CONTENIDO EXCLUSIVO.
En el barrio costero La Bocanita, en el municipio de Bilwi, había un taller de motores marinos, pero quedó completamente destruido por los vientos y las marejadas que provocaron los huracanes Eta y Iota. Solo quedaron seis tambos, que delimitan el local donde funcionaba el taller, propiedad de Paul Daniel Downs, un reconocido mecánico de motores marinos de la ciudad.
«En la playa me barrieron el taller. Se me fue todo: herramientas, motores, todo. Me quedé en la perra calle. Esta vez fue total, y lo poco que quedó en el suelo, el huracán de dos patas se lo llevó», dice Downs resignado. Así se refiere a los pobladores del barrio que, después que pasó el huracán Eta saquearon lo que quedó de su taller. «Eso nos dañó más que cualquier otra cosa».
Lea también: Haulover, el paraíso partido en dos. Aquí tocó tierra el huracán Iota
Downs es un hombre de 58 años, moreno, medio calvo y en cuyo cuerpo hay marcas que reflejan las batallas que ha tenido que librar en altamar. Aunque Eta y Iota lo afectaron económicamente, causándole pérdidas de aproximadamente 700 mil córdobas, no es la primera vez que le ocurre, ya que el huracán Félix, en 2007, también arrasó su negocio y las pérdidas fueron similares.
Ha sido testigo de ocho huracanes
Félix, Eta y Iota no han sido los únicos huracanes que Downs ha visto golpear fuertemente al Caribe nicaragüense. A sus 58 años de vida, ha sido testigo viviente de ocho huracanes.
El primero que recuerda fue el huracán Fifi, en 1974, cuando tenía 12 años. Antes del huracán Mitch, en 1998, Fifi había sido el más destructivo en Centroamérica.
Lea además: Bilwi continuará incomunicado al menos cuatro días por crecida del Río Wawa
«El primero que yo viví fue el huracán Fifi, en el Bluff. Fifi duró tres días. Fue el que más duró. Ya después, en el 88, me tocó la experiencia de vivir lo que es el huracán Juana (…) en Corn Island. Fue horrible, duró tres horas. Al año siguiente tocó otro huracán de categoría 1 que vino del pacífico que fue el huracán Got», relató Downs.
A Downs también le tocó vivir la experiencia del huracán Beta, un ciclón categoría tres que impactó las costas nicaragüenses el 30 de octubre de 2005.
En esa ocasión, Downs ya era navegante y mecánico. Recuerda que la jefatura de la Policía Nacional lo envió a rescatar a un grupo de personas que habían quedado atrapadas entre Prinzapolka y Wounta, una comunidad indígena de la Costa Caribe Norte.
Puede interesarle: Así de dura era la vida en Bilwi antes de Iota y Eta. Cejudhcan: «Hay caos en todas las comunidades y barrios del Caribe Norte»
«Con un motor 115 y 35 personas, me tocó un tramo que yo corro en una lancha en tiempo normal 20 minutos, me tomó nueve horas llegar desde Prinzapolka hasta la barra de Wounta, la corriente y la marejada me llevó para fuera con la gente llorando», relató.
Posteriormente, durante le llegada del huracán Wilma, el vigésimo primer huracán de la temporada de huracanes en 2005, Downs se encontraba en Corn Island. En esa ocasión, el mecánico de motores marinos fue contratado por el empresario pesquero Carlos Goff, propietario de la empresa Copes Charly, para rescatar una embarcación de su padre que se encontraba varada cerca de las costas de Jamaica.
«Era el mismo trayecto en que venía el huracán Wilma, en una lancha con un motor 200 bajando de ese trayecto hacia Cabo Gracias a Dios. Ya fue mi quinto huracán», señaló Downs.
Puede interesarle: Wawa Boom, crónica del río que se tragó casas, caminos y aisló a Bilwi
No se doblega
Después de esas cinco experiencias con los huracanes que vivió como marinero y capitán de embarcaciones pesqueras, Downs decidió instalarse en Puerto Cabezas, donde construyó su taller para ejercer su profesión, el cual se llevaron entre Eta y Iota este año.

