo acusaba de defender al expresidente corrupto. Sus detractores incluso le decían que era el miembro más activo del PLC.
LA PRENSA le preguntó en 2004 sobre su cercanía con Alemán y él respondió con una carcajada. “Ahí me apareció un señor diciendo que yo era el hombre más activo del PLC. Da risa, cómo es tan obtusa la mente”, se defendió.
También negaba ser partidario del PLC. “Yo no he actuado en mi vida, en ningún momento, por ningún partido político ni verde ni rojo y negro ni rojo sin mancha o manchado. Mi objetivo es la política del Padre Nuestro”.
En aquellos años, Mata era el presidente de la Asociación Nacional pro Derechos Humanos (ANPDH) e iba activamente a los juzgados y a la Corte Suprema de Justicia para denunciar supuestas violaciones a los derechos humanos contra Alemán. Lo hacía vestido de cotona y con el crucifijo colgado sobre el pecho, pero insistía en que nada de eso lo hacía en su calidad de obispo.
“Desde el momento en que se han manipulado los términos legales, las formas legales y la misma adhesión de la ley, sólo para aplicarla a una persona, ahí todo está viciado. Eso es lo que hemos dicho. Jamás hemos dicho que el señor Alemán es inocente. Eso no nos toca a nosotros decirlo. Lo que hemos pedido es que se hagan las cosas conforme ley y justicia”, insistió a LA PRENSA en 2004.
Mata incluso llegó a mediar entre los liberales para que participaran unidos en las elecciones contra Daniel Ortega. Para los comicios presidenciales de 2011, José Rizo lo buscó para que unificara al grupo de Arnoldo Alemán con el de Eduardo Montealegre. Fueron 11 meses de negociaciones, pero no pudieron consolidar la unidad. “Se traicionaron y yo me aparté”, recordó Mata a la Revista Domingo en 2018.

Crítico de Ortega
Cuando Daniel Ortega regresó al poder en 2007, Juan Abelardo Mata ya criticaba la concentración de poder, la cooptación de la Policía y el Ejército, los abusos cometidos contra campesinos y denunciaba la aparición de grupos armados con motivaciones políticas. Esto lo puso en la mira del régimen.
En agosto de 2014, Mata denunció que se sentía “investigado” por la Policía debido a que lo vigilaban y preguntaban en Estelí si él tenía nexos con los grupos de rearmados.
El obispo tenía tiempo llevando la contraria al régimen sobre la existencia de estos grupos con motivaciones políticas en las montañas del norte. El Ejército decía que eran grupos delincuenciales que se dedicaban al crimen organizado o al abigeato y que los tratarían como tal.
“Negar los grupos armados es una política del Gobierno porque a ellos no les conviene admitir esto, porque botarían ese castillo que se han construido de ser el país más seguro de Centroamérica y de la Policía eficientísima que custodia la alegría de la ciudadanía”, explicó Mata en declaraciones a LA PRENSA en 2014.
El obispo explicó el fenómeno en 2018. “Cuando ven que el señor (Daniel Ortega), actual primer ciudadano, toma la presidencia en 2007, ven que las cosas se repiten y ellos mismos toman las armas. Desde siempre les hemos dicho a ellos que no es a través del camino de las armas que puede restablecerse la paz social”.
Desde los medios de comunicación oficialistas los sandinistas atacaban a Mata con toda clase de calumnias. Que tenía hijos, que protegía a sacerdotes acusados de violación sexual, que dirigía una red de falsos curas, que era homosexual y más.
Lo acusaron también de apoyar la lucha armada contra Ortega, pero en realidad, al menos públicamente, no la respaldó. Sí reconocía que existían motivaciones políticas detrás de algunos rearmados, pero insistía en que la violencia no era una solución. Incluso poco antes del estallido de abril 2018, Mata se refirió a ellos como grupos delictivos.
“Allí andan esos grupos rearmados que no llevan toda una pureza y que para sobrevivir tienen que hacer acciones que van reñidas con la ley”, dijo a LA PRENSA. “Por el hecho de llevar el arma de forma irregular están delinquiendo”, insistió y agregó que el Ejército en todo caso debía llevarlos ante la justicia como corresponde y no exterminarlos como venía haciendo. “No es cuestión de sofocar un delito con otro delito”.

