Alejandro Serrano Caldera

La legitimidad del poder

El 22 de enero pasado se conmemoró el 46 aniversario de la masacre de 1967, cuando la guardia de Somoza disparó, en Managua, en la entonces llamada Avenida Roosevelt, contra una manifestación de ciudadanos que reivindicaba el derecho a la democracia y la libertad. Aunque nunca se supo la cifra exacta, se dijo siempre que centenares de personas cayeron como consecuencia de la brutal represión. Diferentes canales de televisión, al recordar los acontecimientos, reprodujeron momentos de la manifestación y la agresión de la guardia a los patriotas nicaragüenses. Unos días después de aquella fecha, el 5 de febrero de ese año, sobre la sangre de los caídos, se realizaban las elecciones que llevarían al poder a Anastasio Somoza Debayle, con quien continuaba la dinastía iniciada en 1937 por su padre Anastasio Somoza García.

Un día después, el 23 de enero, el canal venezolano de televisión recordó en ese país el 55 aniversario del derrocamiento de Marcos Pérez Jiménez y reprodujo diferentes escenas del momento en que el dictador era derribado y sustituido por el gobierno que encabezó el contralmirante Wolfgang Larrazábal, hasta la convocatoria a elecciones con las que se iniciaría un largo período en que el poder fue alternado entre los líderes de los partidos Acción Democrática (AD) y Democracia Cristiana, Copei, período que finalizó con la llegada al poder del presidente Hugo Chávez, quien abrió una nueva situación que él mismo denominó Revolución Bolivariana, dentro de cuyo marco histórico-político se encuentra actualmente ese país.

Dos sucesos dramáticos en dos países latinoamericanos. En el uno, en Nicaragua, el poder dictatorial reprimía la legítima demanda del pueblo por el restablecimiento de sus derechos democráticos fundamentales; en el otro, en Venezuela, la unidad coyuntural entre el pueblo, el ejército y las organizaciones políticas derribaban la dictadura, que mediante el ejercicio de un poder autocrático había confiscado esos derechos y libertades fundamentales.

Dos hechos en los que, sin perjuicio de las diferencias específicas de año, lugar, circunstancias y efectos inmediatos, coinciden, no obstante, en un denominador común: la ambición de poder, la deformación que esta produce en el ejercicio del mismo y las consecuencias dolorosas desde el punto de vista individual, social e institucional. El elemento “poder” está siempre en el centro de estos dramas que enlutan la historia de los pueblos.

Ante estos hechos referidos, y muchísimos otros que conforman la historia política de la humanidad, convendría intentar, aunque de forma muy breve, una reflexión sobre el poder. Poder, dice entre varias definiciones el Diccionario de la Real Academia Española, es “Dominio, imperio, facultad y jurisdicción que alguien tiene para mandar o ejecutar algo”. Pero también en otra de las definiciones lo refiere a “Ser más fuerte que alguien, ser capaz de vencerle”.

Como podemos apreciar, desde un punto de vista factual, el poder es dominio sobre personas, grupos o situaciones en las que el elemento determinante es la fuerza o la capacidad de hecho de imponer la propia voluntad o interés.

Sin embargo, desde un punto de vista filosófico y jurídico, esa capacidad de obligar a algo deviene facultad legal y jurisdicción, es decir exige la existencia de la ley que la autorice, para que su aplicación sea legal y legítima.

En este sentido el poder sería lo que la ley dice que es, por lo que las autoridades y funcionarios del Estado solo pueden actuar justificadamente si la ley les autoriza a hacerlo, mediante la atribución específica de facultades y funciones y dentro del sistema de límites que ella misma establece.

A partir de lo anterior, cabría entonces preguntar quién confiere a la ley esa potestad. La respuesta de la filosofía política es que la ley es expresión de la voluntad general, y por lo tanto, del contrato social que surge de esa voluntad colectiva.

Teniendo en cuenta esa formulación habría que preguntar si la voluntad mayoritaria, fruto del contrato social, es una fuente omnímoda del poder, es decir sin ninguna limitación, o si existe algún mecanismo capaz de establecer las fronteras hasta donde esa potestad puede llegar. La respuesta sería que si bien el poder y la soberanía tienen como fuente la voluntad colectiva, las potestades que surgen de ella solo pueden ejercerse de acuerdo con la Constitución y la ley dentro de los límites que ellas establecen.

En consecuencia, ni la voluntad general sin la ley, ni esta sin la voluntad general, pueden por sí solas legitimar el ejercicio del poder, pues para ello sería necesario que lo que determina la voluntad general esté especificado en la Constitución y las leyes, y que el contenido de estas sea la expresión normativa de esa voluntad general.

