El subtítulo de mi libro, Muerte de una República es Primer Régimen Orteguista 2006-2012. Este subtítulo no se lo puse de manera antojadiza. Para mí, Ortega, su esposa doña Rosario y quienes los rodean tienen una visión de largo plazo de permanencia en el poder que aunque a simple vista parezca un poco disparatada, atropellada y a la loca, es más bien un plan trazado con cuidado que se divide en varias etapas.
El primer régimen fue de destrucción y conquista. Inició en firme en el 2006 —antes de que Ortega ganara las elecciones, pero cuando ya había infiltrado el Consejo Electoral lo suficiente como para mantener en la oscuridad eterna el ocho por ciento de los resultados de aquella elección— y concluyó en el 2012, con las elecciones municipales en las que se adjudicó 134 de las 153 alcaldías.
Mediante la demolición del orden constitucional Ortega logró no solo hacerse con su cargo inconstitucionalmente, sino el control total de la Corte Suprema, donde al día de hoy la mayoría de sus integrantes usurpan el cargo. El Consejo Supremo Electoral, donde todos sus integrantes usurpan el cargo y así todas las instituciones como la Fiscalía, la Contraloría y la Policía, donde su jefa está también en el cargo fuera de toda ley.
Pero además, mediante la pulverización del sistema electoral y la destrucción de la confianza del nicaragüense en el voto, el presidente inconstitucional logró en el 2011 adjudicarse 63 de los 90 diputados de la Asamblea Nacional en una elección en la que, como lo dijo la Misión de Observación de la Unión Europea, no se sabe cuánta gente votó, mucho menos se sabe cuánta gente votó por qué partido con exactitud. Y en el 2012, ya cuando millones de nicaragüenses habían decidido que no valía la pena votar —el abstencionismo en algunos municipios rondó el 60 por ciento— se adjudicó el 88 por ciento de las alcaldías.
Ha concluido lo que la señora Murillo dejó plasmado en aquella estrategia de comunicación del 2007: “Cambiar las estructuras de poder en Nicaragua”.
Ahora en el 2013 podemos decir que comienza el segundo régimen orteguista, en el que, con todo bajo control, se prepara a construir su institucionalidad. Las cosas a su manera, no a la manera republicana de la división de poderes que se controlan entre sí, de limitación —mediante las leyes y los otros poderes— de las facultades del jefe del régimen, de la protección de los derechos individuales.
Este segundo régimen es el de poner la casa en orden porque no se puede funcionar “de facto” para siempre. Por eso el inconstitucional de manera repentina empieza a “obedecer” las leyes, pero son leyes que solo confirman su capricho. Por ejemplo, el caso de enviar —seis años tarde— la ratificación de ministros y embajadores a una Asamblea que le es totalmente obediente.
En este segundo régimen comienza a construir —por ley— la vida feliz de los nicaragüenses. Por eso ahora, por orden de la primera dama todos vamos a vivir limpio, sano, bonito y bien.
Con mucha habilidad, el plan mezcla temas objetivos con los que no se puede discutir como el vivir en la limpieza, sobre todo en un país donde la suciedad llegó a niveles de pandemia en el período anterior —y que ahora pareciera que fue incluso planeado— con temas que solo pertenecen a nuestro fuero interior y que son subjetivos como eso de “vivir bien” o “vivir bonito”.
¿Es que acaso la felicidad, el bienestar, o lo bonito son cosas cuya apreciación es uniforme para todos los seres humanos? Solo la mentalidad fascista del Inconstitucional y su esposa puede concebir que nos uniformarán con un modelo de “felicidad” de la misma manera que han uniformado a los jóvenes de la Juventud Sandinista con esas camisetas multicolores. Según el plan, ahora a la escuela no solo se irá a leer y a escribir, sino a aprender a vivir “bonito”. Lo que seguramente no aprenderán los niños en las escuelas en este segundo régimen es a pensar. El pensamiento es un rasgo definitorio del individualismo y el individualismo para este régimen es como la Cruz para satanás.
Decía la filósofa y escritora de origen ruso Ayn Rand: “La felicidad es ese estado de conciencia que procede del logro de los propios valores”. ¿Y qué sabe este régimen, o incluso la mayoría, de lo que cada quien considera la felicidad?
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