«Me tocó vivir el Félix, que no fue nada fácil porque fue de categoría 4, de ahí vino el Eta y nos pegó de frente y fue categoría 4 igual y ahora el Iota, que yo le digo el Idiota, y no fue nada fácil, porque fue categoría 5, llegó con vientos de hasta 185 millas por hora y fue desastroso ver cómo se levantaban los techos, cómo la gente corría», menciona el mecánico.
Aunque lamenta que los estragos en su taller, como en muchas viviendas, causados por esos dos huracanes, fueron enormes, Downs da gracias a Dios porque su vivienda, ubicada en el barrio Loma Verde, sufrió solo daños menores en el cielo raso y unas dos láminas de zinc que se levantaron.
Lea además: Pobladores denuncian repartición sesgada de láminas de zinc en Bilwi
En los días que Iota afectó el Caribe Norte del país, un barco de pesca que Downs tenía en el muellecito de Lamlaya se hundió y, aunque dos días después logró sacarlo perdió el motor y la transmisión, pero expresa, que se le abrirán caminos nuevamente para reponer todo lo material.
Cuando Félix destruyó por primera vez su taller, Downs logró levantarlo de nuevo en seis años aproximadamente, con la ayuda de familiares que tiene fuera del país. Así que esta vez, aunque asegura que lo perdió todo, tiene las esperanzas de que alguien le brindará apoyo de alguna forma, pues considera que «con el espíritu que uno tiene y las experiencias, no se doblega así no más».
Lea además: «El gobierno no nos ha ayudado en nada. Gracias a Dios nos salvamos», dicen pobladores de Bilwi
«Las lecciones que dejan es que uno no debe subestimar la naturaleza. Uno debe aprender a respetar lo que es la fuerza del mar, la fuerza de los vientos y ante todo la palabra de Dios», finalizó el marinero.
Iota «me arrasó con todo completamente»
El barrio costero La Bocanita es uno de los más afectado por ambos huracanes. En su totalidad, las casas de los alrededores, aunque siguen en pie, fueron severamente dañadas, cuya escena solo refleja desolación y destrozos.
Edd Taylor es dueño de un bar y restaurante, ubicado también en el barrio La Bocanita, en las costas de Bilwi. El negocio, con siete años, estaba ubicado a la par del taller de Paul Downs.
Puede interesarle: Así quedó Bilwi tras el paso del huracán Iota
Taylor, de 66 años, ha sobrevivido a tres huracanes: Iván, en 2004; y Eta y Iota, en 2020.
Con Iván, de categoría 5, Taylor se encontraba rentando en un apartamento en las Islas Caimanes, entre Cuba y Jamaica. En esa ocasión, aunque lo calificó como «un desastre», no sufrió pérdidas económicas.
«En el primer huracán uno tenía que mover de casa en casa corriendo del agua, que llegaba hasta el pecho. Y después uno no estaba asegurado, porque no había agua potable, haciendo líneas (filas) para comida, un solo desastre», recuerda.
Lea también: Así te contamos la trayectoria del huracán Iota por el territorio nicaragüense

No obstante, Eta y Iota, por la embestida de los vientos y la crecida del mar, destruyeron parcialmente su local. El agua tapó completamente la primera planta del restaurante de dos pisos. «El segundo huracán que he vivido, Eta, era malo, pero no fue tan pésimo. Perdí la mitad, porque era de dos pisos», dice. Fue Iota el que terminó de destrozar por completo su negocio, dejando en pie solamente la estructura de concreto en la que estaba basada el local.
Lea además: Huracán Iota toca tierra en Haulover, en el Caribe Norte de Nicaragua
«El último, Iota, ese sí me arrasó con todo completamente: cocina, bar, habitación arriba, bar arriba, cocinas, equipos, hasta la ropa se me llevó. Lo que me quedó fue lo que andaba», lamenta Taylor, quien agradece a Dios por estar vivo.
