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Tras una espera de 24 meses y 26 días, una familia nicaragüense asilada en Costa Rica finalmente pudo viajar a España, en el operativo más grande de reasentamiento de nicaragüenses desde San José hasta Madrid.
Los Méndez son una familia de tres miembros: Mary que era comunicadora y profesora de la Universidad Católica Juan Pablo II; Rodrigo, periodista activo y colaborador de varios medios independientes, y Janet, la hija menor de ambos.
Ella se exilió por las mismas razones que la mayoría de los periodistas: amenazas de cárcel, espionaje, persecución y acoso policial en su residencia en Managua. A él lo llevaron a la Fiscalía acusado de lavado de dinero por haber participado en los programas de formación de periodistas de la extinta Fundación Violeta Barrios de Chamorro.
Y desde entonces, de aquel junio de 2021, nunca más tuvieron paz: fiscales, policías y militantes sandinistas llegaban a su casa a pasar revisión, para entrevistarlo o tomarle fotos y finalmente le hicieron una propuesta que a él le pareció como una pistola en la cabeza: o aceptaba un carné de militante del FSLN y colaboraba como espía para el partido o pagaría las consecuencias de haber sido colaborador con los medios independientes.
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El largo exilio
Allá por junio de 2023, Rodrigo se sentía perdido en el condado de Bakersfield, un poblado desértico al Este de Los Ángeles, California.
Él fue el primero en migrar de Nicaragua: salió el 13 de marzo de 2023 por las montañas fronterizas de Las Manos hacia Honduras. De ahí viajó a El Salvador y con ayuda de la Red Jesuita de Migrantes logró viajar a Estados Unidos adonde un cuñado que le tendió la mano.
Una vez allá buscó el apoyo de organizaciones de migrantes que ondeaban la bandera de protesta contra el régimen de Nicaragua, pero se decepcionó de dos cosas: de la doble moral de los activistas y de lo largo que significaría someterse a un asilo.
La abogada que salía dando declaraciones en los medios en apoyo a los nicaragüenses le cobraba 7,500 dólares, con la exigencia de una prima de 2,500 y el resto en seis meses, independientemente de los resultados del asilo. Rodrigo no tenía aun trabajo.
Y el tiempo que le explicaron que duraría el proceso, sin garantía de aprobación, fue de 5 a 10 años. Rodrigo no se resignó a esperar 10 años para reunirse con su familia y decidió viajar a Costa Rica para extraer a su familia y juntos explorar otros destinos.

Movilidad Segura
Llegó a San José en junio de 2023 donde se enteró del programa de Movilidad Segura y, sin mucha esperanza, aplicó el 10 de octubre de ese mismo año.
Logró extraer a su familia de Nicaragua en diciembre de ese año y justo al comenzar enero de 2024 lo llamaron de Acnur a entrevista para valorar su admisión al programa de Refugiados de Estados Unidos.
Junto a su familia, Rodrigo pasó todo 2024 en ese proceso: varias entrevistas con funcionarios de OIM y Acnur, exámenes médicos cada seis meses, evidencias y documentos de su caso como solicitante de refugio por persecución política y entrevistas con agentes de USCIS de Estados Unidos.
Del proceso lo más duro fueron las entrevistas con los agentes de USCIS: no le creían o ponían en duda su versión, le preguntaban sobre el mismo asunto varias veces, de varias maneras.
“Fue durísimo, casi un interrogatorio, nada de empatía con los dos agentes que nos tocó, una mujer odiosa y un tipo intimidante. Yo porque había pasado dos entrevistas igual de groseras con los fiscales de Nicaragua, logré controlarme, pero mi esposa y mi hija salieron traumadas de esas entrevistas”, dijo Rodrigo.
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Fallido viaje a EE. UU.
Sin embargo, pese a todo, USCIS admitió a la familia al programa de refugio de Estados Unidos en abril de 2024 y creyeron entonces que podrían viajar a Estados Unidos para reasentarse, pero el tiempo pasó y no recibían aviso de viaje.