Cada uno de los dos factores, la voluntad general y la ley, son necesariamente complementarios, pues el uno no puede existir sin el otro. Pero aun en esa situación, podría darse el caso de un poder ilegítimo aunque este se encuentre respaldado por la voluntad general y la ley. El nacismo en Alemania, el fascismo en Italia y el estalinismo en la Unión Soviética, son ejemplos trágicos de esa realidad, dictaduras crueles e inhumanas apoyadas masivamente y autorizadas por la ley para cometer los peores atropellos a la naturaleza humana.

Quiere decir entonces que hay un tercer elemento esencial para la existencia de la legitimidad del poder: los valores que dan sentido a los otros dos y que constituyen la ética política a partir del respeto a la vida, a la libertad, a la justicia y a la dignidad de la persona; a las condiciones sociales que permitan que la existencia individual y colectiva sea compatible con la condición humana, entre otros.

Esos valores, que conforman la esencia misma de los derechos humanos, son el marco dentro del cual debe ejercerse la voluntad colectiva y la regulación jurídica e institucional que hace del poder un ejercicio necesario para salvaguardar la armonía y el equilibrio social.  

El autor es jurista, filósofo y escritor nicaragüense.

 

COMENTARIOS

  1. Max
    Hace 14 años

    Doctor su articulo es claro el poder lo da el pueblo a traves del voto libre y soberano y las leyes del la republica (decia Planton) dan el actuar del que rige ese poder el problema aqui es que ni son electos por la voluntad popular porque es violentada y tampoco respetan la carta magna mucho menos la legislacion vigente

  2. justicia verdadera
    Hace 14 años

    Alejando,sigo insistiendo por que no hacen campaña para derogar ese decreto inmoral de las pensiones vitalicias para los ex presidentes y todos los vicepresidentes el pueblo ya no aguamta tantas cargas tengan misericordia de los mas pobres de los que no tienen que comer estos ex dis democráticos salieron peor que  somoza con esa millonada q se han robado se contruirian mínimo diez hospitales de primer nivel para el pueblo

  3. Flavio Rivera y Montealegre
    Hace 14 años

    Es comprensible que el Dr. A. Serrano Caldera no puede decir las cosas con las palabras populares que expresen claramente la realidad en estos dos países, pero, la verdad es que la chusma y los mafiosos llegaron al poder en ambos países. Y cuando digo la chusma me refiero a esos que no tienen moral, ni dignidad, ni son honestos, ni son políticos, tampoco son respetuosos de los principios religiosos (católico, judío o islamismo, etc.), son simples y vulgares mafiosos, ladronas y asesinos.

  4. fernando
    Hace 14 años

    Si la constitución actual interfiere con la implementación de un estado respetuoso de los derechos humanos colectivos (no de una clase minoritaria) pues, hay que cambiarla, y en su lugar, redactar una que si lo haga. Es la única forma de que haya democracia verdadera en este país, y no la farsa que nos quieren imponer otros. No nos olvidemos de que la constitución es un instrumento del pueblo y no al revés.

  5. fernando
    Hace 14 años

    En Nicaragua, lo que ocurre, es que la «voluntad general» no está representada por la constitución, ya que no recuerdo cuando tuvo lugar el plebiscito en que se le preguntó al pueblo su opinión acerca de la constitución, y las leyes que esta contiene. La constitución fué redactada por un grupo de ciudadanos «notables» elegidos por una oligarquía que buscaba poner el país a su servicio, no por el pueblo.

  6. Gabriel M. Telleria
    Hace 14 años

    Dr. Serrano, excelente exposicion. En respuesta a este tercer elemento fundamental, recuerdo a el Federalista #10, de Madison, que dice que despues de darle el poder al gobierno para controlar a los gobernados, hay que obligarlo a controlarse el mismo; pues como sugiere Madison, los hombres no son «angeles». La unica forma de obligar a un gobierno a controlarse el mismo es por medio de una separacion de poderes de jure y de facto; aqui en nicaragua no tenemos ninguna de las dos.

  7. GUICAG
    Hace 14 años

    Sin una oposición de verdad, Ortega seguirá ostentando el ejercicio del poder en busca de legitimidad. De grandes proyectos hablan los sedicentes opositores, pero al final terminan peleándose con supuestos aleados que resultan ser sinvergüenzas y traidores. La experiencia enseña que toda cautela es pequeña si no se quiere terminar a la greña. Por tanto, si Ortega consigue cuanto pretende es porque la oposición no entiende y la población sigue creyendo en duendes.

  8. EL PODER DE LA LEGITIMIDAD!!!
    Hace 14 años

    Gracias Sr. Serrano por hacernos recordar una ves mas lo que todos
    pregonamos con las mismas herramientas que conllevan al mismo fin
    El principal problema para resolver con eficacia lo que los intelectuale
    Nicaraguenses plantean, en todos y cada uno de sus disertaciones de
    indole social, es en el contenido repetitivo en que manifiestan en sus
    mensajes semanticos de ambiguidades dicotomicas disfuncionales.
    Debemos aplicar soluciones practicas favorables para estimular los
    cambios con efervecencia

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