comidas nicaragüenses en el extranjero

Una verdadera odisea se convierte a veces, para los migrantes nicaragüenses, encontrar los ingredientes para las recetas tradicionales que les ayudan a mantener viva la conexión con el país. LA PRENSA/ARCHIVO

Nicaragua en el plato: cuando los migrantes buscan su patria en las comidas

Cerca de 1.5 millones de nicaragüenses lidian a diario, desde el extranjero, con la difícil tarea de encontrar los ingredientes para cocinar los platos que los acercan emocionalmente a la patria lejana

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Todo empieza casi siempre igual: un recuerdo inesperado sobre un aroma o sabor entrañable, que pronto muta en un antojo pequeño y luego crece como una pregunta que parece fácil, hasta que la realidad de vivir en otro país la vuelve un rompecabezas: “¿Dónde consigo culantro para una sopa de costilla?”

Un nicaragüense entra a un mercado —en Dublín, en Zaragoza, en Lansing, en un pueblito de Extremadura o en una ciudad canadiense cubierta de nieve— y se queda viendo estantes como quien busca una cara conocida entre desconocidos.

Toca una raíz, huele una hierba, lee etiquetas que a veces no entiende y termina preguntando casi con señas con una foto en la pantalla del teléfono y el traductor de Google: “¿Frijoles rojos?”

Este 2025 que agoniza, la diáspora nicaragüense se mantuvo como un fenómeno gigantesco en su historia.

Entre 2018 y finales de 2024 se estima que alrededor de 1.5 millones de nicaragüenses viven fuera del país, cerca de una quinta parte de la población de 6.9 millones.

Estados Unidos concentra el grupo más numeroso con 800,000 nicaragüenses; Costa Rica sigue siendo destino histórico que alberga a cerca de 500,000 y España creció como tercer polo con cerca de 90,000; y el mapa se extiende a Canadá, México y distintos rincones de Europa.

Cada historia tiene su ruta, su pérdida y su nueva rutina, pero muchas coinciden en algo: el primer golpe del exilio suele sentirse en la cocina. O en la lengua.

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Muchas familias nicaragüenses en España encargan comestibles tradicionales de Nicaragua a pequeños negocios conocidos como «locutorios», que se encargan de importar productos nostálgicos. LA PRENSA/ARCHIVO.

Buscando achiote en Dublín

Marcela García, 28 años, activista nicaragüense de una organización feminista, llegó a Dublín, Irlanda, en 2023 como solicitante de asilo.

Antes había pasado desde 2019 en Costa Rica, refugiada, aprendiendo también a empezar de nuevo a unos 300 kilómetros de distancia de su país.

Pensó que ya tenía callo para la distancia, pero Irlanda le mostró otra lejanía: la del clima y, sobre todo, la del sabor. “Lo más duro no fue el inglés”, dice. “Fue no encontrar una comida que me conectara con Nicaragua”.

Los primeros meses fueron de ensayo y error. Compraba frijoles enlatados que se parecían en color, pero no en textura. Cocinaba sopas sin culantro o yerbabuena, sin naranja agria, sin ese “algo especial” que su madre solía mezclar.

Las tortillas no le quedaban igual. El queso era queso, sí, pero no sabía nada parecido y era, de lejos, menos sabroso que la cuajada ahumada que solía comerse en casa. Había días en que el antojo se le volvía tristeza y la tristeza se le volvía cansancio.

“A veces solo me hacía un sándwich o un burrito recalentado y ya me evitaba la frustración”, narra por mensajería.

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Hasta que apareció el dato. Una amiga nicaragüense le habló de un proveedor, un salvadoreño llamado Álvaro, que traía productos “nicas” desde Costa Rica. Marcela lo contactó con cautela, como quien no quiere ilusionarse.

Luego fue todo pura alegría. Encontró pinolillo, rosquillas, paquetes de frijoles rojos, condimentos. No todo estaba, y lo que estaba a veces no sabía idéntico, pero fue lo más cercano a lo que buscaba para cocinar mientras desvelaba a su mamá para preguntarle cómo se mezclaba algo.

“Se parecen”, dice riendo, “o quizás yo no los sepa cocinar como lo hacía mi mamá, en cocina de leña, allá en Boaco”. En esa risa ella expresa el alivio de llevarse de vez en cuando algo que le acerque a aquellas comidas familiares que probó por última vez en marzo de 2019.

