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Sin ánimos de lavarle la cara a la dinastía somocista, el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo superó las condiciones carcelarias en las que encierran a sus detractores políticos. “Se respetaban más las formas. Completamente”, dice una persona que estuvo presa en tres ocasiones por razones políticas en tiempos de Somoza. “No es que estábamos cagados de risa tampoco, pero sin duda había mejor trato”, agrega.
“Hasta me da pena contar ahora las condiciones carcelarias en las que estábamos cuando se habla de las cárceles actualmente”, coincide otro exprisionero del somocismo. “No hay comparación. Es una cosa alucinante lo que hay hoy en día”, detalla.
La dinastía somocista imperó en Nicaragua durante 42 años y por sus cárceles pasaron miles de presos políticos, incluido el mismo Daniel Ortega y muchas figuras del sandinismo y políticos que tiempo después se convertirían en personajes relevantes en el país.
Sin embargo, los presos de ayer y los de hoy señalan varias diferencias en los regímenes carcelarios que permiten concluir que una dictadura fue superando a la otra en sus métodos de aprisionamiento. Es decir, los sandinistas en los ochenta superaron a los Somoza, y Daniel Ortega junto a Rosario Murillo superaron hoy en día a los Somoza y al primer periodo de los sandinistas en el poder.
Los Somoza
Fue a Anastasio Somoza García a mediados de los cincuenta, antes de que muriera asesinado por Rigoberto López Pérez, a quién se le ocurrió crear una cárcel que permitiera que los reos fueran reformados para que luego se insertaran a la sociedad. Así nació La Modelo, el Sistema Penitenciario ubicado en Tipitapa. Su construcción empezó en 1955 y se comenzó a usar en 1966.
Antes de eso estaban otras cárceles como las de El Hormiguero y La Aviación. Esta última es la que hoy conocemos como el Complejo Policial Ajax Delgado en Managua.

En el somocismo —señalan quienes estuvieron en sus celdas— los periodos de detención más largos por cuestiones políticas solían ser de 6 a 7 meses. “Una gran diferencia con los presos de ahora que los dejan años. Hay gente que lleva ahí presa desde 2018”, detalla una persona que estuvo presa en tiempos de los Somoza.
Sin embargo, hubo presos que sí guardaron muchos años de detención durante el somocismo, como el mismo Daniel Ortega que estuvo 7 años y 42 días en prisión tras el asalto a una sucursal bancaria. “De hecho, él ostenta el tercer mayor periodo de cárcel entre los sandinistas que cayeron presos durante el régimen de Somoza”, señala el periodista Fabián Medina en su libro El preso 198.
En aquellos años, la ley obligaba a las autoridades a poner al reo a la orden de un juez de policía en un plazo máximo de 10 días. Dicho periodo solía respetarse y solo en casos excepcionales había presos desaparecidos. “Uno de esos casos fue de Tomás Borge que estuvo desaparecido poco más de un mes y ya después lo llevaron a La Modelo y fue presentado a su familia”, recuerda la persona que estuvo presa bajo la dictadura somocista.
El relato de esta persona coincide con lo que cuenta Medina en su libro sobre el proceso de detención de los presos. Primero eran llevados a las celdas de la Oficina de Seguridad Nacional (OSN) donde “a los sandinistas por lo general los torturaban. A los que andaban en protestas pacíficas o así, sin ser sandinistas necesariamente, nos daban golpizas para obligarnos a admitir delitos o cosas así”, relata la persona.
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Medina describe en su libro que uno de los métodos de tortura que vivió Ortega junto a su compañero Harold Solano fue que “los obligaron a comerse uno el vómito del otro y fue en esos primeros días que el teniente Agustín Torres López, el Coto, en un arranque de furia le pegó una patada a Ortega en la sien derecha, que le dejaría una marca que hasta el día de hoy se aprecia en su rostro”.
Daniel Ortega contaría en noviembre de 1994 a la revista El País —citada por Medina en su libro—, que “cuando uno se recuperaba (de las torturas) venían con la picana eléctrica a darte choques en las partes donde tenías heridas. (…) Te metían a una de esas celdas que tantas hay en la Seguridad, llamadas ‘chiquitas’, donde uno no puede estar de pie, nada más acostado. Estabas esposado, sin comida, solo te pasaban agua, para que no te murieras. Cuando a los dos, tres días, te sacaban al interrogatorio, te escapabas de desmayar de mareo. Y otra vez, la misma sesión de torturas: los golpes, las patadas, el chuzo eléctrico”.