Además de los rearmados, Mata tenía posturas críticas con algunas medidas tomadas por el régimen y que fueron polémicas. Por ejemplo, él fue uno de los principales críticos de la Ley Integral contra la Violencia hacia las Mujeres, la Ley 779. Incluso llegó a afirmar que “el número de la bestia ya no es 666, sino 779”.
Mata cuestionaba la eliminación de la mediación en determinados casos y el enfoque que, a su juicio, enfrentaba jurídicamente a hombres y mujeres, y destruía a las familias. “Esta ley es injusta, un revanchismo contra el varón, y no podemos construir esta nación en una oposición entre mujeres y hombres”, insistía el obispo en medios de comunicación.
Esto generó reacciones de organizaciones feministas que lo acusaron de minimizar la violencia contra las mujeres. El colectivo La Corriente impulsó entonces una campaña satírica titulada “Embustero”, mientras activistas protestaban aprovechando la conjugación de su apellido: “¡Cuidado, Obispo Mata!”
En la mira del régimen
Si desde antes ya era incómodo, Mata se convirtió en objetivo definitivo del régimen en 2018, cuando era el secretario de la Conferencia Episcopal y durante el Diálogo Nacional en el que fungió como mediador con los otros obispos, él tomó la palabra y le dijo de frente a Daniel Ortega: “No es una petición, es una exigencia que hace la Conferencia Episcopal, que se retire la Policía a sus cuarteles”. Y le aconsejó antes de dar por concluida aquella primera sesión: “Repiense con su gabinete los caminos que ha recorrido”.
Ese fue uno de los tantos episodios que dejó la sesión de aquel diálogo, pero que lo pusieron en la mira del régimen junto a los obispos Silvio Báez y Rolando Álvarez. El primero fue obligado al exilio y el segundo sufrió asedio constante, hasta que fue encarcelado por más de dos años y posteriormente desterrado hacia Roma junto al obispo de Siuna, Isidoro Mora. También el obispo de Jinotega, Carlos Herrera, fue desterrado hacia Guatemala tras quejarse de que las turbas sandinistas no lo dejaban oficiar una misa.
En otra declaración de 2019 afirmó que Ortega y Rosario Murillo ya no podían ofrecer una salida a la crisis nacional porque, según sus palabras, tenían “las manos muy manchadas de sangre de tantos inocentes nicaragüenses”.
Desde aquellos años ya enfrentaba amenazas e incluso la Policía lo vigilaba y paramilitares lo retenían en la carretera cuando se trasladaba por los pueblos. Por su seguridad dejó de salir y en julio de 2021 presentó su renuncia como obispo de Estelí, a los 75 años, tal como lo establece el derecho canónico. El papa Francisco se la aceptó, pero Mata siguió ejerciendo su labor pastoral aun en medio de las amenazas y las enfermedades que lo aquejan.

Mata casi se muere de un infarto. En una ocasión asistió al médico y este se sorprendió porque no entendía cómo era posible que estuviera caminando con los resultados fatales que arrojaban unas muestras médicas que se hizo. Tenía una arteria obstruida, y otra a punto de obstruirse. Lo operaron de inmediato y le pusieron un marcapasos con el que ha vivido los últimos años.
Mata también padece de diabetes y tiene problemas en su ojo derecho, el cual tuvo que operarse. Sus problemas de salud son los que le preocupan a sus cercanos porque, debido a la falta de atención de estos, puede correr el mismo destino que otros presos que han muerto en manos del régimen.
“Está incomunicado. Lo único que sabemos es que lo tienen en Tisma. Nada más”, detalla el religioso.
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