Marcela aprendió a cocinar con sustituciones y a aceptar la diferencia sin rendirse. Si las hojas de culantro no aparecen, usa cilantro picado en potes de conserva. Si la crema no es crema como la de su Boaco, busca una mezcla parecida.

Lo importante, insiste ahora, es “sentirse cerca”, aunque sea por un rato. Y cuando cocina, manda fotos por WhatsApp. “Mirá lo que hice”, le dice a su mamá. La madre responde con consejos y, a veces, con una pregunta que a ella la parte en llantos: “¿Ya comiste hija?”

Suvenires, especias, alimentos y ropas de Nicaragua forman parte de los llamados productos nostálgicos que los nicaragüenses buscan en el extranjero. LA PRENSA/CORTESÍA.

Rastreando el gallopinto en Extremadura

En Mérida, capital de Extremadura, María Elena Rosales llegó en 2020 y descubrió que la ausencia de la comida cotidiana podía doler tanto como la ausencia de su familia.

“Yo sufría por la ausencia de mi gallopinto”, dice. Enumera sin olvidarlo aquellos primeros meses de extrañeza: gallopinto, sopa de queso, almíbar, nacatamal, chancho con yuca.

Las primeras semanas que recorría los supermercados de Mercadona o Alcampo eran momentos silenciosos. Buscaba frijoles rojos y encontraba judías o alubias. “Yo merodeaba como perro en procesión, perdida”, recuerda. “Y además no se parecen en nada a los frijoles rojos de allá”.

Pensaba con nostalgia en los 20 córdobas de frijoles cocidos, calientes y sopeados, que compraba en un pichel a media cuadra de su casa. Pensaba en las tortillas recién palmeadas, en la leche agria y el frito de cerdo con tortillas, en ese desayuno que en Nicaragua estaba casi siempre al alcance de la mesa.

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Un día en Mérida caminaba sola y se topó con una bandera de Nicaragua en una pequeña tienda que allá le dicen “locutorios”. Se detuvo. Entró. Y ahí se le llenó el pecho de alegría: frijoles rojos, crema chontaleña, cuajada ahumada, miel de jicote, buñuelos, cajeta de leche, Café Presto.

“Casi lloro”, dice. “Fue como entrar a una pulpería de allá”. En ese comercio pequeño encontró un poco de calma y sosiego para darle los antojos a su paladar.

Sin embargo, lo que más le alegró fue hallar jalea Callejas y la memoria afectiva se le activó sin permiso y casi con lágrimas. “Me recordó los desayunos de pan con jalea y mantequilla que me hacía mi mamá cuando iba al Colegio Divino Pastor”, cuenta.

Los locutorios nicas en Zaragoza

Por trabajo, María Elena se mudó a Zaragoza en 2022 y descubrió un pequeño trozo de la cocina de su patria: la comunidad. Zaragoza es conocida entre nicaragüenses como “la capital nica” en España.

En la ciudad, capital de Aragón, conviven casi 20,000 compatriotas; algunos empadronados, otros no. Y lo que cambia, sobre todo, es la disponibilidad: aquí los locutorios y tiendas nicaragüenses son más comunes, y en varios de ellos se consiguen ingredientes propios de las recetas de allá, algunos con nombres distintos, formatos distintos y precios que a veces asustan, pero que al final consuelan.

En Zaragoza las redes sociales funcionan como un mercado paralelo. Hay grupos de Facebook, WhatsApp, Instagram y Telegram.

Hay dos vías: una para informar dónde venden y otra para vender directamente por encargo.

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En los grupos hay anuncios que parecen escritos desde una pulpería, pero con dirección europea: “A partir del 26 de diciembre tendremos Kola Shaler, Flor de Caña etiqueta negra, canela en raja nicaragüense, achiote molido, culantro picado en frasco, cacao, pinolillo, cervezas Toña en lata grande y rosquillas somoteñas”. Calle tal, número tal, paseo tal.

En la ciudad, algunos locutorios se volvieron puntos de encuentro de los nicaragüenses. Desde ahí se envía dinero, se recargan teléfonos, se escanean papeles y, de paso, se venden chucherías y alimentos propios de allá.