Todo eso sucedía dentro del periodo de 10 días que les daba la ley para presentar a los reos ante un juez y llevarlos a una prisión. A Ortega lo llevaron primero a El Hormiguero donde le tomaron sus datos, luego a La Aviación y seis meses después fue enviado a La Modelo en donde se convirtió en el preso 198 en entrar a ese penal.
Bajo el régimen orteguista que existe hoy en Nicaragua, la Policía maltrata a los presos políticos desde el momento de su captura y luego son llevadas con rumbo desconocido y no dan razón a sus familiares ni en Auxilio Judicial, ni en las delegaciones policiales, ni en los centros penitenciarios.
Algunos son presentados tiempo después hasta que están enfermos o casi moribundos. El caso más reciente fue el de Brooklyn Rivera que después de casi tres años capturado, el régimen no daba razón sobre él hasta que un día lo presentó postrado en la cama de un hospital, muy enfermo y casi moribundo. 72 horas después, Rivera falleció.

Algunas “comodidades”
Entre las cosas que le apena contar al ex preso del somocismo está que los guardias de La Modelo permitían que tuvieran electrodomésticos pequeños en sus celdas, e incluso había un puesto dentro de la prisión donde les permitían guardar comida a cambio de unos centavos.
“Los que podían en su celda tenían una cocina o una refrigeradorita pequeñita. Los que podían porque entre los colaboradores del Frente Sandinista había gente de la burguesía o gente de alto rango o poder. Había también como una cantinita en cada pabellón de la cárcel donde uno pagaba unos centavos y ahí te guardaban que la carne, que los chorizos”, relata el exreo.
A las familias les permitían llevar provisiones de todo tipo. Los presos políticos recibían visitas una vez por semana, además de una conyugal cada 15 días. Incluso había una sala grande en donde los reos se reunían para jugar dominó, ajedrez, para leer, o simplemente ver televisión. “Alguien que no estuvo preso en esa época, no me podría creer”, detalla el exreo.
Fabián Medina también relata en su libro que tanto Ortega como otros presos sandinistas “tenían derecho a visitas y a que les llevaran alimentos como pinolillo, avena, pan, tortilla, queso y jalea”.
De hecho, la madre de Ortega, Lidia Saavedra, fue presidenta de un comité de madres de presos políticos y en una entrevista concedida muchos años después relató que los presos sí tenían “privilegios”, pero que habían sido conseguidos después de la presión de los familiares.
“Tuvimos que luchar mucho tiempo para que los sacaran al sol, hicieran ejercicio y para poder llevarles comida cada semana. Cada privilegio concedido fue resultado de lucha, protesta y presión constante”, declaró Saavedra.

Otra persona que estuvo presa bajo el somocismo recuerda que una constante durante las visitas familiares era que a las mujeres las ultrajaban. Algunas de ellas conseguían meter cosas como botellas de licor ocultas en sus genitales.
Algunos guardias hasta querían manosear de más y las mujeres protestaban. “Era excesivo y a veces ultrajante, pero las mujeres protestaban y se iban donde el alcaide y se quejaban con él y no se dejaban”.
A modo de anécdota se cuenta que, en una ocasión, la hermana de un preso político se desabotonó el vestido largo que llevaba puesto, se abrió mostrando su cuerpo desnudo y le dijo a un guardia: “Mirá mi amor, aquí podés ver, pero no vas a tocar”. Y el guardia no tocó.
Bajo el actual régimen carcelario de los Ortega Murillo esto sería una acción intrépida que puede llevar a la cárcel a más de algún familiar “porque lo consideran como desafío a su autoridad y porque ven a los familiares como seres de menor escala”, valora uno de los ex presos.
Algo así sucedió con Martha Ubilla la madrugada del 11 de enero de 2023. Un día antes, la mujer de 60 años pidió en público la libertad de su hijo Marvin Castellón Ubilla y fue suficiente para que llegaran a apresarla. Ella misma había denunciado que en visitas que había hecho a su hijo los guardias de La Modelo trataban de manosearla en sus partes íntimas y cuando reclamaba, estos le respondían que era parte de la requisa para poder ver a su hijo.
Por otro lado, las familias de los actuales presos políticos han denunciado que ni siquiera les permiten llevarle paquetería a sus reos. Mucho menos les dejan la entrada de ropa o medicamentos, aunque estos sean pacientes crónicos.
El Colectivo de Derechos Humanos Nicaragua Nunca Más ha señalado que esta es una de las preocupaciones más urgentes entre los familiares de presos, pues temen que algunos mueran en prisión o su salud se deteriore, como ya ha sucedido con algunos que terminaron muriendo en cautiverio como Humberto Ortega, Hugo Torres o el mismo Brooklyn Rivera.
