Chile y Estados Unidos: una alianza estratégica para una nueva era

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En un mundo cada vez más fragmentado, Chile ocupa una posición singular.

Pocos países combinan como Chile una economía abierta, instituciones relativamente sólidas y una inserción global basada en comercio, innovación y recursos estratégicos. Mientras las tensiones geopolíticas redefinen las alianzas internacionales, Chile tiene la oportunidad —y la responsabilidad— de desempeñar un papel clave en la arquitectura económica del siglo XXI.

En particular, la relación entre Chile y Estados Unidos merece una renovación estratégica. Durante décadas, el vínculo bilateral se centró en comercio e inversiones. El Tratado de Libre Comercio, vigente desde 2004, consolidó una de las relaciones económicas más dinámicas del hemisferio. Pero hoy los desafíos son diferentes.

La transición energética mundial ha puesto a Chile en el centro del mapa global. El país posee algunas de las mayores reservas de litio del mundo y condiciones únicas para la energía solar y el hidrógeno verde. Estos recursos no solo son vitales para el crecimiento económico chileno; también son esenciales para la transformación energética global.

Para Estados Unidos y sus aliados, asegurar cadenas de suministro confiables para minerales críticos se ha convertido en una prioridad estratégica. Chile puede ser un socio central en ese esfuerzo.

Pero una alianza moderna no debe limitarse a los recursos naturales. Chile también puede liderar en gobernanza democrática, innovación tecnológica y desarrollo sostenible en América Latina.

La región enfrenta enormes desafíos: crecimiento lento, desigualdad persistente y una creciente desconfianza en las instituciones públicas. En este contexto, los países capaces de combinar estabilidad política con apertura económica tendrán una influencia desproporcionada. Chile es uno de esos países.

Al mismo tiempo, la relación con Estados Unidos debe basarse en respeto mutuo y visión compartida. Las alianzas duraderas no se construyen sobre dependencia, sino sobre intereses comunes.

Chile aporta estabilidad institucional, experiencia regulatoria y liderazgo regional. Estados Unidos aporta capital, tecnología y una red global de alianzas. Juntos pueden impulsar inversiones en energías limpias, innovación minera responsable, infraestructura digital y resiliencia climática. En otras palabras, la relación puede evolucionar desde una asociación comercial hacia una alianza estratégica para el desarrollo del siglo XXI.

América Latina necesita ejemplos de cooperación internacional que produzcan resultados concretos. Chile y Estados Unidos tienen la oportunidad de ofrecer uno.

El autor  es abogado y ex alto funcionario del gobierno de los Estados Unidos con décadas de experiencia en América Latina. En los años 80 participó en la elaboración de marcos legales para operaciones de financiamiento en Chile mientras trabajaba en el Export-Import Bank de los Estados Unidos. Posteriormente fue Asesor Principal para Sudamérica en la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) y Coordinador Senior de USAID para la Asistencia Exterior en el Departamento de Estado. Actualmente reside en Wisconsin.

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