“Nosotros fuimos a entrevistas con USCIS junto a 12 familias más, seis venezolanas y seis nicaragüenses. Al final solo viajaron ocho familias”, recordó.
El 19 diciembre de 2024, finalmente los llamaron de una oficina de reasentamiento para indicarles que viajarían a Jacksonville, Florida, pero debido a que era cierre de operaciones de la agencia por Navidad y Fin de Año, serían contactados en enero de 2025.
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Ellos temieron lo que finalmente resultó: Donald Trump había ganado las elecciones en noviembre y en su agenda estaba suspender el programa.
Dos días antes del 20 de enero, cuando Trump ocupó la silla, la agencia de reasentamiento les notificó dos noticias: una buena, ya tenían apartamento rentado por seis meses y dos, la mala, el boleto de vuelo estaba previsto para el 22 de febrero.
El 20 de enero Trump suspendió el programa y la familia Méndez supo que la ventana de viaje a Estados Unidos se había cerrado sin esperanza de una reapertura.

Renace la esperanza
Ya se habían resignado a establecerse en Costa Rica y renunciar al sueño de un reasentamiento en un tercer país de acogida.
No es que Costa Rica fuera un mal destino, al contrario, se enamoraron de Heredia, donde vivieron los últimos tres años y establecieron relaciones cordiales y amables con migrantes nicaragüenses, venezolanos y por supuesto con costarricenses.
Sin embargo, como seguían ejerciendo el periodismo, vivían con el temor de las amenazas de la dictadura y la sospecha de una persecución silenciosa.
En abril, recibieron una llamada de un número conocido: la oficina de Acnur de San José: ¿Siguen interesados en un tercer país de acogida?
Con más dudas que expectativas, dijeron que sí, pero con la firme promesa de no empeñar la esperanza como lo hicieron con el fallido reasentamiento en Estados Unidos.
Entonces les fueron claros: solo existía la posibilidad de España y, si acaso lograban una negociación más complicada, con Canadá.
Ellos optaron por España por muchas cosas: el idioma, la cultura, la cercanía con otros colegas o conocidos y finalmente la distancia: mientras más lejos de la dictadura, mejor.
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La confirmación
El proceso con España duró ocho meses desde la primera llamada. Fueron a entrevistas con OIM y Acnur, pero fueron breves por una razón: ellos ya tenían un amplio y bien documentado proceso.
Incluso, uno de los funcionarios de OIM les dijo que debido a que habían pasado varios filtros de seguridad de la agencias de Estados Unidos, más los dos exámenes médicos en 2024, más un registro de migración anterior a España por estancias cortas, no iban a necesitar demostrar mucho.
Y así fue. En las entrevistas con los funcionarios del gobierno español estos ya habían leído el caso de la familia y fueron todo lo contrario a los agentes de USCIS.
No cuestionaron ni pusieron en duda las versiones y razones, cotejaron las evidencias y admitieron que cumplían los requisitos demandados por España.
Fueron admitidos oficialmente por España a inicios de octubre, con el aviso de que serían notificados de su fecha de vuelo hasta 6 días antes, mientras tanto, no podían renunciar a sus empleos o vender sus bienes.
Sin embargo, la notificación les llegó 15 días antes: se van el 5 de noviembre. A partir de ese momento empezó una vorágine de corre-corre, sacar los papeles de estudios de su hija; vender, donar o fiar sus pertenencias, incluyendo la venta a pago de un carrito del que se habían hecho pensando en hacer Uber.

Los preparativos
La comunicación española fue clara y precisa: debían viajar solo con dos maletas cada uno, una de 22 kilos para bodega del avión y una de cabina de 10 kilos máximos.
Aparte, debían preparar ropa de invierno, procurar estar estable de cualquier enfermedad crónica como hipertensión, diabetes o problemas cardíacos; asistir a la charla de culturización y resolver cualquier problema judicial o migratorio que les impidiera salir, como pensión alimenticia, proceso judicial o demanda de pagos.