Cárceles revolucionarias
La llegada de los sandinistas al poder el 19 de julio de 1979 marcó un giro en las cárceles del país. No es que empezaron a respetarse los derechos de los reos, sino que los carceleros se convirtieron en los torturados y los encarcelados en los torturadores, convirtiendo así a la justicia en venganza política.
No les bastó con encerrarlos y torturarlos. Algunos prisioneros de los años ochenta fueron ejecutados mientras estaban bajo la tutela de las nuevas autoridades rojinegras.
No existe una cifra oficial de cuántos presos políticos hubo en los años ochenta, pero en octubre de 1987, el presidente de la Comisión Permanente de Derechos Humanos, Lino Hernández, denunció que en Nicaragua había más de 9,500 presos políticos en todo el país. De estos, siete mil eran acusados de ser “contras” y el resto eran exguardias nacionales.

La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), por su parte, contabilizó que hasta 1988 había 1,822 detenidos con procesos ante los Tribunales Especiales, y otros 1,532 presos por actividades contra la seguridad de Estado.
Según el libro Burla sangrienta del régimen sandinista al Plan de Paz de Esquipulas II, escrito por Wilfredo Montalván, para 1987, el comandante Bayardo Arce, quien era vicecoordinador nacional del Frente Sandinista en aquel entonces, dijo que “no podemos liberar a los 3,000 exmiembros de la dictadura somocista prisioneros desde el triunfo revolucionario de 1979. Hacer esto sería la antítesis de la Revolución”.
En la actualidad, Bayardo Arce permanece detenido por la dictadura que ayudó a construir y acusado de lavar casi 5 mil millones de dólares, un delito que hasta los mismos críticos de Arce han valorado como ridículo.
Por otro lado, aunque no se han documentado ejecuciones masivas en las cárceles orteguistas, sí se han registrado casos en que a los presos los dejan morir por sus mismas condiciones médicas que no son atendidas, o porque las torturas y condiciones en las que están detenidos empeoran su situación de salud.
Ejecuciones masivas
Un informe de la CIDH con fecha de octubre de 1983 indica que hubo ejecuciones ilegales y secretas de personas detenidas en la prisión conocida como La Pólvora, ubicada en Granada. “Un número no determinado de presos fueron sacados en grupos de la cárcel durante la noche, llevados a un lugar fuera de ella, ejecutados y enterrados en fosas comunes”, se lee en el informe.
Algunos de estos eran los médicos Francisco Mayorga y César Rivas Guillén, además de Róger Alfonso González, Exequiel Zavala Jiménez, Gabino Velázquez Meza, Jorge Villalobos Toruño, Gustavo Adolfo Marín, Luis Martínez Mercado, y muchos más. Todos acusados de ser somocistas.
En una comunicación de septiembre de 1983, el gobierno sandinista aceptó que hubo una ejecución masiva en La Pólvora y responsabilizó al entonces alcaide de la prisión Marvin González Ruiz.
En otras cárceles como La Barranca en Estelí, La Perrera en Matagalpa, La Humedad en Chontales, La Fortaleza en Río San Juan, y la misma cárcel La Modelo de Tipitapa, también hubo ejecuciones de reos. Muchas de estas cárceles fueron bautizadas con nombres de combatientes sandinistas.
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A La Pólvora por ejemplo la llamaron Luis Enrique Largaespada; a El Coyotepe le pusieron Benjamín Zeledón; a La Modelo la nombraron Jorge Navarro. La más temida de todas era la Loma, en Tiscapa, en donde también quedaba el Palacio Presidencial de los Somoza. A esa le pusieron el Chipote, el nombre del cerro donde Sandino empezó a combatir en sus tiempos.
En el Chipote, los Somoza habían construido calabozos y mazmorras por donde pasaron sus rivales políticos más connotados. Desde el periodista y director mártir de LA PRENSA, Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, hasta el mismo Daniel Ortega.

También surgieron varias cárceles clandestinas. La más conocida era la Quinta Ye, en León, que era un centro recreativo confiscado a una señora llamada Yolanda Blanco. “Los sandinistas se la tomaron y la convirtieron en cárcel y oficina de la Seguridad del Estado. Allí trabajaban Ana Isabel Morales y Carlos Nájar y sucedieron graves violaciones a los derechos humanos contra muchas personas que por ese lugar pasaron”, cuenta Vilma Núñez, en un texto publicado en la Revista Envío en 2018.
