Después de realizar sus grandes hazañas (matar a Medusa, convertir al gigante Atlas en una montaña, liberar a Andrómeda del monstruo marino que asolaba las costas de Filistia y derrotar a trescientos hombres armados que querían impedir su matrimonio con la bella princesa filistea), Perseo siguió su viaje, ahora acompañado por su flamante y bella esposa, de regreso a la isla de Serifos, donde debía entregar la cabeza de la gorgona Medusa al rey Polidecto.
Cuatro años habían pasado desde que Perseo salió de Serifos en busca de Medusa y a su regreso encontró que su madre, Dánae, estaba refugiada en el templo de Atenea para protegerse del acoso sexual de Polidecto. Después que Dánae puso a su hijo al tanto de la situación, Perseo se dirigió al palacio de Polidecto donde éste celebraba un banquete con sus allegados y cortesanos.
Perseo informó a Polidecto que traía el trofeo prometido, o sea la cabeza de Medusa, y le dijo que se la daría a cambio de que dejara de molestar a Dánae. Pero Polidecto ordenó a sus guardias armados que apresaran o mataran a Perseo. Ante tal situación, Perseo sacó del zurrón la cabeza de Medusa y la puso frente a los atacantes, quienes quedaron convertidos en piedra.Y luego hizo lo mismo con Polidecto y sus acompañantes.
Perseo regresó al templo de Atenea para dejar allí la cabeza de Medusa, como ofrenda a la diosa por todos los favores que le había hecho. Además, el héroe depositó a los pies de Atenea los objetos divinos que le habían servido para realizar sus hazañas, para que la diosa los devolviera a sus dueños. Desde entonces, la cabeza de Medusa adorna el escudo de Atenea, como se ve en sus imágenes.
Después de aquellos acontecimientos Perseo no quiso quedarse en Serifos. De manera que después de colocar en el trono a Dictis, hermano menor de Polidecto, se marchó junto con su madre, Dánae, y su esposa, Andrómeda.
Perseo y sus acompañantes se dirigieron a Argos, donde reinaba Acrisio, el padre de Dánae, el mismo que los había condenado a muerte para evitar que se cumpliera el vaticinio de un oráculo de que un nieto lo mataría. Pero ni Perseo ni Dánae sabían de aquel presagio —porque Acrisio lo había mantenido en secreto—, de manera que el interés de ir a Argos era para juntarse con el padre y abuelo respectivamente, y reconciliar al grupo familiar.
Sin embargo, cuando Acrisio supo que su hija y su nieto se dirigían hacia Argos, pensó que llegaban en busca de venganza y huyó de la ciudad. Abandonado el trono, los argivos aclamaron a Perseo como su nuevo rey, quien inició un reinado de paz y prosperidad que agradecían los habitantes de Argos y admiraban los pueblos vecinos.
Algún tiempo después Perseo fue invitado a participar en las honras fúnebres del padre de Teutámides, rey de Larisa, y a competir en los juegos deportivos que se acostumbraban realizar durante los funerales de las personas prominentes.
En la competencia, cuando le correspondió participar en el lanzamiento de disco, Perseo lo lanzó con gran fuerza y en la dirección correcta, pero una misteriosa ráfaga de viento desvió el proyectil de su trayectoria y fue a estrellarse en la cabeza de un anciano que se encontraba en las tribunas, matándolo de manera instantánea. Aquel anciano era Acrisio y se cumplió así su funesto destino decidido por los dioses, del cual nadie puede escapar.
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