Los Méndez, a contra reloj, corroboraron que no tenían impedimentos de salida, pero dudaban que sus pasaportes, aunque estaban vigentes, estuvieran activos y no hubiesen sido anulados a distancia como lo han hecho las dictaduras de Cuba, Venezuela y Nicaragua.
Si resultaba ser cierto tendrían que apelar a última hora a un documento de viaje costarricense, que podría durar semanas o un salvoconducto del Consulado español, que a última hora podría afectar el proceso.
El día D, primero fueron a un examen médico a una clínica a las 8:00 a.m. Luego, a las 2:00 p.m. llegaron al hotel.
Con el alma en vilo llegaron a un hotel en San José un día antes del vuelo, después de literalmente quedar sin más bienes que dos maletas cada uno y tras despedirse discretamente de algunos de sus amigos más cercanos.
En el hotel les tenían una buena noticia: OIM había sometido con Migración de Costa Rica la revisión de los pasaportes y ninguno había sido anulado. Podían viajar seguros.

El día del viaje
A los Méndez les llamó la atención la gran cantidad de gente con maletas en el Hotel D Sabana San José. Eran cientos y cientos.
Vieron algunos rostros conocidos: otra familia de periodistas, activistas de derechos humanos, campesinos, gente muy humilde que nunca habían visto y familias muy jóvenes con hasta cuatro niños menores.
Los pasillos y espacios del hotel estaban llenos de gente preguntando a los oficiales de OIM por sus habitaciones, por las maletas, por las ciudades a donde irían, por el costo de la vida, por trabajo…
La información siempre fue escueta: dos maletas, las ciudades las conocerían al llegar a Madrid, allá recibirían información sobre la ayuda humanitaria y los beneficios del programa.
En las mesas, durante la cena del día anterior y el desayuno del mismo día del viaje, los cientos de nicaragüenses lucían alegres, se daban bromas, reían y algunos, muy pocos, lucían tensos por el viaje.
“Yo nunca me he subido en un avión. ¿Y si se cae ese chunche nos darán paracaídas?”, dijo a modo de broma un señor de apellido Gaitán, de aspecto campesino.
Horas después, cuando comenzó el acomodamiento de las familias en buses hacia el aeropuerto, todo fue carrera, presiones, tensiones, niños llorando, maletas confundidas…
Los agentes de OIM no daban abasto atendiendo preguntas, permisos de última hora para ir al baño, para ir a comprar una medicina, para cambiar de bus…

Qué avión más grande
Los dos buses de clase turística extragrandes llegaron al aeropuerto Juan Santamaría aproximadamente a la 1:00 p.m.
Todos en orden, pasaron por los despachos de la aerolínea TUI donde entregaron su maleta de viaje de 22 kilos y luego, en fila india, guiados por agentes de OIM, fueron a Migración y Extranjería donde debían reportar su salida del país y renunciar a la protección de Costa Rica.
Ahí el proceso se alargó por casi dos horas y finamente fueron llevados a una sala donde esperarían la salida a las 5:50 p.m. de San José a Madrid, en un vuelo chárter, a bordo de un Boeing 787-8 Dreamliner, matrícula PH-TFL, operando como X3947, procedente de Bruselas.
De esa sala de espera fueron llamados a abordar dos busetas internas hacia un rincón del aeropuerto, cerca de la pista donde yacía un imponente avión de fuselaje celeste con blanco.
Uno de los pasajeros comentó a voz alta: “Qué avión más grande ese jodido”. El resto a su alrededor se rio ruidosamente y empezaron a hacer chistes sobre tamaños de cosas y objetos.
Tras subir por la escalinata y acomodarse, se sentía la tensión y la emoción en el avión. Los pasajeros, entre sí, comentaban sobre los posibles destinos. Que ojalá lo dejen donde un hermano vive cerca de Barcelona; que su cuñado trabaja en Valladolid y que una tía que viajó en 2018 se radicó en Murcia…
Los Méndez tampoco sabían adónde irían, porque durante la entrevista con los españoles les preguntaron si tenía familia o amigos en España y ellos dijeron que tenían un amigo en Huesca de Aragón y la hija de un amigo suyo en Oviedo, pero nada concreto.