“Inmediatamente después del triunfo de la Revolución se dio una proliferación de cárceles por todos lados. En León aparecieron muchas: cerca de mi casa por el Pochote una cárcel, más adelante otra, por El Calvario otra más… Un montón de casas las habían convertido los sandinistas en cárceles y allí habían metido a gente conocida como somocista y a gente que no era somocista”, apunta Núñez, quien entonces era vicepresidenta de la Corte Suprema de Justicia (CSJ).
Núñez había estado presa por el somocismo en el Fortín de Acosasco, una cárcel en León famosa por su aspecto tenebrosa y por sus ratas que parecían gatos que deambulaban entre los presos de celda en celda.
En esa cárcel “había unos subterráneos tapados y al levantar aquellas tapas había gradas y por ellas se bajaba. Cuando levantaron las tapas vi sentado en las gradas a un hombre de apellido Espinales, uno de los torturadores del somocismo en León, quien con un tal Chele Aguilera eran el terror en la ciudad y sus alrededores. Ahí lo tenían encerrado. Espinales se me quedó mirando. Y, aunque no supe ni cómo ni cuándo, lo mataron”, relata Núñez en su texto.
Condiciones “horrorosas”
En los ochenta, las denuncias de vejámenes en las cárceles nicaragüenses causaron tanto eco que la CIDH solicitó visitarlas para constatar que todo estaba en orden, como los sandinistas decían. En su afán por mostrarse al mundo como los salvadores de Nicaragua, los sandinistas permitieron la entrada de la Comisión y así documentaron varios casos espeluznantes.
La cárcel que más sorprendió a los miembros de la misión de la CIDH fue la de El Coyotepe. En esas celdas subterráneas, sin luz ni ventilación, había 140 presos. La Comisión recomendó no utilizar más esa cárcel “dada sus horrorosas características, no susceptibles a ser cambiadas”.
En una comunicación que envió el gobierno revolucionario a la CIDH después de esa visita, afirmaba que El Coyotepe había sido cerrado como centro penitenciario, pero Vilma Núñez en su escrito asegura que esa prisión fue utilizada hasta que doña Violeta Barrios de Chamorro llegó al poder en 1990.

Conocieron el caso de Alberto Suhr, un arquitecto condenado por somocista y que padecía de polio. Estaba en un calabozo en el Chipote, sordo del oído derecho y con el dedo meñique de la mano derecha sin movilidad debido a golpes recibidos con un tubo.
Al joven Donaldo Rico Morales lo encontraron en la cárcel Héroes y Mártires de Nueva Guinea, conocida como Zona Franca. Tenía 22 años y había sido miembro de la EEBI por seis meses. “Fue salvajemente torturado hasta el extremo de tener dos costillas quebradas y hematomas por todo el cuerpo. Un médico que estaba preso lo examinó y dijo que los hematomas se debían a sangre coagulada, el más grande lo tenía en la zona baja del omóplato”, dice el informe de la CIDH.
La Comisión visitó 10 cárceles en todo el país en los primeros años de la Revolución y solamente encontró una en buenas condiciones: la Cárcel de Mujeres Ruth Rodríguez, en Granada.
En otros centros penitenciarios como La Modelo, la CIDH encontró que “las condiciones de hacinamiento, alimentación, higiene y cuidados médicos son verdaderamente inaceptables en esta cárcel”. Tenía capacidad para 1,800 reos, pero había 2,450 personas detenidas. Eran siete grandes pabellones distribuidos a partir del edificio principal, tres a cada lado y uno al fondo. La Chiquita, que era una celda de castigo, estaba separada de los pabellones.
Según la CIDH, los presos eran obligados a cantar el himno sandinista y asistir a discursos políticos obligatorios que normalmente les daba Edén Pastora. “Nos llamaba basura, gusanos y nos decía que nos íbamos a morir ahí. Por un momento llegué a creerlo”, recordó el exguardia Frank Zapata a la Revista Magazine en agosto de 2021.
Tambien visitaron el Chipote y fue Tomás Borge quien los recibió. Ahí, las celdas medían tres metros cuadrados y todas tenían camas y un pequeño lavamanos que también servía de urinario.
“El Chipote también tiene una celda de castigo que se llama la Chiquita y aunque está supuesta a ser de uso individual, en algunas ocasiones ha alojado hasta nueve presos. La Chiquita no tiene baño ni luz natural y la luz eléctrica permanece encendida durante las 24 horas del día”, indicó el organismo.
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