El mismo lugar resuelve la vida práctica y la vida emocional. Alguien entra por un trámite y sale con una bolsa de rosquillas en la mano.

Los nicaragüenses radicados en Costa Rica y en Miami tienen más posibilidades de encontrar los ingredientes y productos que forman parte de las recetas y el menú tradicional de Nicaragua. LA PRENSA/ARCHIVO.

La «odisea» del indio viejo

Dos familias recién aterrizadas en España lo vivieron de manera distinta. Una llegó a Madrid; otra, a Zaragoza.

Ambas venían de años de refugio en Costa Rica, donde conseguir ingredientes nicaragüenses era más fácil, aunque caro con relación a Nicaragua. “Allá tiquicia era como una extensión de los mercados de Nicaragua, hay de todo, pero el doble o triple de caro”, cuentan.

En Madrid, Francisco Pérez y su pareja Alicia S., de 30 y 33 años, llegaron el 6 de noviembre desde San José, reasentados en España.

“Aquí nos ha costado hallar los ingredientes de las comidas de allá”, dice Alicia. “Casi siempre volvemos con las manos vacías, porque los locutorios no siempre tienen, sobre todo los productos verdes”. Para ellos, “productos verdes” significa lo esencial: plátano, yuca, quiquisque, chiltoma, culantro.

Una tarde quisieron hacer indio viejo y no hallaron naranja agria. Alguien les dio un truco: mezclar limón con naranja dulce. “No huele igual ni sabe tanto, pero ya pasa”, dice Francisco. Después supieron que en algunos lugares se vende “naranja ácida” en botellas, ya exprimida. Y entendieron otra regla del exilio: preguntar dos veces, y con otros nombres.

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La carne del indio viejo fue otra historia. Ellos pensaban en posta de gallina o trasera de cecina. En la carnicería, el despachador les ofreció una variedad de “cortes vacunos” que ellos oyeron como que les hablaban en chino.

Hasta que el señor, al verlos desconcertados, les preguntó qué platillo prepararían o cómo iban a cocinar la carne.

“Es carne de res para cocer y hacer luego en tiritas”, explicaron. Entonces él les habló de “corte para cocido”, o sea, carne de res para sopas. En España le dicen “cocido” y en Costa Rica “olla de carne” a lo que en Nicaragua le llaman “sopa de res”.

En Zaragoza, la familia Sánchez Mendoza tuvo más suerte. Llegaron y otros nicaragüenses con más años de residir ahí los “pusieron al día”: dónde comprar, qué pedir, cómo preguntar.

Identificaron productos y hasta restaurantes de comida nicaragüense donde pueden probar desde un nacatamal, un vaho o indio viejo, cajetas, semilla de jícaro y hasta vino Cóndor y Kola Shaler.

Pinolillo en Michigan

Don Marcelino Morales llegó a Lansing, Michigan, en agosto de 2024, reasentado desde Costa Rica, mediante el Programa de Movilidad Segura. Viajó con su esposa Rosaura y sus hijos A.C., de 6 años, y J.T., de 8.

En Lansing, la capital del Estado, el invierno lo pinta todo de blanco y hace mucho frío. El clima entra por las ventanas, cambia los hábitos de salida y obliga a las familias a cocinar adentro.

La familia quiso recuperar algo típico de Nicaragua para enfrentar el frío y la gripe, como sopa de pollo y “tibio” en medio del frío y la nieve, pero se topó con la misma pregunta difícil: ¿dónde están los ingredientes?

Ahí apareció la solidaridad. Se auxiliaron de un vecino mexicano y de una familia hondureña que los llevó a mercados locales para identificar productos. Fue una clase práctica de compras e idioma. “Mirá, esto se parece”, decía uno. “Esto lo podés usar para aquello”, decía otro.

Don Marcelino y Rosaura aprendieron a buscar con el celular, a preguntar con fotos, a no avergonzarse por pronunciar mal los nombres de las cosas y aunque terminaron comprando cosas que jamás pidieron, no se arrepienten del ejercicio.

Al final se terminaban riendo de las malas compras y celebrando los aciertos cuando lograban coronar algunos de los ingredientes.

Y sí, lograron conseguir un producto mexicano muy parecido al pinolillo y esperar algunos meses para que un amigo, desde Miami, les llevara una dotación de productos realmente nicaragüenses, incluyendo pinolillo y quesillos.