Según el empresario, las pérdidas en su local producto del impacto de los dos huracanes rondan «suave, suave los 200 mil dólares».
Ahora se encuentra hospedado en un hotel, solo con la ropa que trae puesta. Pero a pesar de la adversidad, asegura que más pena le da «por la gente que ha sufrido mucho más» que él, porque considera que no están en su misma situación, pues aunque no sabe en cuanto tiempo, asegura que por medio de ayuda de familiares edificará nuevamente su local.
Mito sobre impacto de huracanes en el Caribe
Según el biólogo marino Jader Mendoza Lewis, habitante de Bilwi, en la región ha existido un mito sobre el impacto de los huracanes, que consiste en pensar que debido a la extensa plataforma continental marina de la zona, con aguas poco profundas, los ciclones se desvanecían. Asimismo, que la protección que ofrecían los Cayos Miskitos era una barrera para que los efectos climáticos no afectaran a la población de ese sector, lo que generaba que la gente se confiara, como ocurrió durante el huracán Félix, que dejó miles de muertes.
Sin embargo, según el biólogo marino, eso «no ha resultado ser verdad» sobre todo en los últimos 15 años. «Las pérdidas humanas en el huracán Félix marcó una nueva era social de la cuestión caribeña frente a los huracanes, fue una escuela de alto costo en vidas humanas», argumentó, señalando que después de este fenómeno ha habido «más vigilancia, hay más control y compromiso social para resguardar la vida que rompió los mitos».
Según el especialista, aunque la destrucción en cuanto a infraestructura en Bilwi ha sido parte del nivel bajo de desarrollo y la pobreza que impera en la zona, considera que otro factor que supone un menor daño en cuanto pérdidas humanas por desastres naturales es «nuestra cultura anfibia».
«Esa condición de poder vivir en el agua y en la tierra, entonces hay una capacidad de resiliencia rápida, una capacidad de adaptación de vivir inundados, a movernos en las inundaciones y a resistir en las inundaciones, entonces esa capacidad suma en poder resistir a estos fenómenos», expuso.
Aclaró que eso no significa que no haya huellas como los efectos traumáticos posteriores al fenómeno que «no estamos atendiendo». «Se atiende el acceso al agua, el acceso a la comida, el acceso al techo, pero no estamos atendiendo todas las repercusiones que dejan el estrés», mencionó.
Vulnerabilidad de la zona
Aunque Mendoza ha vivido muchos huracanes en otras zonas geográficas, en Bilwi ha tenido la experiencia de ver el impacto de tres. El primero fue el huracán Félix, y los dos últimos que han impactado en la zona, Eta y Iota.
Aunque en su caso, desde su vivienda ubicada en carretera a Lamlaya no recibió daños en lo absoluto debido a la infraestructura de su casa y el cuido de la vegetación a su alrededor, considera que hay muchos factores de riesgo en la zona que generan los serios daños y la destrucción que se ha podido observar con Eta y Iota.
«Yo he mirado a la gente de forma desmedida poniéndole motosierra a los árboles y estamos quitando nuestra virtud, quitando la protección. Están más preocupados de quitar un árbol de la casa y no por el papel que ese árbol juega para proteger la casa», explicó.
Otros factores de riesgo en la ciudad de Bilwi son las malas prácticas en cuanto al crecimiento demográfico desordenado del urbanismo de la zona. «Por ejemplo, la gente se pone a vivir en cuencas naturales y pequeños riachuelos entonces están expuestos a inundaciones dos o tres veces a año. Yo he llegado a suponer que mucha gente va a llegar a ahogarse en su propio patio por estas malas prácticas», señaló.
Por otra parte, para Mendoza, los procesos de deforestación en la zona, así como convertir las zonas boscosas en potreros, incrementan los factores de riesgo para las comunidades indígenas y afrodescendientes que habitan la franja costera del Caribe y que se reflejan en la destrucción que han provocado los huracanes que impactaron en los primeros 15 días de noviembre.
CONTENIDO EXCLUSIVO.