El vuelo
El avión despegó del aeropuerto a las 6:20 p.m. aproximadamente, por un inconveniente que el capitán explicó en inglés: un problema de aterrizaje en la pista de salida de otra aerolínea.
Mucha gente se preguntó con inquietud: ¿Qué dijo? ¿Qué significa? ¿Eso es malo? Cuando finalmente el avión empezó a perfilarse sobre la pista y desarrollar velocidad, se oyó al menos un “Ave María Purísima” y uno que otro gritito de susto.
Fueron 9:25 horas de viaje, poca turbulencia y mucho tiempo de ocio. Muchos se durmieron por el largo itinerario, quizás por las horas de tensión y estrés de los últimos días y los Méndez aprovecharon, ella para oír música, él para ver películas viejas y la adolescente para videojuegos en la tableta en modo avión.
En un momento y por varias horas, el avión apagó las luces y todo entró en una especie de sueño colectivo que duró varias horas, hasta que alguien empezó a decir que ya estaba amaneciendo de un lado del cielo y del otro seguía oscuro.
Muchos sacaron sus celulares y empezaron a tomar fotos y al poco tiempo estaban anunciando el desayuno, café incluido, galleta, mermelada y un burrito frío de vegetales que pocos devoraron.
Al tiempo, el capitán, en su inglés de avión, anunció que en pocos minutos estarían aterrizando, que todos acomodaran sus asientos y sus fajas de seguridad.
Otra vez la misma tensión similar al momento del despegue, la sacudida del avión al aterrizar y suspiros de alivio y risas nerviosas al finalmente detenerse y oír la voz metálica del piloto dando la bienvenida, a las 10:00 hora local, a Madrid, con temperatura de 15 grados.

La llegada
El viento, el frío y un impresionante despliegue de patrullas, ambulancias, policías, paramédicos y funcionarios causaron una extraña sensación de bienvenida inesperada, pues nadie imaginó ver tantos funcionarios juntos y ellos, los españoles, también se impresionaron al ver descender a cientos de migrantes con maletas.
La atención brindada fue, sin embargo, excelentemente coordinada. Cada refugiado llevaba un gafete con su identificación visible y los agentes de OIM en coordinación con los funcionarios de migración, iban dirigiendo a los extranjeros a mesas disponibles en un ancho pasillo donde iban sentando, organizadamente, a cada núcleo.
Funcionarios españoles, listas en manos, se acercaban a verificar la identidad de los refugiados y guiarlos a las improvisadas mesas de atención donde policías, agentes de migración, funcionarios de gobierno y hasta paramédicos, atendían a los recién llegados.
Se les tomó huellas digitales, copia de sus documentos, revisión de casos y cotejo de papeles. Luego, firmas y la entrega de un documento con una sonrisa, una frase de bienvenida y una explicación: esta resolución es su documento de residencia permanente y soporte laboral.
“Con este documento ya ustedes están residiendo legalmente en España, pueden trabajar y adquirir derechos y obligaciones. No lo pierdan”, le dijeron a Rodrigo.
Luego las dos noticias finales. Primero los beneficios: el programa de acogida dura 18 meses, seis de ellos en la fase uno en un centro de acogida con todo el soporte alimentación, asesoría, hospedaje y orientación laboral, educativa y social.
En caso de que no logre obtener trabajo e independizarse en el tiempo de seis meses, la ayuda podría prolongarse a 12 meses más, pero siempre va depender de otros factores.
Y finalmente, el destino: familia Méndez, ustedes han sido designados a la comunidad autónoma de Aragón, a la provincia de…
Tras esa última noticia, empezó una nueva travesía: el transporte específico de 245 nicaragüenses a los distintos rincones de España, uno de ellos donde los Méndez, tras años de espera y frustraciones, sienten que al fin pueden comenzar a echar raíces.
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