Mi hija Ximena cayó repentinamente enferma de gravedad y la posibilidad de que no pudiera salir con viva de ello activó un miedo que desbordó todo lo que yo había sentido hasta entonces
Mi hija Ximena cayó repentinamente enferma de gravedad y la posibilidad de que no pudiera salir con viva de ello activó un miedo que desbordó todo lo que yo había sentido hasta entonces
Es difícil evaluar la gestión de un gobernante, no solo por las pasiones involucradas —que distorsionan— como por la brevedad de los artículos de opinión— que obligan a dejar mucho fuera del tintero. Tras esta advertencia, y haciendo un esfuerzo por resumir apretadamente lo bueno y lo malo, en lo primero habría que destacar la estabilidad macroeconómica o el manejo prudente de las finanzas públicas: Ortega ha mantenido bajo control el déficit fiscal, guardado en buen nivel las reservas internacionales, aumentado la recaudación y seguido los lineamientos difíciles, pero sabios, del Fondo Monetario Internacional.
Cada vez que me gana el pesimismo sobre Israel y pienso que la derechización de su sociedad y sus gobiernos son irreversibles y seguirán empujando al país hacia una catástrofe que abrasará a todo el Medio Oriente y acaso al mundo entero, algo ocurre que me devuelve la esperanza. Esta vez han sido una conferencia de David Grossman, en el Hay Festival de Cartagena, y el estreno, aquí en Nueva York, en el cinema del Lincoln Plaza —un sótano que por su programación, su público y hasta por su olor me recuerda a los queridos cinemas de arte parisinos de la rue Champollion— del documental The Gatekeepers (Los Guardianes), de Dror Moreh. Ambos testimonios prueban que todavía hay un margen de lucidez y sensatez en la opinión pública de Israel que no se deja arrollar por la marea extremista que encabezan los colonos, los partidos religiosos y Benjamin Netanyahu.
El subtítulo de mi libro, Muerte de una República es Primer Régimen Orteguista 2006-2012. Este subtítulo no se lo puse de manera antojadiza. Para mí, Ortega, su esposa doña Rosario y quienes los rodean tienen una visión de largo plazo de permanencia en el poder que aunque a simple vista parezca un poco disparatada, atropellada y a la loca, es más bien un plan trazado con cuidado que se divide en varias etapas.
Don David Bayardo Muñiz, nicaragüense residente en San José de California, Estados Unidos, me escribe para comentar que al mostrarle a un amigo inglés-irlandés uno de los álbumes que ha formado con los artículos de esta columna sobre temas mitológicos, le dijo que “en Irlanda existe una leyenda de un héroe del Ulster llamado Cuchulainn. Aunque con esto nos alejamos de la mitología griega, quizás encuentre usted tiempo para investigar sobre ese personaje ”, dice don David Bayardo.
Y para los que pensábamos que ya nada nos puede sorprender, ahí está: se decreta “vivir bonito” en Nicaragua. En correspondencia, se prohíbe “vivir feo”. Así que prepárense. La orden es un país de maestros con sonrisas en la cara, funcionarios y alcaldes bailarines (¡tiene derecho a reírse, de eso se trata!), gente limpia y bien vestida, niños por doquier jugando y cantando “doña Ana no está aquí, anda en su vergel”, policías persiguiendo a los bota-basura que bien merecido se lo tienen, vecinos pintando sus casas, limpiando las calles, y, si no es mucho pedir, cantando y haciendo coreografías mientras barren. No olviden sonreír. Es el nuevo reino de la felicidad. Y no es asunto de que usted quiera o no quiera “vivir bonito”, tiene que hacerlo. “El Gran Hermano” vigilará garrote en mano que usted lo haga.
La mayoría de los que nos preocupamos por el destino de nuestro país cuando el contrato social falla y las leyes no se cumplen (o se cumplen a medias según la conveniencia), y entre estos los principales jerarcas de la Iglesia católica, coincidimos en que en estos momentos no podemos hablar de oposición porque, en la práctica, no hemos hecho lo suficiente para impedir que el régimen de Ortega pase encima de cuanta ley se oponga a su voluntad.
Querida Nicaragua: Qué fácil sería gobernar nuestro país tan solo poniendo en práctica ciertos valores cívicos y morales. Y tenemos varios hombres con valores bien cimentados, sin que lamentablemente se les ocurra participar en política.
Una de las características más persistentes de nuestra cultura política ha sido el maniqueísmo; el ver las cosas en términos de blancos y negros, buenos o malos, sin colores grises ni graduaciones intermedias. El militante político ha tendido a satanizar sus adversarios, no reconociendo en ellos ningún mérito. Igual a santificar al líder o caudillo de su partido, no reconociéndole ningún defecto. Odio ciego a unos y adulación servil a otros, resumen su actitud.
El 22 de enero pasado se conmemoró el 46 aniversario de la masacre de 1967, cuando la guardia de Somoza disparó, en Managua, en la entonces llamada Avenida Roosevelt, contra una manifestación de ciudadanos que reivindicaba el derecho a la democracia y la libertad.
Jorge Cuadra en su artículo “Que tire la primera piedra”, hace afirmaciones que ameritan mi aclaración. Cuestiona mi artículo “Cuentas por pagar”, en que señalo la “herencia” de Ortega y Ramírez de los ochenta y la complicidad de Ramírez en la estrategia de Ortega para dar el golpe de estado total.