El trabajo de Daniel Ortega ha sido el mismo del doctor Víctor Frankenstein, armado su monstruo pieza por pieza. Comenzó con el pacto con Arnoldo Alemán.
En Letra Pequeña
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Ortega ha mantenido vivo artificialmente al partido de Alemán, y ahora le despejó el camino para que vuelva a ser la oposición consentidora que a él le gusta y, por eliminación de todos los demás, la «segunda fuerza política».
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Cuando Daniel Ortega llama «ratas» a quienes no le son leales se está presentando como la revolución en sí mismo. Ya no es hombre: él es la revolución. Un dios mítico.
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Este es un recuento de cinco frases que cuando las escucho como argumento en un debate, me hacen sentir pena por quien las dice.
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Cada voto que produce el Consejo Supremo Electoral lo cobra a unos ocho dólares, un costo que casi ningún otro país tiene en América. O sea, no solo nos sirven pellejo en vez de carne, sino que nos los cobran como si fuese filete de primera.
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Ahora resulta que un incidente en un fogón se volvió tema para hacer una redada de ciudadanos
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¿Por qué vemos a Ortega tirando golpes a los loco? El modelo de gobierno al que aspira necesita amenazas para justificarse. Igual que Corea del Norte que vive en «estado de guerra» permanente, dice Fabián Medina en su columna En Letra Pequeña
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En modo sarcasmo, Fabián Medina relata la historia del estudiante mexicano y su malévolo plan para desacreditar «al buen gobierno del comandate Ortega».
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Ya estamos llegando al punto donde los ratones se dan cuenta que el queso no era gratis. A estas alturas no creo que haya quienes al menos no sospechen para dónde nos llevan. ¿Dictadura? ¡Qué exagerados!
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Recordemos que Adolfo Hitler llegó al poder a través del voto ciudadano, según las condiciones democráticas que había en la Alemania de entonces.