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Migrantes cruzando el puente internacional Paso del Norte, en Ciudad Juárez, México, fronterizo con Estados Unidos. LA PRENSA/AFP/ARCHIVO

La realidad del «sueño americano»: presión, adaptación y sobrevivencia

Nicaragüenses que han migrado han cometido suicidio al toparse con barreras como el idioma, la falta de trabajos, el estar lejos de casa, etc.

La familia del nicaragüense Carlos Vallejos aún está desconcertada por su muerte repentina. El 4 de abril, un agente policial de California, Estados Unidos, le informó a través de una llamada que Carlos se había suicidado. El hombre llegó a ese país con la ilusión de cumplir sus sueños, pero ahora sus parientes, quienes se encuentran en Nicaragua, lloran su pérdida.

«Desgraciadamente, la migración está dejando una estela de muertes por muchas razones», manifestó la organización Texas Nicaraguan Community (TNC), que informó la muerte del nicaragüense.

En semanas anteriores, la página también ha reportado las muertes de nicaragüenses por un repentino ataque cardíaco, que según TNC, la mayoría de los casos son por sobredosis de drogas.

TNC consideró que estos casos vistos en los últimos meses se deben a que las personas migran con unas «expectativas bien grandes» de vivir en Estados Unidos, pero se topan con barreras —como el idioma, la documentación y la presión—, que los lleva a una situación desesperante, al punto de querer o devolverse a Nicaragua o acabar con su vida.

«Ya estando aquí caés en una depresión, muchas veces se tiran a las drogas y entran en mayor depresión», informó la organización.

Falsas expectativas

La organización Abuelas Unidas por Nicaragua (Abuenica), que trata y da seguimiento a temas de migración, refirió que precisamente esas «expectativas irreales» que se hace la persona migrante, basadas en lo que muestran las redes sociales, es lo que termina golpeándose con la realidad de las barreras.

«Luego está la parte de encontrarse solos en un mundo nuevo y depende del grupo social al que pertenezcan se les dificulta adaptarse y comprender este nuevo sistema. La vida en general es totalmente diferente, no hay vida de barrio, de vecindad y comunidad, como hay en Nicaragua», compartió la organización.

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Abuenica señaló que esta situación aplica para el exilio, en el que también «conlleva una carga emocional enorme» como la nostalgia de la familia y su tierra, la incertidumbre del presente y del futuro, no poder regresar al país. «Algunos exiliados se deprimen, se desesperan y llegan a cometer actos radicales como quitarse la vida, sin buscar apoyo de alguna organización», lamentó.

Migración: retos múltiples y complejos

Una psicóloga que labora con un organismo que brinda atención al migrante en Estados Unidos explicó, bajo anonimato, que lo que experimenta la persona migrante o exiliada es un «choque cultural», que va desde el idioma hasta la manera de vivir, dependiendo del estatus migratorio o círculo social o familiar que tenga la persona en el extranjero.

«Esto ocasiona un impacto emocional, sobre todo a las personas que han sido autosuficientes e independientes. El no generar un ingreso podría causar sentimiento de culpa por no poder ayudar a la familia que quedó en el país de origen o a la familia que lo hospeda; la incertidumbre acerca de la reunificación familiar y un cambio de roles con respecto a su vida en el país de origen», expuso la psicóloga. 

La especialista catalogó que el «sueño americano» es una «ilusión o falacia», porque cuando el migrante se da cuenta que la vida es «mucho más difícil de lo que pensaba», puede generar desesperanza. «Estas situaciones pueden en algunas ocasiones ser amplificadas negativamente ante la presión de la familia de origen para que ‘envíe dinero a la familia’ ahora que ya está ‘en tierra americana’», señaló.

El 25 de febrero de este año, la organización TNC anunció que se encontró sin vida y sin señales de violencia al nacional Henry Silva Salazar, y según su familia, el joven la estaba pasando mal por la barrera del idioma y por no encontrar trabajo, lo que lo mantenía preocupado por no poder apoyar económicamente a su hijo pequeño, que presentaba quemaduras.

«Días antes había manifestado su deseo de regresar a Nicaragua», apuntó el organismo en ese momento.

«La persona que migra se separa de elementos importantes que son parte de su identidad: familia, amigos, espacio físico, país, costumbres, lenguaje y estatus social, entre otras. Estas múltiples experiencias tienen un efecto retroactivo que puede generar en las personas mayor vulnerabilidad a problemas de salud mental, dado que a la ruptura con elementos de la identidad se suma la ausencia o debilitamiento de redes de apoyo propias, así como la falta de acceso a los servicios psicosociales para dar respuesta a sus necesidades», manifestó la psicóloga.

Tome en cuenta

La especialista aclaró que la migración no es la causa de los trastornos mentales, pero el proceso puede ser un factor de riesgo para la salud mental de la persona. Entre los trastornos más frecuentes en personas refugiadas y migrantes se encuentran los depresivos y ansiosos. 

«En algunos casos se experimenta una ambivalencia de sentimientos: ‘quiero una vida mejor’ versus ‘me quiero regresar a mi casa’, así que experimentan sentimientos de tristeza, rabia, ansiedad, e incluso amenaza, dependiendo de sus respectivas situaciones», apuntó. 

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La depresión, trastornos médicos, experiencias traumáticas, el consumo de alcohol o sustancias —que agrava el cuadro depresivo, reduce el autocontrol y aumenta la impulsividad—, o la presencia de otros trastornos psiquiátricos (esquizofrenia, trastorno bipolar, trastorno límite de la personalidad y el trastorno por estrés postraumático, entre otros), son factores que contribuyen a que la persona, independientemente del estatus migratorio, tenga comportamiento suicida.

Recomendaciones

La psicóloga brindó los siguientes consejos para las personas migrantes y exiliadas:

—Tener expectativas realistas sobre el nuevo país y la comunidad ayuda a reducir el choque cultural. 
—Ayuda pensar lo que aún se tiene y no concentrarse en lo que se perdió o lo que ya no hay.
—Conectarse con la comunidad, familiares y amigos.
—La práctica de su creencia religiosa. «Esto ayuda a promover la resiliencia, las fortalezas interiores y la confianza en uno mismo/a que son necesarias para enfrentar los retos cotidianos», destacó la psicóloga.
—Buscar organizaciones humanitarias dentro de su comunidad y conocer los recursos disponibles para ellos. 

Para quienes están en Estados Unidos, la psicóloga compartió la línea 1-888-628-9454 o por texto/chat al 988, que es nacional, confidencial y gratuita. Tienen atención en español.

«Cuando la persona que busca ayuda llama a la línea será atendida por un especialista entrenado en tratamiento en crisis.  El especialista escuchará atentamente, comprendiendo la situación, y proveerá apoyo y compartirá los recursos disponibles para la persona. No es necesario estar pensando en suicidio para llamar a la línea de vida, algunas personas llaman porque están preocupadas por salud, identidad sexual, depresión, problemas de salud física y mental, o porque se sienten solos. Todos serán ayudados», expresó. 

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