Porque si hay algo de lo que no pueden quejarse los nicaragüenses en Miami es que allá la comida nica y sus ingredientes se hallan en cada esquina.

Las bebidas tradicionales de Nicaragua, como pinolillo, semilla de jícaro o cacao, llegan a Costa Rica y Estados Unidos. LA PRENSA/ARCHIVO.

Nuevo diccionario para la cocina

Con el tiempo, muchos nicaragüenses crean un diccionario de su propio menú, hecho de traducciones y trucos.

El quiquisque se debe buscar como malanga o taro; a veces no aparece hasta que uno muestra la foto y el dependiente asiente.

El culantro a veces se convierte en cilantro, coriandro o “cimarrón”, y en España suele venir picado en frascos, como si fuera una especia, lo que desconcierta a quien lo recuerda en manojo, fresco y oloroso. En Costa Rica hay que ponerle apellido “culantro coyote” para dar con el que busca un nica.

La yerbabuena se vende también líquida en frascos y los huevos a veces en botellas, clara aparte de yema, o en polvo.

La naranja agria cambia de nombre y de forma, “naranja ácida” embotellada, muy lejos del fragrante olor del zumo de la fruta áspera y verde tan común en los canastos de los mercados de Nicaragua.

En Dublín, una nica contó que encontró una tienda en un barrio griego donde vendían hojas y especias que le sirvieron para “armar” algo parecido a un nacatamal. No era la hoja de plátano de Masaya, pero envolvía y aguantaba el vapor.

En Ontario, Canadá, un experiodista de televisión recuerda que el primer invierno en 2021 se le hizo eterno porque no tenía ni idea de dónde hallar los ingredientes para una sopita de hueso como la que hacía su familia los domingos en Managua; terminó hallándolos en un supermercado colombiano, y esa vez celebró como si hubiera coronado un gran mérito.

Ahí descubrió que el acto de ir al mercado, regresar con una bolsa y cocinar algo parecido al menú del viejo hogar, es casi equivalente a una victoria muy íntima: “Es una manera de decir ‘aquí estoy’ y no me rindo”, dijo.

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Pequeño puesto de platillos y productos nicaragüenses en Zaragoza, donde residen cerca de 20,000 nicaragüenses. LA PRENSA/CORTESÍA.

Comida en la memoria del migrante

“Dice más sobre la historia de Nicaragua un silencioso nacatamal que todas las páginas de don José Dolores Gámez sobre la Colonia”. La frase del poeta José Coronel Urtecho cae como una verdad compartida entre los migrantes, sobre todo en fechas emotivas como Navidad, Semana Santa o Fiestas Patrias.

En estas fechas se reactiva lo que muchos llaman “memoria afectiva”. El cuerpo recuerda el café con rosquilla en una mañana de lluvias; el color del achiote adobando la carne; el aroma de la tortilla con cuajada, el dulce sabor del almíbar en una tarde calurosa de Semana Santa o el invasivo y provocador humo de las fritangas en un fin de semana.

La búsqueda del ingrediente fijado en la memoria se conecta con un dato grande: la nostalgia mueve el comercio.

En 2024, Nicaragua exportó “productos nostálgicos”, rosquillas, hamacas, frijoles, entre otros, por más de 115 millones de dólares, según datos del Centro de Trámites de las Exportaciones (Cetrex).

La cifra dura dice algo romántico del caso: la diáspora nicaragüense compra para comer, pero también para recordar y conectar con la costumbre culinaria de la familia lejana.

Un caso citado en el sector exportador es el de Tropicana Fruit Farms Inc., que en 2024 logró exportar 79 contenedores con quintales de frijoles y productos tradicionales, con ventas que superaron los 77 millones de córdobas.

La tendencia, según esa referencia, venía en crecimiento: 53 contenedores en 2021, 73 en 2022, 71 en 2023 y 79 en 2024. Para 2025, las expectativas eran llegar a 100 contenedores.

En ese universo entran comestibles y también objetos: rosquillas, pinolillo, tiste, cacao, semilla de jícaro, café; pero también hamacas, cerámica y suvenires que ayudan a los migrantes nicaragüenses a vencer la nostalgia por la cocina anidada en la memoria.

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