DE RATAS Y TRAIDORES
Cuando Daniel Ortega llama «ratas», «traidores a la revolución», a quienes no le son leales, a «los que abandonaron el barco», siento que ha cruzado toda frontera de la racionalidad y se está presentando como la revolución en sí mismo. Ya no es hombre: él es la revolución. Él es «el barco». Un dios mítico. Y la verdad él puede creer sobre sí mismo lo que quiera. Hay desvaríos que no son culpa de quienes los padecen. Unos se creen Napoleón Bonaparte, otros hablan con seres imaginarios y hay quienes ven demonios. El problema no es que él se crea la revolución, sino que quiera que todo el país se lo crea y actúe en función de eso.
REVOLUCIONARIOS SOMOCISTAS
Desde esa lógica, Ortega podrá ser uno de los más grandes multimillonarios de Nicaragua, exitoso empresario, podrá viajar en jet privado por aire y en Mercedes Benz por tierra, y podrá establecer una dictadura copia al carbón de la somocista, pero los traidores a la revolución serán para él quienes le dicen que está volviendo sobre los pasos de Somoza y no le siguen en ese camino porque ¡él es la revolución! Henry Ruiz que pasó tantos años enmontañado, Dora María Téllez y Hugo Tórrez que entraron suicidas al Palacio, Víctor Tirado, Moisés Hassan y tantos más que no están en sus tarimas ya no son revolucionarios porque no le son leales. Los revolucionarios son entonces los Roberto Rivas, los Wilfredo Navarro o los del Partido Resistencia Liberal Somocista que le muestran devoción y en mayo pasado lo proclamaron como su candidato. Sus leales.
OPOSITORES
A ver si alguien me explica, porque yo ya me perdí. Aquí han salido unos personajes que quieren dar cátedra sobre cómo debe ser un opositor pero critican agriamente a otros opositores porque se «oponen» al gobierno. Se declaran opositores pero van en alianza con el partido en el poder, hablan del buen gobierno, o, finalmente, le hacen los mandados en una estrategia de oposición que deberían patentar: el colaboracionismo. Y ni quiera Dios que les toquen a Ortega. Se enojan cuando alguien dice que estas serán elecciones sin oposición porque, dicen, ellos son oposición. Y ahí es donde me pierdo: ¿se oponen a qué? ¡Que alguien me explique!
VENEZUELA
La imagen de decenas de miles de venezolanos agolpándose en un puente fronterizo con Colombia para buscar comida y medicina en ese país vecino, sacude la conciencia de cualquiera. ¿Por qué los ciudadanos de un país tan rico como Venezuela tienen que pagar las estupideces de sus gobernantes en nombre de una revolución de mentira? Y no vengan acá con el cuento de la «guerra económica» del imperialismo o que eso es invento «de una campaña mediática que busca desprestigiar» al gobierno de Maduro. Aquí no nos dan atol con el dedo, porque ya pasamos por eso.
HUELLAS DEL CRIMEN
El hambre y la miseria de los venezolanos es responsabilidad, principalmente, del gobierno chavista que ha dilapidado los recursos de los venezolanos. Aquí mismo en Nicaragua se exhiben ostentosas las huellas de su crimen. ¿Con dinero de quién creen ustedes que se compraron tantos canales de televisión, un hotel, el negocio del petróleo, la ganadería y otro montón de empresas albas? ¿Quién si no el dinero venezolano, o nosotros mismos, paga el derroche de los llamados «chayopalos»? ¿Cómo se explica usted que tras el dinero venezolano hayan aparecido varios nuevos ricos, muy ricos, en Nicaragua mientras allá, en Venezuela, los esquilmados, los dueños de esos recursos, saquean supermercados y cruzan a países ajenos en busca de comida? No hay perdón.
GARROTE Y ZANAHORIA
En ese espejo es que deberíamos vernos porque para ahí vamos. Durante todos estos años Daniel Ortega ha gobernado a base de garrote y zanahoria. Parte del dinero venezolano iba para su bolsa y otra parte se repartía como la zanahoria , en cerdos, laminas de zinc, casas del pueblo, calles adoquinadas, viáticos por movilización, entre los que él llama «sus leales». Para el resto, para las «ratas» estaba el garrote. El problema de esta nueva etapa de «la revolución de Ortega» es que ya se están acabando las zanahorias y quedará el puro garrote, para leales y no leales.